martes, 24 de febrero de 2009

LA FIRMA INVITADA

Más de uno podrá pensar que son los lazos familiares los que me impelen a invitar a esta escritora a mi blog, y tendría que contestar que es una verdad a medias. A mi tía Rosario la adoro, como la adoran todos los que la conocen, especialmente sus hijos, pero a la escritora que es, la admiro. No dudo en aplicar el calificativo de deliciosos a sus relatos perfectamente armados con buena literatura, sensibilidad e inteligencia. Están escritos con soltura, captan, de inmediado, el interés del lector, y tienen un poso humorístico que es una característica de su persona. Una maravillosa mujer que es, además, una formidable escritora de la que este sobrino se siente muy orgulloso. Juzguen.

LOS RUIDOS
© Rosario Muñoz Martín

Cuadro de Águeda Rubio

Oigo ruidos en mi casa. Ruidos de día y también ruidos nocturnos. Ruidos. No vienen de la ciudad, ni del campo; están en mi casa, en mi entorno, entre las cuatro paredes, ¿están dentro de mí? Los fabrico yo con mi imaginación, quizá
Escucho un silbido que me parece de un pájaro; lo oigo con la precisión de un reloj, cada dos, cada tres minutos. Con sigilo voy por el pasillo en busca de ese silbido, intentando descubrirlo, aprehenderlo, como a un cazador furtivo. Pero desaparece cuando llego a él. Vuelvo a oírlo en la lejanía y deseo que se acerque otra vez para volver a intentarlo, para cogerlo in-fraganti. Ahora oigo los silbidos por la chimenea, acudo a ella y escucho con la respiración contenida; distingo perfectamente la cadencia; tiene que ser un pájaro burlón que intenta reírse de mí. Y me voy a la calle antes de que el pájaro o quien sea me vuelva loca.
Regreso otra vez a casa En ese preciso
momento suena el teléfono. Es Alfredo, mi marido.
- ¿Dónde estabas, cariño?
- He salido a despejarme un poco.
- ¿Otra vez los ruidos, mi vida?
- Sí, otra vez.
- Acuéstate y procura descansar. No me esperes levantada. Tengo trabajo hasta muy tarde. Adiós, cielo. Un besito.
Seguramente que mi marido y su trabajo se han ido a casa de la secretaria para terminarlo, en amor y compañía, como en otras ocasiones.
Vuelven los ruidos. Ahora es el gotear de un grifo mal cerrado. No le pongo atención aunque sé que un grifo que gotea gasta mucha agua; no tengo más remedio que ir a cerrarlo, su ruido me martillea el cerebro. Me desentiendo del grifo y su gota, del pájaro y su piar y me pongo a leer. Vuelvo a oír el gotear y voy a cerrarlo; seguro que es el del lavabo que no ajusta bien. Pero no es el del lavabo, ni el de la ducha. ¡Ah! parece en la cocina. Todos los grifos de la casa están cerrados perfectamente; no obstante, sigo oyendo gotear un grifo y entonces me tapo los oídos.
Me pongo a leer la primera novela que tengo a mano, muy violenta, de atracos y asesinos, y suspendo la lectura por miedo a las pesadillas que me pueda originar. Ahora alguien está hurgando en la cerradura de la puerta del piso, como intentando abrir, al mismo tiempo se oye como arrugan un papel fuerte de esos que se utilizan para envolver, de embalar. Me acerco de puntillas a la puerta del piso a mirar por la mirilla. Nadie hurga en la cerradura. Ya no puedo más y telefoneo a mi marido a la oficina porque estoy aterrorizada. Pero no hay nadie. Estará con la mala pécora de Adelina. Oigo unas pisadas que se acercan despacio, con sigilo, como para no ser oídas y el agua de una manguera saliendo con gran fuerza. Miro por la ventana y es el jardinero que está regando el jardín. Me alegra comprobar este ruido, los demás están dentro de mí. Estoy segura que me estoy volviendo loca.
Me acuesto, según el consejo de mi marido, aunque bastante tiempo después. Intento conciliar el sueño. Sopla el viento con fuerza y se oye la lluvia en los cristales. Y vuelven los ruidos, ahora aumentados, si cabe, por el silencio nocturno que los agudiza y se perciben con más pureza. Roen debajo del suelo, como si las ratas estuviesen a punto de agujerear el piso y entrar en mi casa.
Me entra sueño y en esa especie de duermevela pienso: ¿desde cuándo me ocurre a mí esto?. Sencillamente desde que Alfredo va con tanta frecuencia a casa de su secretaria a terminar el trabajo por las noches y se queda hasta altas horas de la madrugada, sin importarle dejarme sola. ¿ Debería tomar yo una decisión... ?
Hablan. No se entienden las palabras. Y tampoco distingo si es en el piso de arriba o en el de al lado, pero discuten acaloradamente y se oyen unos disparos y algunos gemidos desgarradores. Seguro que ha sido encima de mi piso. El matrimonio que vive en él discute mucho y el marido es muy violento. La pobre Sara, su mujer, se vio forzada en una ocasión en que la perseguía él con un cuchillo de cocina, a arrojarse por la ventana; suerte que quedó enganchada en las cuerdas de tender la ropa. Su cuerpo, suspendido en el vacío, tuvo que ser rescatado por los bomberos cuando ya estaba a punto de caer al patio desfallecida.
Cojo el teléfono para llamar a la Policía; me recorre la espalda un escalofrío y cuando voy a marcar el número oigo las sirenas de los coches. Alguien se ha anticipado a mí en la llamada. Estoy temblando; ahora me tomarán declaración, así que me pongo una bata sobre el pijama para estar dispuesta cuando me llamen. ¡Qué situación tan angustiosa! Si al menos
estuviese aquí Alfredo.
Se ilumina el piso con las linternas de la Policía cuyo resplandor entra por las rendijas de las ventanas, al tiempo que los cláxones de los coches producen un ruido ensordecedor y lo mismo los megáfonos y las sirenas de las ambulancias. Me voy corriendo al salón huyendo de la traca y me quedo sorprendida al llegar al cuarto de estar, contiguo al salón y comprobar que el televisor se había quedado encendido y en ese preciso momento finalizaba una película de policías en Los Ángeles. Me quedé atónita delante de él, al comprobar que había sido el causante de todos mis ruidos.
Sara se había salvado por esta vez y yo me dormí pensando en ambulancias, megáfonos, coches de Policía, ratas y pájaros, todos a mi alrededor.
Alfredo llegó al amanecer. Me despertó con un beso y con sorna me preguntó: ¿qué tal los ruidos, cariño? y yo le contesté con ironía: ¿qué tal Adelina, mi amor?

