LA FIRMA INVITADA

Poco sé de Borja Massa, salvo que es un jovencísimo autor que se acercó a la caseta de ESTUDIO EN ESCARLATA a pedirme dos cosas: una dedicatoria a mi novela EL MAL ABSOLUTO, que había comprado, y un consejo literario. Como me dijo que escribía y que le habían premiado un relato, le pedí que me lo enviara. Y aquí está, para que ustedes lo disfruten y animen a este joven autor a seguir adelante.
UN VAMPIRO EN EL DOS DE MAYO
Borja Massa

Los rayos rojizos tintaban los cristales de mi atalaya, traspasando el fino ventanal, salpicando la fría pared, dándome muestras del fin del ocaso. Yo, en mí esquina oscura y húmeda, guarecido cual rata callejera acobardada por ser vista ante la multitud. Multitud que me había despertado a gritos y disparos esa misma mañana. Pude observar con gran pasividad, como una ciudad entera se veía sumida en el caos ante la apremiante tormenta que se avecinaba. Un torrente de sangre, gritos, dolor, disparos y lágrimas iba a ser derramado por las calles de Madrid. Y así pasó, a lo largo del día mis oídos no pararon de escuchar atronadores disparos y aullidos salvajes que atentaban contra la vida de los franceses.

Por fin la oscuridad se hizo dueña de la luz diurna. Salí de mi camastro, y levanté la mirada hacia el exterior; observé cómo la oscuridad se cernía sobre la ciudad, que curiosamente estaba débilmente iluminada por las llamas de las fogatas que se habían producido en las continuas luchas callejeras contra los franceses.

Salí de mi escondrijo y con mis andrajosos ropajes paseé por las calles madrileñas. A mi paso encontraba jóvenes corriendo de un lado para otro con el brazo alzado y gritando los más burdos improperios que se les ocurriesen, todos ellos dirigidos contra la guardia francesa, y el pueblo francés. Casi choqué contra un muchacho que no superaría los diecisiete años de edad. Tenía el pelo desgreñado y andrajoso, sus sucias calzas y su camisa manchada de polvo que me indicaron que había estado corriendo durante todo el día y que la sangre seca que había en su ropa significaba algún enfrentamiento contra algún guardia. Portaba en su mano derecha un trabuco; al pasar a mi lado alzo su puño y grito: ¡Muerte a los franceses! ¡Vivan los infantes!. Siguió corriendo por la calle tan estrecha que desembocaba en la Puerta del Sol. Contemplé al chico mientras bajaba la calle, analizaba su comportamiento y reflexionaba si merecía dar la vida por algo tan estúpido como la marcha de unos niños, de unos infantes.

Fueren quienes fueran, esa marcha había provocado en el pueblo madrileño un estallido de rabia e ira feroz. La fiera que había estado durmiendo, aguardando este momento, había despertado y rugía fervientemente. No se daría por vencido, lucharía con todo lo que estuviese a su alcance y entregaría su vida a la muerte si fuera necesario. Y todo por qué, por unos críos mimados que al llegar a la edad adulta ni se acordarían del levantamiento de su pueblo en su honra.

Camine calle abajo y, mientras mi cabeza ardía con estos pensamientos, un estruendoso ruido taponaba mis oídos y una humareda cegaba mis ojos, algo en mi interior reaccionó y me hizo sentir distinto, una sensación despertaba en mí, algo inesperado. Al disiparse la humareda pude ver como el muchacho de antes estaba tumbado en el suelo con múltiples disparos en el torso y la boca ensangrentada; sus ojos abiertos como platos reflejaban su miedo al ver como la guardia disparaba contra él y sus compañeros indiscriminadamente.

Cerré mis ojos y pasee por la Plaza del Sol, plaza que ya no existía: aquello era una fosa común. A mi paso indiferente topaba con cadáveres que yacían descuartizados y la ciudad se sumía en un manto de llantos que llenaba el paisaje urbano con una musicalidad agonizante. Mis ojos se abrieron y en ellos pude notar un brillo que centelleaba, la sensación que antes me había invadido de nuevo recorrió mi cuerpo que aumentaba su temperatura hasta que la calidez que habitaba en mi estalló y de mi interior surgió un grito de dolor. Fue entonces cuando comprendí el error que había cometido al pensar en la ingenuidad de las personas. Fue entonces cuando en mi cabeza relampagueó una tormenta de pensamientos e ideas que iluminaron mi forma de comprensión.

Nadie luchaba por la marcha de nadie, el llanto de los infantes había actuado como catalizador del enfado de un pueblo que se vio prisionero de la invasión sutil de un país extranjero, de uno de sus enemigos más odiado a lo largo de su historia. De un enemigo de Europa; el pueblo madrileño sintió como su ciudad caía en las redes del imperio napoleónico. Y, sobre todo sintió como su libertad fue arrebatada.

Mi mirada, que hasta entonces había permanecido fría y distante, mis ojos verdosos carentes de calidez, ahora mostraban una furia interna no habitual en mí. Levanté mi cabeza y sentí como las lagrimas recorrían mi rostro haciéndose notar en la suciedad de mi cara, brillaban como dos gotas de diamantes en la oscuridad más absoluta. Sequé mi rostro y aguanté mi llanto. Me agaché, recogí un trabuco y una espada de las mortecinas manos de un joven caballero que yacía en el suelo.

Alcé mi vista y, tras divisar a un pequeño escuadrón de la guardia francesa, sentí el impulso de abalanzarme sobre ellos y darles muerte. Cuando me quise dar cuenta mi cuerpo corría fatigosamente, mis brazos alzados y mi boca escupía gritos de ira contra ellos.

Di un salto, al tiempo que disparaba mi trabuco. Acerté, justo en la cabeza, vi el cuerpo de aquel soldado caer, pero no me detuve en contemplar como su cuerpo tomaba tierra; estaba ocupado en degollar al siguiente y así haría con todos aquellos que se me enfrentasen. Si me daban muerte, esperaba que fuese rápido, pero mis pensamientos carecían de tranquilidad, estaba inundado por una tempestad de rabia. Actuaba por puro instinto, cual bestia intentando matar a su presa, sólo que esta presa iba a ser devorada por el acero de la espada.

Pero ellos eran demasiados, mi número de enemigos me triplicaba, e iban armados con rifles que incluían bayonetas. Mientras atravesaba el vientre de uno de mis enemigos, vi como otro de ellos me apuntaba con el rifle y un estrepitoso sonido rugió en mis oídos. Al tiempo que cerraba los ojos, noté que mi cuerpo estaba intacto. Al abrirlos vi como, a unos veinte metros, cuatro ciudadanos madrileños habían disparado contra los franceses y me hacían señas con los brazos.

Aliviado por la salvación alcé el brazo en signo de victoria; incomprensiblemente sus rostros no reflejaban lo mismo, incluso pude notar temor en alguna mirada suya. No lo entendí hasta que un punzante dolor me atravesó la espalda hasta llegar a mi estómago. Una espada había cruzado mi cuerpo. Súbitamente vi como unos caballos galopaban a mí alrededor y sembraban el pánico ante el pueblo madrileño. Una guardia con unos ropajes árabes. Una guardia especial, también conocida como los mamelucos.

Mi cuerpo se desplomó y enseguida se hizo hueco entre la inmensa multitud cadáveres que cubrían los suelos madrileños. Eso nunca me importó, mi vida nunca tuvo sentido, hasta los últimos instantes en los que pude defender la libertad de un madrileño, mi libertad.

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