DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 31 de julio de 2011

Regreso a la séptima vida. En sueños, el único atajo para llegar a ella. Me despierto justo cuando orillo la puerta del cielo, cinco minutos antes de que suene mi despertador puesto a las 8. Hoy toca excursión con el amigo montañero y filósofo y la amiga paisana de Jacques Brel. Llega ella después que de hayamos desayunado con una bolsa de croissants. Muy francés. Le ofrezco café. Y luego vamos todos, una vez más, al Coth de Baretges que sigue teniendo el aspecto de parque zoológico que tenía el último día que subí a él.
Conozco ya a algunos elementos. El semental de hace un par de días no está apático como entonces sino muy tierno y busca el afecto de una vaca que pasta y pasa por completo de él. Los arrumacos a esa hembra francesa, que se diferencia de las del resto de la manada en que no es blanca sino algo canela, no surten ningún efecto, y entonces el semental quiere tomarla por la fuerza lo que redunda en un fracaso estrepitoso. La vaca objeto de sus deseos lo único que quiere es acabar su pitanza y ese tipo, muy pesado en todas las acepciones, es un incordio. Ni por las buenas ni por las malas. Dejamos al toro triste y compungido intentándolo una vez más y a alguna ternera macho que lo emula saltando sobre terneritas hembras – lo que ven hacer a sus mayores – e iniciamos el ascenso del verde monte que se eleva tras el refugio del Coth de Baretges. Suerte de mi palo, mi tercera pata, que a veces actúa como muleta y a ratos es el perfecto soporte para que descanse apoyado en él. El bastón que recupero de la última vez que subí al refugio con mi amigo y su hija que parece mucho más joven lo cedo, galantemente, a la dama y ella, galantemente, lo deja tras una roca. Lo cogemos a la vuelta, me dice. No hay vuelta por ese monte, así es que allí está. El vía crucis termina en lo alto de la montaña junto a un mojón que señala la frontera, y siguiendo la frontera, por la cadena de montañas, disfrutamos de la visión extraordinaria del macizo de la Maladeta, mismamente enfrente, con el Aneto y sus glaciares perpetuos.
Los mojones fronterizos están numerados. En el 345 echo una siesta breve. El sol me da en la cara y no me doy cuenta de que me estoy quemando por la brisa. Claro que también se queman mis compañeros de marcha. Cogí un sombrero horrible, para protegerme del sol, y lo llevo en el bolsillo. En el mojón 342, ante la mirada vigilante de un par de buitres que no hacen otra cosa que pasar por encima de nosotros por si alguno de los tres desfallece, comemos. El bocadillo que ha preparado mi colega neobotánico es tan contundente que dos mordiscos me sacian. Saca la bretona, tentándonos, una tableta de chocolate oscuro y los varones aceptamos la invitación. Después de unos cuantos frutos salados apetece echar una siesta. Eso hacemos los del Valle mientras el foráneo despliega su mapa, empuña la brújula y va descubriendo nombres de picos en lontananza, riachuelos que platean y hasta las denominaciones de las cabañas que desde ese observatorio de águilas a 2.200 metros tenemos.
El sol brilla con ganas y lentamente nos vamos friendo los tres a cámara lenta sin enterarnos. Los buitres no pierden la esperanza y nos siguen. La excursionista bretona descubre un zorro que desde la cima se desliza rápidamente al barranco. No da tiempo de hacerle fotos. Abajo, entre las rocas, gritan las marmotas.
Seguimos de pico en pico y de mojón fronterizo en mojón fronterizo. A esas alturas pastan manadas de caballos y en un valle cercano vemos a un centenar de gregarias ovejas que apenas se mueven. Nos movemos constantemente entre Francia y España. Nunca habíamos pasado tantas veces la frontera en un sentido y en otro. Y nadie nos pide el pasaporte.
Descendemos aleatoriamente, por una vaguada sin río. Al final, un valle, una pista, un paisaje de una belleza extraordinaria, prados verdes que se extienden hasta el infinito y rebaños de vacas francesas blancas y de color vino tinto que marchan en perfecta formación sin mezclarse unas con otras. Descubro ese rincón francés, una cuña perfecta que se mete en España y limita con el Vallé de Arán y Huesca, que es uno de los lugares más bellos que he visto. Millones de flores aromatizan un campo que sabe a miel y al fondo, como un escenario, las interminables alturas de la muralla de la Maladeta cuyos picos tocan el azul del cielo y se pierden entre nubes.
A las seis estamos de nuevo en el coche. Y antes, muertos de sed, abrevamos en el pilón en donde lo hacen los caballos. Veremos mañana el resultado. Los tres quemados, abrasados, nos metemos en el coche y rematamos la jornada con un par de claras en el bar de los vascos del pueblo y un brebaje que se llama Dominique, cerveza con jarabe de fresa, que se toma la montañera.
Llevo más de una semana a excursión diaria y resisto.

Comentarios

Maria Castilho ha dicho que…
Hola, Jose Luís!!!!
Si yo quisera areglar quien hicisse publicidad a promover el Vallé de Arán y Huesca, te habria de escoger a ti....Lo haces de una manera tan sencilla, tan transparente que casi si puede sentir """el aroma de las flores que aromatizan lo campo que sabe a miel... y se descortinar ali, al fondo, como un escenario, las interminables alturas de la muralla de la Maladeta cuyos picos tocan el azul del cielo y se pierden entre nubes......""""
Lindo! Lindo!
Si pudiera iria descobrir lo Vallé de Arán y Huesca....y cuando llegar a cas, si que pondria un CD de Jacques Brel, mientras comia mirtilos o fresas y erguia una taza de vino dando gracias á la vida!!!!
Asi....te las doy a ti!!!! Gracias, José Luís!!!!
José Luis Muñoz ha dicho que…
Muchas gracias, María. Los paisajes de esta zona son de ensueño. Difícil describir tanta belleza.
B. Miosi ha dicho que…
Digna descripción, pues proviene de un escritor. Me ha encantado,

Besos!
Blanca
Maria Castilho ha dicho que…
Hola, José Luis!!!!
Ayer he venido a tu Blog, esperando te leer.... y tu no estabas!!!! Te está atacando la pereza?????
Mira, que estamos aguardando tus descriciones a la benedita subida a "Lo Cielo"..... :) Un abrazo desde Portugal...