DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 24 de julio de 2011
ZULÚ


El mecanismo por el que un film acaba convirtiéndose en un clásico y película de culto es algo que me fascina y es difícil de razonar. Pasa con esta película de Cy Enfield, un director británico al que los críticos de Cahiers del Cinema, o de Dirigido Por, tildarían seguramente con el despectivo epíteto de artesano, y que veo por enésima vez y ocurre que, a pocos días de entrar en la sesentena, ¡qué horror!, mi visión es distinta a la que tuve de esa película a los dieciocho, a los treinta años, a los cuarenta o a los cincuenta, en cada una de mis siete vidas precedentes. La película es la misma, pero soy yo el que cambia y aprecia rasgos que pasaron inadvertidos en cada una de los visionados anteriores. Lo primero que me llama la atención es que Zulú, con la que se rumoreaba alcanzaban el orgasmo los sudafricanos racistas al verla por la cantidad de negros guerreros de esa etnia que eran masacrados por los aguerridos soldados británicos de casaca roja, sigue tan vigente cinematográficamente como el día que se estrenó, quizá más, y en nada su mensaje es racista porque los zulúes del film son retratados como guerreros fieros pero nobles que terminan reconociendo el inmenso valor de sus enemigos y los dejan vivir después de homenajearlos con sus cánticos. Es una película ejemplar sobre una gesta heroica, que está en los libros de historia, en la que un poco más de un centenar de soldados británicos resistieron el ataque de más de diez mil zulúes enardecidos por haber derrotado al ejército británico el día anterior, y nos da una visión panorámica de lo que puede ser la resistencia humana al límite, la solidaridad, cuando la vida pende de la disciplina, la eficacia y la fe en unos mandos castrenses que, como la tropa, se juega la vida, porque allí ser derrotados lleva implícita la muerte. Pero no es un largo spot militarista. La fotografía de la película es extraordinaria, luminosa – los exteriores se rodaron en Natal -, el dibujo de los personajes perfecto, desde ese James Booth, un buen secundario que seguramente ya habrá muerto (muriò hace 6 años, me lo confirma Wikipedia), en su papel de borrachín trilero que, en el momento de la verdad, tiene un comportamiento heroico en la defensa del hospital, salvando la vida de sus compañeros, hasta esos oficiales tan distintos como los que interpretan Stanley Baker, un ingeniero de puentes más civil que militar, que está de paso en la misión atacada y toma el mando porque su nombramiento como teniente es unos meses anterior al del otro teniente, militar de vocación, aristocrático, cazador de guepardos y con un punto de amaneramiento que interpreta Michael Caine en su espléndido debut cinematográfico. Es una cinta épica, y así lo remarcan las escenas de acción, las luchas cuerpo a cuerpo y los disparos de la fusilería contra las masas de zulúes que una y otra vez intentan asaltar la misión, y también la excelente música de John Barry, que a veces suena a alguna de sus bandas sonoras que puso a las películas de James Bond, las canciones de los guerreros zulúes, contrapunteadas por el ruido de sus pisadas, cuando se acercan al reducto británico, o el ritmo que hacen golpeando sus grandes escudos con sus cortas lanzas. Pero ayer unas cuantas secuencias me llamaron la atención. Primero me preguntaba que fue de Ulla Jacobsson, la actriz noruega, rubia, de ojos azules y piel clara, bellísima, la hija del enloquecido predicador que interpretaba Jack Hawkins. ¡Joder! También murió la hermosa rubia, en 1982. ¡Maldita Wikipedia! Segundo, me llamó poderosamente la atención la belleza de los cuerpos de las zulúes que danzan, en una masiva ceremonia matrimonial, al inicio de la película, cientos de ellas, con una piernas perfectas que para sí querríamos en nuestra vieja Europa, sin un átomo de grasa, perfectamente torneadas, como las de mi maga hechicera de mi séptima vida que creo era negra y no me enteré de ello hasta ayer. Tercero, me gustó mucho cómo Cy Enfield, con una simple imagen – Stanley Baker no consigue, con su mano temblorosa, meter la última bala en el tambor de su revólver – refleja ese miedo antes de la batalla. Cuarto, descubrir a Patrick Magee, que murió en el mismo año que Ulla Jacobsson, el escritor cuya mujer es violada y asesinada por los impresentables drugos de La naranja mecánica de Kubrick, en papel de heroico cirujano que opera en el hospital mientras por la ventana los zulúes intentan destruirlo y tomarlo. Y ver a Nigel Green, un buen secundario del cine británico, como sargento mayor ataviado con enormes bigotes que enlazan con sus largas y pobladas patillas, que tiene una relación paternal con la tropa. Y, por último, la cara de satisfacción de ese James Booth, héroe sin proponérselo, cuando rompe la cerradura del armario de las bebidas alcohólicas y bebe a morro de una botella de coñac, descabezada por su bayoneta, mientras todo a su alrededor arde y se derrumba, un momento de placer etílico intenso cuando la muerte acecha por todos lados. Lo dicho: un clásico.

