LA FIRMA INVITADA

Los nombres de los relatos o de las novelas carecen del copyright. Publiqué, hace muchos años, una novela titulada Mala hierba sin advertir que era un título barojiano. Cuando la semana pasada di en este blog Retrato de mujer con perro, un relato erótico que apareció en las páginas de Playboy, mi amigo y escritor Ricardo Bada me remitió uno con el mismo título. Tamaña coincidencia y su excelente calidad me obligan a publicarlo. Disfruten con él y atentos al tipo de letra que es fundamental para su cabal lectura.

RETRATO DE MUJER CON PERRO
Ricardo Bada

Quisiera ser un personaje de un cuento, para estar metida siempre en un libro
(Camila, en un e-mail)

A Camila, ¿y a quién si no?


Camila venía de Bonn para encontrarse con Chano cada dos o tres semanas, al menos una vez al mes. Al principio se reunían en algún café de museo, aprovechando la ocasión para visitarlo, pero al poco tiempo, y ya casi siempre, lo hicieron en el apartamento de una amiga alemana de ella, en las horas del mediodía, cuando Mariëlle estaba trabajando. Aunque Chano solía llevar una botella de vino tinto, Camila prefería tomar té y preparaba una bandeja con algo de queso, embutidos y pan. Alguna de las veces hizo una sopa de lentejas con jengibre, pero justo ese día él tuvo que cancelar su encuentro en el último instante.
Con sus sesenta años recién cumplidos, Chano duplicaba la edad de Camila, y en no pocas ocasiones debía forzarse a recordar que cuando sucedió aquello que le estaba contando en ese preciso instante, ella aún no había nacido. A lo mejor por semejante distancia de seis lustros, pero quizás más bien debido a la inercia de una cierta cortesía centroamericana ─Camila era costarricense─, ella lo trataba de usted, a pesar de que él la tuteaba... a no ser para gastarle bromas, porque entonces se dirigía a ella en un tono ceremonioso y zumbón. Irredimible adicta de la música brasileña, y para quien Construção de Chico Buarque de Holanda venía a ser lo mismo que para Chano la Leningrado de Shostakovich, Camila se vengaba con frecuencia llamándolo “malandro”.
Fue en pleno invierno que se conocieron, en Colonia, en la fiesta en la casa de un matrimonio, amigos suyos comunes, y donde ellos (Chano español, Camila tica) eran los únicos latinos. Pero no sólo eso, también los dos divorciados, y cada uno con pareja alemana estable que, sin embargo, no compartía su mismo techo. Y tenían así mismo intereses muy afines: Camila estudiaba Lingüística, Chano era intérprete y traductor de una empresa química, y escribía en sus ratos libres. Desde el primer momento, además, hubo una intensa simpatía y una relación muy abierta y muy sincera entre ellos. Por si fuera poco, eran cinéfilos empedernidos y ambos desguazaban con apasionamiento las reseñas de Brigitte Desalm, la crítica coloniense que era su norte y guía . Menos de un mes después de haberse conocido, Camila le preguntó:
─ Chano, ¿usted cree, como el Harry de Cuando Harry conoció a Sally, que un hombre y una mujer nunca pueden llegar a ser amigos... que siempre, fatalmente, saldrá a relucir el sexo?
─ Cien por cien... no, te lo digo por experiencia. Tengo un par de buenas amigas con las que me acosté, y seguimos siendo amigos sin haberlo vuelto a hacer. Pero hay otras con las que ni se nos ocurrió, o por lo menos a mí no, ni lo hice nunca, ni lo necesitamos nunca... Así es que no puedo darte una respuesta tan rotunda como la que oyó la pobre Sally.
─ ¿Por qué pobre? Pobre Harry... ¿me entiende?... Sally terminó llevándoselo a la cama, y hasta al registro civil.
Siendo poco lo que podían verse, por las obligaciones profesionales de él y los estudios de ella (más sus trabajos estacionales para financiarlos), y también a causa de sus relaciones de pareja, dialogar por la vía del correo electrónico se les volvió una costumbre. Pero incluso con esa limitación, o para superarla, pronto lograron una amistad sin tacha y una intimidad sin fisuras, derivadas de una confianza y un respeto mutuos que nunca habían sentido antes con otros.
