LA ENTREVISTA

ENTREVISTA:
MARTA FERRERES
& JOSÉ LUIS MUÑOZ
Con tu última novela, El corazón de Yacaré, premio Seseña de Novela romántica, has mostrado una cruda y difícil realidad social mezclada con una excelente historia romántica. ¿No crees en las historias de amor felices de toda la vida?
Sí, creo como en un ideal imposible, una utopía que se produce en casos aislados, aunque literariamente no me interesan porque tiendo hacia el dramatismo, y no soy el único. Si echamos un vistazo a las obras universales de la literatura advertimos una predominancia absoluta del drama sobre la comedia en las historias románticas. ¿Hay acaso una historia más dramática y romántica que la de Romeo y Julieta? Y si echamos un vistazo a todos los escritores del romanticismo, desde Becquer a Larra, las hermanas Bronte, Lord Byron, Goethe, etc., nos daremos cuenta de que el drama predomina en las historias amorosas.
Un escritor tan prolífico como tú denota una pasión innata por la literatura. ¿De dónde viene y cuando supiste que lo de escribir era lo tuyo?
Se nace. Realmente es así, De pequeño era una rata de biblioteca mientras a otros niños les daba por dar patadas al balón. Mi padre fue, en gran medida, el culpable, con una biblioteca de cinco mil volúmenes y convertido en un comprador compulsivo de libros que introducía en casa bajo la gabardina, clandestinamente, para que mi madre no le regañara por falta de espacio y porque temía que el suelo no aguantara tanto peso y cediera y fuéramos a parar, todos, libros y familia, al piso de abajo. Las primeras lecturas, los libros de Jack London, sobre todo, que fue mi escritor iniciático, me hicieron viajar y soñar y me abrieron el apetito de contar historias. Me recuerdo escribiendo desde el momento en que podía sostener un bolígrafo entre mis dedos. Con ocho o nueve años ya escribía novelas del Oeste, influido por Zane Grey y James Fenimore Cooper. A los 14 redacté un novelón de mil páginas que por algún cajón andará. Escribía porque me producía placer y porque me evadía de una realidad que no me gustaba, y en mis libros la podía transformar, convertirla en más apasionante e idear un territorio literario en el que reinaba yo, relativamente, porque el autor nunca acaba de dominar lo que escribe.
Aparte de escritor colaboras (y has colaborado) en múltiples y famosas revistas de la talla de National Geographic o Playboy. ¿La publicación de libros te llevo a las revistas o fueron las colaboraciones en revistas lo que te impulsó a escribir libros?
Fue la publicación de libros lo que me llevó a las revistas. La Sonrisa Vertical me abrió las puertas de Playboy, Penthouse, en donde publiqué una novela erótica por entregas, LOS VIAJES DE CARLA, e Interviú. Hubo una época en la que colaboraba en seis o siete medios a la vez y era otra historia, más inmediata, porque lo que escribías un día, lo veías publicado al siguiente, como ocurría con mis artículos de opinión de El Sol o El Periódico. Mi pasión por los viajes me llevó a entrar en unas cuantas revistas del ramo como Viajes National Geographique, Traveler o Nómadas. Pero los mejores reportajes los publiqué en GQ y recuerdo uno, que fue una gozada, en donde mi texto iba acompañado de fotografías de Helmut Newton de Las Vegas y que fue el desencadenante de que me pusiera a escribir LLUVIA DE NÍQUEL, una novela negra que transcurre en esa enloquecida ciudad.
¿Qué significa para ti escribir novelas?
Pues lo que para otros es comer o respirar. Es una de las peores adiciones, la del escritor. Te va la vida en ello. Para escribir tienes que sentir pasión por lo que haces, te tiene que enamorar la historia que escribes para, a continuación, enamorar al posible lector. En cierta medida aspiro a que mis novelas cambien algo al lector que se acerque a ellas, les produzca una cierta convulsión, les muevan a reflexionar. Escribir es también una especie de juego, una necesidad de prolongar la infancia más allá de los límites marcados. El niño juega con los soldaditos de plomo; el escritor lo hace con sus personajes en su cabeza.
¿Cuándo eras pequeño pensaste que de mayor podrías vivir de tu gran pasión, la literatura?
Siempre tuve muy claro que quería ser escritor, lo que ya resultaba más difícil era predecir que se reconociera tu obra y se publicara. Tiene que haber cientos de obras maestras encerradas en cajones de autores que habrán muerto sin ver su obra publicada. Durante una etapa larga de mi vida escribía para mí mismo, no para los demás. La de escritor es una carrera muy dura en la que, de cuando en cuando, hay travesías del desierto. Yo siempre digo que es una esquizofrenia que está aceptada socialmente.
