EL VIAJE

RETORNO AL PASADO

No era un ingenuo, ni estaba bajo síndrome de nostalgia aguda. Ni me engañaba diciéndome que si regresaba al territorio de mi infancia me quitaría de encima 52 pesados años, diluiría mis arrugas y mis canas desaparecerían. El pasado, por mucho que lo intentemos, es irrecuperable y sólo anida en la memoria; allí permanece con una precisión asombrosa, que somos incapaces de reproducir, y reina con su sonido, su luz, su color, su perfume, que ya no existen, como el resplandor de una estrella que desapareció hace millones de años y nos llega ahora.
Sólo a través de un par de películas, ambas, no por casualidad, de Víctor Erice ─ El espíritu de la colmena y El Sur ─ he tenido la sensación de recuperar ese pasado ya tan lejano que guardo, preciso, en la memoria. Pero hoy no voy a comprar una entrada para soñar en el cine sino que voy a hacer ese mismo trayecto cinco décadas más tarde, armado de escepticismo: las cosas no son como uno las recuerda.
Estoy en Siguenza, hermosa villa medieval de la provincia de Guadalajara conocida por el Doncel, un guerrero imberbe que murió en Granada, su castillo restaurado convertido en parador y las deliciosas yemas seguntinas. Me alojo en una hospedería ubicada en un edificio renacentista que pertenece a la Universidad de Alcalá de Henares. No soy estudiante, pero quizá me hayan admitido por esa pinta de profesor venerable que tengo a causa de la barba que luzco desde hace más de un año. Porta Coeli se llama el establecimiento hotelero, y lo recomiendo a quien se acerque a la ciudad. La oferta tentadora, 162 euros por cuatro noches, me invita a prolongar una estancia que iba a ser sólo de dos días. Pero no me arrepiento.

En Siguenza empezaba todo, en la estación, que más o menos sigue igual después de 52 años. Yo arribaba con mi padre en un destartalado y humeante tren, después de una noche en vela por la excitación y el traqueteo de las traviesas, y allí, a pie de andén, estaba mi tío Juan José, con una boina calada y frotándose las manos, porque las amanecidas en la Meseta son siempre gélidas, que me subía en su mítica vespa para llevarme a Miedes de Atienza por un camino infernal de algo más de 50 kilómetros que cubríamos en tres horas.
Vuelvo a Miedes de Atienza en un día de primavera, y lo hago en mi vieja bicicleta, que ya tiene más de quince años y siento como parte mía, indisoluble, que no cambiaría por ninguna más moderna. La máquina se ha hecho al cuerpo, y viceversa. Nos entendemos y existe un vínculo de fidelidad. Somos centauro.
Retorno al pasado. Exactamente 52 años atrás. Más que una vida. Varias vidas las que vivimos sin más nexo que el recuerdo y el cuerpo que habitamos, que se transforma.

El día es perfecto para la excursión. Hace un buen día primaveral y mi forma física está medianamente bien después de los 62 kilómetros del día anterior, por lo que no voy a sudar sangre yendo de Atienza, en cuyas afueras dejo aparcado el coche, a Miedes: 18 kilómetros y dos suaves pendientes que se superan perfectamente poniendo el plato en segunda.
El aire está limpio; el cielo, diáfano, sin una sola nube que lo enturbie, y el silencio, absoluto. Cuando tenía 6 años no recordaba que el paisaje fuera tan accidentado, con tantas lomas. Ahora, con la bicicleta, noto las subidas. Antes, en la vespa del tío Juanjo, todo me parecía recto y llano. Puede que no fuera exactamente el mismo camino, que el trazado de la carretera que se hizo posteriormente vaya ahora por otro lado. De aquellos días recuerdo un frío espantoso que me cortaba la cara, porque el sol aun no había caldeado el aire, el petardeo de la vespa, en la que iba de pie, y las piedras del camino, que saltaban impelidas por las ruedas.
Me encantaba ver amanecer porque en la ciudad no tenía ocasión; era mágico ver cómo se iluminaba el campo y se concretaban las, hasta entonces, sombras nocturnas, como la luz comenzaba a pintar de color el paisaje monocolor de la noche cuando ya arribábamos al pueblo que despertaba de las sombras y se llenaba con el kikirikí de los gallos.

