martes, 30 de junio de 2009

LA ENTREVISTA

ENTREVISTA:
MARTA FERRERES
& JOSÉ LUIS MUÑOZ
Con tu última novela, El corazón de Yacaré, premio Seseña de Novela romántica, has mostrado una cruda y difícil realidad social mezclada con una excelente historia romántica. ¿No crees en las historias de amor felices de toda la vida?
Sí, creo como en un ideal imposible, una utopía que se produce en casos aislados, aunque literariamente no me interesan porque tiendo hacia el dramatismo, y no soy el único. Si echamos un vistazo a las obras universales de la literatura advertimos una predominancia absoluta del drama sobre la comedia en las historias románticas. ¿Hay acaso una historia más dramática y romántica que la de Romeo y Julieta? Y si echamos un vistazo a todos los escritores del romanticismo, desde Becquer a Larra, las hermanas Bronte, Lord Byron, Goethe, etc., nos daremos cuenta de que el drama predomina en las historias amorosas.
Un escritor tan prolífico como tú denota una pasión innata por la literatura. ¿De dónde viene y cuando supiste que lo de escribir era lo tuyo?
Se nace. Realmente es así, De pequeño era una rata de biblioteca mientras a otros niños les daba por dar patadas al balón. Mi padre fue, en gran medida, el culpable, con una biblioteca de cinco mil volúmenes y convertido en un comprador compulsivo de libros que introducía en casa bajo la gabardina, clandestinamente, para que mi madre no le regañara por falta de espacio y porque temía que el suelo no aguantara tanto peso y cediera y fuéramos a parar, todos, libros y familia, al piso de abajo. Las primeras lecturas, los libros de Jack London, sobre todo, que fue mi escritor iniciático, me hicieron viajar y soñar y me abrieron el apetito de contar historias. Me recuerdo escribiendo desde el momento en que podía sostener un bolígrafo entre mis dedos. Con ocho o nueve años ya escribía novelas del Oeste, influido por Zane Grey y James Fenimore Cooper. A los 14 redacté un novelón de mil páginas que por algún cajón andará. Escribía porque me producía placer y porque me evadía de una realidad que no me gustaba, y en mis libros la podía transformar, convertirla en más apasionante e idear un territorio literario en el que reinaba yo, relativamente, porque el autor nunca acaba de dominar lo que escribe.
Aparte de escritor colaboras (y has colaborado) en múltiples y famosas revistas de la talla de National Geographic o Playboy. ¿La publicación de libros te llevo a las revistas o fueron las colaboraciones en revistas lo que te impulsó a escribir libros?
Fue la publicación de libros lo que me llevó a las revistas. La Sonrisa Vertical me abrió las puertas de Playboy, Penthouse, en donde publiqué una novela erótica por entregas, LOS VIAJES DE CARLA, e Interviú. Hubo una época en la que colaboraba en seis o siete medios a la vez y era otra historia, más inmediata, porque lo que escribías un día, lo veías publicado al siguiente, como ocurría con mis artículos de opinión de El Sol o El Periódico. Mi pasión por los viajes me llevó a entrar en unas cuantas revistas del ramo como Viajes National Geographique, Traveler o Nómadas. Pero los mejores reportajes los publiqué en GQ y recuerdo uno, que fue una gozada, en donde mi texto iba acompañado de fotografías de Helmut Newton de Las Vegas y que fue el desencadenante de que me pusiera a escribir LLUVIA DE NÍQUEL, una novela negra que transcurre en esa enloquecida ciudad.
¿Qué significa para ti escribir novelas?
Pues lo que para otros es comer o respirar. Es una de las peores adiciones, la del escritor. Te va la vida en ello. Para escribir tienes que sentir pasión por lo que haces, te tiene que enamorar la historia que escribes para, a continuación, enamorar al posible lector. En cierta medida aspiro a que mis novelas cambien algo al lector que se acerque a ellas, les produzca una cierta convulsión, les muevan a reflexionar. Escribir es también una especie de juego, una necesidad de prolongar la infancia más allá de los límites marcados. El niño juega con los soldaditos de plomo; el escritor lo hace con sus personajes en su cabeza.
¿Cuándo eras pequeño pensaste que de mayor podrías vivir de tu gran pasión, la literatura?
Siempre tuve muy claro que quería ser escritor, lo que ya resultaba más difícil era predecir que se reconociera tu obra y se publicara. Tiene que haber cientos de obras maestras encerradas en cajones de autores que habrán muerto sin ver su obra publicada. Durante una etapa larga de mi vida escribía para mí mismo, no para los demás. La de escritor es una carrera muy dura en la que, de cuando en cuando, hay travesías del desierto. Yo siempre digo que es una esquizofrenia que está aceptada socialmente.
¿Cómo te sentiste cuando ganaste en 1985 tus dos primeros premios literarios? ¿Cómo influyó esto en tu profesión?
Bueno, no me lo creía. Además obtuve dos galardones importantes y de prestigio en un plazo de meses, uno detrás de otro, el Tigre Juan y el Azorín, y las novelas se publicaron en la mejor editorial de novela negra que había entonces, Etiqueta Negra, y fueron presentadas en la Semana Negra de Gijón, Fue algo extraordinario, milagroso, y un acicate para seguir escribiendo.
En el libro Barcelona negra, escrito en 1985, relatas una visión apocalíptica de la Barcelona del futuro. Ahora que ya estanos en el futuro, ¿crees que tu “profecía” se ha cumplido?
Hay algunas cosas que sí. O están a punto de pasar, como por ejemplo la escasez de agua y el cambio climático, cosas que se anticipaban en la novela que fue escrita en un verano terrorífico en Barcelona, con unas temperaturas insoportables y un buen número de incendios forestales cercando la ciudad. Fue esa situación excepcional y extrema la que me impulsó a su escritura y el resultado es una novela ácida y rabiosa, que reflejaba mi estado de ánimo entonces. Luego hay un cierto fascismo en la sociedad que también se explicitaba en BARCELONA NEGRA, aunque se dirigía hacia los ancianos a los que se sometía a una eutanasia por no ser productivos. Curiosamente también estaba planteado el problema migratorio, sobre todo en la precuela LA PRECIPITACIÓN que se publicó unos años más tarde. Realmente trazaba una visión muy pesimista de la ciudad y cargaba contra alguno de sus símbolos sagrados, como la Sagrada Familia, lo que motivó alguna que otra crítica sañuda tildándome de fascista y anticatalán por alguien que no supo leer mi libro y me identificó con el protagonista Raúl Guerra.