¿Cómo te sentiste cuando ganaste en 1985 tus dos primeros premios literarios? ¿Cómo influyó esto en tu profesión?
Bueno, no me lo creía. Además obtuve dos galardones importantes y de prestigio en un plazo de meses, uno detrás de otro, el Tigre Juan y el Azorín, y las novelas se publicaron en la mejor editorial de novela negra que había entonces, Etiqueta Negra, y fueron presentadas en la Semana Negra de Gijón, Fue algo extraordinario, milagroso, y un acicate para seguir escribiendo.
En el libro Barcelona negra, escrito en 1985, relatas una visión apocalíptica de la Barcelona del futuro. Ahora que ya estanos en el futuro, ¿crees que tu “profecía” se ha cumplido?
Hay algunas cosas que sí. O están a punto de pasar, como por ejemplo la escasez de agua y el cambio climático, cosas que se anticipaban en la novela que fue escrita en un verano terrorífico en Barcelona, con unas temperaturas insoportables y un buen número de incendios forestales cercando la ciudad. Fue esa situación excepcional y extrema la que me impulsó a su escritura y el resultado es una novela ácida y rabiosa, que reflejaba mi estado de ánimo entonces. Luego hay un cierto fascismo en la sociedad que también se explicitaba en BARCELONA NEGRA, aunque se dirigía hacia los ancianos a los que se sometía a una eutanasia por no ser productivos. Curiosamente también estaba planteado el problema migratorio, sobre todo en la precuela LA PRECIPITACIÓN que se publicó unos años más tarde. Realmente trazaba una visión muy pesimista de la ciudad y cargaba contra alguno de sus símbolos sagrados, como la Sagrada Familia, lo que motivó alguna que otra crítica sañuda tildándome de fascista y anticatalán por alguien que no supo leer mi libro y me identificó con el protagonista Raúl Guerra.
En tu bagaje literario encontramos novelas de diferentes géneros. Pero casi todas se entrecruzan en un punto, las relaciones humanas (ya vistas desde la pasión, el amor o el sexo). ¿Crees que al fin y al cabo los seres humanos somos eso en esencia y estamos llenos de corazas?
Pues eso, llenos de corazas y de máscaras. No sabemos bien quiénes somos y actuamos de una forma u otra según con quien estemos o según la etapa de la vida que estemos atravesando. Y los escritores proyectan esas dudas existenciales en lo que escriben. Mis novelas son, sobre todo, psicológicas, tratan sobre el mundo de los afectos, odios y pasiones. El mal está muy presente en todas ellas, como un componente de la naturaleza humana. El mal que no nos es ajeno, ni mucho menos, en el que podemos caer en determinado momento. Mi novela EL MAL ABSOLUTO, sobre el Holocausto, es casi una reflexión filosófica sobre ese gen maligno que anida en nosotros. Cuando existe impunidad, bajo el anonimato, afloran los bajos instintos reprimidos. Sin ir más lejos: ¿es una forma de celebrar una victoria futbolística destrozando todo lo que se cruza por el camino? ¿Por qué cuando el individuo se disgrega en la masa actúa de esa forma, con frecuencia, y hace cosas que, en solitario, no haría? Pues por la impunidad. Y con la misma impunidad que los asesinos del III Reich actuaron los de las repúblicas de la ex Yugoslavia en sus guerras fratricidas o los hutus contra los tutsies en Rwanda.
¿Cómo definirías tu literatura?
Sin que yo lo pretenda, es una literatura comprometida con el entorno, social, siempre social. Hay en ella un espíritu crítico. Mis historias son casi siempre intensas, cruzadas por la violencia y la sexualidad, dos de las fuerzas primarias que nos mueven. Todas mis novelas, hasta las históricas, pueden leerse en clave de literatura negra, y, a la vez, todas son libros de viajes. El libro es un viaje al interior de su autor y la vida es una novela que acaba siempre mal.
Otra parte importante e interesante de tu trabajo son tus novelas más históricas. Con la novela El mal absoluto pudiste documentarte con infinidad de documentos, películas, o incluso, yendo a los campos de refugiados en primera persona. Pero, con tu trilogía de La pérdida del paraíso publicada por la Editorial Planeta sobre el descubrimiento de América, ¿Cuáles fueron tus estrategias documentales? ¿Cuál fue el secreto de crear una atmosfera tan real dentro de las tres naves de Colón?