El pueblo lo intuyo, antes que verlo, al final de un paisaje lleno de verdes - los pastos regados con la lluvia de estos días-, ocres, de las tierras roturadas, y amarillos pajizos, algo sucios, del trigo cortado que, como cabellera rasurada, crece erizado. El horizonte es una paisaje parcelado que muestra la paleta de los sobrios colores de Castilla con los que se identifica el mesetario que hay en mí. Las ráfagas de viento traen perfume a miel. Sobre las lomas de las colinas esos nuevos monstruos blancos de tres brazos, los molinos eólicos, con los que a buen seguro se enfrentaría a ciegas el Ingenioso Hidalgo.
Miedes en el horizonte. Lo sé porque reconozco el campanario de su iglesia, pero que se dilata en el espacio por una ligera pendiente que se agudiza por el cansancio y el viento en contra. Los últimos tres kilómetros se hacen agónicos. Pero la emoción de pisar el mismo territorio, cinco décadas más tarde, hace que dé las últimas pedaladas que me llevan hasta el pueblo, en donde busco la sombra que dan las primeras casonas de piedra.

A lo largo de este viaje en el tiempo me he dado cuenta de que no sólo yo soy muy distinto, sino que el paisaje también lo es, y el pueblo más. Ha cambiado Miedes de Atienza en su sustancia, aunque se mantengan en pie casas que, una a una, voy reconociendo. Y no verlo como entonces, con sus calles arenosas, llenas de estiércol, con sus tipos con boina, refajo y colilla entre los labios, arreando a las mulas y los burros con una retahíla de blasfemias - antes el español blasfemaba mucho - , me llena de decepción. Querría congelar el tiempo pasado, pero eso no es posible.
No hay un solo mulo donde antes había tantos que llegaban en tropel al caer la tarde y se concentraban alrededor de la fuente, levantando nubes de polvo, con la mulada, hasta que sus dueños los cogían y los llevaban a sus casas. Sólo un caballo de tiro, pastando a la entrada del pueblo, que mueve la cabeza cuando paso para seguir comiendo hierba.

No hay moscas, cuando antes había millones que quedaban prendidas en unas tiras pegajosas o eran exterminadas a golpes de DDT, que también estuvo a punto de exterminarnos. Recuerdo cubos de moscas, montañas de moscas en las ventanas. Me recuerdo matando moscas con una pala de plástico. Las moscas ahogándose en la miel, cayendo en la sopa, en la leche…
No hay moscas, no hay burros, no hay mulos. Y las trilladoras romanas han sido sustituidas por enormes tractores. Todas las calles están asfaltadas. Todas las casas, restauradas. A duras penas, porque la memoria la conservo intacta, descubro la casona en donde Faustino tenía su tienda de comestibles, la única, en donde te servía Coca Cola en botella polvorienta y a temperatura de calle y alimentos caducados. Nadie murió por esa causa. Y por esa esquina, ascendiendo por la calle, llego a la plaza, que ya no es mi plaza, sino otra muy cambiada e irreconocible, asfaltada, en la que corretean niños en bicicleta en ese espacio que yo recorría con la mía hasta que ¡zas!, tropecé con una enorme piedra en el camino, caí al suelo y me rompí la pierna. Fui un pionero, porque nadie, hasta aquel momento - luego ya sí - se la había roto. Mi tío, como médico del pueblo, me escayoló la fractura, pero yo, un día sí y otro también, porque no me estaba quieto ni un segundo, la rompía y vuelta a empezar.

Había un frontón, y lo sigue habiendo, pero lo cambiaron de sitio. Allí pintaban los mozos del pueblo grafitis alusivos a sus reemplazos, adornados con tacos jugosos y viriles, y jugaban a pelota con la mano desnuda dejándose las palmas ensangrentadas. Ahora dos papás, mientras sus niños pedalean por los alrededores, sacuden con las raquetas pelotas de tenis blancas.