En tu bagaje literario encontramos novelas de diferentes géneros. Pero casi todas se entrecruzan en un punto, las relaciones humanas (ya vistas desde la pasión, el amor o el sexo). ¿Crees que al fin y al cabo los seres humanos somos eso en esencia y estamos llenos de corazas?
Pues eso, llenos de corazas y de máscaras. No sabemos bien quiénes somos y actuamos de una forma u otra según con quien estemos o según la etapa de la vida que estemos atravesando. Y los escritores proyectan esas dudas existenciales en lo que escriben. Mis novelas son, sobre todo, psicológicas, tratan sobre el mundo de los afectos, odios y pasiones. El mal está muy presente en todas ellas, como un componente de la naturaleza humana. El mal que no nos es ajeno, ni mucho menos, en el que podemos caer en determinado momento. Mi novela EL MAL ABSOLUTO, sobre el Holocausto, es casi una reflexión filosófica sobre ese gen maligno que anida en nosotros. Cuando existe impunidad, bajo el anonimato, afloran los bajos instintos reprimidos. Sin ir más lejos: ¿es una forma de celebrar una victoria futbolística destrozando todo lo que se cruza por el camino? ¿Por qué cuando el individuo se disgrega en la masa actúa de esa forma, con frecuencia, y hace cosas que, en solitario, no haría? Pues por la impunidad. Y con la misma impunidad que los asesinos del III Reich actuaron los de las repúblicas de la ex Yugoslavia en sus guerras fratricidas o los hutus contra los tutsies en Rwanda.
¿Cómo definirías tu literatura?
Sin que yo lo pretenda, es una literatura comprometida con el entorno, social, siempre social. Hay en ella un espíritu crítico. Mis historias son casi siempre intensas, cruzadas por la violencia y la sexualidad, dos de las fuerzas primarias que nos mueven. Todas mis novelas, hasta las históricas, pueden leerse en clave de literatura negra, y, a la vez, todas son libros de viajes. El libro es un viaje al interior de su autor y la vida es una novela que acaba siempre mal.
Otra parte importante e interesante de tu trabajo son tus novelas más históricas. Con la novela El mal absoluto pudiste documentarte con infinidad de documentos, películas, o incluso, yendo a los campos de refugiados en primera persona. Pero, con tu trilogía de La pérdida del paraíso publicada por la Editorial Planeta sobre el descubrimiento de América, ¿Cuáles fueron tus estrategias documentales? ¿Cuál fue el secreto de crear una atmosfera tan real dentro de las tres naves de Colón?
Con EL MAL ABSOLUTO el viaje al infierno fue sumamente duro. Fue como una pesadilla. LA PÉRDIDA DEL PARAISO fue un libro de encargo, un maravilloso encargo de Planeta que me obligó a documentarme sobre un tema del que no sabía gran cosa. Durante un año hice una inmersión completa en la época, me trasladé, como en un viaje astral, a 1492, conviví con los personajes, que eran muchos, algunos muy complejos, y los tenía todo el día andando por mi cabeza. Es una novela muy física, muy sensual, de aventuras épicas y creo que da otro punto de vista diferente del acostumbrado, lo que fue el descubrimiento para gente que no iba a pasar a la posteridad, para los de a pie que iban con Colón que se llevaría la fama y las riquezas. Y en la novela desarrollaba un tema que siempre me ha apasionado, y es esa parte de nuestro ser seducido por la vida primitiva, como le ocurre a su protagonista Marín de Urtubia que, finalmente, se integra en la sociedad indígena, vuelve a los orígenes del hombre, como les sucedió a los amotinados de La Bounty, que se quedaron en la Polinesia
Hay numerosos libros que hablan sobre el holocausto nazi. ¿El punto de vista es lo que diferencia el tuyo de los demás?
A mí me movió a escribir esa novela una especie de deseo de justicia literaria, después de ver, en un documental de la BBC, hablar a un verdugo de un campo de exterminio orgulloso de lo que había hecho, sin un ápice de arrepentimiento, y a una de sus víctimas, destrozada física y psíquicamente y viviendo en la indigencia. Pero también quería hacer una novela que huyera del maniqueísmo fácil, y por eso mi nazi es atractivo, elegante, seductor. Quería desbaratar esa tendencia que existe a exonerar a los gobernados de lo que hacen sus gobernantes. No. En el III Reich, salvo heroicas excepciones que acabaron en fosas, todo hay que decirlo, la mayor parte de la gente se apuntó al linchamiento de Europa y al de los judíos, en particular. El Holocausto, por otra parte, tampoco fue una prioridad para los aliados que hubieran podido liberar antes aquellos campos de muerte y no lo hicieron. En la novela hay maldad, en cada uno de sus párrafos reina el mal absoluto, encarnado en ese nazi, pero también en su víctima que quiere convertirse en su verdugo a través de una venganza diabólica y retorcida. La paradoja es que un asesino profesional, y además turco, demuestra tener más buenos sentimientos que los dos enfrentados y ancianos protagonistas.
¿Si tuvieras que escoger un libro de todos los que has escrito con cuál te quedarías? ¿Por qué?
Pues seguramente con LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, porque fue el que más gratificante me resultó escribir, y porque con su protagonista, Marín de Urtubia, me siento plenamente identificado. No creo que en otra novela vaya a disfrutar más en el proceso creativo que con ésta.
¿Te ha ocurrido que el resultado de alguno de tus libros fuera menor al de tus expectativas?