Se contaban sus cosas de la manera más natural, como un matrimonio con el rodaje hecho y un gran afecto recíproco, afecto que no necesitaban expresar físicamente con algo más que un abrazo y un beso en la mejilla al saludarse y al despedirse. Y aún así, a cierta altura de su relación, Chano creyó descubrir que en realidad era él solo quien abrazaba y besaba, ella se limitaba a dejarse besar y abrazar, una especie de alcabala que debía pagarse por la amistad.
Llegó el verano y Camila se fue de vacaciones a Cerdeña, a la que llamaba Sardinia, pero no porque pensara que fuese el nombre italiano de la isla, sino porque españolizaba su topónimo alemán. Cuando regresó tres semanas más tarde, intercambiaron estos mails:
Lo he echado de menos, sobre todo cuando visité en Núoro la casa natal de Grazia Deledda, la escritora de la que usted tanto me habló. Espero que haya recibido la postal que le envié ese mismo día. Además le traje un regalo. Y le cuento que lo pasé muy bien en la playa y por dicha ahora estoy más morena.
Lo de que me ha echado de menos no se lo cree ni usted. Lo de que está más morena no sé si lo dice para avivar mis instintos, pero los avivó: ¿qué parte de su cuerpo divino se puso más morena?
[Nunca supo explicarse Chano, después, por qué escribió esa frase. Era la primera vez, en todo el tiempo que se conocían, que aludía al cuerpo de ella. Pero Camila no rehuyó la alusión:]
Bah, no soy tan lanzada y por eso me dejo la parte de arriba del bikini, entonces ya usted se debe imaginar cómo luzco. Si no se lo imagina, yo con mucho gusto se lo muestro cuando nos veamos. Ehhhhh, malandro, por lo que potis (jaja "por lo que potis" , conoce esa frase? , es “por si acaso”), lo de mostrarle es algo sin compromisos, que yo siempre he sido muy zanahoria... ya sabe, muy sana...
Por lo que se refiere a que se deja la parte de arriba del bikini, ¿qué quiere decir con éso, que sólo se saca la de abajo? Sea como fuere, estoy sumamente interesado en que me muestre todo lo que usted esté dispuesta a mostrarme de su bella arquitectura.
Sin compromisos. Conmigo ya no corre peligro... por desgracia.
Cuéntame cómo se ve tu semana lectiva, cuándo tienes libre para que nos encontremos, qué días y qué horas te vienen mejor, etc. Tengo muchas ganas de verte, y no sólo para comprobar los efectos del sol, charlar contigo es muy refrescante y rejuvenecedor.
Un beso (en lo bronceado, desde luego, aunque no tengo nada en contra de besar lo demás).
Me vendría bien el jueves. Si le parece, acercándose reconfirmamos, OK? Oiga, yo no soy mojigata pero creo que soy más ruido que nueces, por eso lamento informarle que me daría mucha pena mostrar mis partes tapadas aunque usted supuestamente sea inofensivo. Me perdona? Yo sé que sí. Además, no creo que mi arquitectura esté dotada de esas cualidades de las que usted habla, malandro.
El jueves es el día que suelo dedicar a mis aventuras eróticas puramente visuales, podría entre mediodía y las cuatro de la tarde, ya nos pondremos de acuerdo a lo largo de la semana. Dicho sea de paso, eso de que te daría mucha pena de mostrar tus partes tapadas aunque yo sea supuestamente inofensivo, ¿por qué? Además sí creo que tu arquitectura esté dotada de alicientes suficientes para calmar el ardor de los ojos de un viejo, y si no eres mojigata, como dices que no lo eres, pues ¿por qué no? Me encantaría verte tal y como la infinita bondad de los dioses quiso que vinieras al mundo. Y si crees que eres “más ruido que nueces”... bueno, yo no soy Cascanueces.
Usted me está asustando, pero si me lo pide seriamente y eso significa algo importante para usted, y además si se puede convertir en una fuente de inspiración, le muestro lo que usted quiera.
ChiquiTica bonita, no te me asustes, por todos los dioses de todas las cosmogonías, yo no quiero que me muestres sino lo que me quieras mostrar, pero ¿qué te cuesta hacerme feliz? Y si por dicha, como decís los ticos, lo consideras bajo el punto de vista artístico, lo de que se pueda convertir en una fuente de inspiración, entonces muéstramelo todo.
Sepa que casi me hizo llorar con lo de chiquiTica, con esa T mayúscula que es casi una seña de identidad, qué tierno, gracias, gracias... pero, mi querido malandro, mire qué mala suerte, resulta que vamos a tener que dejar el destape para otro día, me comprometí a hacer de baby sitter con la hija de una amiga.
