DIARIO DE UN ESCRITOR

25 de Junio de 2010Retomo el diario, con nuevos ímpetus, y nuevo formato, aunque quizá, por las fechas, debería denominarse diario de un contribuyente.
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De mis avatares con la Hacienda pública ─ suerte que Hacienda somos todos, Hacienda son los evasores de capitales que tienen sus cuentas en Suiza, los dentistas que te cobran siempre en efectivo las ortodoncias de tus hijos, los médicos a los que acudes en consulta privada, los lampistas que te arreglan una gotera y te preguntan ¿con IVA o sin IVA?, los vendedores de pisos, cuando los había, porque ahora están en el paro, que te exigían el setenta por ciento en negro y si no lo tenías se carcajeaban y te espetaban, ¡vaya tío desgraciado, que no tiene negro!, los que tienen esos yates monstruosos anclados en los puertos españoles, etc, etc,, es decir, todo el que no paga ni pagará nunca porque por él pagamos el resto y así nos va ─ podría escribir una novela, de horror, o kafkiana. Hoy, como siempre ya, porque esto es una rutina, acudí a mi delegación a resolver mis problemas con ella.
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Me dieron un número. El I─53. Esté atento a la pantalla. La hora prevista de la cita era a las 12 y 20. Al I─53 lo llamaron una hora más tarde. Mientras, sentado, devoraba la divertida novela de Gregorio Casamayor, La sopa de Dios (Acantilado, 2009) ─ hagan caso omiso de la poco apetitosa portada, una joya al lado de la de La virgen Cabeza, la novela argentina que finalicé hace un par de días (es lo que tiene ser jurado, y no sé dónde meter esto, si entre paréntesis, como finalmente hago, entre guiones, que rechazo por ya haberlos empleado, con comillas, o en cursiva), bueno, pues La sopa de Dios, y vuelvo a nombrar el título porque quedó muy arriba, desplazado, la excelente novela de Gregorio Casamayor que leo mientras me toca mi turno en Hacienda en la que encuentro cosas deliciosas como ésta, con la que me identifico totalmente en esa espera desesperante con Hacienda que me cobra al 5% diario cada segundo de atraso en mis pagos pero no me remunera el tiempo que pierdo con ellos, horas, días, meses, conmigo, porque Hacienda soy yo, que me había olvidado: Enseguida aprendí la lección. Los bancos, los detectives, hacienda, la policía…¿hay alguien que no nos tenga fichados? ¿Hay algo que no sepan de nosotros? ¿Me gustaría saber qué demonios encierra el sacrosanto derecho a la privacidad? Apátrida, ése es el estado ideal del hombre moderno. Llegará el día que abrirán oficinas para que la gente se borre del censo. Mire usted, señorita, bórreme de español inglés japonés que me he cansado ya de tanta trascendencia y apúnteme en la lista de los sin patria. ¿Dónde está esa lista? Creemos una país llamado Simpatria ─ M siempre antes de P, ¿no?- no confundan con Simpatía, que es lo que el corrector automático de mi PC me dice, y seguro que seríamos millones, la nación más grande del Planeta.
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Creemos también el PIF, el Partido de los Insumisos Fiscales mientras haya yates que no contribuyan, SICAVS que tributen una mierda y lampistas que no nos cobren el IVA.
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Simpatria. Me gusta para una novela de SF.
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Llegó mi turno. Explico mi problema. El tipo de la mesa no se aclara con mis papeles. Tampoco una tipa que acude en su auxilio. Me envían a la jefa. Está en otra mesa, entre mamparas, y tiene cara de mala leche, o mala follá granaina, o mala folla catalana, que viene a ser lo mismo. Le inundo la mesa de papeles, mis alegaciones a todos sus requerimientos.
─No tiene usted razón.
Claro, lo asumo. No tengo razón. Pero sigo sentado e insistiendo.
─Se equivocó de casilla al poner la cantidad a desgravar─ me dice, triunfal, mirándome por encima de sus redondas gafas.
─Ah, qué bien─ contesto,─¿Me corrigen entonces mi error y aplican la cantidad en la casilla correcta? A lo mejor hasta me tienen que devolver ustedes dinero.
─No, esto no se hace así. Usted primero paga los 1.200 euros que le reclamamos.
Aquí va un bufido del corredor de fondo. Necesito un esponsor fiscal que se haga cargo de todo esto.
─Luego presenta este escrito de alegaciones diciendo que erró en la aplicación de casillas y, si no apreciamos ánimo de dolo, no le sancionaremos.
─Ah, gracias. ¿Me iban a sancionar, encima?
─Sí.
Como en el colegio. Joder, si todo el país funcionara como Hacienda, que es lo único que funciona, sí que estaríamos en la Champions como dijo ZP y desdijo la coyuntura.
─Y después pide usted un impreso a la salida de corrección de autoliquidación y lo presenta incluyendo esa reclamación.
