© Rosario Muñoz Martín
Cuadro de Águeda Rubio
Oigo ruidos en mi casa. Ruidos de día y también ruidos nocturnos. Ruidos. No vienen de la ciudad, ni del campo; están en mi casa, en mi entorno, entre las cuatro paredes, ¿están dentro de mí? Los fabrico yo con mi imaginación, quizá
Escucho un silbido que me parece de un pájaro; lo oigo con la precisión de un reloj, cada dos, cada tres minutos. Con sigilo voy por el pasillo en busca de ese silbido, intentando descubrirlo, aprehenderlo, como a un cazador furtivo. Pero desaparece cuando llego a él. Vuelvo a oírlo en la lejanía y deseo que se acerque otra vez para volver a intentarlo, para cogerlo in-fraganti. Ahora oigo los silbidos por la chimenea, acudo a ella y escucho con la respiración contenida; distingo perfectamente la cadencia; tiene que ser un pájaro burlón que intenta reírse de mí. Y me voy a la calle antes de que el pájaro o quien sea me vuelva loca.
Regreso otra vez a casa En ese preciso
momento suena el teléfono. Es Alfredo, mi marido.
- ¿Dónde estabas, cariño?
- He salido a despejarme un poco.
- ¿Otra vez los ruidos, mi vida?
- Sí, otra vez.
- Acuéstate y procura descansar. No me esperes levantada. Tengo trabajo hasta muy tarde. Adiós, cielo. Un besito.
Seguramente que mi marido y su trabajo se han ido a casa de la secretaria para terminarlo, en amor y compañía, como en otras ocasiones.
Vuelven los ruidos. Ahora es el gotear de un grifo mal cerrado. No le pongo atención aunque sé que un grifo que gotea gasta mucha agua; no tengo más remedio que ir a cerrarlo, su ruido me martillea el cerebro. Me desentiendo del grifo y su gota, del pájaro y su piar y me pongo a leer. Vuelvo a oír el gotear y voy a cerrarlo; seguro que es el del lavabo que no ajusta bien. Pero no es el del lavabo, ni el de la ducha. ¡Ah! parece en la cocina. Todos los grifos de la casa están cerrados perfectamente; no obstante, sigo oyendo gotear un grifo y entonces me tapo los oídos.
Me pongo a leer la primera novela que tengo a mano, muy violenta, de atracos y asesinos, y suspendo la lectura por miedo a las pesadillas que me pueda originar. Ahora alguien está hurgando en la cerradura de la puerta del piso, como intentando abrir, al mismo tiempo se oye como arrugan un papel fuerte de esos que se utilizan para envolver, de embalar. Me acerco de puntillas a la puerta del piso a mirar por la mirilla. Nadie hurga en la cerradura. Ya no puedo más y telefoneo a mi marido a la oficina porque estoy aterrorizada. Pero no hay nadie. Estará con la mala pécora de Adelina. Oigo unas pisadas que se acercan despacio, con sigilo, como para no ser oídas y el agua de una manguera saliendo con gran fuerza. Miro por la ventana y es el jardinero que está regando el jardín. Me alegra comprobar este ruido, los demás están dentro de mí. Estoy segura que me estoy volviendo loca.
Me acuesto, según el consejo de mi marido, aunque bastante tiempo después. Intento conciliar el sueño. Sopla el viento con fuerza y se oye la lluvia en los cristales. Y vuelven los ruidos, ahora aumentados, si cabe, por el silencio nocturno que los agudiza y se perciben con más pureza. Roen debajo del suelo, como si las ratas estuviesen a punto de agujerear el piso y entrar en mi casa.
Me entra sueño y en esa especie de duermevela pienso: ¿desde cuándo me ocurre a mí esto?. Sencillamente desde que Alfredo va con tanta frecuencia a casa de su secretaria a terminar el trabajo por las noches y se queda hasta altas horas de la madrugada, sin importarle dejarme sola. ¿ Debería tomar yo una decisión... ?
Hablan. No se entienden las palabras. Y tampoco distingo si es en el piso de arriba o en el de al lado, pero discuten acaloradamente y se oyen unos disparos y algunos gemidos desgarradores. Seguro que ha sido encima de mi piso. El matrimonio que vive en él discute mucho y el marido es muy violento. La pobre Sara, su mujer, se vio forzada en una ocasión en que la perseguía él con un cuchillo de cocina, a arrojarse por la ventana; suerte que quedó enganchada en las cuerdas de tender la ropa. Su cuerpo, suspendido en el vacío, tuvo que ser rescatado por los bomberos cuando ya estaba a punto de caer al patio desfallecida.
Cojo el teléfono para llamar a la Policía; me recorre la espalda un escalofrío y cuando voy a marcar el número oigo las sirenas de los coches. Alguien se ha anticipado a mí en la llamada. Estoy temblando; ahora me tomarán declaración, así que me pongo una bata sobre el pijama para estar dispuesta cuando me llamen. ¡Qué situación tan angustiosa! Si al menos
estuviese aquí Alfredo.
Se ilumina el piso con las linternas de la Policía cuyo resplandor entra por las rendijas de las ventanas, al tiempo que los cláxones de los coches producen un ruido ensordecedor y lo mismo los megáfonos y las sirenas de las ambulancias. Me voy corriendo al salón huyendo de la traca y me quedo sorprendida al llegar al cuarto de estar, contiguo al salón y comprobar que el televisor se había quedado encendido y en ese preciso momento finalizaba una película de policías en Los Ángeles. Me quedé atónita delante de él, al comprobar que había sido el causante de todos mis ruidos.
Sara se había salvado por esta vez y yo me dormí pensando en ambulancias, megáfonos, coches de Policía, ratas y pájaros, todos a mi alrededor.
Alfredo llegó al amanecer. Me despertó con un beso y con sorna me preguntó: ¿qué tal los ruidos, cariño? y yo le contesté con ironía: ¿qué tal Adelina, mi amor?Rosario Muñoz Martín nació en Madrid en 1920. En esta ciudad transcurrió su infancia y adolescencia, de las que la autora conserva multitud de recuerdos y anécdotas ligados a su familia, al momento de la historia y a la situación social que le tocó vivir. La única chica,después de dos hermanos varones, aprendió a compaginar la ayuda a su familia con el estudio, harto difícil para una mujer de aquella época y circunstancias. Su inteligencia, su espíritu decidido, su interés por el saber y la cultura y la ayuda de su hermano mayor, que le daba clases, llevaron a Rosario a finalizar los estudios de Magisterio y a abandonar Madrid durante algún tiempo. Ejerció su profesión de maestra en varios pueblos de la provincia de Guadalajara, y en uno de ellos conoció a su marido, que era médico en el pueblo vecino, empezando así una nueva etapa de su vida, en la que abandonó la profesión para dedicarse a su familia. Ha tenido cinco hijos, muriendo el mayor al poco de nacer. En la actualidad tiene tres nietos. Unos diecisiete años duró esta etapa que le permitió conocer a fondo la vida rural en pueblos muy pequeños de la "Castilla profunda", estudiando el carácter, las reaciones de la gente, las costumbres, el modo de relacionarse unos con otros...Tras estos años rurales, sin lugar a dudas ricos en experiencias,toda la familia volvió a Madrid, donde Rosario reingresó en su profesión, continuando en ella hasta la jubilación.Podría decirse que Rosario ha escrito desde siempre, que su vocación literaria viene de lejos, que su primer cuento fue una tarea escolar y su maestra la castigó porque creía que lo había copiado.Luego vinieron las novelas de ambiente rural, los relatos y los cuentos. Después de su jubilación ha aumentado su producción en distintos concursos literarios nacionales.Rosario tiene el don de transformar en relato, en intriga, en novela o en cuento los pequeños acontecimientos cotidianos...para aquellos que sepan escuchar.


