LAS COSAS DE LA VIDA

POLVO NEGRO
Que nadie se lleve a engaños porque esto no es un relato erótico sino la crónica tragicómica de alguien que no tiene muy buena relación con su impresora láser ─que encima se llamada Brother, lo que ya parece un pitorreo ─de la que se sentía muy ufano cuando la compró y le está llevando por el camino de la amargura de un tiempo a esta parte. ¡Viva la pluma de oca!
Sigo con la convicción de que o la tecnología no se ha hecho para mí, que puede que yo sea especialmente torpe, o andan sueltos por ahí unos cabronazos de cuidado que, además de tomarnos el pelo, juegan con nuestra salud, al menos con la mental.
Una de mis últimas neuras venía motivada por los elevadísimos costes de los tóners, tambores y demás artilugios de las maravillosas impresoras láser, tan elevados que valían más los consumibles que la propia impresora, algo que todavía no entiendo y me subleva. Por esa razón, cuando se consume un tóner tengo la tentación de comprarme una nueva impresora en vez de una nueva carga: total, valen lo mismo.
Un día, al ir a comprar un tóner en una tienda de informática de El Corte Inglés y no tenerlo, me fijé en un maravilloso kit recargable de tóners que en su caja lucía una pegatina que anunciaba un ahorro de ¡¡¡hasta un 70 por ciento!!!. Y en efecto su precio, 35 euros, suponía más o menos un 70% menos del tóner ─ 110 euros ─. Por fin, me dije, a alguien se le ha ocurrido lo que a mí, reutilizar la estructura del tóner y rellenarlo. ¡Seamos ecológicos y racionales, caramba!
─¿Está bien esto? ─ pregunto al dependiente tomando la caja.
─Pues no le sé decir, no hemos vendido ninguno hasta ahora.
Debía haber dejado la cajita en su sitio, pero no, decidí experimentar.
Muy contento me fui con el artilugio a casa. Siguiendo el prospecto visioné, primero, el CD de instrucciones que acompañaba el invento. Y las seguí paso a paso.
En primer lugar el polvillo negro del tóner es una sustancia odiosa. Dicen que es similar a la sal. ¡Y un huevo! Es como la mina de un lápiz, o los polvos pica pica que nos metía por la espalda el compañero que se sentaba detrás de nosotros en el colegio. Al abrir, con precaución, el botellín de plástico, la primera ráfaga de polvillo cae en tus manos. Dicen, en las instrucciones, que lo agites. Al agitarlo, aunque pongas el tapón, el maldito polvillo sale por todas partes y empieza a mancharte el ordenador, la impresora, la mesa, por supuesto las manos, y si te descuidas los pantalones, la camisa. Se les olvidó en el CD que para hacer la operación de rellenado hay que ponerse mono de mecánico.
Yo, con las palmas tiznadas, con la nariz ennegrecida, opté por quitarme toda la ropa. Sacar el tapón del viejo tóner para rellenarlo es una labor ardua, no hay manera sino es rompiéndolo con un pequeño destornillador que va en el kit, y en las maniobras también sale polvillo negro del tóner que vas a reutilizar, y eso que estaba vacío. Al verter el contenido del botellín de polvo al tóner, haciendo coincidir la boca de la botella de plástico con el orificio de entrada de la carcasa, un buen porcentaje de él cae fuera, sobre mesa, ordenador e impresora, por mucho que te esmeres, y es que el polvo es como una maldición que sale por todas partes. Una vez lleno ─ te das cuenta que se ha llenado cuando una montaña de puto polvo te cae entre las manos, no hay otro sistema ─ te las ves y te las deseas para taparlo con el taponcito de plástico que, en las maniobras de extracción, ha quedado dañado de forma considerable y no ajusta y, por tanto, deja caer polvo negro por todas partes. Cuando por fin crees que la operación ha terminado, echas mano de la fregona, pones tus pantalones, camisa y calzoncillos a lavar, te das una ducha y te enjabonas el pelo ─ porque uno acaba peor que si hubiera estado debajo de un coche cambiando el aceite y ese maldito polvillo negro es como una pesadilla terrorífica, se multiplica, pero fuera del tóner─, y cierras la impresora para hacer la prueba y comprobar que tu esfuerzo y toda la ropa que te has ensuciado han valido la pena, la impresora sigue sin detectar el tóner cargado y desde luego no funciona. Tiempo, dinero, paciencia, ropa manchada, la casa hecha un cristo…para nada. Pero aún puede ser peor, por lo que uno, a fin de cuentas, da las gracias. En uno de los lógicos bufidos, soplidos y toda clase de aspavientos que uno hace para intentar desalojar el maldito polvo negro del tambor de la impresora, de las manos, de la mesa, uno puede tener la mala suerte que esa mierda le salte a los ojos con lo que, según el CD, no se restriegue usted, vaya corriendo a Urgencias y se pasará un tiempo en la UCI hasta que recupere la visión de los ojos o se los saquen. Ósea que a dar las gracias porque al menos uno, después de todo, sigue entero aunque la impresora no le funcione. Ah, y no se lo pierdan, en la caja de marras, en un bocadillo rojo, podemos leer : “Fácil, rápido y limpio”.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Pues si, cierto. Los fabricantes son todos una panda de ladrones y peligrosos malechores contra la salud y el medio ambiente. Debían obligarles a manejar el mismo cartucho de toner, beneficiándose alternatívamente de sus ventas en proporción a las de sus máquinas. Debían obligarles a recoger las máquinas usadas y vigilar que las reciclan. Debían obligar a los fabricantes, FA-BRI-CAN-TES, que no vendedores, a no vender los consumibles al precio que les venga en gana. Y habría que luchar contra el consumismo al que nos abocan, arrastrándonos a la destrucción del planeta a todos.

Y lo mismo digo de ordenadores, teléfonos móviles, baterías, coches... es un sin fin.

Te comprendo, siento tu padecimiento. Yo soy técnico de informática y ¡ODIO EL TONER! Además es cancerígeno respirarlo.