EL VIAJE

LOS CAYOS DE FLORIDA
texto y fotos José Luis Muñoz

Como la cola troceada de un gigantesco reptil, separados por brazos de mar calmo, los Cayos de Florida, cuerpos plácidos de arena que duermen sobre aguas tranquilas de tan poca profundidad que las carreteras que los unen apenas sobrepasan algunos centímetros el nivel del mar, nacen donde muere la península de Florida, se acercan, hasta noventa millas, a la isla de Cuba, con la que sin duda estuvieron unidos antaño, con la que comparten paisaje, luz, mojitos, escritor ─ Ernest Hemingway tuvo casa a uno y otro lado del Atlántico ─, pero no paisanaje.


Un cormorán nada silencioso en una laguna salada mientras el sol se alza. No es lo que se dice estimulante el desayuno del hotel donde me alojo. Café aguado, leche en polvo, infames donuts, hasta el pan para tostar, que queda crudo, es malo, pero vale la pena meterse en el estómago esa bazofia, acompañada de un zumo de naranja que sabe a todo menos a eso, mientras la mañana avanza y un empleado limpia la piscina. El hotel, por otra parte, es hermoso, de madera, con un hermoso patio interior ajardinado, colonial, con enormes ventiladores en las habitaciones que, de momento, no hace falta que funcionen.
Cuando con mi pantalón corto y mi camiseta barata me lanzo a la calle varias cosas me llaman la atención. La primera, la cantidad de gallos sueltos que pululan por parques, centros comerciales y que cruzan las calles, tan campantes, provocando el frenazo de los vehículos que circulan a escasa velocidad. No tardo en enterarme que el gallo es el animal totémico de esos islotes arenosos, que es su símbolo, y por eso aparece retratado en todas partes, figura en sus sellos postales.
Brilla el sol con enorme potencia y la luz me deslumbra a pesar de mis gafas oscuras. Pero sopla una agradable brisa marina, casi constante, y es agradable pasear. Avanzo por un paseo flanqueado por hermosas casas de madera con sus fachadas pintadas en colores pastel, cuidadas en extremo, en las que flamean, orgullosas, las banderas de las barras y estrellas. Por todas partes, esbeltas, con su mensaje paradisiaco, cocoteros cargados de frutos, se recortan sobre un cielo azul turquesa. Y bandadas de turistas, con su aspecto fachoso, con los pies atrapados en sandalias, sus muslos sobresaliendo de sus shorts, engullendo enormes cucuruchos de helados bajo un sol que es una caricia pero quema traicioneramente.
Un tipo muy anciano, casi como Hemingway si viviera, vende las entradas de su casa museo. No tiene nada de particular la hermosa vivienda con amplios balcones en donde el autor, antes de volarse los sesos, debía tumbarse en una hamaca a beber whisky, nada que la equipare, en vistas, a la que tuvo después en La Habana, la Villa Vigía. Es ésta más pequeña, más a escala humana. Hay cuadros e imágenes por todos lados, más ninguna que lo relacione con el enemigo barbudo que más al norte desafió al imperio.
Porque los Cayos de Florida son para los norteamericanos que tienen vedada la entrada en el último reducto romántico del paraíso comunista eso, un sustituto de Cuba, sólo que más limpio, más ordenado, con posibilidades de consumo, con lujo asiático en sus hoteles, sin mulatas, sin jineteras, sin negros, con un mojito descafeinado que no es el que se puede beber en La Habana, con música enlatada que empieza a sonar cuando se pone el sol y nada tiene que ver con la música en vivo y en directo que brota de las entrañas de los cubanos 90 millas más allá.


Allí, entre bandadas de pelícanos y cormoranes, una baliza enorme, pintarrajeada, recuerda a los gringos que Cuba dista 90 millas, y ante ese monumento absurdo, lo más cercanos que estarán en su vida de la legendaria isla orgullosa, se hacen fotos muchachos de Minnesota, chicas con tetas de plástico y ejemplares de esa raza de norteamericanos mórbidos que se han extendido por todo el mundo como una plaga.

No se come bien en los Cayos de Florida, como no se come bien ya en ninguna parte del mundo. Se bebe, eso si. Y yo bebo, acodado en una terraza, viendo pasar, con mi cámara a la gente, con ese otro ojo mecánico que se ha convertido en el inseparable testigo de mis viajes. Y observo las calles limpias, el cielo limpio, las fachadas limpias, los turistas limpios con sus atuendos floridos, disfrazados para el trópico, lamiendo helados.

El anochecer es tan largo como hermoso. Acodado junto a una barra, con un mojito en la mano, contemplo como el sol se sumerge lento en el horizonte mientras los veleros que salieron por la mañana regresan a puerto, como un funambulista, en equilibrio sobre palos con ruedas, juega a escupir fuego por la boca, como una hermosa mujer, al otro lado de la mesa, me observa en silencio sin saber que ése, quizá, sea nuestro último viaje.

Comentarios

El Deme ha dicho que…
Maravillosas fotos y delicioso tu relato, me ha encantado conocer ese sitio.