EL ARTÍCULO DEL DÍA

Con LA GUERRA QUE NUNCA EXISTIÓ sigo con la recopilación de artículos que, en su día, publiqué sobre la Primera Guerra del Golfo, la madre de todas las batallas que fue la madre de la segunda, una feroz carnicería contra un boxeador sonado e inerme que se tambaleaba en el ring. Utilizando el lenguaje frío de las cifras, esa guerra no existió.
El Sol, martes 5 de marzo de 1991─ Opinión
José Luis Muñoz
LA GUERRA QUE NUNCA EXISTIÓ
Desde la ética, esta guerra ha sido innecesaria e inexistente. Aunque difícilmente podrá comprobarse la teoría conspirativa, aquélla que dice que Kuwait fue el queso puesto en la trampa que Hussein mordió para que el gatazo americano tuviera la excusa de poner sus zarpas en la zona.
De forma equívoca se dice que ha llegado la paz. Puntualicemos, la paz del cementerio. No la paz de la negociación que evita el siempre absurdo e irracional lenguaje de las armas sino la paz corno resultado de que las armas ya no han encontrado más objetivo que destruir, de que las armas se han cansado ya de masacrar y, finalmente, han callado. La paz cuando evita la guerra es algo de lo que debemos congratularnos, pero no así cuando resulta su epílogo; en este caso es un fracaso y un horrendo sarcasmo.
Ahora, con las armas enfundadas, se trata de repartir el pastel y hay dos pasteles. Uno es el político, la pacificación la zona, su desmilitarización, el intento de dirimir viejas rencillas ancestrales a cargo de las potencias occidentales que van a ordenar un territorio por ellas desordenado. Las mismas potencias occidentales que trazaron los mapas de la colonización vuelven a la zona cincuenta años más tarde, tras una guerra colonial devastadora, a tratar de enmendar sus errores de entonces.
Existen dos problemas fundamentales en la zona que conciernen a dos pueblos sin estado. Uno muy conocido, el palestino; otro menos emergente, el kurdo, de que se ha hablado fundamentalmente para satanizar a Sadam Hussein. El caso palestino es de fácil resolución práctica si es que existe buena voluntad por parte de Estado de Israel: ceder parte del territorio usurpado a cambio de que las naciones limítrofes árabes reconozcan, de una vez por todas, la existencia del Estado judío, sus fronteras y su derecho a vivir en paz. Pero la presencia de los halcones en la cúpula del Gobierno hebreo no hace presagiar una solución feliz al contencioso. El caso de los kurdos es mucho más complejo, resulta mucha más ardua su resolución por cuanto afecta a los territorios de tres países. Ese pueblo fue el gran olvidado del diseño colonial de la época, quizá es que no supieran de su existencia los irresponsables que comenzaron a trazar líneas caprichosas aquí y allá. Masacrados por Irak, masacrados también por Turquía, masacrados por Irán, son el paradigma de pueblo perseguido, maldito, al que no le dejan tener identidad y cuya lucha pasa casi desapercibida a la comunidad internacional.
El segundo pastel es el económico, o quizá habría que decir que es el primero. Se han destrozado con saña dos países en un brevísimo espacio de tiempo, se han destruido toneladas de material bélico, se han pulverizado industrias de todo tipo, incendiado pozos de petróleo, demolido ciudades, para que el negocio de la reconstrucción se abata sobre los dos países castigados como un enorme cuervo después de una carnicería. De ello se trata, en definitiva, en toda guerra, de ello se trataba sobre todo en ésta, la más descaradamente mercantilista de este siglo.
Estados Unidos, la gran triunfadora de este holocausto, va a vender alta tecnología militar, la que tan espectaculares resultados ha conseguido, a los países que le han seguido en su desfile militar hacia Kuwait. El emirato liberado, Arabia, quizá Siria, sean algunos de los países destinatarios de la tecnología punta de la muerte, y quién sabe si dentro de unos años será el presidente sirio, tan dócil en estos momentos, aliado contranatural de Estados Unidos, quien enarbole la bandera del panarabismo. Una nueva guerra en la zona dentro de diez, veinte años, puede volver a ser fructífera para Occidente, como sin lugar a dudas lo ha sido ésta.