Rosario Muñoz Martín nació en Madrid en 1920. En esta ciudad transcurrió su infancia y adolescencia, de las que la autora conserva multitud de recuerdos y anécdotas ligados a su familia, al momento de la historia y a la situación social que le tocó vivir. La única chica,después de dos hermanos varones, aprendió a compaginar la ayuda a su familia con el estudio, harto difícil para una mujer de aquella época y circunstancias. Su inteligencia, su espíritu decidido, su interés por el saber y la cultura y la ayuda de su hermano mayor, que le daba clases, llevaron a Rosario a finalizar los estudios de Magisterio y a abandonar Madrid durante algún tiempo. Ejerció su profesión de maestra en varios pueblos de la provincia de Guadalajara, y en uno de ellos conoció a su marido, que era médico en el pueblo vecino, empezando así una nueva etapa de su vida, en la que abandonó la profesión para dedicarse a su familia. Ha tenido cinco hijos, muriendo el mayor al poco de nacer. En la actualidad tiene tres nietos. Unos diecisiete años duró esta etapa que le permitió conocer a fondo la vida rural en pueblos muy pequeños de la "Castilla profunda", estudiando el carácter, las reaciones de la gente, las costumbres, el modo de relacionarse unos con otros...Tras estos años rurales, sin lugar a dudas ricos en experiencias,toda la familia volvió a Madrid, donde Rosario reingresó en su profesión, continuando en ella hasta la jubilación.Podría decirse que Rosario ha escrito desde siempre, que su vocación literaria viene de lejos, que su primer cuento fue una tarea escolar y su maestra la castigó porque creía que lo había copiado.Luego vinieron las novelas de ambiente rural, los relatos y los cuentos. Después de su jubilación ha aumentado su producción en distintos concursos literarios nacionales.Rosario tiene el don de transformar en relato, en intriga, en novela o en cuento los pequeños acontecimientos cotidianos...para aquellos que sepan escuchar.

EL APUNTE

UNA ESPAÑA DE BERLANGA

TODOS A LA CÁRCEL
Este es el título de una película, no la más memorable, de Luis García Berlanga que se ajusta literalmente a la situación política nacional que estamos viviendo. Tras el Watergate de la combativa y castiza Espe al gobierno municipal de Ruíz Gallardón ─ esa lucha ya dura más de un lustro y está desgastando al PP, y de qué manera, ante un Mariano Rajoy que no entra al descabello de la presidenta de Madrid y directa rival política porque le tiene miedo: que suelte a Fraga que, a estas alturas, ya todo le da igual, y veremos cómo se la merienda ─ viene esa trama de corrupción multimillonaria en la que están implicados no se sabe cuántos políticos del PP, porque ya se habla de aforados y la cabeza de Camps está en el candelero ─¡Y en cambio se escapa Zaplana, que siempre ha estado en las quinielas de todas las tramas corruptas! ─, y amigos íntimos de Aznar que asistieron al bodorrio de El Escorial como, con muy mala baba, por cierto, se ha encargado de recordar el diario El País un día si y otro también, sacando a los presuntos delincuentes, ahora detenidos, vestidos de chaqué y smoking y acompañados de sus vistosas señoras ─ algunas también implicadas en el reparto del pastel inmobiliario ─ mientras desfilaban por las alfombras de El Escorial para rendir vasallaje al jefe de filas del momento, Josemari, que no dice esta boca es mía con todo lo que está cayendo y anda empeñado en negar el cambio climático.


LA ESCOPETA NACIONAL
En esta España de sainete, que es mejor que la anterior de cementerio, cal blanca y muros de presidio, Luis García Berlanga sacó provecho, como nadie, de las cacerías en donde se dirimen toda clase de chanchullos económicos y tráficos de influencias entre quienes detentan el poder político y económico y quiénes van detrás preguntando ¿Qué de lo mío? En la hilarante película de Berlanga un catalán, Saza, que quería tener la exclusiva de los porteros electrónicos de todo el país, perseguía a los ministros de turno, entre disparo y disparo, y además esgrimía que la cacería la había pagado de su peculio como todo buen catalán, que arrastramos una mala fama internacional que a saber de dónde viene, de Pujol, seguramente. Pues después de esa caza de políticos corruptos en el marco del PP tenemos esas escenas de caza en la Baja Castilla La Mancha, que, en realidad, era Andalucía, entre un ministro de justicia de montería y un juez ejecutor de hermosos venados. Seguramente las dos dianas, sobre las que el PP descarga su munición, estarían hablando de las cornamentas de los venados abatidos, pero el encuentro no podía ser más torpe e inoportuno. Para postres, el ministro de justicia era una especie de cazador furtivo ya que lo hacía sin licencia creyendo que estaba en Castilla La mancha, donde sí puede ir por los montes pegando tiros. ¡Ay que ver estos ministros que no saben dónde están! Yo, como Manuel Vicent, al margen de lo que hablaran o dejaran de hablar juez y ministro del ramo, me quedo con esa imagen bochornosa de dos representantes de la justicia española masacrando hermosos venados que nada les han hecho y creo que ahí esta la infamia de esos dos sujetos. Por lo pronto los augures dicen que Bermejo, ministro que no se ha distinguido por la diplomacia sino todo por lo contrario, especie de bombero que apaga los incendios con gasolina, tiene los días contados, porque ZP, allí donde le ven, con su gesto de bondad y su talante, no perdona una, y nuestro juez estrella ha sido internado en una clínica con amago de infarto.
Pero los augures se equivocan, porque Bermejo, el cazador cazado, ha dimitido mucho antes de la remodelación, no por matar mansos y bellos venados, sino por hacerlo sin licencia, lo que le honra, la dimisión, y podría hacerse extensivo el gesto al partido de la oposición.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

EGOLATRÍA

DE BUENA TINTA
Latidos
Tino Pertierra

Publicado el 19/2/2009 en el suplemento CULTURA de LA NUEVA ESPAÑA

José Luis Muñoz puede presumir de tener en su currículum dos de los principales premios literarios de Asturias: el «Tigre Juan» y el «Café Gijón». Incansable e irreductible en la noble tarea de hacer de la literatura una razón de ser y estar, Muñoz ha sacado del horno hace nada su última novela, El corazón de Yacaré. Y él mismo nos ausculta sus latidos: «Algunas novelas mías tienen génesis sorprendentes como, por ejemplo, Último caso del inspector Rodríguez Pachón, que surgió del encuentro fortuito con unas hojas muy antiguas en un cajón de mi escritorio, seguramente un relato que se quedó a medias, que leí, me gustó y creció hacia delante y hacía atrás hasta convertirse en novela».
Parte la novela de un relato largo «que escribí en 1970, titulado “Le roman de coeur” que había releído varias veces y con el que no acababa de estar satisfecho. Al final me di cuenta de que, en realidad, el relato largo era una novela comprimida, que el tema daba para mucho más, y en 2007 me puse a redactarlo de nuevo, incorporando personajes que la hicieran más coral, y que cada uno de esos personajes tuvieran voz propia y diera una versión sesgada de los hechos de la novela. Además, cada uno de ellos, Yacaré de Wilson Frades, la hermosa protagonista que enviuda y enloquece; Nelson Correa, el policía torturador, y Santiago O’Higins, el ingeniero propietario de una compañía clave del país, me permitieron, por su diversidad social y cultural, trazar una pintura de la realidad de Macladán, el país imaginario en el que transcurre la acción, que es la síntesis de todas esas naciones de América Latina que, en un momento del siglo pasado, sufrieron sangrientas dictaduras».
«El tema y el enclave de la novela me permitieron», finaliza Muñoz, «jugar con una serie de géneros con los que estoy muy familiarizado, como son el género negro –en la novela hay una trama policial–, el erótico –algo casi consustancial cuando se escribe sobre la parte sur de América, hermanado con el tropicalismo–, y la critica social y política, pero sobre todos ellos bascula, creo yo, una historia de amor muy fuerte, un amor enloquecido, que imagino fue lo que convenció al jurado para premiarla con el “Ciudad de Seseña” de novela romántica».