Con EL MAL ABSOLUTO el viaje al infierno fue sumamente duro. Fue como una pesadilla. LA PÉRDIDA DEL PARAISO fue un libro de encargo, un maravilloso encargo de Planeta que me obligó a documentarme sobre un tema del que no sabía gran cosa. Durante un año hice una inmersión completa en la época, me trasladé, como en un viaje astral, a 1492, conviví con los personajes, que eran muchos, algunos muy complejos, y los tenía todo el día andando por mi cabeza. Es una novela muy física, muy sensual, de aventuras épicas y creo que da otro punto de vista diferente del acostumbrado, lo que fue el descubrimiento para gente que no iba a pasar a la posteridad, para los de a pie que iban con Colón que se llevaría la fama y las riquezas. Y en la novela desarrollaba un tema que siempre me ha apasionado, y es esa parte de nuestro ser seducido por la vida primitiva, como le ocurre a su protagonista Marín de Urtubia que, finalmente, se integra en la sociedad indígena, vuelve a los orígenes del hombre, como les sucedió a los amotinados de La Bounty, que se quedaron en la Polinesia
Hay numerosos libros que hablan sobre el holocausto nazi. ¿El punto de vista es lo que diferencia el tuyo de los demás?
A mí me movió a escribir esa novela una especie de deseo de justicia literaria, después de ver, en un documental de la BBC, hablar a un verdugo de un campo de exterminio orgulloso de lo que había hecho, sin un ápice de arrepentimiento, y a una de sus víctimas, destrozada física y psíquicamente y viviendo en la indigencia. Pero también quería hacer una novela que huyera del maniqueísmo fácil, y por eso mi nazi es atractivo, elegante, seductor. Quería desbaratar esa tendencia que existe a exonerar a los gobernados de lo que hacen sus gobernantes. No. En el III Reich, salvo heroicas excepciones que acabaron en fosas, todo hay que decirlo, la mayor parte de la gente se apuntó al linchamiento de Europa y al de los judíos, en particular. El Holocausto, por otra parte, tampoco fue una prioridad para los aliados que hubieran podido liberar antes aquellos campos de muerte y no lo hicieron. En la novela hay maldad, en cada uno de sus párrafos reina el mal absoluto, encarnado en ese nazi, pero también en su víctima que quiere convertirse en su verdugo a través de una venganza diabólica y retorcida. La paradoja es que un asesino profesional, y además turco, demuestra tener más buenos sentimientos que los dos enfrentados y ancianos protagonistas.
¿Si tuvieras que escoger un libro de todos los que has escrito con cuál te quedarías? ¿Por qué?
Pues seguramente con LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, porque fue el que más gratificante me resultó escribir, y porque con su protagonista, Marín de Urtubia, me siento plenamente identificado. No creo que en otra novela vaya a disfrutar más en el proceso creativo que con ésta.
¿Te ha ocurrido que el resultado de alguno de tus libros fuera menor al de tus expectativas?
El resultado creativo no, pero con LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO esperaba mucha más repercusión mediática, que apenas tuvo, y sí, en cambio, otros libros posteriores, quizá con menos merecimiento. Cada novela tiene su momento y sus lectores. No hay ninguna de la que me arrepienta haber escrito, aunque, por ejemplo, ahora sería incapaz de escribir una novela tan extraordinariamente dura como PUBIS DE VELLO ROJO, la novela con la que gané La Sonrisa Vertical. Para repercusiones extrañas la de LA CARAQUEÑA DEL MANI, una novela sobre un etarra en la Venezuela de Chávez de la que habló el New York Times a raíz del incidente del Por qué no te callas.
¿Cómo explicarías tu evolución como escritor?
Pues intento ser mejor escritor cada día, y, sobre todo, no aburrirme haciéndolo, porque así tengo la garantía de no aburrir a mis lectores. Y por esa razón cada novela mía es diametralmente diferente a la anterior, no tiene nada que ver, como si hubieran sido escritas por autores distintos, y de ahí la razón por la que huyo de los personajes fijos que me aburren.
En tu blog, La soledad del corredor de fondo, publicas una cita de Jorge Luis Borges: “Con cada libro deberían vender el tiempo para leerlo”. ¿Esta frase define el modo de vida actual? ¿Cuál es la situación de la literatura hoy en día?