El resultado creativo no, pero con LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO esperaba mucha más repercusión mediática, que apenas tuvo, y sí, en cambio, otros libros posteriores, quizá con menos merecimiento. Cada novela tiene su momento y sus lectores. No hay ninguna de la que me arrepienta haber escrito, aunque, por ejemplo, ahora sería incapaz de escribir una novela tan extraordinariamente dura como PUBIS DE VELLO ROJO, la novela con la que gané La Sonrisa Vertical. Para repercusiones extrañas la de LA CARAQUEÑA DEL MANI, una novela sobre un etarra en la Venezuela de Chávez de la que habló el New York Times a raíz del incidente del Por qué no te callas.
¿Cómo explicarías tu evolución como escritor?
Pues intento ser mejor escritor cada día, y, sobre todo, no aburrirme haciéndolo, porque así tengo la garantía de no aburrir a mis lectores. Y por esa razón cada novela mía es diametralmente diferente a la anterior, no tiene nada que ver, como si hubieran sido escritas por autores distintos, y de ahí la razón por la que huyo de los personajes fijos que me aburren.
En tu blog, La soledad del corredor de fondo, publicas una cita de Jorge Luis Borges: “Con cada libro deberían vender el tiempo para leerlo”. ¿Esta frase define el modo de vida actual? ¿Cuál es la situación de la literatura hoy en día?
Esa frase brillante de Borges define muy bien la angustia que tenemos de no poder leer todo lo bueno que se escribe por falta de tiempo. Y eso es algo que imagino que se plantea cada autor cuando escribe una novela, que tiene una responsabilidad hacia el lector por el tiempo que le roba y si ese robo de vida, de días o de semanas que tardará en leer lo que él ha escrito, será fructífero o una pérdida de tiempo. Sigo pensando que la literatura tuvo su gran momento en el siglo XIX, con novelistas extraordinarios en Francia, Balzac, Zola, Flaubert, y Rusia, Tolstoi, Dostoievski, Turgueniev, etc. Luego, la literatura, tuvo que competir con otras formas de evasión, los medios audiovisuales, pero resiste bien el envite. Las nuevas tecnologías, el ebook entre ellas, no creo que mermen la liturgia de abrir un libro, pasar sus páginas y guardarlo en el anaquel de la librería. Coexistirán ambos medios. Creo, de todos modos, que la literatura, como siempre, debe conmover al lector, cambiarlo de alguna forma, alterarlo, y eso lo hacen algunos pocos autores. De los autores modernos tengo algunos favoritos que quizá puedan parecer extraños. Me gusta mucho Jelinek, por ejemplo, Coetze me parece genial y sentí mucho la desaparición de Thomas Bernard. Y si hay un autor por el que sienta una admiración total ese es Julio Cortázar.
¿Existe algún proceso de creación de ideas para escribir tus novelas?
Las musas acuden a cualquier hora del día. A veces es una noticia de un diario lo que me inspira, la imagen de una película, una frase que, de pronto, me viene a la cabeza y a partir de la cual desarrollo la historia. Hay novelas que las planifico hasta en sus más mínimos detalles, y hay otras que parecen ser ellas las que me escogen a mí para que las escriba y yo soy un simple literato que las escribe al dictado de alguien. El proceso creativo es algo muy voluble y apasionante. Un misterio, realmente, que sorprende al propio autor y, de paso, al lector.
¿Hay alguna idea en mente para tu próxima novela?
Pues sí, estoy en ello desde hace unos cuantos años: escribir la epopeya de la conquista de México por Hernán Cortes, una novela histórica y de aventuras que contendrá los dos puntos de vista enfrentados, los de los españoles y los de los aztecas.
La profesión de escritor conlleva un modo de vida distinto a la de un administrador de oficina. ¿Logras separar tu profesión de tu vida? ¿O no consideras que es una profesión sino que una pasión?
Pues es una profesión muy dura en la que se trabaja mucho y no siempre sale rentable el trabajo. Trabajas para uno mismo y eso supone una disciplina que te has de imponer, porque no hay horarios. Hay días que trabajo, sin descanso, doce o catorce horas, sin parar. Lo que empieza siendo una pasión se transforma en una profesión. A medida que escribes y publicas surge el oficio y eso te convierte cada vez en una persona más rigurosa con tus textos, que los mires con lupa, que te vuelques en que rocen la perfección. El proceso de un libro es muy complicado, mucho más de lo que la gente cree; a la redacción inicial se une el interminable proceso de la corrección, y cuando el libro está a un paso de entrar en la imprenta el proceso de revisar las galeradas es un pequeño infierno, porque a medida que te lees ves que todo es imperfecto y lo corriges una y otra vez, mil veces, y nunca estás satisfecho.
¿Cuál es el papel que desarrolla la familia en tu profesión?
La familia, normalmente, sufre al escritor que hay en su seno. No es fácil la convivencia. El escritor necesita ausentarse durante el proceso creativo, se evade, vive en otra dimensión, en la de su novela, y no admite interferencias.
A parte de escribir, ¿sientes la misma pasión por alguna otra actividad? ¿Esta actividad influye en tus escritos?
Bueno, me gusta mucho el cine y, en efecto, existe una interrelación cine y literatura en mi caso por el hecho de que casi todas mis novelas son muy cinematográficas, están llenas de imágenes. Me gusta la pintura ─ lo primero que hago, al llegar a una ciudad, es visitar su pinacoteca ─ la música, la fotografía, todas las bellas artes, en general, y desconecto con ejercicio físico, con mi inseparable bicicleta de montaña que me lleva hasta los recónditos valles del Vall d’Arán, mi paraíso particular en donde recargo año tras año las pilas.
El músico Bebo Valdés murió a los 90 años, edad en la que seguía tocando y subiendo por los escenarios. ¿Piensas en el final de tu carrera o crees que es algo que llevas tan apegado que siempre irá contigo?
No me concibo de otra forma que escribiendo. Llega un momento en que la literatura lo es todo. Y la escritura me ha salvado de muchos baches. Si alguna vez dejo de escribir, moriré, sin duda.