Tino Pertierra (Gijón, 1964) Dirigió la colección Alba Zoom de la editorial barcelonesa Alba, e impartió clases de periodismo en un centro universitario de Oviedo. Ha publicado los libros de relatos El dios de las tristezas amorosas, Cuerpo a cuerpo, La historia jamás contada y Los seres heridos, con el que ganó el Premio Tigre Juan, y las novelas El secreto de Sara, Jesse James estudió aquí, ¿Acaso mentías cuando dijiste que me amabas?, Toda la verdad sobre las mentiras de los hombres y El secreto de las mujeres prohibidas. Trabaja en el diario asturiano La Nueva España.

LOS LIBROS DE MIS AMIGOS

EL DOCUMENTO SALDAÑA
Pedro de Paz
(Editorial Planeta, 2008) 425 pgs.

Que la literatura española nada tiene que envidiar a la anglosajona en un género tan popular como el trhiller no es algo que se descubra ahora sino que viene de lejos, de Vázquez Montalbán, para ser precisos, y de manos de la que, para mí, fue su mejor novela: Galíndez. Goza, la nuestra, una buena tradición en el género negro y en la novela de acción con tramas más o menos complejas. El documento Saldaña, de Pedro de Paz, un novelista que se dio a conocer con El asesinato de Durruti ─ aquí hay una pequeña broma: el gato del protagonista se llama como el anarquista asesinado─, es un buen ejemplo de ello.
Con una estructura muy cinematográfica, por lo que no puede descartarse verla pronto convertida en película, Pedro de Paz construye con precisión una novela en la que demuestra pleno dominio de la narrativa y pergeña algunos secundarios notables a lo largo de una trama que funde el género de aventura ─ la búsqueda de un tesoro, el del citado Saldaña, por mafias rusas pero también por Miguel Cortés, buscavidas y matón a sueldo del mejor postor ─ con el genuinamente negro, como es el caso de Vassiliev, un típico killer que mata por placer y es el antagonista perfecto con el que deberá ajustar cuentas el protagonista.
Una trama compleja en la que se van desgranando pistas que conducirán al escondite del legado Saldaña y nos moverán por un intrincado laberinto urbano madrileño, intereses encontrados de quienes quieren a toda costa hacerse con los documentos, escenas de gran violencia ─ la muerte de tres sinks a manos del ruso ─ junto a otras eróticas─ las escenas de amor de Lola Álvarez con Miguel Cortés─ mantienen la tensión de esta amena novela que tiene un final fulgurante en los túneles del subterráneo de Madrid y se cierra con una pequeña trampa del autor que no voy a desvelar.
Si hay que poner alguna pega a la novela sea quizá el exceso de páginas, 400, que si se hubieran reducido, a buen seguro, la habrían hecho más fluida.

Pedro de Paz (Madrid, 1969). En el año 2003 escribe su primera novela, El hombre que mató a Durruti (Germanía, 2004). Ese mismo año la novela se erige, por decisión unánime del jurado, en ganadora del I certamen internacional de novela José Saramago siendo, con posterioridad, traducida al inglés (Christiebooks, 2005) y lanzada al mercado anglosajón. Ha publicado la novela Muñecas tras el cristal (2006), un thriller en el que utiliza la pornografía en Internet como telón de fondo, y ha participado en la antología colectiva de relatos La vida es un bar. Su última novela es El documento Saldaña (Planeta, 2008).

NEWS

Los óscar
Resulta paradójico que Penélope Cruz obtenga su estatuilla por el papel de María Elena en Vicky Cristina Barcelona, una de las peores películas de Woody Allen, tarjeta de agradecimiento del cineasta a Barcelona y, de paso, a Oviedo por el Príncipe de Asturias, pero quizá así se repara la injusticia de no habérselo dado por Volver de Pedro Almodóvar, en donde estaba sublime. Penélope Cruz rinde mucho más con directores españoles ─ Almodóvar, Bigas Luna, Fernando Trueba ─ que en las olvidables producciones norteamericanas.
Fiel al cliché de perdedor se debe de haber ido a su casa, o a su roulotte, Mickey Rourke que ha sido rescatado por Darren Aronofsky con El luchador, un papel con el que se ha sentido muy identificado, prototipo de chico malo, criado en los suburbios, pendenciero e indisciplinado, quien todo lo tuvo y todo lo perdió por su mala cabeza y aparece ahora redimido, pero no tanto como para llevarse un óscar que ha ido a las manos de otro rebelde, pero con cabeza: Sean Penn.

Estaba cantado que Kate Winslet, por su interpretación de El lector, se iba a llevar el oscar que tantas veces se le había negado. La actriz británica pone cuerpo y alma en ese oscuro personaje que le toca interpretar, la de la guardiana de las SS que inicia en la sexualidad a un adolescente al que le dobla en edad. Y Slumdog Millionnaire , que habrá que ver ya sin más dilación, de Danny Boyle, director de la lisérgica Transpoitting pero, también, de La isla, una de las mayores birrias cinematográficas que sirvió para destrozar la paradisiaca isla tailandesa de Ko Pee Pee antes de que el tsunami la arrasara, que cumple ese sueño americano de que las pequeñas producciones, hechas con talento, pueden llegar muy alto y superar a las superproducciones.


El monstruo
Inmersos en la polémica sobre la tibia posición del Vaticano cuando Hitler masacraba medio mundo, y con un Papa germano del que se guarda foto con uniforme hitleriano, las declaraciones del obispo Richard Williamson, un lefebvrista confeso recientemente indultado por el Vaticano, negando el Holocausto flaco favor hacen a la Iglesia. Afirmó este obispo con cara de galán de Hollywood que no más de 300.000 judíos murieron en los campos de concentración nazi, en vez de los seis millones que reconoce la historia, y negó la existencia de cámaras de gas. Esas declaraciones se difundieron el pasado 21 de enero en la televisión pública sueca Svt, el mismo día que el papa Benedicto XVI firmó el decreto de levantamiento de las excomuniones a él y otros cuatro obispos seguidores de Marcel Lefebvre.

Otro monstruo

Empieza el juicio contra el jefe torturador del Jemer Rojo Kaing Guev Eav,al que se considera uno de los responsables de la exterminación de 1,7 millones de personas hace tres décadas Kaing Guek Eav, conocido por el camarada Duch, de 66 años, fue el comandante de la prisión de Tuol Sleng, por la que pasaron unas 14.000 personas para ser interrogadas, torturadas, y ejecutadas entre los muros del recinto o en el campo de exterminio de Choeung Ek, a unos 15 kilómetros de Phnom Penh.
Llama la atención el aspecto atildado del anciano asesino en serie que usa gafas de miope, lo que le hubiera valido ser exterminado por sí mismo. El horror del nazismo nos impide, a veces, evaluar el horror que desataron las izquierdas totalitarias en Rusia, China o Camboya.