EXCALIBUR
El reverso de la moneda, la segunda película de esa sesión doble de la Sexta 3. La volví a ver porque me las prometía muy felices con una escena erótica, una de las mejores del film de John Boorman, en la que Hellen Mirren, la reina Isabel II del biopic de Stephen Frears, como Morgana seduce a su hermano el rey Arturo con un vestido reticular que la desnuda más que la viste y lo cabalga, mientras él duerme, para engendrar un hijo incestuoso y malvado, en la película el del propio Boorman que luego interpretó La selva esmeralda. Me quedé con las ganas de ver a la hermosa y joven Hellen Mirren porque esa escena fue escamoteada en la versión que exhibió la cadena, teóricamente amante del cine, pero que proyecta las películas coloreadas por Ted Turner, otro atentado, y se salta por sistema los títulos de crédito del final, por lo que cabe preguntarse qué versión compraron. Volvemos a la censura, espero que sea sin querer y de forma excepcional, porque podrían pasarnos El último tango en versión light, sin la escena de la mantequilla, o El imperio de los sentidos sin las eyaculaciones y sería el acabose. Caí en la cuenta, mientras veía Excalibur en mi octava vida, de que uno de los caballeros de la Tabla Redonda era nada más ni nada menos que el gran Liam Neeson emboscado tras una barba y que retaba a un Lancelot descafeinado por el honor de una reina Ginebra también sin cafeína, como la mayor parte de los actores de la función de fin de curso que me parece el film en general. Había olvidado que el protagonista de La lista de Schindler tenía un papel en el film artúrico. Con la película de Boorman tengo una relación extraña a lo largo de los años. La detesté cuando la vi a los veintitantos años en su estreno, no me gustó absolutamente nada, quizá porque tenía muy presente Camelot de Joshua Logan y me pareció una patochada; cambié de opinión y me gustó mucho cuando la vi al cabo de diez años de su estreno; me volvió a gustar cuando la vi a los veinte años; y la volví a detestar, es decir, que fui a la opinión de partida, cuando la veo hoy. ¿Por qué? Las interpretaciones, salvo excepciones, me parecen lamentables, sin fuerza, y los personajes inexistentes, todos. El Rey Arturo sencillamente parece un tonto. Las escenas de acción, los combates, los asaltos a los castillos, las justas, parecen de feria medieval de cualquier pueblo de Catalunya, carecen por completo de épica. Y, en general, el aspecto visual de la película, salvo algunas escenas del final, tomadas de las películas de Kurosawa con un sol rojo sangrante que remarca la muerte que se dan mutuamente Arturo y su hijo, lamentable. Esa opción de Boorman por dar brillo excesivo a las armaduras hace que parezcan de hojalata, cacharrería salida del lavavajillas, que vea al Mago de Oz a caballo en vez de aguerridos caballeros, y lo mismo puedo decir de esos destellos verdosos de la espada Excalibur, mandoble que parece comprado en una juguetería, el casquete metálico que lleva incrustado en la cabeza el mago Merlín o el tratamiento del paisaje, que resulta tan artificioso como los guerreros de pega o los decorados de cartón piedra de los interiores de los castillos, la cueva de Merlin o la antorcha que lleva el mago con fuegos artificiales en vez de llama. Las imágenes de este film, pretendidamente épico y operístico, no están a la altura de la música de Carl Orff y Richard Wagner que conforman su banda sonora extraordinaria, hay una clara disonancia entre lo que se escucha y lo que se ve. Ridley Scott o Paul Verhoven le hubieran dado el tono épico que no supo, o no quiso dar, Boorman de quien sigo admirando Deliverance, A quemarropa y El general. Y no creo que sea incompetencia por parte de un director que ha demostrado siempre ser muy competente, sino una opción narrativa y estética que sencillamente se me escapa.

AMY WINEHOUSE
Me entero de su muerte mientras bebo mi caña diaria en la plaza del pueblo con las montañas de enfrente devoradas por las nubes y el sol ausente que desapareció definitivamente del Valle, nada sé de su existencia en los últimos siete días, aunque tampoco llueve. 27 años y dos álbumes que deja Winehouse no es un bagaje muy amplio para alcanzar la inmortalidad. La suya es una defección que no sorprende a nadie dadas las aficiones de la destartalada cantante británica por toda clase de drogas y alcohol. Tampoco me sorprendió nada la muerte de Michael Jackson. Un cadáver joven que se añade a la mitología del rock y sus muertos por excesos pero que Su Majestad Satánica hace trizas sobreviviendo y fundando un nuevo grupo alejado de los Stones. Hace cuarenta años fui a un concierto en Barcelona de los Rolling que se anunciaba como la despedida de los escenarios de los incombustibles roqueros, y ahí siguen, reinventándose.

