EL LARGO ADIÓS

JOSE MARÍA NUNES

Días atrás, sobrepasando los ochenta años de edad, moría el cineasta luso afincado en Barcelona José María Nunes, uno de los puntales del movimiento La Escuela de Barcelona que, al socaire de otras tendencias vanguardistas coetáneas como la Nouvelle Vague francesa o el Free Cinema británico quisieron revolucionar el arte cinematográfico con mucha inventiva, muy pocos medios y un alejamiento claro de la industria sumida, en aquellos momentos del tardofranquismo, en el landismo y el destape. Eran los tiempos de sesentayochismo y de que debajo de los adoquines estaban las piedras y se quería subir la imaginación al poder. Y la Escuela de Barcelona, a su manera, lo hizo.
Con Nunes me topé en dos ocasiones. Primero fue al cineasta, cuando me maravillé con su poética Noche de vino tinto que quedó fijada en mi retina como el relato sentimental de una Barcelona bohemia, ya extinta, por la que se pasea una hermosa historia de amor, contrapunteada por vasos de vino, portagonizada por Enrique Irazoqui, el Cristo de Pasolini, y la actriz italiana Serena Vergano, que transcurre casi en tiempo real en mi ciudad. Con un planteamiento sencillo, guión evanescente y actores que parecían ir por libre, a su aire, Nunes confeccionaba una de las películas más importantes de un movimiento cinematográfico con el que estaba algo a disgusto: él era un obrero; los otros, unos hijos de papá.


La segunda vez que me coincidí con Nunes fue un encuentro mucho más personal. La revista de cine Cinemanía me había encargado la escritura de un amplio estudio sobre la Escuela de Barcelona y lo llamé por teléfono para intercambiar impresiones. Durante días y tardes quedé con él, hablamos del pasado, de sus películas vanguardistas y rompedoras, de su militancia izquierdista que trasladaba al plano estético, de su irredentismo que le mantenía fuera de la industria, al lado de Joaquín Jordá, Jacinto Esteva Grewe, Carlos Durán y Pere Portabella, el ala más radical del movimiento, frente a Jordi Grau, Vicente Aranda o Gonzalo Suárez que, con enorme dignidad y con películas notables, se pasaron a un tipo de cine mas convencional. Nunes era un personaje locuaz, cercano, amable y comunicativo que me ofreció información fundamental, a cambio de nada, que me fue de una enorme utilidad para confeccionar el reportaje.

Rodó unas cuantas películas, con títulos muy extraños (Biotaxia, Amigoamiga, Ikonockaut, A la soledad), que pocos vieron, con enorme esfuerzo de producción, porque nadie quería poner dinero en unos proyectos demasiado personales y poéticos que no buscaban la complacencia del público sino que éste comulgara con la mística de sus imágenes, y ya en esos años, hace veinticinco, me hablaba del proyecto de Res Pública, su película póstuma que ve la luz, precisamente, cuando Nunes se ha ido.



De esa época es la foto que aquí aparece. Nunes está al fondo, mordiendo un habano encendido y con barba blanca. A su lado, el rostro de boxeador curtido de Gonzalo Suárez. En primer plano, a la derecha, el vasco Javier Angulo, director de Cinemanía, abrazado por el diseñador de la publicación. Yo soy un jovencito fumador de habano y con bufanda que aparece entre Jordi Socias, el magnífico fotógrafo de El País, y el escritor Javier Rioyo, que está ausente de todo ese cotarro con cigarrillo en mano. En la mesa no haya copas de vino tinto, pero las bebidas tampoco son lo inocentes que parecen, tónicas, porque el chorro generoso de ginebra ha transformado la dulzona agua carbónica en otra cosa más acorde con la reunión de circunstanciales dipsómanos. Y las risas, esa euforia algo etílica, tienen lugar a las cuatro de la madrugada, en una taberna de la Rambla barcelonesa, de un día de primavera en el que tuvo lugar la puesta de largo de la revista en la Ciudad Condal precisamente al hilo de mi reportaje. Historia.

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