Un chulito aprendiz de monstruo


"Me doy asco a mí mismo. Ese día no era yo", dice el agresor de la menor en los FGC
El acusado dice que estaba drogado y bebido y que se arrepiente de lo que hizo porque "nadie se lo merece".
Lástima que existen las hemerotecas, y las fotos de las hemerotecas, para poner en duda ese arrepentimiento cuando penden sobre él unos cuantos años de cárcel. A días de la agresión racista a una pasejera del metropilitano barcelonés captada por una cámara de seguridad, el ahora compungido Sergi alardeaba ante los fotógrafos de la prensa de su efímera fama, aunque fuera como vándalo cobarde y agresor de una chica. Como muestra, la foto que aquí cuelga. ¿Es ése alguien que se da asco a sí mismo y que siente lo que hizo? Ahora, a día de juicio, no dudo de que sea verdad, que lo siente por lo que le puede caer, con mucha justicia, sobre sus espaldas.

El beso
Prohíben los besos en una estación británica para evitar las aglomeraciones
Hay una "zona de besos" y unas señales en el suelo en las zonas en que se registraban mayores retrasos para advertir de la prohibición
Los responsables de una estación de ferrocarril situada en el norte de Inglaterra han decidido prohibir los besos en las instalaciones para evitar aglomeraciones de personas que se despiden y facilitar el acceso de los viajeros.
La estación de Warrington Bank Quay, en Cheshire, dispone de unas señales en el suelo en las zonas en que se registraban mayores retrasos para advertir de la nueva prohibición. En contrapartida, los responsables de estas instalaciones establecieron una «Zona de besos» cerca del aparcamiento para que los usuarios puedan despedirse allí con mayor tranquilidad.

LA PELICULA

EL LECTOR
Stephen Daldry

Los antecedentes de Stephen Daldry, realizador que se prodiga poco pero acierta mucho ─ Billy Elliot y la maravillosa Las horas─ pesan a la hora de valorar El lector─ la última producción de Anthony Minghella y Sydney Pollack, realizadores que murieron casi al mismo tiempo─ y ver con atención esta película, con un claro peso literario, que es una fiel versión cinematográfica del libro homónimo de Bernhard Schlink, novela sobre el amor, el horror y la piedad y sobre cómo se encaran, desde el presente, las heridas abiertas de la historia a través de una relación amorosa entre esas dos generaciones que representan la vieja y vergonzante Alemania y la nueva, que se resiste a estudiar un pasado en el que padres y abuelos estuvieron involucrados.
Una vez vista la película, que no se centra en el Holocausto aunque esté ahí, presente, marcando esa historia de amor ─ el paseo del joven protagonista por uno de los pasillos de Auschwictz, en donde se almacenan miles de zapatos sin dueño, es un apunte suficiente ─, ponderándola con sus imperfecciones, sus desequilibrios evidentes que se detectan en el mismo momento de su visionado ─las secuencias del juicio podían haber dado mucho más de sí, dramáticamente hablando─, marcha el espectador con una sensación agridulce, más agria que dulce, y comprueba que es una de esas cintas que tienen un poso considerable, que persisten en la retina cuando la luz se enciende, que persiguen al espectador cuando pasan los días y que, a nadie, deja indiferente y sí incómodo.
Hay en El lector, tan breve como adecuado título, dos historias de amor paralelas. La historia de la madura Hanna Schmitz (Kate Winslet), la adusta revisora de tranvía que seduce a un jovencísimo muchacho y lo inicia sexualmente a lo largo de una serie de meses, entregándole exclusivamente su cuerpo, pero no su alma. Y la del amor compartido hacia los libros, que el joven quinceañero Michael Berg (David Kross) lee a su amante después de cada encuentro. Esa lectura de libros dura toda la vida, va más allá de la pasión amorosa, hasta cuando Hanna desaparece ─ magnífica secuencia en la que Michael Berg camina por el desolado apartamento vacío en donde no queda ya rastro de su amante ─ para volver a aparecer, en un salto en el tiempo, en el banquillo de los acusados, como guardiana de Auschwictz y condenada a cadena perpetúa.
Es El lector una película de amor desoladora y fría─ perfecta la visualización de ese primer encuentro con Michael Berg, vomitando en el portal de Hanna tras bajarse apresuradamente del tranvía, indispuesto, mientras en la calle llueve torrencialmente, y de la mujer que va a ser su amante limpiando, con cubo y fregona, la suciedad del suelo antes de acogerlo en su apartamento al que, desde entonces, acudirá siempre al salir de clase ─de la que sí sabemos el amor enfermizo que siente el adolescente hacia esa mujer que se entrega a él metódicamente, aunque ignoremos todo de ella, no hay siquiera muestras de cariño por su parte, no mas dedicación que la forma en que, en otra escena memorable, que remite directamente a su oscuro pasado de guardiana de las SS, Hanna restriega bruscamente el estropajo contra el cuerpo desnudo de Michael Berg.
Un Michael Berg maduro (Ralph Fiennes) pasea su desolada figura por las calles de la ciudad rememorando ese amor que lo ha marcado y del que no se ha repuesto, del que guarda imágenes turbadoras pero que ya no quiere reiniciar con esa Hanna Schmittz condenada y envejecida. Y ahí arranca otra de las maravillosas escenas de la película, las grabaciones que Michael Berg hace de los libros que leyó a Hanna y que envía a su celda para que ella escuche y reviva, con su voz, ese pasado fugaz que compartieron, hasta que esos mismos libros, con los que Hanna aprende a escribir y leer, forman parte de su cadalso.
Arriesgada fórmula, la de Daldry, de dar un giro a la historia reciente de Alemania, presentar a un verdugo, culpable de incontables crímenes, como víctima, y a sus víctimas sobrevivientes ─ papel que interpreta con frialdad y distancia Lena Olin─ casi como implacables verdugos del presente. Se marcha la enigmática Hanna Schmitz sin que sepamos nada de su vida, siendo realmente para su amante una autentica desconocida con la que compartió intimidad y ese amor por la literatura que lleva implícito el título. Hubo bien poco entre ellos, no fue una relación de felicidad plena sino de todo lo contrario, y es Michael Berg la mayor victima de ese encuentro fortuito que debiera maldecir de por vida. El amor, con su dosis de arbitrariedad e irracionalidad, es, en este caso, mucho más amargo que dulce. JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL RINCÓN DEL POETA

No es nuevo en este blog, pero sí en esta querida sección que cada vez tiene más adeptos. Javiez Vázquez Losada tiene dos motivos de alegría que comparte con nosotros. El primero es que publica su primer poemario, Casi sin querer, en la editorial Baile del sol, del que extraemos unos cuantos poemas con su autorización y para disfrute de todos. El segundo, también lírico, es que acaba de ganar el premio de poesía Blas de Otero. Desde aquí, ¡Felicidades, amigo!




Más allá
Deja mujer,
cuatro hijos
y doce nietos.
—¿Muerto?
Tremenda rubia.



Parece que haya
que explicarlo todo



…Y yo
siempre mirando
la luz desde la sombra
me comparo y soy nada
pequeño
por mirar cosas más grandes
más vale que me entere
de que soy de mi propio
tamaño



Gangas


Alguna vez hablé del más allá
con verdadero atrevimiento
pero la verdad
es que por allí no he hecho
al menos por ahora
ninguna excursión
y no será por falta de touroperadores
más o menos baratos
que llenan de anuncios
las ciudades
con cierta querencia por sus hospitales
pero es que siempre he desconfiado
de los viajes sólo de ida.

