LA FIRMA INVITADA

BARAKA
Fernando Martínez López

Frunce el ceño en un gesto de sospecha, cuando regresa con el sigilo aprendido de los ciervos, zigzagueando entre los abetos para eludir la luz delatora del plenilunio. Los habitantes de la aldea se han evaporado de las calles y el túnel presenta selladas sus bocas con grandes planchas metálicas. Y luego los soldados de la Wehrmacht y las SS, que arrancan un crepitar siniestro al suelo con el contacto marcial de sus botas, mientras vigilan con celo el blocao situado junto a la vía férrea, convirtiendo su estructura lóbrega y grisácea, decrépita, en un templo de devoción exaltada. Algo inusual debe de urdirse entre sus paredes, alguien notable debe de habitarlo.
Antonio Gómez Madolell observa, camuflado entre tierra y musgo, las evoluciones de los uniformes, de los cascos relucientes bajo el foco de la luna llena, y no siente miedo, porque el miedo fue una vestimenta ya desgarrada de tanto usarla, sino una profunda desazón que le va extrayendo el aliento de sus pulmones. Después de huir a Francia por el paso de Irún, después de mil penalidades para alcanzar una tierra libre, su esperanza ha sucumbido a la inutilidad del esfuerzo, conquistado el país por la maquinaria arrolladora del totalitarismo nazi. Siente como si una apisonadora lo volviera a aplastar después de resistir a su primer embate, después de haberle crujido los huesos con su tonelaje insoportable.
El aire de otoño le devuelve el ánimo con su fría caricia recordándole quién es él, un invencible, uno de los que resistió la cárcel, las torturas, que incluso llegó a sobrevivir a un fusilamiento. Él tiene baraka como le decían en su ciudad de origen, en Melilla, un aliento vital que lo resguarda del peligro, que le da suerte, y poco a poco va tomando conciencia de qué debe hacer, deslizarse como una serpiente sinuosa por la montaña abrupta, avisar a sus compañeros de la incipiente Resistencia Francesa de que algo se está cociendo en aquel blocao desangelado, pasar a la acción, y quizá desquitarse de los ataques de la aviación alemana que cercenaron la vida de algunos de los que más llegó a querer.
* * * El arranque es brusco, una sacudida que le arranca un lamento metálico al tren, extendido desde la locomotora hasta el break donde él viaja con sus más cercanos allegados, el que le ha cedido Obras Publicas. Es lo mejor que ha podido conseguir después de una guerra que ha exprimido las ubres del país hasta dejarlas secas, y sabe que, a pesar de todo, su vagón no dejará de producir una penosa impresión de aliado pobre. Pero eso no es lo que le preocupa.
Es 23 de octubre de 1940 y el cielo de Pasajes presenta un gris sucio, empercudido del vómito de humo negro que arroja la locomotora. Serrano Súñer pule cada uno de los argumentos que deben de eludir la insistencia del amigo poderoso, preservar la neutralidad que permita cicatrizar las heridas de una España hundida hasta las corvas en el barro de la miseria, el horror y la vergüenza. Mientras el tren avanza con el lastre de una vía férrea en lamentables condiciones, tironeando, las palabras de sus asesores flotan en la atmósfera estallando como pompas de jabón sin ser asimiladas por sus oídos, fundida su mirada evocadora con el verdor del paisaje conforme alcanzan la frontera con Francia. Sería terrible embarcarse en una nueva guerra, apenas si quedan recursos donde echar mano, y, sobre todo, cómo arrojar a otro baño de sangre a un pueblo que apenas si acaba de limpiarse las salpicaduras del anterior. Pero por otro lado pugna la ambición, el esbozo de un imperio resurgido luchando junto al ejército invencible que ha conquistado gran parte de Europa sin pestañear. Sólo los ingleses parecen aguantar la embestida parapetados en su isla.
El tren se detiene en la frontera, apenas nada porque el tiempo apremia, y otra vez su arranque de mastodonte torpe produce un latigazo que casi tira al general Moscardó al suelo del modesto break. Él sonríe. No está seguro de cuál es la razón, si el discurso razonable de su cuñado Serraño Súñer o su olfato infalible de oportunista nato. El caso es que se convence paulatinamente del error que cometería de aceptar la propuesta beligerante, de meterse en un laberinto del que quizá no haya salida, pero cómo decir que no al dueño de Europa, a quien le proporcionó la ayuda imprescindible para salir triunfante en el glorioso alzamiento. Su cuñado, hojeando los documentos desplegados sobre la pequeña mesa, le repite las claves: por un lado, argumentar el desgaste del ejército español, la falta de medios militares, económicos y humanos; por otro lado, evitar la negativa explícita pero a cambio pedir lo que los alemanes no están en condiciones de proporcionar. Eso debería bastar, o no, y es consciente de que un cálculo erróneo bastaría para trocar la condición de nación amiga en la de objetivo potencial del ejército alemán. No le gusta que se note que está sudando, que se haga patente su nerviosismo, a él, que acostumbra a manejar con sutileza los hilos.