Quería reencontrar Miedes vacío. Despoblado. Yo andando por calles desérticas. Mísero, como cuando lo conocí, paradigma de esa España rural que pasaba hambre, de rostros huesudos y ojos hundidos. Sin agua. Sin luz. Sin retretes. Con cocinas con fuego de leña. Con gallinas en las calles. Con mulas cargadas con sacos de trigo que sustituían al papel moneda. Con el perfume del estiércol flotando constantemente. Y no. Me encuentro con un pueblo de veraneo, excesivamente concurrido, en donde la chiquillería juega al aire libre, ha dejado en casa la play station, disfruta del entorno y hace de la calle su patio de juegos.
De pequeño no había advertido el color rojizo de las piedras de las casas. Ni de que muchas de ellas fueran casas nobles, con sus blasones correspondientes levitando sobre sus puertas. El ayuntamiento, sobre el que un reloj enmudeció hace tiempo, sirve de bar: eso es nuevo. Allí residían los alcaldes del pueblo, don Casimiro y la tía Restituta, maravillosos nombres que parecen sacados de La familia de Pascual Duarte, dos aldeanos típicos que milagrosamente viven ambos, aunque en Madrid. Desapareció el horno en donde cada vecino horneaba su pan y sus dulces. Tengo memoria de los mantecados deliciosos que hacía tía Rosario.

La casa de los tíos se alza delante del banco en donde permanezco sentado mientras la bicicleta descansa, apoyado su pedal en el bordillo de la acera. La casa es mucho más grande de lo que me imaginaba, un fenómeno que generalmente se produce a la inversa: el niño siempre tiene una percepción volumétrica mucho mayor que la real. La puerta la han cambiado los nuevos inquilinos. Hay una reja en donde antes había una puerta partida que se abría por arriba. También hay rejas en las ventanas. Y hasta la calle tiene nombre, que antes no tenía, y número, el 1. Sigue el corral, imagino que ahora convertido en jardín, en donde tía Rosario tenía unas cuantas ocas que cada día ponían huevos de sabor extraño, como a húmedo, y te picoteaban las piernas. Desapareció la enorme higuera a la que trepábamos como monitos mis primos y yo y desde cuyas ramas podíamos saltar directamente al balcón. Sigue en pie la casa de al lado, de una sola planta, la del loco, porque ese pueblo tenía su loco, un infeliz que se cayó desde lo alto del campanario, perdió la razón y los chicos del pueblo se lo recordaban constantemente al grito de ¡Qué viene el loco! cuando aparecía por una esquina. ¡Maravillosa terapia! Y también había un cojo, al que constantemente se le recordaba su defecto y que tenía muy mala pata, por cierto, y una lengua viperina.

No parece haber nadie en la casa, pero desde luego está habitada. Hay visillos en las ventanas. Las tejas son nuevas. Hay luz. Ya no tendría el tío Juan José que hacer equilibrios sobre el balcón para hacer complicados empalmes - la electrocución era imposible dada la baja potencia eléctrica - que llevaran más luz a su casa para que tía pudiera poner en funcionamiento la lavadora recién comprada, automática a medias, porque había que mover la ropa con el palo de una escoba para suplir las carencias del motor. “Nunca vi una escoba tan limpia” le decían los que ignoraban el uso que le daba.
Es la casa, pero no es la casa. La habitan otros, pero seguro que dentro podría encontrar nuestros fantasmas, el rastro de gritos, risas, con que poblábamos ese aire denso de hogar apenas tocado por el sol que entraba a través de gruesos muros. Seguro que por dentro no la reconocería si pudiera entrar. Puedo llamar y, si me abren, decir que me gustaría verla porque en ella un niño que yo fui pasó los más maravillosos veranos de su vida. Tres veranos inolvidables y míticos.
Me gustaba jugar en el granero, sobre los montones de trigo que descargaban los pacientes del doctor Juan José que le pagaban de esa forma en una época en la que existía el trueque, y allí arriba, en la buhardilla, revolcándonos, llenándonos de polvo cabellos y ropa, desgranaba historias de terror que mantenían embobados a Rosarito, Juanjo y Aguedita, mis tres primos. Ya era narrador, sin saberlo. Y hasta me acuerdo que ponía efectos especiales, música, para dar más énfasis al relato. Y que improvisaba sobre la marcha.

