LA PELICULA

EL LECTOR
Stephen Daldry

Los antecedentes de Stephen Daldry, realizador que se prodiga poco pero acierta mucho ─ Billy Elliot y la maravillosa Las horas─ pesan a la hora de valorar El lector─ la última producción de Anthony Minghella y Sydney Pollack, realizadores que murieron casi al mismo tiempo─ y ver con atención esta película, con un claro peso literario, que es una fiel versión cinematográfica del libro homónimo de Bernhard Schlink, novela sobre el amor, el horror y la piedad y sobre cómo se encaran, desde el presente, las heridas abiertas de la historia a través de una relación amorosa entre esas dos generaciones que representan la vieja y vergonzante Alemania y la nueva, que se resiste a estudiar un pasado en el que padres y abuelos estuvieron involucrados.
Una vez vista la película, que no se centra en el Holocausto aunque esté ahí, presente, marcando esa historia de amor ─ el paseo del joven protagonista por uno de los pasillos de Auschwictz, en donde se almacenan miles de zapatos sin dueño, es un apunte suficiente ─, ponderándola con sus imperfecciones, sus desequilibrios evidentes que se detectan en el mismo momento de su visionado ─las secuencias del juicio podían haber dado mucho más de sí, dramáticamente hablando─, marcha el espectador con una sensación agridulce, más agria que dulce, y comprueba que es una de esas cintas que tienen un poso considerable, que persisten en la retina cuando la luz se enciende, que persiguen al espectador cuando pasan los días y que, a nadie, deja indiferente y sí incómodo.
Hay en El lector, tan breve como adecuado título, dos historias de amor paralelas. La historia de la madura Hanna Schmitz (Kate Winslet), la adusta revisora de tranvía que seduce a un jovencísimo muchacho y lo inicia sexualmente a lo largo de una serie de meses, entregándole exclusivamente su cuerpo, pero no su alma. Y la del amor compartido hacia los libros, que el joven quinceañero Michael Berg (David Kross) lee a su amante después de cada encuentro. Esa lectura de libros dura toda la vida, va más allá de la pasión amorosa, hasta cuando Hanna desaparece ─ magnífica secuencia en la que Michael Berg camina por el desolado apartamento vacío en donde no queda ya rastro de su amante ─ para volver a aparecer, en un salto en el tiempo, en el banquillo de los acusados, como guardiana de Auschwictz y condenada a cadena perpetúa.
Es El lector una película de amor desoladora y fría─ perfecta la visualización de ese primer encuentro con Michael Berg, vomitando en el portal de Hanna tras bajarse apresuradamente del tranvía, indispuesto, mientras en la calle llueve torrencialmente, y de la mujer que va a ser su amante limpiando, con cubo y fregona, la suciedad del suelo antes de acogerlo en su apartamento al que, desde entonces, acudirá siempre al salir de clase ─de la que sí sabemos el amor enfermizo que siente el adolescente hacia esa mujer que se entrega a él metódicamente, aunque ignoremos todo de ella, no hay siquiera muestras de cariño por su parte, no mas dedicación que la forma en que, en otra escena memorable, que remite directamente a su oscuro pasado de guardiana de las SS, Hanna restriega bruscamente el estropajo contra el cuerpo desnudo de Michael Berg.
Un Michael Berg maduro (Ralph Fiennes) pasea su desolada figura por las calles de la ciudad rememorando ese amor que lo ha marcado y del que no se ha repuesto, del que guarda imágenes turbadoras pero que ya no quiere reiniciar con esa Hanna Schmittz condenada y envejecida. Y ahí arranca otra de las maravillosas escenas de la película, las grabaciones que Michael Berg hace de los libros que leyó a Hanna y que envía a su celda para que ella escuche y reviva, con su voz, ese pasado fugaz que compartieron, hasta que esos mismos libros, con los que Hanna aprende a escribir y leer, forman parte de su cadalso.
Arriesgada fórmula, la de Daldry, de dar un giro a la historia reciente de Alemania, presentar a un verdugo, culpable de incontables crímenes, como víctima, y a sus víctimas sobrevivientes ─ papel que interpreta con frialdad y distancia Lena Olin─ casi como implacables verdugos del presente. Se marcha la enigmática Hanna Schmitz sin que sepamos nada de su vida, siendo realmente para su amante una autentica desconocida con la que compartió intimidad y ese amor por la literatura que lleva implícito el título. Hubo bien poco entre ellos, no fue una relación de felicidad plena sino de todo lo contrario, y es Michael Berg la mayor victima de ese encuentro fortuito que debiera maldecir de por vida. El amor, con su dosis de arbitrariedad e irracionalidad, es, en este caso, mucho más amargo que dulce. JOSÉ LUIS MUÑOZ

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