LOS LIBROS DE MIS AMIGOS

LA ASESINA DE LOS
OJOS BONDADOSOS
Felisa Moreno Ortega
Editorial El Olivo
160 PGS.

“Ayer se dio sepultura a Severina García Rodríguez, más conocida como la asesina de Rioabajo, una pequeña localidad situada en el sur de la provincia de Jaén. A pesar de haber transcurrido más de veinte años, ninguno de los vecinos ha olvidado los luctuosos hechos que ocurrieron aquel día 25 de agosto de 1986, en que la citada Severina acabó brutalmente con la vida de siete de los ocho hijos de Antonio Márquez, así como con la de su mujer, Emilia Serrano. Los habitantes del pueblo se negaron a acompañar el cuerpo de la asesina y al entierro sólo asistieron Antonio y su hijo Francisco. Ambos comentaron a este redactor que estaban allí para asegurarse de que Severina realmente había muerto, y antes de marcharse escupieron sobre su tumba…".
Hace tiempo que conocía la capacidad narrativa de Felisa Moreno Ortega, que tiene en la red el blog literario EL SUEÑO DE LAS PALABRAS, que se me confirma, con claridad meridiana, en esta su primera novela publicada, de título hermosísimo, LA ASESINA DE LOS OJOS BONDADOSOS, galardonada con el Premio Escritores Nóveles de la Diputación de Jaén.
Siempre se corre el riesgo, con el primer libro, que el autor acabe hablando, en exceso, de sí mismo y se olvide del hilo narrativo que debe enganchar al lector a sus páginas. Yo siempre digo que el acto de escribir para los demás es un proceso de seducción autor/lector y que en él se produce una extraña intimidad entre desconocidos, un ansia del segundo de saber más del primero.
A través de un viaje iniciático por Jaén, la protagonista de esta historia, Raquel, una periodista de investigación en crisis sentimental y vivencial, reconstruye los hechos que llevaron a la cárcel y al manicomio a Severina, una mujer callada y aparentemente cuerda, la asesina de los ojos bondadosos, acusada de un crimen atroz, un asesinato múltiple de niños, y rechazada en el pueblo hasta su muerte. Lo que descubre la periodista acerca de esa mujer, de misteriosos rasgos mestizos aindiados, y, de paso, acerca de si misma ─ hay un hecho turbio, en su pasado, que la hermana con ese monstruoso delito que trata de explicarse ─ compone el núcleo narrativo de una novela que seduce al lector página a página, que está escrita con una delicada sensibilidad y bebe directamente del género negro ─ Raquel, la investigadora periodística, desentrañando lo que hay detrás de un crimen oscuro e ilógico, es un recurso clásico dentro de lo que conocemos como literatura policial ─, de la literatura de viajes ─ externo, pero, sobre todo, interno─, del costumbrismo rural tan abandonado por nuestra literatura pero que a mí me resulta sumamente grato cuando lo tropiezo en una novela ─ Felisa Moreno describe paisajes, casas y ambientes, reseña costumbres, perfila personajes secundarios, y una novela se construye de una multitud de pequeños detalles que vayan cuadrando y configuren el escenario ─ y de novela de introspección psicológica y sentimental ─ la crisis sentimental, su alejamiento de Pedro, parece provocar la huída hacia delante de la novela y el acercamiento, paradoja de los nombres, a otro Pedro diametralmente distinto del que abandona ─, todo ello maravillosamente cocinado, con amor, en el fogón literario de Felisa Moreno Ortega que seduce con una literatura de gran calado, sencilla y, al mismo tiempo, bella.
Libro que abre una carrera narrativa que, sin lugar a dudas, será larga y fructífera.
José Luis Muñoz

NEWS

Mariano Monge Juárez, con la obra 'Muerte de perro', resultó anoche ganador del XI Certamen de Relatos Cortos de Ayamonte.Monge, natural de Elche, que se presentó bajo el seudónimo de Mediterráneo, según difunde Huelva Información.Han concurrido a esta edición 78 relatos cortos venidos desde todas las comunidades autónomas españolas además de de diferentes países europeos tales como Alemania o Irlanda. Uno de los atractivos para una mayor participación ha sido el incremento del ganador que asciende a los 1.000 euros .Además, el Ayuntamiento de Ayamonte edita las obras ganadoras.
Andrés Pérez Dominguez, ganó el Ateneo de Sevilla con la novela EL VIOLINISTA DEL MATHAUSEN que será publicada, en breve, por Algaida. Vayan, desde aquí, mis felicitaciones al autor sevillano que ya conocía por EL SÍNDROME DE MOWGLI. Una imagen desató en el interior de Andrés Pérez Domínguez una catarata de estampas evocadoras que acabaron finalmente dando forma a El violinista de Mauthausen, la obra que le valió ayer el Premio de Novela Ateneo de Sevilla y que será publicada por Algaida el próximo mes de septiembre. Esa imagen se produjo en una estación de metro, una mañana, muy temprano; una pareja de enamorados bailaba un vals en el andén, "ajenos al resto del mundo, silenciosamente, sin música", recuerda el escritor sevillano, nacido en 1969, ganador ya de varios galardones, entre ellos el Luis Berenguer y el Max Aub, y autor de El síndrome de Mowgli, El centro de la Tierra, y La clave Pinner, el título con el que dio en 2004 un salto de público que con mucha probabilidad reforzará el Ateneo.
Feria del libro de Miami, a la que asistiré si nada se tuerce, en noviembre, como autor invitado al evento más importante del mundo latinoamericano, presentando mis últimas novelas -La caraqueña del Maní, El corazón de Yacaré, El mal absoluto, etc.- en ese incomparable marco estadounidense y debatiendo sobre novela negra con mis colegas Roberto Ampuero y Paco Ignacio Taibo II.

Semana Negra, que arranca y lo hace, este año, sin mí. Parece que no toca esta vez, y sus razones habrá para esta exclusión que me afecta. ¡Caramba!, dejémonos de historias: escribí EL CORAZÓN DE YACARÉ para estar presente en Gijón. Ellos se pierden al mejor cronista del evento, aviso. Y como no soy rencoroso, deseo a Paco Ignacio Taibo II y su troupe toda al suerte del mundo.
Mario Vargas Llosa, con quien crucé alguna frase y al que siempre resulta un placer leerlo. Tuve el privilegio de escucharle con motivo de ser investido como doctor honoris causa de la Universidad de Granada. En su discurso de agradecimiento, el autor de Arequipa estuvo brillante, lúcido e inteligente. Disertó durante veinte minutos sobre la cultura en general. No siempre coincido con Vargas Llosa en lo ideológico, más bien diverjo, pero siempre admiro su valía intelectual y literaria. En Granada dio un magistral recital de todo ello. Y le ofrecí un ejemplar dedicado de LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, sabedor de su enemistad manifiesta con Hugo Chávez.

LA FIRMA INVITADA

La buena gente
Inma Arrabal

El mar gigantesco hacia el cual tienden todos los ríos del mundo
no es más que el pretexto de un retorno al manantial de donde brotan.
El infinito se encuentra siempre río arriba…

Patrick Johansson K. Ahnelhuayaxóchitl / Flor sin raíz


Esta historia puede suceder en cualquier lugar del México profundo, siempre que canten los tecolotes y ladren los perros.
La “buena gente” está ahí, en todas partes, por suerte o por desgracia…

Dulce María tenía un camello que le hacía compañía desde que su padre la abandonó para amancebarse con la Eulogia. A su madre ya ni la había conocido, quizá nunca la tuvo.
Dulce María cepillaba al camello, le daba de comer, le ponía peúcos en las pezuñas para que no se hiciera daño al caminar y, sobre todo, lo quería muchísimo.
Cuando salía a pasear lo llevaba sujeto de una cadena plateada y así nadie podía robárselo. No existía ningún camello más en todo el pueblo y sabía que la buena gente que allí vivía le tenía una cierta envidia.

-Doña “Duvigis”, ¡buenos días!, ha visto usted qué garboso camina hoy mi camello? –preguntaba Dulce María al cruzarse con una vecina.
-Pero, niña, qué manía tienes con llevar a todas partes esa moto que no se tiene en pie.
-No, no, perdóneme usted, “Duvigis”, no es una moto, es mi camello Elpidio –respondía ella, intentando sacar de su error a la señora y ésta se marchaba riendo.
-Don Sacramento, ¿quiere aguantar la cadena de mi camello un segundo mientras compro provisiones en la tiendita…?
-No me molestes, Dulce, y deja la moto delante del colmado, ¿quién te va a quitar ese trasto viejo?
-No, no, perdóneme usted, don Sacramento, no es una moto, es mi camello Elpidio –y Dulce María se quedaba extrañada de la mirada irónica de don Sacramento.