Los niños dan vueltas a la plaza en sus bicicletas, sin caerse. Ya no hay pedruscos en los que tropezar, romperse una pierna, ser enyesados. Ya no se utilizan las piedras como armas disuasorias. Me dieron la bienvenida con una buena pedrada en la cabeza, a modo de saludo para el chico recién llegado de la ciudad, que me hizo una pitera sangrienta, pero no me acuerdo si reprimí el llanto para que no me tomaran por una nena, ni si devolví la pedrada.
Voy hacia la fuente, pero no dejo de mirar la casa de los tíos. Sí, la fuente es la misma, exacta, con sus caños de madera que rezuman agua a borbotones por dos redondos orificios, con esa agua estancada de su pilón, en donde aletean algas verdosas, y un extraño adorno en su alto, que no sé si es nuevo, no lo recuerdo: una piña. ¿Qué hace una piña? ¿A quién se le ocurrió coronar la fuente con semejante adorno?
No había agua corriente en el pueblo, como en buena parte de África sucede ahora mismo. Había que ir un montón de veces a la fuente a cargar agua para beber en los botijos, para asearse, para cocinar. Para ese niño que era, el no tener agua ni luz era parte del juego, el encanto del lugar.
Hay muchos rubios. También los había entonces. Mujeres y niños rubios. Rubios como Natividad, la muchacha más bella del pueblo, una especie de Venus renacentista, o Mary Pura, la hermana de Antonino Pío, el mozo que tiraba los tejos a mi hermana sobre el tejado de una casa, valga la redundancia, o quizá es que tirar los tejos venga de las tejas en donde los enamorados se subían a pelar la pava, lejos de los mayores.
Ahora hay modernos coches de gran cilindrada ─ audis, bmw, porque quien se fue del pueblo a probar fortuna en Catalunya o Madrid, como los que se fueron a América, siempre vuelven ricos o lo han de aparentar ─aparcados en donde antes descansaba el desvencijado coche de línea que tenía una cuerda por freno y un agujero en el suelo por donde se podían contar las rocas de la carretera. Sólo tuvo un accidente, milagrosamente, y un pasajero se rompió la crisma y acabó en el cementerio. El armatoste alcanzaba, en las rectas, los 40 km hora.

Lo que sucedía todas las noches debajo de ese coche de línea aparcado ignoro si era fruto de mi imaginación calenturienta o una expresión de salvaje sexo rural. Sea lo que sea, había una chica muy popular, del mismo modo que había un loco, un cura, un médico, un tendero, un alcalde, un practicante barbero, porque en ese microcosmos rural todas las profesiones estaban representadas, que enseñaba a los mozos del pueblo las artes amatorias bajo la bóveda del autocar de línea, y había tan escasa luz allí debajo, más bien ninguna, por lo que todo entre las ruedas se hacía a ciegas, lo que otorgaba un plus de privacidad a esos intercambios clandestinos de placer en el que los mozos recibían su instrucción sexual sin tener que pagar. Treinta años después escribí un relato sobre el tema, LA AMPARITO, que se publicó en Penthouse y luego lo hizo en UNA HISTORIA CHINA de Ediciones Koty, libro muy difícil de encontrar, por cierto.