No le dé pena, yo ya sabía que en el último momento iba a recibir un e-mail como éste, con no importa qué excusa : cangurear para una amiga, sacar a pasear el perro del vecino, la inesperada visita de Doña Regla... En fin, que reunirnos, y además con la promesa de un destape suyo, tanta felicidad, no era posible, esas cosas sólo pasan en el cine... o en los cuentos de tu paisana Anacristina Rossi.
Malandro, lo de nuestro encuentro vamos a acordarlo, y para mí todo sigue igual a como lo platicamos, en estos ires y venires lo único es un pequeño cambio en la fecha.
Al final se volvieron a encontrar tres días más tarde, en el apartamento de Mariëlle. Camila le llevó el regalo que le había traído “de Sardinia”, una botella de licor de mirto, y como siempre él aportó el vino, ella el té, la baguette, unas lonchas casi transparentes de cecina suiza en aceite de oliva, y algo de Camembert. Fue también todo como siempre, tan como siempre que Chano se sintió obligado a redactar un “Acta notarial de nuestro intercambio epistolar” [todos los textos que anteceden] y enviársela a Camila con la siguiente reflexión:
Después de la lectura del acta anterior convendrás conmigo en que me he portado como todo un caballero, pues tenía bien fundadas ilusiones de que hoy te me ibas a mostrar como viniste al mundo, aunque más crecidita. Bien es verdad que te recordé en la cocina lo que me habías escrito de que me mostrarías lo que yo quisiera, y bien es verdad que luego, comiendo, te repetí que me encantaría verte desnuda, pero no hiciste ni siquiera el gesto de sacarte ni siquiera el pulóver... vamos, ni siquiera uno de los calcetines, para poder admirar el empeine de uno de tus dos hermosos pinreles... pero yo ni siquiera te insistí en que cumplieses tu promesa de destape si es verdad que todo seguía como lo conversamos, con el único pequeño cambio en la fecha. Y eso después de haberme querido convencer de que es una persona muy benévola. Conmigo no lo ha sido, mi preciosa amiga. Pero sí es verdad que nuestro reencuentro volvió a ser lindo y que deberíamos repetirlo. A lo mejor alguna vez se apiada usted de mi hambre visual.
Un beso, allí donde me hubiera gustado besarla esta tarde, tal y como le dice Hans Castorp a Clawdia Chauchat en La montaña mágica: “déjame tocar devotamente con mis labios la arteria femoralis que late en el fondo de tus muslos”.
A la mañana siguiente le esperaba esta respuesta en la pantalla:
Malandro, qué le puedo decir? Me ha dejado sin palabras. Todo lo escrito era verdad y sigue siendo verdad. Ajá, con relación a lo del destape, la verdad, yo no vi en usted serias intenciones de llevarlo a cabo y por eso me distraje, sin embargo la promesa sigue en pie. Lo único que no tiene permiso para hacer es lo que Hans le pidió a Clawdia, usted me entiende? Para mí el encuentro de ayer fué muy bello, sólo escucharlo ya es un placer.
ChiquiTica, también fue para mí uno de los más bellos encuentros, y por lo que se refiere a Hans Castorp, cómo se ve que no leíste La montaña mágica. El pobre Hans ni siquiera tuvo la fortuna de ver destapada a su deseadísima Clawdia Chauchat, la cual, al oír lo que él decía, le contestó con una frase fulminante y definitiva: "Eres en verdad un amante que sabe solicitar de una manera profunda : a la alemana". Todo lo más que el pobre Hans consiguió fue una radiografía de los pulmones de Clawdia, con aquellas manchitas que acabarían con su vida.
Y en cuanto a lo que me dices de tu propio destape (“yo no vi en usted serias intenciones de llevarlo a cabo”), créeme que no pensaba en ningún momento “llevarlo a cabo”, semejante felicidad sólo le cabe a los elegidos por los dioses, yo esperaba que fueses tú misma quien se destapase... ¿o es que me hubieses permitido destaparte?
Recordé una frase tuya: “el adulterio es para la relación de pareja como la sal para la sopa. Yo creo que eso es verdad, yo creo que el adulterio, ojo, no la infidelidad, es algo más normal y consecuente con la esencia del ser humano que la monogamia”.
