LA PELÍCULA

SÉRAPHINE
Martin Provost


Debería mirarse el cine español en el espejo del cine francés, en todos los aspectos, en el creativo y en el institucional, en cómo los gobiernos galos de turno miman, promocionan y protegen su producto artístico. Cuando otras cinematografías europeas han sufrido debacles ─ la italiana ─, desaparecen y aparecen de nuevo como un Guadiana─ la alemana ─ o son casi absolutamente desconocidas porque los mecanismos de distribución son sumamente caprichosos ─ el notable cine ruso que no llega desde hace mucho tiempo ─, los franceses han sabido mantener su indudable salud cinematográfica en todo tiempo, como depositarios sagrados de un invento que vio la luz, valga la redundancia, gracias a los hermanos Lumière, y que de atracción de feria pasó a ser entretenimiento masivo y hasta arte cinematográfico en algunas ocasiones.
Séraphine, la tercera película de Martin Provost, galardonada con siete premios Cesar en todas sus categorías, es una fascinante indagación en la misteriosa vida de una pintora de entreguerras, Séraphine de Senlis, no excesivamente conocida, que aportó al arte pictórico su enloquecida forma de crear. Sus lienzos, detallistas en extremo, colmados de arriba a abajo de motivos vegetales, frutos, hojas y flores, por entre los que, a veces, asoma el aleteo de algún pájaro, son el retablo de su enloquecida personalidad. Mujer huraña y hosca, religiosa que dejó el convento en donde vivió y creció para dedicarse a la pintura, porque su ángel de la guarda se lo pidió, tuvo una vida anónima y apartada hasta que el prestigioso coleccionista alemán Wilhelm Uhde (Ulrich Tukur), uno de los primeros compradores de Picasso y descubridor de Rousseau, se fijó, por casualidad ─ una de las grandes escenas del film ─ en uno de sus cuadros dejado en el suelo de la casa en donde ella servía como criada.
De aire naturalista, perfectamente ambientada, y apariencia sencilla, la película avanza sin que el espectador lo perciba, como un manso río hacia el mar, como en las películas del magistral Renoir, de las que el film de Provost sería deudor. La luz entrando por las ventanas de las habitaciones y creando claroscuros, los detalles de las casas filmados con mimo, el sonido del agua, el viento, el vino, el elemento paisajístico ─ ese magistral plano que cierra el film, con Séraphine sentada bajo la sombra de un frondoso y solitario árbol─, son piezas claves que están en el film sin que se note, sin subrayados. Con maestría notable, y ayudado por una actriz sencillamente prodigiosa que encarna a la pintora Séraphine (Yolanda Moreau), que no sólo interpreta con su mirada perdida de mujer que extravió su razón sino que actúa con el cuerpo, forma de andar, mover los brazos o cantar mientras pinta en una especie de éxtasis gozoso, Provost define a sus dos personajes principales de este biopic en cuanto estos irrumpen en la pantalla, definiéndolos a través del detalle.
Fondo y forma constituyen un todo perfectamente imbricado en el film de Provost, en una armonía total. Séraphine vive ajena al mundo real, hasta a la primera guerra que provoca la huida de su mentor y sacude su pequeño pueblo Senlís, del que sólo saldrá para acabar sus días recluida en un manicomio, pinta de forma obsesiva, no se comunica con nadie, es parca en palabras, no trasluce sentimientos ni emociones, como una autista. Pero de sus manos toscas, desaseadas, de su mente turbia, nada cultivada, sale el arte, y ahí reside el misterio del film y del personaje, y está el centro medular de esta bellísima cinta: los mensajeros imprevisibles, y hasta toscos, de los que se sirve la creación artística para trascender y llegar a nosotros, de ese extraño proceso que no se puede racionalizar y parece un don divino.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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