La guerra, no nos engañemos, ha tenido su vertiente positiva. Nos ha demostrado de forma palpable el infernal poderío militar americano, que ha dejado boquiabierto al mundo por su sofisticación y su altísimo poder de destrucción. Ésta ha sido, sobre todo, la guerra de los artilugios, de los sensores, de las cámaras de video, de los rayos infrarrojos, de los ordenadores, de los procesadores de datos, de toda la técnica y la ciencia al servicio de una destrucción más completa, y ha sido una demostración de que en los futuros conflictos en que se vea envueltos Estados Unidos, que se ha ganado a pulso el título de gendarme internacional, apenas serán precisos los hombres.
Esta guerra ha servido también para demostrar al mundo lo largo que es el brazo de Estados Unidos, capaz de llegar a cualquier confín del mundo, lo enorme de su influencia política, que muchos analistas creían mermada, y la habilidad con que ha ganado su pulso contra la Unión Soviética, a la que literalmente ha expulsado de una zona en la que antaño tenia enorme peso.
La guerra quizá permita una cierta democratización de la zona, que una serie de países feudales y autocráticos adopten, por imposición, el sistema democrático que Estados Unidos trata de exportar corno valor positivo. De entre la cohorte de tiranos hay uno que va a caer por lenguaraz, provocador, fulero, corresponsable del desastre acaecido, e incapaz de defender a su pueblo: Sadam Hussein. Estados Unidos, vencedor absoluto de la contienda, no podía permitirse un Sadam Hussein mártir que perdiera la guerra, pero a la larga aglutinara a las enfervorecidas masas islámicas desde el norte de África a la península Arábiga, y por ello ha optado por humillarlo con la más atroz de las derrotas, pulverizando en todos los frentes a su ejército de paja pese a que éste no representaba ningún peligro y había optado por la huída.
La supervivencia del déspota de Bagdad queda supeditada exactamente al tiempo que tarde su pueblo en enterarse de los desastres de la campaña o a la paciencia de los militares de su entorno, y es por ello que Estados Unidos no va directamente a por él, porque sabe de su caída inexorable. El mito Sadam Hussein quedará totalmente borrado de la faz de la tierra cuando sea el propio pueblo de Irak el que acabe con él, y con su figura se habrá enterrado un penoso episodio de la historia del pueblo árabe.
El resultado de la guerra quizá también sirva para suavizar el estado deplorable de los derechos humanos en la zona, el que el sirio Hafez el Assad no cuelgue a más opositores en la plaza pública, el que Irak deje de machacar al pueblo kurdo, el que las monarquías feudales del Golfo sustituyan la cimitarra del verdugo por la silla eléctrica, el que el régimen iraní deje de perseguir a homosexuales, adúlteras y comunistas.

Y el resultado de la guerra, sobre todo, va a relanzar económicamente a Occidente. Un petróleo controlado y a bajo precio es fundamental para una economía mundial estable y confiada, y la presencia americana en la zona, de la que ya nadie duda, bien físicamente con el mantenimiento de tropas o navíos en el Golfo Pérsico, o bien a través de gendarmes locales entre los que, aparte de Israel, pueden estar las monarquías del Golfo, Siria o incluso el propio Irak con otro régimen político, lo va a garantizar.
Con la frialdad economicista que ha caracterizado este conflicto ─que ya todos parecemos asumir tras este continuo baile de macro cifras que hemos barajado estos días, en los que las toneladas de bombas, los cientos de miles de proyectiles que estallaban sobre el desierto, no eran otra cosa que los pilares de una inversión económica a corto plazo- esta guerra ha sido un éxito y todos debemos felicitarnos por la limpieza y celeridad con que Estados Unidos la ha llevado a cabo. Y esto en definitiva es lo que preocupa al ciudadano medio europeo o americano, el que no falte gasolina a su coche, el que su empresa funcione lo suficientemente bien como para que no vea peligrar su puesto de trabajo, el que no haya más crisis provocadas por el petróleo que hagan subir los precios, el que su país, en el caso de Estados Unidos, salga eufórico de una guerra que ha curado los traumas de la guerra del Vietnam, etcétera, etcétera.