Estoy totalmente de acuerdo con usted, mi pequeña y maravillosa amiga, pero yo no le he pedido infidelidad, ni siquiera adulterio. Le he pedido nada más que me deje admirarla, y ojalá besarla allí donde ya sabe que quisiera.
Y me gustaría que la próxima vez que nos encontremos, como esta última, hablemos muy naturalmente de todo ello, sin problemas, como los buenos amigos que creo que somos.
¿Qué día te viene mejor de la próxima semana, si es que puedes la próxima semana?
Llegó la próxima semana y volvieron a reunirse, y más y más veces, y su amistad se hizo más y más estrecha, aunque desde el “acta notarial”, y sin ponerse de acuerdo en hacerlo así, sus encuentros tenían lugar como al principio, en cafés de museo. Fue al salir de uno y caminando hacia el Rhin, haciendo tiempo hasta la hora en que Camila debía tomar el tren de regreso a Bonn, cuando ella confesó que había empezado a escribir. Con toda la cautela necesaria,
Chano le preguntó si le dejaría leer lo que estaba escribiendo, y la respuesta sonó a evasiva. Una negativa envuelta en algodones. De vuelta en su casa, Chano le escribió impromptu:
¡¡¡Quiero que me muestres tus manuscritos, joder!!! ¿Qué clase de amistad es la tuya que estás escribiendo y no me muestras tus mamotretos? Imaginemos lo peor: que son malos. Bueno, ¿y qué? Yo te demostraría mi amistad diciéndote que en mi opinión no son buenos, y que además sólo se trata de mi opinión, y que me puedo equivocar como cada hijo de vecino. ¿O es que preferirías que te mintiese como en esas veladas literarias de amateurs, donde una personita lee sus pajas mentales y todos dan vueltas alrededor del cagajón y a lo más que se atreven, por mor de la paz y la cortesía, es a decir que parece que no huele?
Amigo, no escribo con pretensiones literarias. Escribir para mí es un mecanismo de exorcismo a través del cual congelo momentos que lograron impresionarme, pero cuando usted quiera le muestro algo. Aunque le tengo que confesar que necesito valor para mostrar mis escritos, porque todo pertenece a mi vida privada y muchas personas no están preparadas para escuchar algunas de mis historias.
Me dices en este último e-mail “cuando usted quiera le muestro algo”. Pues bien, óyeme bien : querer lo querré siempre, pero yo no quiero forzarte en ningún caso ni a que te desnudes para mí ni a que me muestres tus textos. Sea lo que fuere, siempre debe de ser tu decisión. Si esto queda claro entre tú y yo, habremos avanzado un gran paso en la linda amistad que nos une.
Se da la feliz circunstancia de que este miércoles, pasado mañana, día de uno de mis poetas predilectos, san Juan de la Cruz, puedo disponer de un par de horas libres, digamos entre mediodía y las 3 p.m., ¿qué te parece si nos volvemos a reunir?
Bueno, quizás la próxima vez que nos encontremos le muestro algo de lo que he escrito, sin embargo este miércoles no será, pues no sé cuánto me demoraré con un trabajo que debo presentar en la U la semana que viene, en todo caso antes de las navidades.
Es ley de vida que los pobres deben conformarse con las migajas del banquete, chiquiTica. No sería pues de sabios quejarse de una ley natural. Los viejos disponemos de todo el tiempo del mundo, es decir, somos de una pobreza extrema, pues debemos depender de las migajas del tiempo de los jóvenes, que siempre están tan ocupados. Pero lo dicho: no es de sabios quejarse de una ley natural. Inclinemos pues la testa ante las normas ineluctables, y contentémonos con lo que se nos da. Siempre será demasiado.
Malandro amigo, déjese de coqueterías, ese papel del "pobre viejecito" no combina con usted, pero si quiere que sigamos con refranes: "ningún cura se acuerda de cuando fue monaguillo".
Aquella semana navideña intentaron reunirse en Bonn, mas a última hora Chano telefoneó para decir que le iba a ser imposible. Por la noche, en su casa, encontró este mensaje en la pantalla:
Hola amigo, me dijo que no podía venir, pero yo tenía la esperanza de que de todos modos viniera, me parecía ideal aprovechar la oportunidad para entregarle un regalo. Qué pena! Yo que siempre he confiado en mi intuición, en mis impresiones y presentimientos, y pensaba que de todos modos vendría.... qué pena! Nada, no voy a hacer una tragedia. No jodo más, fallé...