Hay perros en el pueblo, unos cuantos, pero sestean en el suelo, ni siquiera se levantan cuando pasa por delante de ellos un ciclista. Hay muchas bicis en el pueblo para prestarle atención a ese forastero que se detiene constantemente para tomar fotos. Y ese perro tumbado al sol, algo lanoso, se parece a Tim, el perro mal cazador al que unos italianos tirotearon y dejaron herido y el tío Juan José recuperó para que siguiera siendo tan mal cazador. Tim y Loli, una perra perdiguera manchada y de orejas caídas sobre la que escribí un relato, por ahora inédito, nuestros perros que nos seguían a todas partes, con los que jugábamos y nos llenaban de babas.
La subida hacia el Torreplazo, casi en los límites de la provincia de Soria, se intuye dura. Pero a la salida de Miedes me detengo ante una casa con huerto que no tardo en identificar. Sí, no hay duda, más por la ubicación que por la casa en sí. Aquí vivía Don Julio, un señor rico y viudo que cometió un desliz con su jovencísima criada y se tuvo que casar con ella. Don Julio, que le llevaba cuarenta años, por lo menos, a su joven esposa. Don Julio que hablaba de su problema a las autoridades del pueblo, el cura, el médico, el maestro, pidiendo consejo, y no tuvo más remedio que casarse so pena de que le rompiera la crisma su suegro a garrotazos. Don Julio que, ahora, habría sido juzgado como corruptor de menores y estupro. Vagamente la recuerdo a ella, aunque me falla el nombre; era bonita, femenina, rubia, frutal y dulce. Y recuerdo al hijo que ya tenía Don Julio del primer matrimonio, el Boni, con flequillo y pecas, con el que jugaba siempre, con el que correteaba por el huerto, entre manzanos de los que comíamos a dentelladas los frutos verdes que colgaban. Y me acuerdo del día en que aquella abeja se despistó de su colmena y me dio tal picotazo en la frente que me tiró al suelo.


Las tardes de verano en el huerto de Don Julio, eternas, merendando pan tostado con miel tan espesa que se masticaba, encaramados a la tapia, que aún existe en parte, chapoteando en la balsa con el calzoncillo blanco como bañador. Y ahora, en el mismo lugar, un niño, de la edad que yo tendría entonces, la emprende a estocadas con la pared de la casa con una espada de palo. Ese niño era yo. Y Don Julio se convirtió en personaje de ficción, fue protagonista de un relato que se publicó el pasado año después de ganar el certamen Luis Cabrera: CANCIÓN DE MUERTE EN MORALZARZAL, aunque hubiera tenido que llamarse Canción de muerte en Miedes de Atienza.
Ahora ya si, con la primera marcha, el plato corto, sol de muerte que me hace sudar y que las mallas se peguen a las piernas, pero sin perder el aliento, subo la empinada cuesta zigzagueante que conduce al Torreplazo. El paisaje es agreste, con matojos espinosos que brotan de las piedras y las revientan, con flores, silvestres, que expanden su perfume a miel. Reina un tono verde grisáceo de estepa que contrasta con la pureza de azul cobalto del cielo que quizá exija otro colorido en la tierra. La carretera asciende en pronunciados meandros. Pronto pierdo de vista el pueblo. Y cuando el sol parece que va a aplastarme y desmontarme de la bicicleta, sopla una brisa fría que viene de unos montes lejanos, nevados, directamente, sin obstáculo, en mi ayuda, a darme un respiro. Subo a ese Gólgota rememorando escenas, mirando la línea blanca que demarca la carretera, el granulado del asfalto que me como con las ruedas.

Si me resisto a mirar la cuesta y me centro en el aburrido asfalto creo que avanzo más rápido, con menos esfuerzo. No cejo hasta culminar el monte, llegar al mojón, a esa columna sin nombre que todos conocían como el Torreplazo y, desde allí, mirar el pueblo a mis pies, desde la perspectiva más espectacular, y los molinos eólicos, esos enormes monstruos blancos que mueven sus tres palas constantemente porque el viento no deja de soplar.


El descenso es a tumba abierta. Menos mal que, además de los antiguos quitamiedos de piedra, por entre los que uno puede colarse e irse al vacío, han puesto vallas metálicas que refuerzan la seguridad. Bajo enflechado. ¿Treinta, cuarenta kilómetros hora? Freno en las curvas.
Cincuenta y dos años atrás iba sentado sobre el manillar de una bicicleta que conducía mi hermano por esa pronunciada pendiente, y llevaba una inoportuna bata de colegial cuyo extremo se enganchó entre los radios de la rueda delantera y la detuvo en seco; la bicicleta se puso de pie, saltamos los dos por los aires, como en la viñeta de un tebeo, pero no nos hicimos nada: en aquellos tiempos éramos de goma. Ahora, si me caigo, me rompo todos los huesos. Por eso freno. Voy frenando. Y cruzo el pueblo, hasta detenerme en el cementerio.


