EL BLOG

Enrique Patiño,
poeta de la imagen y la palabra



Quien vierte su talento en la red lo hace de forma generosa. Enrique Patiño, fotógrafo y escritor, ambas facetas desarrolladas con maestría y ternura, habla con imágenes bellísimas a las que pone pies de fotos precisos con los que dibuja la realidad de su país, Colombia, tan hermoso como herido. Vaya aquí una muestra de fotos y textos que colman su Blog, uno de los mejores, sino el mejor, que he visitado en estos años, invitado por Ricardo Bada, y que animo recorran y voten.
http://www.enriquepatino.com/

Tenía el cuerpo flexible, la sinuosidad de la geografía del viejo Caldas, y un cabello renegrido como las oleadas de la noche cuando asaltan la tarde. Marcela Posada se recostó contra la pared, como si por un instante quisiera descansar de la vida que la azaraba con sus fluctuaciones, y se olvidó de que era actriz y de que era un deber de su profesión mantenerse bella. Así, indefensa y natural, rebelde en su gesto y absolutamente ella, dejó de actuar y se contorsionó para encontrar un nuevo balance en su cuerpo. No se sentía estrella y estaba cansada de las falsedades de su profesión. Pero en su movimiento se reveló como otro tipo de estrella: de las que dejan estelas en la memoria, de las que iluminan a su paso el cielo y se llevan suspiros y conmoción en su trayectoria.

Un día alguien le dijo que la capoeira era una forma de combate y a la vez de danza. Y el joven, nacido en el Caribe, hijo de los tambores africanos y heredero de la rabia de no poder surgir ni demostrar lo que valía, se unió a un grupo de danzantes marciales para saltar al filo de cada tarde en la arena frente al mar de Santa Marta. No ha vencido a sus rivales más poderosos: el hambre y la injusticia. Pero se siente águila y serpiente, se siente tornado y tromba marina, y eso le basta para dominar su rabia y convertirla en patada al viento y en puño al vuelo.

Si la palabra poesía está en la cabecera, y una mujer oculta el resto de las palabras, deberíamos concluir que ella es parte del poema. Donde dice 'mi vida' se delinea el cuerpo; en la palabra 'carne' asoma ella; donde está escrito 'mundo', una curva estrecha forma su cintura; junto a las palabras 'importante' y 'comenzar' están sus caderas y su vientre. En el lugar en el que está escrito 'matar el tiempo' estamos los lectores de este poema entrecruzado de piel y palabras, de imagen y texto, soñando con dormir sobre esa cama de palabras que, a la vuelta de una frase, nos permita encontrar el cuerpo que las anide y las complete.

La cifra de desaparecidos en Colombia asciende a 500 mil personas. Una de ellas es mi hermana.
En la isla de Santa Catalina, frente a Providencia, la figura del caracol vacío me recuerda su vida y tantas otras de las que ya no tendremos noticia. Así somos en nuestro país: llenos de contrastes, de belleza salvaje, gente alegre y abruptas montañas. Y al mismo tiempo, como si no existieran, medio millón de cuerpos yacen a la vera de los caminos, ausentes a nuestros pasos. Desearía que, como en el sonido que producen los caracoles, escucháramos sus voces acumuladas -tan semejantes al rugido del mar-, y que ellas perturbaran nuestra memoria para hacerles la mínima justicia de no olvidarlas.

Se elevó unos milímetros del piso, como si quisiera levitar, consciente de su feminidad y de los argumentos de su cuerpo. Xiomara Palacios se encontraba en un espacio de baile y había intentado dominar el tubo de las danzas verticales, pero ahora, en reposo, mientras se estiraba y jugaba a una sensualidad más calmada, no sólo se veía más elástica sino también más real y posible.

La mamá les gritó "mijos, salgan que hay un fotógrafo acá", y sus cuatro hijos, todos distintos en tonalidades de piel y estatura, salieron presurosos y se detuvieron junto a la puerta de tablas intercaladas del barrio más marginal de Cartagena, ubicado a hora y media en bus del centro amurallado. Vivían frente a una calle de polvo gris y barro espeso entre las zanjas construidas por la comunidad para evacuar las lluvias, y compartían los juguetes rotos que sus madres les traían de las casas donde trabajaban como empleadas domésticas. Posaron en silencio, estáticos, por primera vez ante una cámara, conteniendo el aliento, asombrados ante el hecho de que alguien quisiera congelarlos en el tiempo.

Giselle Marín entró con tal dominio de sí misma al Claustro de Santo Domingo, en Cartagena, que parecía que hubiera llegado el viento caribeño de diciembre, que renueva los pulmones y remece los cimientos de lo que encuentra. Pero entonces sonrió. Y en cuestión de un instante se convirtió en una de esas corrientes de brisa marina que al caer la tarde pasan por entre los mangos y los árboles de tamarindo, perfuman las casas y despiertan los amores. Vestida de viento, llenaba con su presencia.

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