Habría de transcurrir casi un mes antes de que contactaran de nuevo.
Querida, queridísima, extrañada, extrañadísima amiga, amiguísima, amiguérrima: a lo mejor (ojalá a lo mejor, y no a lo peor) te asombras de mi prolongado silencio.
Te contaré que resultó obligado por una total débâcle de mi computadora, que me mantuvo alejado del mundo virtual un par de semanas. Y al teléfono ya sabes que sólo recurro in extremis. En tu caso particular, dueña y señora mía, quiero que sepas que no me olvidé para nada de vuesa merced y que me conmovió profundamente tu e-mail del 23 de diciembre, donde me hablabas de que estabas completamente convencida de que yo iba a aparecer ese día en Bonn. No pudo ser, pero espero que pronto pongamos remedio a la larga espera.
Hola, mi caballero amigo, sus palabras son la música más bella que he escuchado en los últimos días. Me alegra que la antipática sea la computadora y no yo.
Ajá, por dicha el jueves sí lo tengo libre y puedo ir a Colonia. Quiere almorzar conmigo, en el apto. de Mariëlle?
Amiguérrima, si usted me dice que mis palabras son la música más bella que ha oído en los últimos días, induzco de ello que sólo ha estado escuchando heavy, techno o rapper, pero en fin, gracias. Y en cuanto a lo de “Quiere almorzar conmigo?”, lo que quiero es almorzar a Migo, desde sus pestañas al dedo gordo de su pie izquierdo. Tenga sal a la mano, por favor (y algo de pimienta). Nos vemos, pues, el jueves, alrededor de las 12.00, ¿te parece bien? Un beso, un abrazo. Y la alegría de verte pronto.
Amigo mío, esta vez soy yo quien debe cancelar la cita, así es que rezaré a todos los santos, para ver cuándo me hacen el milagro de volverlo a ver.
Los preparativos para la frustrada cita de mañana, los hice al ritmo de una vieja canción: "y voy a ponerme mi mejor camisa y que tu falda se la lleve la brisa, voy a vestirme de sonrisas sólo para ti". Bueno, pero como dice la otra canción:“si naciste chiquito, gordo, feo y barrigón, no hay mejor medicina que tener resignación”.
Aviso a mi chiquiTica, gorda, fea y barrigonsísima amiga : la emplazo para encontrarnos, pues, el lunes 23, a las 13.30, vestida usted con su mejor camisa, pero aún mejor vestida de sonrisas nada más.
Me despido con un beso en la punta de sus dedos. Como un caballero.
"Tengo ganas, tengo tiempo y mil historias que contarte", así dice otra canción.
Nos vemos el lunes
.
Se vieron ese lunes, pero no en la Muralla de san Pantaleón, en el apartamento de Mariëlle, sino en una tienda de anticuario que también era café y hasta pequeño restaurante, y donde a Chano le resultaba simpático saber que si tuviese dinero bastante se podía llevar consigo todos los objetos expuestos que le gustasen: todos y cada uno de los cachivaches y muebles del lugar, hasta las sillas donde se sentaban los clientes, tenían una etiqueta con su precio. Pensaba que a Camila le gustaría ese sitio que acababa de descubrir, y no se equivocó.
Hola amigo, acabo de despedirme de usted y ya le estoy escribiendo de nuevo con el recuerdo que me dejaron ese lugar tan delicioso y por supuesto usted. Sólo le quiero decir que muchas gracias. Su compañía me alegra no se imagina cuánto... Ojalá repitamos pronto el encuentro.
También para mí fue lindo reencontrarte y que pudiéramos charlar tan agradablemente como lo hemos hecho. Tu compañía me hace mucho bien, chiquiTica, y compensa con creces los vejámenes de los achaques que nos martirizan a los viejos y pendejos. También yo me alegro de que nos volvamos a ver pronto, tal vez incluso la semana próxima, y esta vez en el apartamento de Mariëlle, y hasta espero que me acompañes al menos con un trago del buen vino que siempre llevo allí, a ver si así te desinhibes un poco. No te lo había dicho hasta ahora, pero te siento algo tensa al abrazarte, cuando nos encontramos y cuando nos despedimos, y no tienes por qué estarlo, te respeto demasiado.