Impromptus


La ilustración es de Augusto Monterroso


Me deshago de este bicho molesto
con un solo dedo
y después me siento a escribir
con la intención
de ser inmortal.


Transmutación en un día

aparentemente como los demás

Ser donde otros jamás fueron
germinar en las luces ya olvidadas
hacer de la palabra reverencia
llegar donde se deja de crecer
tramar el paraíso
descansado.

Observar el segundo irrepetible
congelarlo en algún lugar
como el que da la vida al tiempo
y lo hace eterno
lo hace suyo por siempre y para siempre
escrito con humo…

Si ese lugar que es cima inalcanzable
si el sueño es su testimonio
más fiable
si su brisa es sólo sugerencia
si…
si eso es todo… es nada.

Es lo que hay


Quizás esperabas a Milton a Yeats a González a Colinas
incluso te conformabas con el vocalista de Travis
o el de Coldplay
y te encontraste conmigo
algunas veces hasta tolerable
pero las más tan raro
como un milagro
en el motor de tu viejo coche
alguien que vomita más que habla
si lo piensas bien también tiene su mérito
pero
al menos
en noches como ésta
y después—faltaría más—
de bajar la basura
que ya da lo mismo que lleve rosas muertas
o latas de cerveza
susurro tu nombre igual igual
que un poeta verdadero.


Javier Vázquez Losada (Orense, 1967) es licenciado en Derecho, abogado, escritor y profesor de escritura creativa en los talleres Fuentetaja. Colabora con diferentes empresas en la creación y desarrollo de guiones y proyectos editoriales y es director ejecutivo de la Revista Hispanoamericana de Cultura Otro Lunes, subdirector editorial de la Revista Spanorama y colaborador de la Revista QUO . Ha publicado las novelas Rendijas, Premio de Novela Ciudad de Getafe 2005, y Los átomos errantes, IX Premio Internacional de Novela Salvador García Aguilar (Editorial Agua Clara, 2006), así como numerosos relatos y poemas en diferentes revistas y antologías tanto en América Latina como en España.
Como poeta acaba de publicar el libro Casi sin querer (Ediciones Baile del Sol, 2009) y acaba de ganar el Premio Blas de Otero de Poesía 2009.
Ha obtenido varios premios internacionales en narrativa breve y en poesía y, además, ha sido finalista del Premio Ateneo de Valladolid de Novela, premio Juan Pablo Forner de Novela, y del Premio Calderón de la Barca
de Teatro entre otros galardones.

jueves, 12 de febrero de 2009

EGOLATRÍA

DE MES EN CUANDO

En un ambiente relajado, y con un público entregado a pesar de la fría noche granadina, leí mis cuatro microrrelatos ─ en realidad fueron cinco, nunca se me dio bien contar: soy de letras, como recalcó muy bien mi presentador, el amigo y escritor Gregorio Morales, de Románicas, remachó con crueldad, una rama extinta, como los dinosaurios, no el de Monterroso con el que inicié mi plática literaria poniéndolo como ejemplo del micro más micro jamás escrito ─ y los cuento los cuentos, para que no se me escape ninguno: CHANEL NÚMERO CINCO sobre Marilyn Monroe, mito de mitos y sueños húmedos al que he dedicado, también, MIS QUINCE MINUTOS CON NORMA que se incluye en el libro de relatos LO BREVE SI BREVE que acaba de editar Aberdania bajo la batuta de Juan Bas; AROMAS MORTALES, una pieza humorística que homenajea a Arthur Connan Doyle; LA ERÓTICA DEL TÉ, un breve apunte erótico que ironiza sobre el famoso té de las cinco británico; PIL Y PLOT, un desolador y tierno relato sobre un perro y su amo, y EL VIAJE COTIDIANO, una historia de fantasmas y amores con el que felicité el año a mis amigos más próximos. Cinco, sí, no cuatro, aunque hubo quién quiso ver en mi error contable un juego literario. De postres ofrecí un párrafo de EL CORAZÓN DE YACARÉ (Imagine Ediciones, 2009) que muy en breve saldrá a la calle, y que sorprendió a muchos por la forma en que muere un escritor de izquierdas, lapidado por sus propios libros. Paola Orellana, con apellido de conquistador y organizadora entusiasta de esos eventos periódicos titulados DE MES EN CUANDO, me dio una buena nueva: mis relatos, y los de todos los autores que pasaron por los micrófonos de Café Piaf, verán en negro sobre blanco sus cuentos, compilados en un tomo de doscientas páginas que se presentará en Granada, lo que me parece magnifico. Y les dejo con ese párrafo de EL CORAZÓN DE YACARÉ que serví como aperitivo de la novela a los oídos privilegiados que acudieron a escucharme.


EL CORAZÓN DE YACARÉ

En las últimas semanas los fantasmas se han hecho mucho más pesados, me han atacado con saña, como si todos ellos hubieran formado una especie de hermandad, un sindicato de damnificados, y se hubieran puesto de acuerdo en revertirme la tortura. Cuando entraba en la habitación de los niños, a oscuras, intuía el fantasma del menor Rosales, el casi niño de las gafas, al adolescente de apenas quince años, al que hube de estrangular delante de su padre, para que éste hablara, y no lo hizo porque el horror sencillamente paralizó su lengua. Y también su padre, con la gran explosión del disparo en su frente, con ese círculo negro que deja la pólvora a bocajarro. En la cama, junto a Irma, duerme Lucía, la sindicalista roja, la que desnuda y todo, vejada, humillada, se mantenía digna y altanera, desafiante, hasta el final, cuando su cuerpo dijo basta, cuando, aplastado su pecho, vomitó sangre por la boca y la última descarga del somier metálico en donde yacía le dio el calambre de muerte después de churruscar su piel, quemar su carne; ese sangriento fantasma abrazaba a mi Irma, me impedía acercarme a ella, se interponía entre ambos amenazando con contar a mi esposa las atrocidades que su marido había cometido con ella. Y en la cocina, en su sitio preferido, el gordo Lucas, el escritor marxista hedonista y amante de la nueva mesa, al que el régimen no perdonó las pullas que escribía de Duarte, su modo de satirizarle, aunque sin nombrarle, que murió por la palabra, tras dejarlo una semana a dieta de pan y agua para que aliviara las grasas, y fue golpeado hasta la muerte con trescientos de sus libros que trajimos del almacén de su editorial habitual, libros que acabaron con los cantos llenos de sangre, de su sangre, de su piel, de sus pocos pelos, un placer que el alopécico Rodrigo Pastora se reservaba mientras le susurraba al oído: “Y luego, comunista de mierda, me vas a dedicar todos y cada uno de estos libros, firmados con tu puta sangre”. Llevo dos fantasmas en el coche. O tres, o cuatro. Porque el maletero no lo he abierto y allí quizá esté el cuerpo envuelto en una alfombra del cura rojo padre Bartolomé, al que sacamos de la iglesia, al que matamos en la selva después de una descomunal paliza, clavándole en un árbol, como su Señor Jesucristo, aliviándole sus últimos estertores con la posibilidad de santidad.
Los fantasmas me preguntan cómo soy capaz, con estas manos bañadas de sangre, de acariciar luego las cabezas inocentes de mis hijos. Y eso es lo que me duele. Esa pregunta insistente a la que no hallo respuesta. Y giro, giro. Volante a la izquierda, volante a la derecha.