Desde el punto de vista ético─ palabra en desuso, que quizá desaparezca de los diccionarios por su cada vez más nula relevancia- esta guerra ha sido innecesaria, sucia, vergonzosa y, lo más grave, inexistente. Ignoro si algún día podrá comprobarse lo de la teoría conspirativa, la que dice que Kuwait fue el queso puesto en la trampa que Sadam Hussein mordió para que el gatazo americano tuviera la excusa de poner sus zarpas en la zona, pero será difícil probarlo a menos que algunos de los implicados a alto nivel se vayan de la lengua, cosa que no suele suceder.
Ignoro, pero me lo puedo imaginar, quién fue el que horrorizó al mundo esgrimiendo el fantasma del peligro de Sadam Hussein, hizo de él un monstruo feroz poseedor del cuarto Ejército del mundo, de potentes armas químicas, de modernas armas soviéticas y hasta sugerir que podría tener armas nucleares, falacia que complació tanto al tirano de Bagdad que debió creérselo, y, no sólo no desmintió tan erróneos e irresponsables cálculos sobre su letalidad, sino que los exageró con su incontinencia verbal y su retórica madre de todas las batallas que se volvió contra él deviniendo en la madre de todas las derrotas, de todos los desastres, de todas las humillaciones posibles. Y para las fuerzas multinacionales, la enorme mentira debía servirles para actuar ante la opinión internacional con la más desaforada de las contundencias.
A la barbarie del Ejército iraquí en Kuwait, entregado al saqueo, asesinato, tortura, violación y destrucción sistemáticas -una conducta ciertamente delictiva, de la que hay sobrados y espeluznantes testimonios, y más criminal cuando se perpetra contra un pueblo inerme- se respondió con otra barbarie, innecesaria desde todo punto de vista militar, la de la destrucción masiva de ciudades, carreteras, puentes, fábricas, pozos petrolíferas de Irak, desolando todo un país de norte a sur y causando una enorme e indiscriminada mortandad de civiles. A la retirada desordenada y a la desesperada de las famélicas, desmoralizadas y machacadas tropas del mal llamado Ejército iraquí, suficientemente castigadas como para que supusieran una amenaza, se respondió con el más brutal y sistemático de los ataques.
El colofón sangriento de este vergonzoso episodio, de esta locura colectiva, de esta pesadilla de cuarenta y tres días, son las imágenes escurridizas, insertadas a desgana en los telediarios sin demasiados comentarios, de la autopista de la muerte, la que une Kuwait y Basora. En ese reguero infinito de tanques, camiones y automóviles destrozados, en las decenas de miles de cadáveres carbonizados, desmembrados, desangrados que se ocultan entre su chatarra, una secuencia que parece sacada de la película El día después, está el verdadero rostro del conflicto, y en la prisa con que los soldados de la fuerza multinacional entierren esos cadáveres en fosas comunes, la heroicidad de los combatientes de esta contienda, su punto más cercano con la muerte, relegados a sepultureros de lo que la alta tecnología militar ha masacrado.
Si éste ha sido el conflicto de las cifras, de las pérdidas y de las ganancias, de la subida espectacular de la bolsa y de la bajada del petróleo, permítaseme recurrir a una cuantificación estremecedora para demostrar que la guerra no tuvo lugar. Las fuerzas multinacionales sufrieron trescientos muertos, muchos de ellos debidos al fuego amigo, tirando alto; las iraquíes más de cien mil muertos, tirando, bajo. En esta espantosa y desproporcionada relación numérica está la demostración de que la guerra nunca existió y sí la masacre.

Comentarios

MANUEL SENRA ha dicho que…
Soy Manuel Senra.
Y deser�a conocer la direcci�n de JL. Mu�oz, pues he de mandarle un interesante libro que creo le interesar�.
Saludos.
Manuel Senra
dominguezsenra@hotmail.com