Pues después de esa caza de políticos corruptos en el marco del PP tenemos esas escenas de caza en la Baja Castilla La Mancha, que, en realidad, era Andalucía, entre un ministro de justicia de montería y un juez ejecutor de hermosos venados. Seguramente las dos dianas, sobre las que el PP descarga su munición, estarían hablando de las cornamentas de los venados abatidos, pero el encuentro no podía ser más torpe e inoportuno. Para postres, el ministro de justicia era una especie de cazador furtivo ya que lo hacía sin licencia creyendo que estaba en Castilla La mancha, donde sí puede ir por los montes pegando tiros. ¡Ay que ver estos ministros que no saben dónde están! Yo, como 





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"Me doy asco a mí mismo. Ese día no era yo", dice el agresor de la menor en los FGC

Hay en 





















El primer temblor apareció hace un año. Parecía una cosa sin importancia: una cucharada llena de sopa que se desbordaba antes de llegar a la boca y caía sobre el plato. Fue un incidente pasajero. Pero cuando se repitió a la semana siguiente, aquel acto nimio comenzó a inquietarme. La derecha. La mano derecha. La observé, apoyando el codo sobre la mesa. Moví el antebrazo, subiéndolo y bajándolo, y fijé los ojos en mi mano. No vi nada extraño. Extendí entonces el brazo y entonces vi como temblaba, un ligero estremecimiento. Pero seguí sin darle importancia.