Así un día y otro día, todo el mundo confundía a su camello con una moto, a pesar de que ella intentaba argumentar y razonar.
-No, no, pero no ve que es un camello. Come todos los días y hace sus necesidades… No es un trasto, es un animal que duerme a mi lado y me da calor…

Un día, la soledad se posó especialmente sobre la espalda de Dulce María y cansada de dar explicaciones le entraron dudas. ¿Acaso las cosas no son como uno las ve y las siente, sino como las ven y las sienten los demás? ¿Acaso ni siquiera uno mismo es como cree ser, sino como los demás creen que eres?
Dulce María cogió un espejo, se colocó al lado del camello y observó la imagen reflejada. En realidad no se extrañó demasiado cuando vio, junto a la joven que la miraba desde el otro lado del cristal azogado, una moto vieja y descolorida, casi a punto de caerse a pedazos. Entonces se dijo: “Dulce María, no tienes un camello, sino una antigualla de moto que tienes que arreglar.” Y sin pensarlo más, le cambió unas cuantas piezas, la pintó de rojo y le añadió un par de rayas amarillas a los lados, como si fueran alas de mariposa. Abrillantó las luces, arregló el sillín y complacida contempló su obra. Ahora sólo faltaba llenarle el depósito de gasolina. Así que agarró la cadena plateada y arrastrando la moto se encaminó hacia la gasolinera.
La buena gente con la que se cruzaba se reía al verla pasar y ella no podía menos que oír los comentarios.
-Pero, niña, ¡mira que pintar al pobre camello de rojo…! ¡Pues no le ha puesto una silla de montar al camello, como si fuese un caballo…!
-No, no, perdonen, pero no es camello, es la moto que tenía y que estaba tan vieja… No, no, perdóneme usted, es que he arreglado el sillín estropeado y he limpiado las luces…

Y así, intentando razonar y argumentar de nuevo, llegó a la gasolinera.
-Don Pancho, ¿quiere ponerle gasolina a mi moto?
-¿Gasolina? ¿Y por dónde se la pongo al pobre camello, Dulcita? ¿Por las narices…? ¿No has tenido ya bastante con pintarlo de rojo y ponerle esas ridículas y fosforescentes bandas amarillas en el lomo?
Dulce María lo miró estupefacta, ¿qué decía don Pancho…? Pero esta vez no quiso dudar. Así que ella misma llenó el depósito, tiró la cadena plateada al suelo, se subió en la moto, le dio gas y salió disparada escapándose de allí.

La luz disminuye para mostrar un gris matizado de rojo atardecer. Jalisco y Zacatecas se acarician en el borde del vacío, a través del barranco.
La moto se aleja acompañada de un concierto de búhos, grillos y cigarras. Se va difuminando en una luz brillante que adquiere tonos magenta.
La buena gente del pueblo sigue con sus tareas y alguien canta un ritual de siembra:

Una p’al conejo,
una p’al tejón,
una p’al cabrón
que pase por el callejón…


(Cuento galardonado con el 1º Premio de Narrativa en castellano “Premi de Premiats” –Conex 2006, y seleccionado por la Asociación de Escritores Tirant Lo Blanc de Cataluña, AETLBC, para formar parte de su libro: Voltant per Mèxic des de Catalunya.)


Inma Arrabal. Nacio en Jerez de la Frontera aunque ha vivido casi siempre en Barcelona. Estudió Biología y cursó estudios de Técnica y Escritura Literaria en “Aula de Lletres”, escuela de dicha capital. Es miembra de la ACEC (Asociación de escritores de Cataluña) y de la AETLBC (Asociación de escritores Tirant lo Blanc ) también de Cataluña.
Desde 1995, año en el que empezó a escribir profesionalmente, ha ganado diversos premios, entre los últimos están: 1º premio de poesía “Ciudad de Órgiva” (Granada/2005). 1º premio de narrativa en castellano “Conex” (Barcelona/2006). 2º premio del VI concurso de poesía “Amanecer”, de la Casa de Andalucía (Barcelona/2006). 1º premio de poesía en el X concurso literario “Premi de Premiats” de “Conex” (Barcelona/2006).
Tiene editados cuatro libros de poemas: “Luna de cristal” , (J. Borrás Ediciones/1996); “Sura”, (Ediciones Torremozas/2001); “Amayamar” y “Los que no volvimos”, (Huerga y Fierro/ 2004 y 2006). También esta última editorial publicó su primera novela “Por matar tiempo” (2003).
Ha colaborado en revistas como: “Eclipse” y “La Tetera” de Barcelona, “El Celador” de Sevilla y “Alhora” de Badalona y también en el programa “Hijos de la luna”, de Radio Unión Cataluña y Radio Nou Barris, en su sección “Poesía lunática”.
En Marzo de 2007 participó en la presentación de su cuento “La bona gent”, que junto con 12 relatos más, de autores catalanes y mejicanos, forman el primer libro de la AETLBC : “Voltant per Mèxic”.
En noviembre/2007, Ediciones Torremozas editó su libro de relatos cortos: “Espíritus líquidos”. Se hizo la presentación del libro en la CASA DE MADRID de Barcelona. Actualmente tiene en preparación cuatro libros más de poemas: “Sílice (SiO2)”,“Como se van los pájaros”, “La Poesía es una enfermedad cardiovascular” y “Una mirada al absurdo”. También una nueva novela: “El invierno de las cerezas”.
Fotos: José Luis Muñoz

