LA FIRMA INVITADA

Ricardo Bada, un escritor que he conocido gracias a este blog, me envía para su publicación este provocador y cruel relato que tiene como protagonistas a los de La Regenta de Clarín. Seguro que Leopoldo Alas aprobaría la licencia que se toma este magnífico escritor onubense con sus personajes, y que ustedes van a disfrutar de OTRA VUELTA DE TUERCA A LA REGENTA, una narración tan estimulante como sorprendente en la que los personajes actúan sin las cortapisas de la época, dando rienda suelta a sus oscuras pasiones.
OTRA VUELTA DE TUERCA


A LA REGENTA
A Esther Andradi
Ricardo Bada

La heroica ciudad dormía la siesta.
La tarde anterior soplaba el viento sur, perezoso y caliente. Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre el rostro, toda de negro, se encaminó a la catedral, solitaria y silenciosa.
Ya había terminado el coro.
¡Cuánto tiempo hacía que ella no había estado allí!
Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los ojos, y sin pensarlo más entró en la capilla oscura donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de las almas.
El Magistral estaba en su sitio.
Al llegar la Regenta a la capilla, la reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara de la penitente; miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquella silueta conocida y amada se había presentado como en un sueño. El talle, el contorno de toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que sólo él recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro: “¡Es Ana!”
La beata de la celosía continuaba el runrún de sus pecados. El Magistral no la oía, oía los rugidos de su pasión, que vociferaban dentro.
Cuando calló la beata, volvió a la realidad el clérigo, y como una máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante.
Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de tablillas oblicuas,
y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la penitencia sin el perdón, pedir la fe perdida o adormecida o quebrantada, no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno.
El confesionario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los huesos.
El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata...
Ana esperaba sin aliento, resuelta a acudir, que esa mano la llamase a la celosía. Pero el confesionario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la madera. Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño...
Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba. La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia el confesionario.
Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos, como los del Jesús del altar...
El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla.
El Magistral se detuvo. Cruzó los brazos sobre el vientre. No podía hablar, ni quería.
Le temblaba todo el cuerpo; volvió a extender los brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después, clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblorosas salió de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía.
Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas. Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando. Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí adentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la oscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces...
Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.
Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada. Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia; y por probar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
Desde el postigo entreabierto de la puerta de la sacristía, inadvertido para la Regenta y el monaguillo, el Magistral la contemplaba enfebrecido, hasta que un cimbronazo de sus entrañas le hizo volver la vista hacia el abyecto Celedonio, que huía del lugar del sacrilegio.
Los ojos del Magistral se inyectaron de odio.
* * * * *
Todo esto sucedió la pasada tarde. Ahora, la heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida,
y descansaba entre sueños oyendo el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica.
La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquél índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas como señoritas cursis que se aprietan el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso. Como haz de músculos y nervios, la piedra, enroscándose en la piedra, trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire.
Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al badajo formidable de la Wamba, la gran campana que llama a coro a los muy venerables canónigos.
Bismarck era de oficio delantero de diligencia, pero sus aficiones le llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, acólito en funciones de campanero, disfrutaba algunos días la honra de despertar al cabildo de su beatífica siesta.
Celedonio, ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela; y si se le antojaba, disparaba chinitas sobre algún raro transeúnte, que le parecía del tamaño y de la importancia de un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.
Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó al orden. Alguien subía por la escalera de caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos. ¿Quién era el osado?
– Es un carca, ¿no oyes el manteo?
Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo apareció por el escotillón; era el de don Fermín de Pas, magistral de aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispado. El delantero sintió escalofríos. Pensó: “¿Vendrá a pegarnos?”
Allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana o esperar el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba, encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos.
El acólito no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro.
¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero callaba y sonreía, complaciéndose en el pavor de su amigo.
Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha, blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuese la de una aristocrática señora.
Bismarck, oculto, vio con espanto cómo el canónigo agarró la mano que Celedonio le tendía, caballero en la ventana a la que estaba asomado y de la aún no le había dado tiempo a bajar, paralizado por el estupor de la llegada del Magistral y al mismo tiempo confianzudo por el conocimiento de su secreto.
Y Bismarck vio también cómo, con un repentino retorcer el brazo del acólito, el Magistral colocó a su víctima de cara al vacío, susurrándole al oído unas palabras que parecían mascadas. Casi desdeñosamente, pero con determinación absoluta, le dio luego un empellón a Celedonio al mismo tiempo que abría la mano con que lo atenazaba por la espalda.
Sin mirar hacia atrás, y mientras el monaguillo volaba todavía hacia su fatal desnucamiento ante el portal de la Santa Basílica, el Magistral le siseó una orden inapelable a Bismarck:
– ¡El Laudes!
Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable badajo. Y el estruendo del tañido apagó simultáneamente el grito despavorido de Celedonio y el sordo golpetazo de su cuerpo estrellándose en el suelo.
La heroica ciudad despertó de la siesta.



Ricardo Bada Nació en Huelva en 1939. Escritor y periodista, reside en Alemania desde 1963. Tiene en su haber dos antologías de literatura española contemporánea, realizadas en colaboración con Felipe Boso y ambas publicadas en Alemania, y ha traducido por placer gratuito a grandes poetas de esa lengua: Goethe, Theodor Fontane, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, Erich Fried, Hans Magnus Enzensberger, etc.
Ha cuidado en Alemania la selección y edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela; en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll ("Don Enrique" , La Paz, 1995).

Obra publicada:
"La generación del 39", (cuentos). Nueva York, 1972
"Lorelei-Express", (radioteatro). Hilversum, 1978
"GBZ contra E", (radioteatro). Colonia, 1979
"Jakob y el otro", (radioteatro sobre un cuento de Juan Carlos Onetti). Colonia, 1981
"Kabarett para tiempos de krisis", (espectáculo teatral). Madrid, 1984
"Basura cuidadosamente seleccionada" (poesía). Huelva, 1994
"Amos y perros" (cuento). Huelva, 1997
"Me queda la palabra" (conferencias). Huelva, 1998
"Los mejores fandangos de la lengua castellana" (parodias). Madrid, 2000.
"La serenata de Altisidora", (libreto de ópera, música de David Graham). Camagüey, 2000.
"Cuaderno de Bitácora", (diario de un viaje). Madrid, 2003.


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