LA ENTREVISTA PARA DE MES EN CUANDO

DE MES EN CUANDO ¿Recuerdas a qué edad empezaste a escribir?
JOSÉ LUIS MUÑOZ Fui un escritor extraordinariamente precoz, casi desde que tuve uso de razón. A los seis años escribía cuentos; a los siete terminé mi primera novela, una del Oeste con 130 páginas. Cuatro años más tarde escribí algo parecido a la conquista del Oeste, con casi mil páginas que debo tener en algún cajón. Y también me acuerdo, curiosamente, de una sobre Auschwictz adonde, mira por donde, he vuelto ahora con EL MAL ABSOLUTO, mi novela sobre el Holocausto y la condición humana que salió en el 2008 publicada por Algaida.
DE MES EN CUANDO ¿Siempre has escrito cuento o has probado suerte en otros géneros, como la poesía y la novela? ¿Y en cuál te sientes más cómodo?
JOSÉ LUIS MUÑOZ He probado todos los géneros y recurro a la poesía para expresar emociones muy íntimas. Sin embargo, mis poemas no interesan a nadie. En donde mejor me desenvuelvo es en la narrativa, tanto relato como novela, lo que ocurre es que mientras en el campo de los relatos sólo he conseguido publicar tres libros, porque no es un género que agrade a los editores, en la novela voy por mi libro veintidós.
Y si clican a continuación entrarán en la página de DE MES EN CUANDO y podrán leer el resto de la entrevista que me hicieron
http://demesencuando.blogspot.es

RESEÑA DE "EL MAL ABSOLUTO" EN ANIKA ENTRE LIBROS

"El mal absoluto" se puede dividir en dos partes claramente complementarias. La primera me resultó bastante interesante ya que se plantean una serie de cuestiones muy complejas que aluden al grado de responsabilidad del pueblo alemán en el genocidio. ¿Fueron sólo culpables los nazis?; si los alemanes tampoco protestaron ni se manifestaron en contra del confinamiento de judíos en campos de exterminio ¿No fueron responsables también de todos esos crímenes por omisión?; si Alemania apoyó masivamente a Hitler, creyéndolo como el líder necesario para acabar con la crisis, ¿no habría pasado lo mismo en idénticas circunstancias?, ¿La caída del muro de Berlín ha fortalecido el florecimiento del neo-nazismo?...Pero también se plantean cuestiones de hondo calado ético y moral: ¿Llevamos todos nosotros un nazi dentro, un torturador escondido, esperando la más leve oportunidad para salir a la luz? ¿Habríamos cometido muchos de nosotros los mismos crímenes de haber sido oficiales de la SS? Meissner defiende la teoría de que sí. Sin embargo, Eva se resiste a aceptar algo semejante.
Si quiere seguir leyendo la reseña clique aquí EL MAL ABSOLUTO

RESEÑA DE "LO BREVE SI BREVE" EN ANIKA ENTRE LIBROS

También he comulgado perfectamente con el tono sórdido y desesperanzador de Mis quince minutos con Norma de José Luis Muñoz. El protagonista y narrador de la historia es un actor-porno, que coincide en una potente escena con una jovencísima Norma Jean en el rodaje de un corto pornográfico. El encuentro resulta tan intenso que le perturbará durante toda su vida. Es un texto explícito y directo. No obstante, su principal cualidad reside en lo bien que se nos describe la obsesión cada vez más creciente del protagonista por el film que rodó con Marilyn y por la propia actriz en cuestión.

Si quiere seguir la reseña clique aquí LO BREVE SI BREVE

EL PASO SEGURO Y ASCENDENTE DE LORENZO SILVA, ALQUIMISTA

La revista de letras hispanoamericanas OTRO LUNES me publica un escrito sobre mi colega Lorenzo Silva, EL PASO SEGURO Y ASCENDENTE DE LORENZO SILVA, ALQUIMISTA, que les invito a leer, así como otros artículos y reseñas interesantes firmados por Amir Valle, Fernando Marías, David Torres y otros muchos. Un placer loar a ese magnífico escritor negrocriminal creador de una de las parejas más originales del universo policial español.

EL PASO SEGURO Y ASCENDENTE
DE LORENZO SILVA, ALQUIMISTA
José Luis Muñoz
Uno siente una sana envidia hacia Lorenzo Silva, con el que departí muy breves palabras en la terraza del Parador Nacional de Gijón, en medio de una Semana Negra, entre café y café, hace ya algunos años; porque el, relativamente joven, escritor madrileño es un trabajador infatigable que ha tocado todos los palos de la literatura, lo ha hecho con inusual fortuna y es de los que tienen la cabeza sobre los hombros sin que el éxito lo haya cambiado un ápice.
Este madrileño, que vive en Getafe e impulsa, desde la periferia de la capital de España, ese novísimo acontecimiento negrocriminal conocido como Getafe Negro, es un abanderado del policial en España, lo que no le ha impedido cultivar todos los géneros que imaginarse puedan ─ la novela histórica en El nombre de los nuestros, una crónica del desastre de Annual que es, al mismo tiempo, el reencuentro del autor con el escenario bélico que pisó su abuelo, y en Carta blanca; el libro de relatos en El déspota adolescente; el reportaje periodístico en Líneas de sombra; la novela experimental con el concurso de los lectores en La isla del fin de la suerte; la literatura de viajes en Viajes escritor y escritos viajeros, Del Rif a Yebala y En tierra extraña,en tierra propia; el género juvenil en Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, El cazador del desierto y La lluvia de París, trilogía sobre Getafe, la ciudad en donde este autor vive; y hasta ha escrito libros infantiles como Laura y el corazón de las cosas, Pablo y los malos y una adaptación de La isla del tesoro de Rober Louis Stevenson ─, ha sido unánimemente bien tratado por la crítica, ha visto traducidos a multitud de idiomas sus libros y ha cosechado dos de los premios más importantes del panorama literario español: Nadal y Primavera. Teniendo en cuenta que varias de sus novelas han sido llevadas al cine, poco le queda ya por conseguir a este autor de paso seguro y ascendente.

Si quiere seguir leyendo pulse aquí EL PASO SEGURO Y ASCENDENTE DE LORENZO SILVA, ALQUIMISTA

LA OFICINA, EN BREVE EDITADO POR NOVALTEA

LA OFICINA es un relato que escribí a raíz de una estancia en la isla de Tenerife. La oficina, a la que hace referencia el título, es una bodeguita de La Laguna, que imagino debe existir aún, en donde sirven un vino excelente y un quesito majorero que le va a la zaga. Picoteando con un amigo queso en la barra, taquitos de jamón y bebiendo vino, y al entrar en el recinto un número de la Guardia Civil, me dio por escribir un relato negro canario en el que recogí un crimen real acaecido en la zona. No sé si con ese cuento, que vio la luz en diversas ocasiones y recibió algún premio, se ha incrementado la clientela de La Oficina, lo que sí espero es que la próxima copa de vino que me tome en ella no me sea onerosa. NOVALTEA, una editorial de Alicante, va a publicar mi relato dentro de una antología, y si quieren leer como empieza cliquen aquí LA OFICINA, y para ver como acaba tendrán que esperar a comprar el libro. Ya les aviso cuando salga.