LA PELÍCULA

SÉRAPHINE
Martin Provost


Debería mirarse el cine español en el espejo del cine francés, en todos los aspectos, en el creativo y en el institucional, en cómo los gobiernos galos de turno miman, promocionan y protegen su producto artístico. Cuando otras cinematografías europeas han sufrido debacles ─ la italiana ─, desaparecen y aparecen de nuevo como un Guadiana─ la alemana ─ o son casi absolutamente desconocidas porque los mecanismos de distribución son sumamente caprichosos ─ el notable cine ruso que no llega desde hace mucho tiempo ─, los franceses han sabido mantener su indudable salud cinematográfica en todo tiempo, como depositarios sagrados de un invento que vio la luz, valga la redundancia, gracias a los hermanos Lumière, y que de atracción de feria pasó a ser entretenimiento masivo y hasta arte cinematográfico en algunas ocasiones.
Séraphine, la tercera película de Martin Provost, galardonada con siete premios Cesar en todas sus categorías, es una fascinante indagación en la misteriosa vida de una pintora de entreguerras, Séraphine de Senlis, no excesivamente conocida, que aportó al arte pictórico su enloquecida forma de crear. Sus lienzos, detallistas en extremo, colmados de arriba a abajo de motivos vegetales, frutos, hojas y flores, por entre los que, a veces, asoma el aleteo de algún pájaro, son el retablo de su enloquecida personalidad. Mujer huraña y hosca, religiosa que dejó el convento en donde vivió y creció para dedicarse a la pintura, porque su ángel de la guarda se lo pidió, tuvo una vida anónima y apartada hasta que el prestigioso coleccionista alemán Wilhelm Uhde (Ulrich Tukur), uno de los primeros compradores de Picasso y descubridor de Rousseau, se fijó, por casualidad ─ una de las grandes escenas del film ─ en uno de sus cuadros dejado en el suelo de la casa en donde ella servía como criada.
De aire naturalista, perfectamente ambientada, y apariencia sencilla, la película avanza sin que el espectador lo perciba, como un manso río hacia el mar, como en las películas del magistral Renoir, de las que el film de Provost sería deudor. La luz entrando por las ventanas de las habitaciones y creando claroscuros, los detalles de las casas filmados con mimo, el sonido del agua, el viento, el vino, el elemento paisajístico ─ ese magistral plano que cierra el film, con Séraphine sentada bajo la sombra de un frondoso y solitario árbol─, son piezas claves que están en el film sin que se note, sin subrayados. Con maestría notable, y ayudado por una actriz sencillamente prodigiosa que encarna a la pintora Séraphine (Yolanda Moreau), que no sólo interpreta con su mirada perdida de mujer que extravió su razón sino que actúa con el cuerpo, forma de andar, mover los brazos o cantar mientras pinta en una especie de éxtasis gozoso, Provost define a sus dos personajes principales de este biopic en cuanto estos irrumpen en la pantalla, definiéndolos a través del detalle.
Fondo y forma constituyen un todo perfectamente imbricado en el film de Provost, en una armonía total. Séraphine vive ajena al mundo real, hasta a la primera guerra que provoca la huida de su mentor y sacude su pequeño pueblo Senlís, del que sólo saldrá para acabar sus días recluida en un manicomio, pinta de forma obsesiva, no se comunica con nadie, es parca en palabras, no trasluce sentimientos ni emociones, como una autista. Pero de sus manos toscas, desaseadas, de su mente turbia, nada cultivada, sale el arte, y ahí reside el misterio del film y del personaje, y está el centro medular de esta bellísima cinta: los mensajeros imprevisibles, y hasta toscos, de los que se sirve la creación artística para trascender y llegar a nosotros, de ese extraño proceso que no se puede racionalizar y parece un don divino.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL LARGO ADÍÓS

VICENTE FERRER
No regaló pescado, sino que enseñó a pescarlo. Sacó de la pobreza a más de dos millones de hindúes, a los más pobres de entre los pobres. Dejó la Compañía de Jesús para tener una compañera, concebir con él un hijo, que seguirán su obra, y mantener así una independencia que dentro del seno de la iglesia no tendría. Nutrió su espíritu de ese amor al prójimo. Su fragilidad externa nada tenía que ver con su gigantesca fortaleza interior. Delgado, de mirada límpida y azul, me recordaba siempre que lo veía en televisión a Mel Ferrer. Era hombre de convicciones, bueno, consecuente consigo mismo, ejemplo de esa Iglesia a la que admiro, tanto como detesto a la Iglesia oficial, que es fiel a las enseñanzas de Jesucristo y se pone al lado de los desheredados del mundo, poniendo en riesgo su existencia, para mejorar su vida en la tierra.
Cuando me preguntan qué es, para mí, un héroe, nunca se me ocurre pensar en esos combatientes, sea de la guerra que sean, que acumulan medallas sobre la pechera de su uniforme por haber matado a un sinnúmero de enemigos ─ eso no es valor, sino miedo, casi siempre─, sino en este catalán universal que yace, para siempre, en tierras de la India, y nunca será beatificado por una iglesia que tampoco subió a los altares a monseñor Romero o al padre Ellacuria.
Pongamos nuestro granito de arena a su obra consiguiendo que la Fundación que le sobrevive sea galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Claro que antes habría que desposeerle del mismo al señor Kissinger.
FARRAH FAWCETT
Nunca brilló lo suficiente, seguramente por su insuficiencia como actriz. Era bella, sin excesos, y frágil, demasiado delgada en un país que también busca mujeres excesivas para que llenen las pantallas de su cine. Su momento brillante lo consiguió gracias a una mediocre serie televisiva muy tonta y de melodía pegajosa: LOS ÁNGELES DE CHARLIE. El cáncer llamó a su puerta y ella declaró que no quería morir. Otro que no quiere morir, Ryan O’Neal que, para mí, siempre será Barry Lindon, como para otros será el chico de Love Story, aquejado por la misma cruel enfermedad, y con quien ya estuvo casada, se casó con ella poco antes de morir. Un gesto bonito y romántico, sin duda, infrecuente en nuestros tiempos.
¿Con qué película me quedo? Con El dr. T y las mujeres, de Robert Altman, en la que daba réplica a Richard Gere.
MICHAEL JACKSON
Su muerte fue tan sorprendente y extravagante como su vida. Una inyección de morfina parece haber sido la causante de su temprano óbito. Tenía cincuenta años y pesaba cincuenta kilos, uno por cada año. Había pasado de ser multimillonario a estar arruinado. En su odio hacia su padre, que le robó la infancia y lo maltrató, inició un enloquecido proceso quirúrgico para dejar de ser negro y alterar la cara que tenía. Al final su rostro era una máscara que se caía, su nariz, un apéndice inexistente. Era el fantasma de la Ópera, un ser enloquecido que se cubría con mascarillas, llevaba guantes en verano, se pintaba los ojos y colgaba a sus retoños, misteriosamente concebidos, en el vacío. Maravilloso músico, rey del sohw bussines indiscutible, vocalista de voz aniñada, siguió siendo negro en sus movimientos y tirando de una familia que vivía a su costa desde aquellos lejanos tiempos de los Jackson Five. Unos padres desalmados, a los que deberían haber metido en la cárcel y haber retirado la custodia de sus hijos, lo involucraron en un escándalo de tintes pedófilos que acabó con su maltrecha reputación. El personaje ahogaba al artista y ya no era modelo de nadie.
Peter Pan nunca quiso ser adulto. Y lo consiguió. Pero no siempre la infancia es un territorio feliz. Difícilmente cuando ésta no se vivió cuando tocaba y se quiere recuperar con cincuenta años sobre las espaldas. Ahora se ha ido, definitivamente, al País de Nunca Jamás. Seguro que tendremos pronto película sobre su atormentada vida. ¿Directores? David Lynch o David Cronemberg. No se merece menos.
DAVID CARRADINE
En lo que parece una extraña práctica masturbatoria, encontró la muerte David Carradine, Kung Fú, a quien dio nueva vida Quentin Tarantino en Kill Bill. Estaba en Bangkok, participando en el rodaje de una película que no pudo terminar. Si Oliver Reed pasó a mejor vida ante una enorme jarra de cerveza mientras rodaba Gladiator, David Carradine lo hizo metido en un armario, desnudo y con un hilo de nylon atado al cuello y al pene. De su filmografía, bastante olvidable, salvo el título que interpretó a las órdenes de Ingmar Bergman: EL HUEVO DE LA SERPIENTE.