Esa frase brillante de Borges define muy bien la angustia que tenemos de no poder leer todo lo bueno que se escribe por falta de tiempo. Y eso es algo que imagino que se plantea cada autor cuando escribe una novela, que tiene una responsabilidad hacia el lector por el tiempo que le roba y si ese robo de vida, de días o de semanas que tardará en leer lo que él ha escrito, será fructífero o una pérdida de tiempo. Sigo pensando que la literatura tuvo su gran momento en el siglo XIX, con novelistas extraordinarios en Francia, Balzac, Zola, Flaubert, y Rusia, Tolstoi, Dostoievski, Turgueniev, etc. Luego, la literatura, tuvo que competir con otras formas de evasión, los medios audiovisuales, pero resiste bien el envite. Las nuevas tecnologías, el ebook entre ellas, no creo que mermen la liturgia de abrir un libro, pasar sus páginas y guardarlo en el anaquel de la librería. Coexistirán ambos medios. Creo, de todos modos, que la literatura, como siempre, debe conmover al lector, cambiarlo de alguna forma, alterarlo, y eso lo hacen algunos pocos autores. De los autores modernos tengo algunos favoritos que quizá puedan parecer extraños. Me gusta mucho Jelinek, por ejemplo, Coetze me parece genial y sentí mucho la desaparición de Thomas Bernard. Y si hay un autor por el que sienta una admiración total ese es Julio Cortázar.
¿Existe algún proceso de creación de ideas para escribir tus novelas?
Las musas acuden a cualquier hora del día. A veces es una noticia de un diario lo que me inspira, la imagen de una película, una frase que, de pronto, me viene a la cabeza y a partir de la cual desarrollo la historia. Hay novelas que las planifico hasta en sus más mínimos detalles, y hay otras que parecen ser ellas las que me escogen a mí para que las escriba y yo soy un simple literato que las escribe al dictado de alguien. El proceso creativo es algo muy voluble y apasionante. Un misterio, realmente, que sorprende al propio autor y, de paso, al lector.
¿Hay alguna idea en mente para tu próxima novela?
Pues sí, estoy en ello desde hace unos cuantos años: escribir la epopeya de la conquista de México por Hernán Cortes, una novela histórica y de aventuras que contendrá los dos puntos de vista enfrentados, los de los españoles y los de los aztecas.
La profesión de escritor conlleva un modo de vida distinto a la de un administrador de oficina. ¿Logras separar tu profesión de tu vida? ¿O no consideras que es una profesión sino que una pasión?
Pues es una profesión muy dura en la que se trabaja mucho y no siempre sale rentable el trabajo. Trabajas para uno mismo y eso supone una disciplina que te has de imponer, porque no hay horarios. Hay días que trabajo, sin descanso, doce o catorce horas, sin parar. Lo que empieza siendo una pasión se transforma en una profesión. A medida que escribes y publicas surge el oficio y eso te convierte cada vez en una persona más rigurosa con tus textos, que los mires con lupa, que te vuelques en que rocen la perfección. El proceso de un libro es muy complicado, mucho más de lo que la gente cree; a la redacción inicial se une el interminable proceso de la corrección, y cuando el libro está a un paso de entrar en la imprenta el proceso de revisar las galeradas es un pequeño infierno, porque a medida que te lees ves que todo es imperfecto y lo corriges una y otra vez, mil veces, y nunca estás satisfecho.
¿Cuál es el papel que desarrolla la familia en tu profesión?
La familia, normalmente, sufre al escritor que hay en su seno. No es fácil la convivencia. El escritor necesita ausentarse durante el proceso creativo, se evade, vive en otra dimensión, en la de su novela, y no admite interferencias.
A parte de escribir, ¿sientes la misma pasión por alguna otra actividad? ¿Esta actividad influye en tus escritos?
Bueno, me gusta mucho el cine y, en efecto, existe una interrelación cine y literatura en mi caso por el hecho de que casi todas mis novelas son muy cinematográficas, están llenas de imágenes. Me gusta la pintura ─ lo primero que hago, al llegar a una ciudad, es visitar su pinacoteca ─ la música, la fotografía, todas las bellas artes, en general, y desconecto con ejercicio físico, con mi inseparable bicicleta de montaña que me lleva hasta los recónditos valles del Vall d’Arán, mi paraíso particular en donde recargo año tras año las pilas.
El músico Bebo Valdés murió a los 90 años, edad en la que seguía tocando y subiendo por los escenarios. ¿Piensas en el final de tu carrera o crees que es algo que llevas tan apegado que siempre irá contigo?
No me concibo de otra forma que escribiendo. Llega un momento en que la literatura lo es todo. Y la escritura me ha salvado de muchos baches. Si alguna vez dejo de escribir, moriré, sin duda.

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