EL ESCRITOR

Julio Cortázar
A 25 años de la muerte de Julio Cortázar se me ocurren una serie de consideraciones acerca de mi escritor argentino favorito, el antónimo del cerebral y casi matemático Borges, aunque ambos se movían por el territorio de la fantasía.
Creo que Cortázar fue uno de los responsables de que yo escribiera, o jugara con las palabras, porque escribir ya había escrito antes de conocerlo literariamente hablando. Me llovieron sus libros por un amigo de facultad, un cronopio, sin duda, que sólo leía a Cortázar. Léelo y no te arrepentirás, me dijo, mientras me pasaba Historia de cronopios y famas.
En aquellos tiempos no se estudiaba mucho, ósea que tuve tiempo de leer el libro, y convertirme ipso facto en cortazariano. Rebusqué en la biblioteca de mi padre, otro de los grandes culpables de que yo escriba, y allí encontré, oh sorpresa, Rayuela, en Edición Sudamericana. Me encantó, me fascinó. Cortázar jugaba con las palabras, hacía magia con ellas, era como un niño con sus juguetes. Y su físico era extraño. Empecé a estudiarlo al mismo tiempo que lo leía. ¿Por qué no envejecía nunca? ¿Se han fijado que siempre tuvo aspecto de niño?
En el bar de la facultad, entre huelga y huelga, en ese interludio que mediaba entre la manifestación de la mañana y la de la tarde-era Mayo 69, el 68 español con maoistas, trotskistas y anarquistas poniendo la universidad patas arriba-, devoraba El perseguidor en todo su ambiente, es decir, con el local atestado de estudiantes tumultuosos, la mesa pegajosa de cerveza derramada y una atmósfera infernal de humo de cigarrillo que, entonces, era una droga legal y estaba muy bien considerada por docentes y discentes. En mi época universitaria todos nos sentíamos un poco cronopios para sobrevivir a la España en blanco y negro y NO-DO del franquismo que era un mal sueño del que a toda costa queríamos despertar. Cortázar era un gigante, pero con cara de niño, cejijunto, como Frida Khalo, a veces con barba, otras con gafas y un cigarrillo entre los labios siempre humeante. Me di cuenta, a medida que lo leía, que no había crecido por dentro y por eso tenía ese aire infantil, de ahí ese aspecto jovial, hasta en el pelo, cuando tenía casi ochenta años. ¿Con quién pactó?
En esa época yo era un escritor compulsivo, amante de la escritura automática, además de perro verde. Escribía en todo papel que se me pusiera por delante, fuera servilleta de bar, papel higiénico o margen de periódico. Escribía con una letra pequeña y prieta, indescifrable hasta para mí mismo, extraños relatos, algunos de los cuales recuperé.
Me fascinaban los cuentos de Cortázar, muchos de ellos de género negro, aunque no hubiera asesinos ni nada parecido en sus páginas: por el ambiente. Saxos, humo de cigarrillos, vasos de whisky, cantantes, boxeadores, tugurios oscuros... Charlie Parker. Era un forofo del jazz. De hecho hay muchas fotos en las que toca el saxo, maravilloso instrumento, y su literatura está llena de anotaciones musicales. Como también era un gran entendido de boxeo, ese ballet viril que tan buenos rendimientos ha dado en literatura y en cine. Pero también era músico de palabras, hacía juegos malabares con ellas, en sus manos eran fieras amansadas que dirigía hacia cualquier parte. Había que estar muy atento en sus relatos, que eran siempre amenos, imaginativos y cargados de un humor muy especial, único, porque saltaba de un personaje a otro sin que se diera uno cuenta. Había siempre juego, desafío, en su prosa llena de guiños que había que paladear con lentitud. Nadie como él para, en un quiebro preciso, trasladarte de la realidad más cotidiana a la más absoluta fantasía, para hacerte dudar del plano real. Leías un relato y te hacías la pregunta si tus sueños eran realmente tu vida y tu monótona vida diaria, una pesadilla. El sumidero de un lavabo era un agujero inquietante. Un motorista que se estrellaba en una carretera era un azteca sacrificado en la cima de una pirámide, o viceversa. El rostro del asesino quedaba impreso en la pupila de su víctima. Un atasco duraba semanas, meses, y los automovilistas se tornaban locos. Cortázar convertía en literatura las obsesiones cotidianas, nos hacía ver el absurdo de la realidad. Rayuela, como su nombre indicaba, era un juego divertidísimo, que se podía leer de cualquier manera, a saltos, lo que luego se intentó con los libros interactivos que tuvieron un éxito efímero. Tenía su prosa una cualidad envolvente, mágica. Era capaz, por desafiarse a sí mismo, de escribir el párrafo más erótico mediante elipses precisas que el lector completaba con excitación. Y era muy argentino, a pesar de haber residido casi toda su vida en Francia, profundamente argentino en su habla, su cultura.
Me gustan todos sus libros, Queremos tanto a Glenda, todos, y creo que los he leído sin que me dejara ninguno olvidado, con lo que espero con ansía esa última entrega póstuma que han exhumado de sus cajones sus albaceas testamentarios y estará dentro de poco al alcance de sus lectores.
Los cajones de Julio son cinco y no se podían ni abrir de atestados que estaban. A duras penas lograron hacerlo, el 23 de diciembre de 2006, Aurora Bernárdez, viuda, albacea y heredera universal del autor argentino de 86 años, y Carles Álvarez, estudioso y loco cortazariano encantado con esa sorpresa.
Pero hay un libro a cuatro manos que me pareció encantador, de los últimos, el que escribió con Carol Dunlop, ilustrado con fotos anodinas de roulottes, areas de descanso, señales de tráfico y carreteras, que tituló LOS AUTONAUTAS DE LA COSMOPISTA, un libro de amor absoluto, del que recojo una cita que utilicé en mi recopilación de relatos VIAJEROS DE SÍ MISMOS.
"A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato.´Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista".
Creo que ése, y no se lo pierdan si lo atrapan, es la más conmovedora historia de amor que se haya escrito.

Carol Dunlop precedió a Julio Cortázar en su último viaje.


JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL RELATO

TEMBLOR
© José Luis Muñoz



El primer temblor apareció hace un año. Parecía una cosa sin importancia: una cucharada llena de sopa que se desbordaba antes de llegar a la boca y caía sobre el plato. Fue un incidente pasajero. Pero cuando se repitió a la semana siguiente, aquel acto nimio comenzó a inquietarme. La derecha. La mano derecha. La observé, apoyando el codo sobre la mesa. Moví el antebrazo, subiéndolo y bajándolo, y fijé los ojos en mi mano. No vi nada extraño. Extendí entonces el brazo y entonces vi como temblaba, un ligero estremecimiento. Pero seguí sin darle importancia.
El temblor de mi mano derecha creció y se hizo más evidente en las semanas siguientes. La cucharilla que removía el café chocaba contra las paredes de la taza. Vigilé mis dedos. No se movieron, en un principio, pero luego sí lo hicieron, como afectados por una descarga eléctrica.
Creí que todo aquello eran aprensiones mías, o cosas de la edad. A los cincuenta años el cuerpo cambiaba, el corazón no latía con la misma intensidad, los pulmones no atesoraban la misma cantidad de aire y las articulaciones comenzaban a indicarme que existían por medio de punzantes pinchazos. Lo asumía. Pero el temblor era otra cosa.
Me había prejubilado de un honroso trabajo en un banco de provincias. Esa era la política que se derivaba de las fusiones bancarias, que la gente sobrara, que los veteranos se fueran a sus casas, cobraran una buena parte del sueldo y esperaran pacientemente la jubilación definitiva. Había hecho un sinfín de planes para cuando llegara ese momento. Me había propuesto leer la infinidad de libros que llenaban los anaqueles de mi librería, pasear a la orilla del río, charlar en la cafetería mientras jugaba al dominó con mis amigos, acudir mensualmente a la tumba de Merche para dejarle un ramillete de jazmines, su flor preferida. Pero no contaba con ese temblor. Una mañana Nati, la fiel asistenta que venía cada mañana a hacerme la cama y pasar la escoba por el piso, lo advirtió pero creyó que era algo pasajero, no le dio la mayor importancia.
─ Le tiembla la mano, señor Zacarías.
─ ¿Sí?
─ ¿No se ha dado cuenta de ello?
─ No. ¿Tú crees que me tiembla? ─ mentí.
El temblor se hizo más frecuente y afectó también a la otra mano. Alzar un vaso y beber su contenido se convirtió en un ejercicio complicado. El vaso de cristal me repiqueteaba en los dientes mientras trataba, en vano, de detener ese estremecimiento. Nati, entonces, empezó a preocuparse.
─ Pero señor Zacarías, ¿qué le ocurre en las manos? Eso no es normal. ¡Jesús! Debería ir a que le viera un doctor.
Fui al médico. El doctor Muelas era un viejo conocido. Él había tratado a mi mujer durante su larga enfermedad y nunca me ocultó su gravedad. Le expliqué mis síntomas.
─ Ya lo veo.
─ Me he convertido en un ser torpe ─ le dije ─. Atarme un zapato es un acto que requiere toda mi concentración.
─ Zacarías ─ me dijo, tras observarme ─. Tienes Parkinson.
─ ¿Se cura?
─ No. Se palia. Te recetaré unas pastillas. Frenarán algo ese molesto temblor, pero son pastillas y ya sabes que lo que arreglan por un lado lo estropean por el otro.
Eran dos pastillas grandes y redondas de color rojo y nombre impronunciable. Las empecé a tomar disciplinadamente aquella misma tarde, y a la mañana siguiente noté una cierta mejoría que se diluyó al cabo de una semana. El medicamento, además, me producía vacíos de memoria. A los seis meses noté que mis manos sufrían una deformación progresiva, que mis dedos se agarrotaban y perdían toda sensibilidad. No tenía manos, sino garfios, y dejé de frecuentar el café, de jugar al dominó, me recluí en mi casa, con mis libros, con el diario que cada mañana me pasaban por debajo de la puerta, con mi fiel asistenta Nati.
─ ¿Hoy tampoco sale, señor?
─ No, Nati, no me veo con ánimos.
─ ¿Ya se toma las pastillas?
─ Sí, y nada.
Vivir con el Parkinson es una especie de muerte lenta. Es la tartamudez de los músculos. El más pequeños gesto se convierte en una pesadilla, las manos dejen de tener utilidad y los objetos se escurren entre los dedos por mucho que tu cerebro dé órdenes para que esto no suceda. Pronto, el temblor se extendió a otras partes de mi cuerpo, a mis piernas, a mis hombros, a mi cuello, a mi cabeza; no desaparecía ni cuando me echaba en la cama. Andaba por la casa, arrastrando los pies embutidos en las zapatillas, y veía mi imagen patética recortándose en el espejo del salón: un hombre viejo, agotado, con el pelo cano y débil que le caía a mechones en cuanto pasaba el peine.
El doctor Muelas vino a visitarme a casa sin yo llamarle. Nati había intercedido por mí. Me envolvió en una mirada de conmiseración mientras me pasaba su brazo por el hombro y me ayudaba a aposentarme sobre el sillón.
─ Va a más ─ le dije con amargura.
─ Lo sé.
─ ¿Hasta cuándo?
─ Hasta que te impida todo movimiento, Zacarías. No quiero engañarte.
─ Nunca lo hiciste, amigo.
Aquí estoy, sentado junto al ventanal del balcón, atisbando la calle, absorto en ese ir y venir de la gente preguntándome por qué yo no soy uno de ellos mientras Nati, que sigue viniendo fielmente a mi casa, me lee lentamente los libros que ya no puedo manejar.
─ ¿Cuál quiere que le lea, señor?
─ “Muerte en Venecia”, Nati.



Temblor forma parte de la antología El hijo y otros relatos que acaba de editar ediciones La Mordida con los cuentos ganadores, finalistas y clasificados del 3er. concurso literario El Laurel.

EL ANAQUEL

La resaca del amor

Hermosa y ajustada metáfora para referirse a las consecuencias del desamor, a los estragos de la pérdida amorosa, al dolor que se siente tras ser abandonado por el otro, a la caída en casos extremos en la devastación existencial e incluso en la destrucción propia o ajena.
Ante el naufragio sentimental las personas respondemos de las más diversas maneras. Es de lo que trata este inclasificable libro de Juan Bas que, como ya hizo en su famoso TRATADO SOBRE LA RESACA (Temas de hoy, 2003), se sirve para contarlas de una conseguida mezcla entre ensayo y ficción presidida por un humor ácido y negro de una eficacia hilarante.
Así, a través de las más originales maneras de componer un relato, asistimos a resacas de amor en las que se practican venganzas de un retorcimiento demencial, de altruismo y romántica generosidad, gastronómicas, hipersexuales, taxidermistas, de cambio de sexo, dureza de corazón, maniáticas, antropofágicas, frías, psicópatas, cursis, poéticas, homicidas, fantásticas, freaks o más allá de la muerte.
No se pierda este libro. El mejor regalo para la persona amada antes de que deje de serlo y se convierta en la otra, la causante de su resaca del amor.

Juan Bas (Bilbao, 1959). Columnista de opinión del diario El Correo y escritor traducido al francés, alemán, italiano, ruso, búlgaro y noruego. Ha publicado guiones de comic en las revistas El Víbora, Tótem y Cimoc y relatos en Playboy y Penthouse. Entre sus novelas destacan El oro de los carlistas (2001), Glabro, legionario de Roma (2002), Alacranes en su tinta (2002), La cuenta atrás (2004) y Voracidad (2006), Premio Euskadi de Literatura 2007. Es asimismo autor de los falsos ensayos Tratado sobre la resaca (2003) y La resaca del amor (2008) y del libro de artículos de prensa El número de tontos (2007). Ha editado para Alberdania Lo breve si breve (2008) en donde reúne 12 relatos de los más diversos autores.