martes, 16 de junio de 2009

EL VIAJE

He regresado a New York después de 9 años. La ciudad no ha cambiado, salvo en su visible cicatriz que se quiere rellenar con un rascacielos todavía más alto, y en que ahora es más fácil encontrar vinos españoles en los restaurantes. También es más cara. Se habla mucho castellano y quien no lo habla te pide excusas por desconocerlo. Siguen los pescados semiputrefactos, flotando en las peceras de los restaurantes de Chinatown, y saliendo del subsuelo ese vapor misterioso que uno creía era un efecto especial de las películas de Scorsese, posiblemente quien mejor ha filmado la ciudad junto a Woody Allen. Los negros de Harlem muestran orgullosos su icono y rezan para que no se lo maten: Obama. La ciudad continúa siendo esa urbe vitalista y cosmopolita que acoge toda raza y creencia, en donde nadie se siente extraño, y sus arterias bombean coches y peatones, de forma incesante, como un gran corazón. Es la City, así, a secas, el corazón del mundo.
Recupero un reportaje que, en su día, publicó la revista Traveler y lo ilustro con fotos actuales.
NUEVA YORK:

TODAS LAS CIUDADES EN UNA

Diez de la mañana. Aeropuerto JFK. El avión de la Sabena aterriza con puntualidad, y minutos más tarde me encuentro frente a un funcionario de inmigración que escruta con detenimiento el pasaporte, coteja su fotografía con mi rostro y estampa el sello tras un saludo en español y una mueca que intenta ser amable. Salgo a un exterior brumoso y camino cien metros hasta la parada para abordar el típico y mastodóntico taxi amarillo neoyorquino que conduce un sij de larga barba y voluminoso turbante. Intento pronunciar con corrección la dirección del hotel, que se encuentra muy próximo a Broadway Avenue, en la Octava, a través del cristal antibalas.

El taxista asiente con la cabeza, pero tengo dudas de que me haya entendido. Volamos por carreteras elevadas, esquivamos los primeros atascos de la mañana, cruzamos un barrio infecto de casas destartaladas cercadas con vallas metálicas, basura desparramada y socavones en la calle, habitado por negros de aspecto poco tranquilizador que circulan en coches desahuciados escuchando rap a todo volumen. “¿Cómo se llama este barrio?”. “Jamaica”, contesta, girando levemente la cara.. El taxi vuela por calles desiertas que a pleno día inquietan. Entramos en Manhattan a través de un túnel tétrico que juraría haber visto en algún thriller.

Tocar el cielo desde el Empire
Me ducho y me cambio no bien llego al hotel y curioseo por la ventana de la habitación. Las luces rojas de los sex shop, los locales de striptease y los restaurantes mexicanos parpadean a pocas manzanas de La cocina del Infierno. Bajo a la calle con un plano de la ciudad y camino por Broadway Avenue, la calle de los teatros, hasta llegar a Times Square, en donde el parpadeo incesante de los anuncios de neón ciega.
Sobre el plano no dista tanto el Empire State de donde me encuentro, pero cuatro manzanas de la Gran Manzana, valga la redundancia, son diez minutos andando a paso rápido. La cola para subir al Empire es tan larga que a punto está de mandarme de vuelta al hotel, pero no me arrepiento de la espera. No hay apenas luz en la terraza del Empire, pero sí gente, cientos de siluetas dibujadas en la oscuridad que disparan los flashes de sus cámaras. A mis pies, 102 piso más abajo, New York, una sucesión de luces que se extiende hasta el infinito, con la silueta de sus puentes sobre el Hudson y el East River, las pirámides orgullosas de sus edificios de oficinas iluminados y el rastro luminoso y fantasmal de los coches, respira. Miro, fotografío, y vuelvo a mirar y, tras una eternidad, toco de nuevo el asfalto de la ciudad y me retiro al hotel.


Todas las ciudades
¿Cuántas ciudades encierra NY? Todas las del mundo, también todas las razas, todas las lenguas en esa Gran Manzana comprada a los holandeses por una verdadera ganga. Hay un Nueva York megalómano de hormigón y acero, de edificios tan altos que tocan las nubes y se salen de las fotos, como el edificio de la General Electric del Rockefeller Center, el Chrysler Building, el Radio City Music Hall, pero ese Nueva York no es más fascinante que el de sus calles y sus gentes. ¿De qué color es la población de Nueva York? ¿Blanca? ¿Negra? ¿Amarilla? Y, ¿quién es neoyorquino? Neoyorquino es el último en llegar a la ciudad: yo.


Me dejo caer por el bullicioso Chinatown. Orientales de primera, segunda, tercera generación, que siguen hablando el chino, aparte del inglés, comprando en sus establecimientos, frecuentando sus restaurantes; jóvenes con corbata que trabajan en alguna oficina de la Quinta Avenida junto a ancianas vestidas a la usanza tradicional que seguramente morirán sin haber aprendido una sola palabra de inglés. He paseado por las calles de ciudades de Oriente, por Hong Kong, Bangkok, Singapur y Ujung Pandangh, y su aspecto no difiere tanto de las de este fascinante Chinatown en cuyas aceras los vendedores ambulantes venden extrañísimos frutos o cocinan en pequeños infiernillos. Me interno por las estrechas calles del interior del barrio, hasta la Bloody Angle, en el que no te fijarías sino fuera por su siniestro nombre en recuerdo de los sangrientos ajustes de cuentas entre bandas de gánsters en los años 20; ahora es una esquina vulgar, algo sucia, con un restaurante en cuya pecera flota un pez muerto y una modesta peluquería en donde un chino arregla la cabeza a un compatriota.


