EL DVD

BAILAR EN LA OSCURIDAD
Lars Von Trier

Hay en el cine de Lars Von Trier tantas dosis de creatividad como trasgresión, una actitud provocativa que no va reñida con el deslumbramiento que produce contemplar cada una de sus películas. Este genio irreverente que viene precisamente de un país, Dinamarca, que ha dado a uno de los mayores demiurgos cinematográficos, Carl Theodor Dreyer, consigue, película tras película, cuestionar las reglas del cine convencional e insuflar una bocanada de emoción e intensidad al celuloide que impresiona. En “Europa”, un hipnótico trhiller que bebía directamente del expresionismo alemán, construía una cerebral telaraña fílmica en la que atrapaba indefectiblemente al espectador; en “Rompiendo olas” se lanzaba sin red en una bella e intensa historia de amor que guardaba ciertas similitudes con “La hija de Ryan” de David Lean, con la que compartía situaciones, paisaje y paisanaje; “Los idiotas”, su película más transgresora, sentaba los principios del dogma cinematográfico, un decálogo de pureza contra el cine adocenado que inunda nuestras pantallas.

El director danés da una vuelta de tuerca al melodrama más puro, al estilo del cine de Douglas Sirk, y lo funde con el musical de los años dorados del cine americano en “Bailar en la oscuridad”, que mereció la Palma de Oro en el último festival de Cannes, y el resultado de esa arriesgada imbricación es un film fascinante, bello y surcado por la emoción. Tras la prueba de fuego de esos tres primeros minutos a pantalla negra, sólo con música, y nada gratuitos, por cierto - trasunto de la oscuridad de los ojos de la protagonista, para quien tiene mucha más importancia la música que la imagen que va perdiendo - , purgatorio iniciático por el que deben pasar quienes acudan a ver el film de Von Trier, vienen dos horas y pico de cine magistral dirigido directamente a nuestras células emocionales. Ambientada en una época especialmente dura - la depresión americana -, “Bailar en la oscuridad” narra la historia de una madre que se está quedando ciega y emigra de su pobre país centroeuropeo hacia el sueño americano con la esperanza de poder operar a su hijo y salvarle de la ceguera hereditaria a que está condenado, y por conseguirlo es capaz de trabajar de sol a sol en una inhumana cadena de producción, matar y morir.



Con una forma de hacer cine que se aleja deliberadamente de toda ortodoxia - utilización del video digital, con la consiguiente imagen granulada; los personajes salen constantemente del encuadre sin que ello importe; la película está filmada toda ella cámara al hombro, excepto los números musicales - Van Trier alumbra una de las películas más viscerales y geniales de los últimos tiempos, un tipo de cine que tanto puede hacer desertar de la sala a muchos espectadores, porque no es cómodo ni fácil, como fascinar a quienes acepten su desafío estilístico.
Una vez vista la película se diría que no podía haber sido intrepretada por nadie que no fuera la cantante islandesa Bjork, en su primera y, según ella, última experiencia cinematográfica. Pocos actores son capaces de dejarse literalmente la piel como ella, pocos personajes son capaces de conmovernos como el que da vida, aunque no debiéramos olvidarnos de una Catherine Deneuve hermosa, desmaquillada y creíble en su papel de obrera amiga de la protagonista, ni a los norteamericanos David Morse y Joel Grey, el acrobático bailarín de “Cabaret” que interpreta un espléndido número musical en la escena del juzgado.



Si “Europa” estaba concebida casi con una frialdad matemática y con la precisión de un engranaje de relojería, aunque a la postre resultara lírica, “Bailar en la oscuridad” se sitúa en las antípodas y trasciende pasión y sentimiento por todos sus poros. El tandem Von Trier y Bjork, cuyo rock industrial y singular voz se funden literalmente con las bellísimas imágenes musicales, toca el cielo en muchas ocasiones: el número musical de los leñadores en el tren; Bjork bailando amorosamente con su víctima; el canto, a capela, de una melodía de “Sonrisas y lágrimas” en la celda donde está recluida; la danza con los condenados del corredor de la muerte.
Muy pocas veces la emoción consigue saltar de la pantalla a la platea; nunca una escena final, sobre la que se extiende con toda brutalidad el silencio, había dejado al espectador literalmente clavado en la butaca y falto de aliento. Porque, además de todas las virtudes ya enumeradas, el film de Von Trier es uno de los más firmes alegatos contra la bestialidad de la pena de muerte, lo que además lo hace oportuno. Seguramente Dreyer se sentiría muy orgulloso de este vástago danés que amenaza con reinventar el cine en nuevas obras maestras. JOSÉ LUIS MUÑOZ

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