Malandro, usted tiene razón, usted puso el dedo en mi llaga, me pongo nerviosa cuando se me acerca. Discúlpeme, pero ese siempre ha sido un problema al inicio
de mis relaciones con los hombres. Para que me toquen por primera vez, tiene que pasar un cierto tiempo. No es mojigatería, se lo juro. No tengo ningún problema con mi cuerpo y no me molesta que me miren, incluso al bailar creo que me muevo bien y agarro sin problemas a mi pareja. Quizá un día le cuente mis sospechas sobre el origen de ese comportamiento
.
Para los viejos como yo, las niñas como tú tienen el pecho de cristal. Estaba seguro de no equivocarme en mi percepción, y tu e-mail me lo confirma. No tienes por qué darme disculpas de ninguna especie, soy yo quien debe hacerlo, porque ya lo habia sospechado.
Y ojalá nos veamos pronto y sigamos conversando tan lindo como hasta ahora. ¿Puede ser la semana próxima? ¿tal vez el miércoles? El 1° de febrero es el día de santa Viridiana, la santa preferida de Luis Buñuel, ¿qué tal te parece?
No la abrazo, que ya sé que es refractaria a mi contacto, al menos por ahora. Pero le envío un beso soplado desde la palma de mi mano. La izquierda. La del corazón.
Amigo mío, estuve enferma, esta semana hubiera querido tenerlo cerca y pedirle que me abrazara. Ya no estoy enferma, pero los cambios de estación me dan muy duro, me cansan, por eso tengo que hacer mucho deporte. También a veces me pongo triste y sólo pienso en mi mar de Cahuita y suspiro mientras camino y me envuelve una melancolía y quisiera ser un personaje de un cuento, para estar metida siempre en un libro... usted me entiende? No me deprimo, ni es una cosa para preocuparse, pero como le dije, en estos días yo añoro la brisa de mi mar. Reciba un abrazo y por favor, no me olvide.
Amiga chiquiTica, gracias por eso de que esta semana hubieras querido tenerme cerca y pedirme que te abrazara. Te abrazo desde acá donde estoy, con mi acompañamiento, con mi comunicación, con mi preocupación por tu salud. Y me divirtió lo que me dices de que te gustaría ser personaje de un cuento: ¿pero es que no te das cuenta de que ya lo eres, de que ya estás dentro del mío próximo, de que para mí ya has sido una fuente de inspiración?...
Y no me vuelvas a escribir nada parecido a eso de “no me olvide”. ¿Qué te parecen estos versos?:
Tus ojos. Tus ojos tienen
vocación de nomeolvides,
flor que en tus ojos florece.
¿Que tal si nos vemos el viernes de la próxima semana, en lo de Mariëlle?
Vale. El viernes está muy bien y le juro que me encantaría poder arrastrarlo a un baile. En su defecto, me conformaría con ser ese libro abierto donde yo soy personaje y que en la noche duerme sobre su pecho (lo dice una canción).
No me vuelvas a decir que te conformarías con ser el libro abierto “que en la noche duerme sobre su pecho”. Porque ese pecho es el mío, y no soy de piedra.
"A las seis es la cita,
no te olvides venir,
tengo muchas cositas
que te quiero decir"
Besos.
Aunque era la primera vez, al cabo de varios meses, que volvían a reunirse en el apartamento de Mariëlle, aquel día no anticipaba nada especial en comparación con los demás que pasaban juntos, y eso a pesar de que Chano le había llevado ya impreso, para entregárselo, el cuento donde ella era la protagonista. Sin embargo fue el día en que Camila parecía haber decidido leerle algunos de los textos que andaba escribiendo y que él nunca le volvió a mencionar, fiel al principio de que debía de ser ella misma quien se definiese.
Camila se levantó para buscar en su mochila un grueso cuaderno rojo y volvió a sentarse frente a Chano, hojeando aquellas páginas cubiertas de apretada escritura con letra menuda y adulta. Después lo miró fijamente y empezó a relatar, sin leer, sin bajar una sola vez la vista hacia el cuaderno. Como si fuese una locutora de TV que tuviese su teleprompter en los ojos de Chano:
– Detrás de la casa de mis padres había una pequeña huerta y en ella había un árbol muy frondoso, junto a la tapia que separaba la huerta del otro terreno. Mis dos hermanos y yo construimos una casita entre las ramas del árbol, y ese era nuestro refugio, que nos iba tocando por turno, una semana cada uno. Yo tenía entonces cinco años. Un día, murió la vieja que vivía en el otro terreno y vino a vivir allí una pareja joven que enseguida edificó una casa pegada a la tapia. Yo fui la primera de los tres que pudo ver desde nuestro refugio la vida de la pareja, aprovechando un rincón que mis hermanos no conocían, que era –y Camila marcó las comillas
alzando ambas manos y haciendo vibrar los dedos ­índice y corazón de cada una– “mi rincón”.