No lo recuerdo así, con esa capilla neogótica al final del mismo que ahora luce y le confiere un aire más tétrico, de relato de Poe si se transita por sus alrededores al amanecer, al anochecer o en día brumoso. Seguro que la añadieron como contrapunto al templete románico de la entrada.
Yo solía saltar la tapia, de noche, para demostrar mi valor, y corretear entre los muertos. Ahora los niños se enfrentan a muertos vivientes virtuales en sus consolas. De noche, eso lo recuerdo, veíamos fuegos fatúos que nos aterrorizaban y nos espoleaban hasta llegar a casa. Entrábamos pegando gritos de espanto y tocándonos el cogote con los dedos fríos. Y por las noches soñábamos con fantasmas, los veíamos entrar en las habitaciones, envueltos en sus sábanas y con sus cadenas.
Pedaleo. Miedes queda a mi espalda. No me vuelvo. En el horizonte, tras unos montes, la nube de un incendio. El aire me corta la cara. El sol me abrasa. Pedaleo sin mirar atrás.
No sé si volveré otra vez.

La bibliografía de Miedes de Atienza
Relatos
LA AMPARITO, publicado en la revista Penthouse y posteriormente integrado en UNA HISTORIA CHINA (Ediciones Koty)

CANCIÓN DE MUERTE EN MORALZARZAL, relato premiado con el Miguel Cabrera en su edición de 2008 y publicado por la Junta de Andalucía.
"A Don Julio lo trajeron atado de manos y con una enorme brecha en la frente. Con ese aspecto desaliñado, con los pantalones descordados, un zapato y la camisa hecha jirones, era difícil reconocer en él al aristócrata de Moralzarzal. Le habían estado apaleando durante toda la noche, con bastones nudosos de pastor, la partida que lo prendió, pero todavía había dignidad en su mirada, nobleza en su gesto, elegancia en su porte."
TIEMPO DE TRENES, relato inspirado en mi tio Juan José y galardonado con el premio XX Concurso BIM de la Rambla en 2008.
"El tren silba cortando el aire, una bala en un paisaje yermo por las mismas vías por dónde antes avanzara la vieja locomotora de vapor. El mismo recorrido, pero distinto tiempo, distinto viaje. Aquel viaje de antaño, que embriagaba todos mis sentidos, ahora es sólo una excursión. El mismo camino, porque la vía atraviesa los mismos parajes, la misma distancia, y algunas variaciones en el paisaje. Más que en el paisaje, en las construcciones, en las estaciones que el tren deja atrás; asépticas éstas se me antojan; aquéllas, las del pasado, dotadas de un indeterminado lirismo. Todo más bello antes, más prosaico ahora. Cuestión de años, los que van de un niño con pantalón corto y toda la vida por delante, con la mirada fascinada perdida más allá de la ventanilla del tren, a la de un hombre maduro que viaja con su desengaño a cuestas".
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LA LOLI
La Loli es un perro perdiguero de orejas gachas y peladas, pelaje blanco con manchas pardas, cuerpo delgado y ágil.
La Loli tiene un mirar triste y dulce a la vez. La Loli es golosa: le gusta el azúcar y el chocolate. Y apacible: tras una jornada de caza, cuando regresa tras el amo, adora echarse a sus pies, seguir fijamente el ritual de las manos del hombre llenándose la pipa de tabaco, hasta quedarse dormida.
Principalmente, lo que más le gusta a la Loli es la caza; husmea con el hocico, levantas las orejas y se detiene: la pieza está cerca. La Loli casi nunca falla cuando va de cacería: cuando la perdiz o el conejo están próximos, emboscados en el matorral más cercano, la Loli se paraliza, detiene su pata en el aire, se convierte en una estatua para salir disparada como una flecha cuando la presa intenta la huída.