Cruzando Canal Street, la frontera, se entra en Litle Italy, un sector de Manhattan Sur animado por los restaurantes italianos, las tratorías, el olor a pasta fresca y a peperone, pequeñas calles flanqueadas por edificios de ladrillo de dos o tres plantas cruzadas por ristras de banderitas italianas, con camareros en la puerta de los restaurantes, invitándote a entrar, y sentados en sillas de tijera sobre las aceras tipos forzudos, ya vistos en alguna película de Scorsese, chicos de los nuestros, con rostros patibularias y ojos que no pierden detalle de todo lo que sucede en la calle. ¿El cine imita a la realidad o es al revés?
Leo una cita de Le Corbusier acerca de la Gran Manzana mientras tomo café a litros y unto queso en un donut: “Nueva York es un caos; pero es un maravilloso caos”. La ciudad es caótica, pero no más que Barcelona o Madrid. Puedes recorrerte la ciudad andando, sin pérdida, por sus avenidas numeradas, o utilizar los autobuses, cómodos y limpios, los taxis o las limusinas, que no son tan caras si vas acompañado, pero también es una experiencia sumergirte en su suburbano. Una bofetada de calor inhumano me recibe mientras desciendo escaleras que parece no hayan sido limpiadas nunca, y luego me encuentro con la oscuridad, el descuido, la suciedad de sus estaciones, con charcos de agua estancada entre las vías, con ratas correteando entre las traviesas. Estaciones de principios de siglo que no han sido remozadas, ni pintadas, con manchones de humedad, con goteras y humo que sale de cualquier parte, quizá porque no interesa, porque los ejecutivos de Wall Street, la gente pudiente de la ciudad, utiliza los taxis, las limusinas. Toda una experiencia coger ese metro caótico y tercermundista y emerger, por ejemplo, en la Quinta Avenida, entrar en el edificio Trump, uno de los varios rascacielos que esa personificación insolente del dinero, modelo de trepadores y apóstol de yupies, tiene en la ciudad, un rascacielos barnizado con un lujo hortera made in las Vegas chirriante, o perderte por los escaparates del cercano Tifanys, la más famosa tienda de joyas, en donde una encantadora Audrey Hepburn preguntaba a un empleado el precio de la más insignificante joya y sufría un desmayo al conocerlo.

Todos los colores del mundo
Por Central Park corren tipos de toda ralea, desde gruesos alimentados con comida basura que quieren purgar sus pecados del estómago a obsesos del agua Perrier. Puedes adentrarte por sus bosques, pero por encima de las copas de los árboles siempre es posible ver la punta de un rascacielos. Central Park es el pulmón de la ciudad adonde se retiran los neoyorquinos hartos de la contaminación y el ruido cuando se disparan todas sus alarmas vitales. Una pareja boga apaciblemente en su barca hacia el centro de The Lake; una muchacha toma el sol en top en una de sus enormes prados; dos jóvenes se besan en un banco, lejos de las miradas; unos recién casados orientales se fotografían sobre el Bow Bridge.
Cerca del Conservatory Water una patinadora llama mi atención, y la de mi cámara. Joven, fibrosa, alta, se mueve con destreza sobre sus patines en línea que son una prolongación de sus hermosas y largas piernas color caoba, mueve suavemente los brazos, ensaya reverencias a una platea inexistente, sortea a una pareja de judíos ultra ortodoxos y vuelve, sudorosa, a los brazos de su amigo, novio, amante o esposo que se deleita con sus evoluciones. ¿De qué raza es? ¿Negra, oriental, hispana o anglosajona? Las cuatro razas conviviendo en armonía en una cara hermosa y en un cuerpo esculpido en gimnasios.

A ritmo de gospel

Es domingo y en Harlem los negros se ponen traje y corbata, y las negras, aparatosos vestidos rosas, blancos, verdes, y cubren sus ensortijados cabellos con sombreros estrambóticos. La Iglesia de Etiopía es famosa por sus misas gospel que acaban con ritmo frenético, con todos los feligreses en pie, bailando, tras el discurso catártico del reverendo que imposta su voz a lo largo de su interminable prédica. Y a la salida del oficio tropiezo con una ancianita distinguida, vestida con un traje de los años cincuenta y tocada con sombrero, el cutis blanqueado a base de cosméticos, caminando de la mano de una exuberante muchacha, quizá la nieta, cuyas curvas - ¿naturales o quirúrgicas? - se marcan escandalosamente bajo el ceñidísimo vestido que lleva. ¿Parte del espectáculo?
Paseo por las casitas de Greenwich Village y me detengo a tomar un café en un local de la cadena Starbucks Coffee. Una pareja de gays, en camiseta y pantalón corto, bromea en una mesa cercana; una mujer de mediana edad lee un libro de poemas; la camarera, que se llama Julie, es alta, rubia, espigada, tiene una sonrisa encantadora.

Le pregunto si el Soho está cercano y me da toda clase de explicaciones en el inglés rápido y paroxístico de los neoyorquinos. Soho y Tribeca hacen frontera con Greenwich. Es el barrio de los carísimos y buscados lofts, de las galerías de arte, de los edificios abuhardillados del siglo pasado de Greene Street, donde se encuentra Dean & DeLuca, una de las mejores tiendas de alimentación.

New York, New York
Existe un lugar especial para las despedidas. Hay que ir al atardecer y ocupar una de las mesas que están en la terraza en donde es obligatorio tomarse un par de cervezas para alcanzar la consumición mínima, porque para tener el privilegio de estar en aquel lugar se ha de pagar esta especie de entrada. River Café, en Brooklyn, a orillas del East River, lugar de moda desde donde las vistas sobre Manhattan y el puente de Brooklyn, bajo el que pasan continuamente barcazas y navíos, son inmejorables. El cielo se tiñe de rosa, con la puesta de sol, y las siluetas de vidrio y acero de los rascacielos de Manhattan se van iluminando paulatinamente, reflejándose ese espectáculo de luz y color en las aguas negras del río. Bebo despacio la cerveza mientras cae la noche y los rascacielos brillan como joyas poliédricas salidas del escaparate de Tifannys, como una ensoñación. Si cierro un instante los ojos oiré cantar a Frank Sinatra su “New York, New York”, pero mejor mantenerlos abiertos, que empieza el espectáculo. Termino adorando esta ciudad que siempre he conocido, desde que tengo uso de razón, gracias a la magia del cine y que no pierde un ápice de su fascinación proyectada en la pantalla de la realidad. Amo New York.

texto y fotos JOSÉ LUIS MUÑOZ