¡Caramba, qué fácil me lo pone! A mandar. Echo de menos las pólizas del franquismo y el papel oficial de los estancos.

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Debería tener un asesor fiscal. Pero cuesta dinero. O un abogado para litigar, pero cuesta más y siempre se pierde. Debería exiliarme. O atracar un banco, para compensar tanto expolio, que en el relato EL ATRACO AL BANCO, un manual que escribí y acaba de publicarse dentro de la antología LA MUJER IGNEA Y OTROS RELATOS OSCUROS (Neverland Ediciones, 2010), se dice por pasos cómo debe hacerse, porque atracar un banco, dijo Bertold Brech, es un delito menor al lado de fundarlo, pero carezco de pistola, estoy ya mayor y la perspectiva de la sopa boba en la cárcel, conviviendo con toda esa mala gente que vive en mis relatos y novelas no creo que me gustara.
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Resaca de Cantabría, resaca del Valle de Arán, por cuyos valles vagué, a cuyas cumbre llegué, en cuyos ríos me bañé y en cuyos figones comí ─ aquí falló la rima ─, y resaca de esa paella idílica en La Ría de Vigo tras la exitosa presentación a dúo con Leo Coyote en la barcelonesa Negra y Criminal─ Leo, tranquilo, que uno de los malvados de mi próxima novela ya lleva tu nombre, aunque no es mexicano sino francés, de Marsella y pied noir, un asesino de la OAS, para que te pongas contento ─ que compensa la media entrada en la plaza de Granada, coso Casa de Los Tiros ─ a mí me sonaba mejor de los tilos ─ciudad que me sigue siendo esquiva, a pesar de estar acompañado por los espadas Melchor Sáiz─Pardo y Gregorio Morales, que dijo que de vivir en Estados Unidos sería un multimillonario autor de best─sellers ─ me voy a ir pero ya, a ver si la cuestión es cambiar de país para tener un poco de suerte ─a quienes, una vez más, agradezco la generosa presentación de mis dos últimos libros. Gracias a los que si estuvieron, y nos escucharon, aunque las siete era una hora temprana, a esa hora Granada hace la siesta; gracias a los que compraron mis libros y los leerán cuando puedan, y gracias a los otros muchos que no vinieron, porque eso se perdieron. Alicia, Alicia ─ no es reiterativo, ni jaculatorio, ni invocativo, es que hay dos─ homónimo, que aunque distabas tres mil kilómetros, pongamos por caso, te vi entre los presentes, Virtu, Manolo, Manolo ─ lo mismo que con las Alicias ─ , Paca, María, Cristina Lucía, Eva, Elodia, Carolina, mi vecina del otro día de La Tertulia del Salón de cuyo nombre no consigo acordarme, Pepe, Nati…, gracias a todos. Y todos va por todas.
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Veo a Obama y Medvédev departiendo y comiendo hamburguesas con kétchup. Cultura gastronómica.
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Del mundial me quedo con las imágenes de Fabio Cappello, impresentable entrenador que causaba estragos entre los jugadores que tenía a su lado en el banquillo, víctimas de sus gritos, codazos, imprecaciones ─¡Vaya sujeto, para tenerlo bien lejos!- y el Pelusa que, glups, iba perfectamente trajeado, hasta con corbata, y corría de un lado a otro mientras sonaban esas trompetillas sudafricanas que adormecen al más pintado.
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La noche de San Juan se jodió en Castelldefels con la negra parca que vino en forma de tren segador de vidas a 130 km/h. Comí una coca ficticia y soñé que tomaba una copa de cava mientras me deprimía y me llegaban, al móvil, mensajes de aliento desde la Catalunya Sur.
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Hoy tampoco aparecí en los obituarios, luego estoy vivo. Claro que quizá nunca aparezca en los obituarios ─¡qué pretensión la mía! ─ y esté muerto.
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Me levanté temprano y seguí con las correcciones de texto de mi próxima novela que verá muy pronto la luz: MAREA DE SANGRE. Escenario: La Costa Brava. Un policía municipal que se enfrenta a un guardia civil. Trata de blancas, estupefacientes, negocios inmobiliarios muy oscuros y unos suicidios muy extraños. Llevo tres lecturas de mi original y un montón de correcciones que hacen que la novela mejore y aumente en su número de páginas. Tengo una foto que hice en Cantabria, de un par de inquietantes botas varadas en una playa ─ lo extraño era que aparecieran juntas, pero así fue y di fe de ello con mi cámara de fotos─ que le iría a la portada del libro como un guante a su mano. En mi presentación en Barcelona, en Negra y Criminal, con paella, que da suerte, le pediré a Marta Areny, mezzosoprano y masovera, que cante a capela una habanera. Me comprometo a hacer un cremat.
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Compro El País porque no soporto a Roberto Begnini que daban con el diario Público.