Me fascinaba ver desde allí a la mujer preparando la comida en la cocina, y cómo por la tarde llegaba el hombre después de su trabajo y los dos se sentaban a la mesa para comer, charlando, pasándose la sal, riéndose... Así fue los primeros seis días, y al séptimo, que era el último que me tocaba el turno del refugio, les dije a mis hermanos que había hecho un descubrimiento y quería compartirlo con ellos, así es que los tres nos encaramamos al árbol y yo les fui contando todo lo que había ido descubriendo, así que casi siempre me adelantaba a los movimientos de la mujer, y cuando eso pasaba nos reíamos bajito, aunque por dicha estábamos seguros de que la mujer nunca podría descubrirnos. “Ahora llegará el marido”, les dije, y así fue, a los pocos minutos entró el marido y saludó a la mujer con un beso en la mejilla, y los dos se sentaron a la mesa para comer, charlando y riendo, como todas las veces anteriores, pero cuando terminaron de comer pasó algo que hasta entonces no había pasado nunca, y fue que el hombre se paró, le levantó la falda a su mujer, le bajó el calzón, la sentó en la mesa, y luego se bajó sus pantalones y... ¿me entiende?...
Sin dejar de mirarle a los ojos, con los labios entreabiertos y dos gestos elocuentes de las manos y los brazos, y otros tres espasmódicos del vientre, redujo al mínimo la pantomima de un acoplamiento que más parecía una violación:
– Era la primera vez que pasaba, pero de repente noté dos pares de ojos clavados en mí, los ojos de mis dos hermanos, los dos mayores que yo, los dos creyendo que los había invitado a ver cómo tenían sexo nuestros vecinos, cuando yo ni siquiera sabía lo que estaban haciendo, y además, ya le digo, es la primera vez que pasaba. –Tras una pausa: – ¿Usted me entiende?
Es la primera y la única vez en mi vida que he visto a una pareja tener sexo. Salvo en el cine, claro... –Y después de otra pausa: – ¿Y usted?
– Nunca... salvo en el cine, claro. –Carraspeó: – Y en un espejo.
– ¿En un espejo?
– Haciendo yo el amor.
Se hizo un largo silencio, y Camila le puso fin preguntando en voz muy baja:
– ¿Qué se siente cuando se hace el amor delante de un espejo?
– Uno se siente perro.
– ¿Perro?
– Si eres hombre y te quieres ver en el espejo, lo mejor es penetrar a la mujer desde atrás. En la vagina, pero desde atrás. Y entonces, cuando te ves en el espejo, te sientes perro.
Se levantó, porque le resultaba imposible poder seguir sentado, y fue a mirar por la ventana.
Al cabo, desde allí, le dijo:
– Hace un día precioso para pasear, estamos perdiendo el tiempo si nos quedamos aquí.
Sólo que mientras Chano estuvo de espaldas, Camila se había ido desnudando y lo esperaba.
Lo supo cuando volvió la cabeza al oírla de nuevo, su doble y suave, muy suave ladrido.

* * * * * * * * * * * *

Al día siguiente, bien temprano, ella lo llamó por teléfono, contraviniendo una ley no escrita pero casi férrea que se habían impuesto.
– Amigo, quiero darle las gracias, ya lei el cuento, ya soy la protagonista de uno, pero...
– ¿Pero?
– Pero es como el orgasmo que se inventa Meg Ryan en Harry & Sally... ¿me entiende?... usted nunca me ha visto desnuda, y usted y yo nunca hemos hecho el amor, o sea: juntos...
– Pero bueno, sólo se trata de un cuento, tú querías ser un personaje de un cuento y ahora ya eres hasta la protagonista de uno... ¿cuál es el problema?
Ella le contestó entre risas desde el otro lado del hilo:
– Ay, amigo, es que no me simpatiza ser nada más que la protagonista de un cuento suyo... ¿Usted me entiende?... ¡Sabe a tan poco la literatura, malandro!

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Comentarios

Anónimo ha dicho que…
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