MORALINA
Felip Puig suma fuerzas a la exministra Bibiana Aido en una cruzada contra el sexo de pago. El primero pretende limpiar las carreteras de prostitutas, porque son un peligro para la circulación cuando cliente y trabajadora acuerdan el intercambio de placer por dinero en los arcenes, y la segunda la emprende contra los anuncios de contactos que durante toda la vida hubo en la prensa escrita. Estoy a favor si esas medidas reducen la siniestralidad en nuestras carreteras y tienen como fin, ambas, la erradicación de las mafias que explotan a muchas de estas chicas, no a todas, pero lo de las prohibiciones me produce siempre, será por genes, un repelús. Veo que todas las últimas medidas que se toman desde el poder son contra los manteros, los parados que cobran el desempleo y van trapicheando como pueden y, ahora, las trabajadoras del sexo, que siempre las hubo y en la Edad Media ejercían en los alrededores de las iglesias. El mismo celo me gustaría que se pusiera con los defraudadores fiscales, un 30 % o más, que si pagaran lo que debieran nos sacarían de muchos apuros, los empresarios piratas que emplean trabajadores sin contratos ni seguridad social, los que evaden sus capitales, los que radican sus empresas en paraísos fiscales, los que incumplen sistemáticamente los programas por los que fueron votados, los que pretenden dar aire a la sanidad privada a costa de quitárselo a la pública, etcétera, etcétera, etcétera. Vamos, que se cumplan los mandamientos del 15 M, que son mínimos, y que hoy convocan, tras tomar Madrid desde la periferia, una gran manifestación que acabará en Sol, el kilómetro cero de la Spanish Revolution a la que asiste mi corazón que no mi cuerpo. Y sigue.

RUBALCABA
El candidato del PSOE (me niego a llamarlo socialista) intenta a la desesperada que el PP no obtenga mayoría absoluta, que sería su mayor triunfo, y para ello coge en su nuevo programa buen número de propuestas del 15M, un movimiento al que todos los políticos parecen cortejar desde que saben que cuenta con el apoyo del 80% de la población que se declara indignada por la situación. No cuela, claro, y lo primero que se le ocurre a uno es lanzarle la frase lapidaria: A buenas, mangas verdes. El brillante orador e inteligente político que es Rubalcaba, un tipo que, confieso, me cae bien por su aspecto quijotesco y su justa actuación durante el 11M, estuvo siete años en el gobierno para impulsar algunas de esas medidas que ahora promete alegremente con la certeza de no cumplir ninguna de ellas porque no tendrá responsabilidades de gobierno. Él se sacrifica por unas siglas y Camps, en una jugada calculada, lo hace aparentemente por las contrarias sabiendo que será recompensado su gesto de renuncia a la presidencia de la Generalitat valenciana con un ministerio muy pronto, quizá con una vicepresidencia.

FAMILIARIDAD
Desde hace unos días la actitud de mi proveedora de periódicos argentina (llamarla quiosquera me lleva directamente a Fellini, y no es eso, y además el negocio que tiene es una papelería, por lo que seguramente estrecharemos relaciones comerciales en un futuro próximo, es decir, cuando agote los paquetes de papel que compré en Vic y los reponga con los de su establecimiento) es más familiar, entrañable y cálida conmigo, lo que no me molesta. Ayer me llamó “chico” mientras me alargaba el diario Público con el libro policiaco. Hoy subió un grado en su familiaridad y me llamó “chiquirrín”. Mejor eso que boludo, por ejemplo. No sé cómo corresponderla. Niña, chiquilla, guapa, ricura…

LA QUINTA VIDA
Ando estos días recuperando mi quinta vida a través de unos escritos que llegan a mis manos, porque los extraje de un cajón, y que transcribo para guardarlos en el ordenador en vez de, quizá lo más inteligente, tirarlos al contenedor de papel. Son páginas manuscritas por un joven de 25 años y alumbradas, en su inmensa mayoría, en esos tiempos muertos que eran las guardias cuarteleras. Después de pasar por Almería, librarme por los pelos de La Marcha Verde, y de dos meses en una gélida Granada (de nuevo la ciudad que mata a sus poetas y esconde sus ríos, según Enrique Morente, 34 años atrás) aterricé en el Hospital Militar de Barcelona y daba utilidad a ese tiempo perdido por la patria en escribir o leer mientras otros le daban a la botella de coñac. Hoy pasaba al ordenador un escrito de enero de 1977, titulado El frío, para exorcizar el que sin duda debía de hacer en esas fechas en el hospital castrense, un edificio viejo y destartalado, en medio de una montaña feraz incrustada en la ciudad, y cuyo máximo aliciente era que desde sus ventanas podía verse La Casita Blanca, meublé emblemático de la ciudad y, con un poco de suerte y buena vista, a sus huéspedes en plena acción. Y según lo iba leyendo y descifrando mi letra de aquel entonces, me daba cuenta de que me encontraba ante una versión de uno de los relatos por mí más queridos, Los surcos de la esquiadora de fondo, que fue claramente premonitorio y razón y causa de que me encuentre ahora en Arán. Ese joven de uniforme caqui y cetme en mano resulta que, en sus sueños castrenses, se deslizaba por el paisaje lleno de quietud y misterio adonde he ido a parar. Magia. Estoy donde siempre quise estar.

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