Novelas
TRES VERANOS, novela que recoge mis experiencias en esos tres veranos y permanece, de momento, inédita.
"Cuando salimos de nuevo a la calle debían de ser cerca de las nueve. La ciudad pueblo parecía haberse despertado de su letargo nocturno y gentes y bestias recorrían ya sus empedradas calles. Eran gente muy curiosa, nuca llegué a imaginármelos así a los habitantes de aquella comarca. Parecían uniformados todos ellos. Vestían con pana negra, se sostenían los pantalones manchados y gastados con amplias fajas, lucían camisas blancas bastante renegridas, no se afeitaban sino muy de tarde en tarde, mordisqueaban colillas apagadas con las hileras de sus dientes amarillentos y careados, y boinas negras cubrían como casquetes sus cabezas. Yo esperaba ver caballos, caballos por todas partes, pero los animales que ascendían penosamente con las alforjas rebosantes de gavillas de paja, cántaros de agua, o kilos de apestoso estiércol eran viejos y depauperados asnos o, a lo más, mulos que relinchaban ásperamente mientras sus amos arrastraban sin piedad de las riendas, propinándoles toda clase de golpes en los flancos y obsequiándonos, a nosotros más que a ellos, con el más rico repertorio de blasfemias que se pueda oír".
Artículos
VIAJE A UNA ARCADIA RURAL, publicado en el diario El Mundo el 30/08/2003 y galardonado con el premio Provincia de Guadalajara.
"CREO QUE EL mejor verano de mi vida fue el de 1958, el año en que mis tíos Juan José y Rosario me invitaron a pasar el verano en Miedes de Atienza, un minúsculo pueblo de Guadalajara en donde vivían con sus tres hijos. La víspera de la partida estaba muy nervioso: era mi primer viaje. Mi padre me acompañó. Viajamos toda la noche en un tren arrastrado por una locomotora de vapor.No dormí ni un solo instante, a pesar de que el traqueteo de las vías es una melodía que invita al sueño; estaba demasiado emocionado para hacerlo y permanecí con la cara pegada a la ventanilla del compartimiento contando los postes que jalonaban la vía férrea, leyendo los letreros suspendidos de las marquesinas de las estaciones que dejábamos atrás envueltas en la nebulosa de humo y carbonilla, y el alba me encontró con los ojos abiertos".
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Con mi tía Rosario, hoy
http://www.elmundo.es/papel/2003/08/30/catalunya/1465478.html

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Amigo Jose Luis Muñoz te felicito tienes un gran estilo para la narración y algun avez tratare de buscar tus libros para leerlos eres colosal me gusta la descripcion que haces de tu retorno al lar es emocionalmente atractiva mi estimado josé
Una admiradora desde
Cambre A Coruña
Anónimo ha dicho que…
Muy buenas,

Antes de nada, darle la enhorabuena por su relato sobre su vuelta a ese pequeño pueblo, Miedes. HA conseguido emocionarme, como hace tiempo no lo hacía. Tengo 24 años y con cada frase q leía recordaba mis veranos en Miedes en casa de mis abuelos. Sigo disfrutando de sus veranos, su fuente, su frontón (aunq remodelado me parece q ha perdido encanto),... este verano volveré!!!
Me alegra encontrar en internet un relato sobre mi querido pueblo. Además, la casa de la q usted habla la conozco bien, ya q sus actuales dueños son muy amigos de mis padres. Aunq como imaginará, siendo un pueblo tan pequeño nos conocemos todos.
Por cierto, Mary Pura sigue siendo muy guapa aunq ya sabe... los años pasan para todos igual.
Para terminar, sólo decirle q le invito a pasar la fiesta de Miedes q como cada año son el 22, 23 y 24 de Agosto. Se encontraría con mucha de esa gente con la q pasó tan buenos veranos.

Un saludo,

P.D. MIEDES VOLVERÁS!!!
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues vaya, me ha sorprendido gratamente su comentario, sobre todo porque no creo que haya much gente que conozca ese pueblo. Me alegro de que conozca a Mary Pura. Aunque hablemos de épocas distintas, las emociones son trasladables. Miedes, no sé por qué razón, marcó mi infancia de forma indeleble. Me anoto las fechas de las fiestas del pueblo por si puedo dejarme caer por allí. Un placer y gracias.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Amiga de Cambre. No le contesté antes porque no vi su comentario hasta hoy. Sólo agradecerle sus palabras y la atención que me presta.
Un abrazo