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La cartelera de verano es para irse a la montaña.
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Me estoy haciendo mayor y lo malo es que me estoy dando cuenta. Las solapas de mis libros son muy traicioneras y no engañan.
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¡Coño! Las cuatro de la tarde y sin comer. Voy a ver que me hago. También necesitaría una asistenta, como tenía en mi vida anterior, y una cocinera, como también tenía en mi vida anterior. He optado por el minimalismo existencial.
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En quince minutos cocino y como. Desisto, mientras mojo pan de ayer en la yema de los dos huevos fritos de hoy que acompaño con ensalada de lechuga, maíz y manzana ─ser single me obliga a comer todos los días lechuga hasta terminar la iceberg que compré a mis chinos─, de ver CNN+. Desde el mundial sólo trago, y no todo, el informativo Hoy de Iñaki Gabilondo que días atrás perdió los papeles con una tertuliana. El que perdió la papeles y la cabeza fue el general de Afganistán. Va para allí Petreaus.
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A los que no nos gusta el fútbol ─ yo, quizá usted, y alguien más ─ estos días estamos en fuera de juego. Por unos días España hierve de nacionalismo y flamean banderas rojigualdas que venden por tres euros en los quioscos. Es de la Roja hasta el PP. España Roja, por la selección, maticemos. Porque nos gobierna ese entelequia que es el Mercado que de rojo sólo tiene cuando baja y se encienden las alertas. El Mercado decide, y el gobierno obedece. Somos un protectorado de Europa, dice Rajoy, y Europa lo es del Mercado. ¿Y si prohibiéramos los dichosos mercados? En Pegarse un tiro, la contra de Juan José Millás en El País, ironiza sobre el poder de ese monstruo inasible que tan pronto sube con una flecha verde, como baja con una flecha roja. Si mañana deciden que se ha de suprimir la Biblioteca Nacional, la suprimen y punto
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Aún no he leído a Camilla Läckberg, contestando a la pregunta que me hace Maeva en una página de El País, ni a Larsson, los Larsson, porque hay varios, sí un poco de Mankel, que me aburrió. Eso y que no me guste el futbol me hace infinitamente raro. Prefiero a Leo Coyote y su Barcelona lumpen con olor a sardina, o a Lorenzo Lunar y Amir Valle retratando Santa Clara o La Habana, a Fernando Marías con sus fantasmas y zombies, y a Juan Madrid comiendo bocatas de calamares, al gran González Ledesma Silver Kane.
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Quedé finalista del premio Justo Vasco, junto a Rebeca Murga, con el relato REVOLOTEOS que escribí a los 17 años y desempolvo 42 años después. Ganó el stejanovista de los concursos literarios Manuel Terrín Benavides.
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En la caótica librería Babel ─ claro, por eso se llama así, porque no hay quien encuentre un libro si no te guía el librero entre libros que se amontonan, se caen, en un auténtico cuarto de los trastos que está peor que el mío─ di con una maravillosa revista literaria editada en Granada que se llama Entre Ríos. ¿Genil y Darro? Voy a enviarles un relato.
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Soy muy aficionado a los documentales. Durante tres días disfruté del que filmó Spike Lee sobre el desastroso Katrina y la más desastrosa respuesta del gobierno de George Bush. Seis horas de grabaciones geniales que me llegaron de manos de mi hijo neoyorquino. Del otro, el cineasta, recibí otro regalo no menos extraordinario, un documental llamado La sangre tibia del hombre, dirigida por Iván García, que durante más de dos horas, con imágenes poco vistas, describe con didactismo el porqué del enfrentamiento de esos dos terribles totalitarismos durante la Segunda Guerra Mundial: Rusia versus Alemania. Me parece inaudito que una película de esa calidad no se haya pasado por cines ni por televisiones.
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Un poco de siesta.
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Antes de pasar por mi oficina de verano, el pub Hannigans, pedirle la tónica a la chica irlandesa de la barra y sentarme entre hooligans que gritan en inglés mientras unos tíos corren tras un balón en Sudáfrica.
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Pues nada, el Internet del Hanningans se jodió. Me siento un homeless internáutico.
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Espero satisfacer la curiosidad de los que me pedían a toda costa proseguir con el diario.
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Hay que leerse las bases de los concursos literarios con la misma atención que las notificaciones que a uno le llegan de Hacienda. Vean, si no, lo rentable que es ganar un premio de novela que se llama Onuba y nada tiene que ver con La Fotógrafa Onubense:
Desde el primer ejemplar vendido de los 1.000 ejemplares de la 1ª edición de la novela galardonada con el Premio Onuba 2010, el autor devengará el 10%. De los ejemplares vendidos por encima de la cantidad antedicha, igualmente Editorial Onuba pagará al autor el 10%.
Es decir, que el premio es que el autor suelte de buenas a primeras 1.800 euros. ¡Fantástico!

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