Entonces recuerda lo que ha sido una constante en su carrera y recobra el aplomo, la baraka que le asignaban sus tropas moras, la infinita suerte que ha ido enderezando su camino hacia el poder: el fulgurante ascenso en las campañas africanas, la muerte de Sanjurjo en accidente aéreo, el desprestigio de su rival Queipo de Llano, el apoyo de un ingenuo Alfonso XIII anclado en la vana esperanza de recuperar el trono, el desenlace favorable de la guerra, todo ello encaminado a convertirse en Generalísimo, en Caudillo victorioso. Sí, acude a su baraka en este momento de necesidad, cuando el tren gime entre grandes humaredas al adentrarse en la estación de Hendaya. Y sin embargo, cuando mira el reloj vuelve a sentir un bocado en el estómago y no disimula su disgusto: las tres y media. Hitler debe de llevar aguardándolo diez minutos.
* * *
Jacques lo confirma esa misma noche. Los confidentes que simpatizan con la Resistencia hablan de un encuentro al más alto nivel en Hendaya; incluso se barajan los nombres de Hitler y Franco o, en su defecto, de alguno de sus más importantes subordinados. La ciudad está tomada por la tropas alemanas y la estación ferroviaria se ha engalanado con banderas nazis y españolas. Probablemente ahí mismo tenga lugar la reunión, como los indicios apuntan, y que el blocao junto a la aldea sea un lugar de espera.
Una resaca de murmullos satura la habitación donde predominan los franceses asqueados con su nuevo gobierno de mantequilla, el de Vichy, y republicanos españoles exiliados de una tierra de cenizas, escupidos por su propia nación, muchos de ellos escapados de los campos de concentración de una Francia que se ha mostrado desabrida. Hay que dar un golpe de efecto, dice uno. Sería un suicidio, replica otro. Yves levanta la mano fatigosamente hasta conseguir que la tempestad de discusiones amaine. Él es de Hendaya, y allí ha vivido toda su vida hasta que se echó al monte tras la invasión. Existe un viejo almacén no muy alejado de la estación desde donde un francotirador podría actuar, y hay una manera de llegar hasta él, como descubrió en sus juegos de adolescencia, sin que los nazis se percaten; más complicada sería la retirada una vez ejecutada la acción: sería como comer el queso para después sucumbir en la trampa. Reina el silencio, como si hubieran enmudecido dejando tras de sí un recuerdo de palabras deshechas, una pesadez tremenda agarrotándoles los brazos, una niebla de nicotina que apenas si permite respirar. Se puede estar preparado para la lucha, pero no tanto para la autoinmolación. Yo lo haré, dice Antonio Gómez Madolell, y al momento duda si ha sido él el que ha hablado.
Tenía razón Yves. Una cloaca le ha permitido alcanzar el almacén y ahí se encuentra apostado en una ventana desde la que puede divisar, en la discreta lejanía, esquinado, el trajín que se traen en la estación recargada de banderolas rojigualdas y otras con la svástica circunscrita, como dispuestas para una verbena donde bailarán los ejércitos fascistas. Algunos miembros de la Wehrmacht patrullan la calle inmediata a su posición, e incluso una hora atrás penetraron en el almacén obligándole a ocultarse con el corazón escapándose ya por la boca, pero la suerte inseparable lo cubrió con su manto de invisibilidad y los soldados se marcharon. Sin despegarse de la mano tiene un fusil de cerrojo con un cargador para cinco balas, el mejor que le han podido proporcionar, y sin apartarse de la mente, una colección de motivos, de recuerdos punzantes que le han arrastrado a la locura de ofrecerse voluntario. Rememora los camaradas que murieron en el frente Madrid, en la batalla de Brunete, también en la toma de Teruel, acribillados por los Messersmitch alemanes dominadores del cielo, donde su primo Luis cayó derrumbado sobre él protegiéndolo como un saco inerte de las balas que escupían los aviones; las torturas a que fueron sometidos su hermano Ramón y él, entre otros, en la cárcel de Portacelli, la gota de agua que les caía incansablemente sobre sus cabezas aprisionadas hasta hacerlos enloquecer, hasta desear urgentemente la muerte. Ramón no sobrevivió, él sí, pero sólo le sirvió para que lo metieran después en un camión y lo fusilaran. Le salvó la chapa colgada al cuello, que no lo remataran por negligencia y que unos campesinos se jugasen la vida sacándolo del amontonamiento de cadáveres en la fosa cuando se percataron de que se movía; la bala todavía le recuerda, los días de lluvia, que se encuentra incrustada, acechando junto al corazón. Derrama una lágrima al evocar a su padre, alcalde de su pueblo, rociado con gasolina para convertirlo en tea humana, retorciéndose como un rastrojo al quemarse entre alaridos salvajes, como le contó su madre. Recuerda los prisioneros republicanos a los que les cortaron las manos mientras se chanceaban de ellos gritándoles: ¡A ver si ahora podéis saludar con el puño cerrado! Recuerda el campo de concentración de Miranda de Ebro convertido una vez más en prisionero, y se sorprende de que soñara con hollar la tierra que se veía tras las alambradas, una tierra en la que ya era un extraño, que lo repudiaría en cuanto la pisara. Intentó evadirse tres veces: el castigo de la primera fue una paliza y tres meses en completa oscuridad. El castigo de la segunda fue otra paliza, ser enterrado hasta la cintura a pleno sol y recibir una sarta de latigazos que le desollaron la piel; después se la rociaron con vinagre hasta que perdió el sentido de dolor insoportable. La recompensa de la tercera fue alcanzar por fin Francia. Al poco de llegar, en junio, los alemanes le trizaron las ilusiones; recuerda cómo, de la rabia insoportable, resquebrajó de un puñetazo el espejo en el que se reflejaba, rompiendo también de paso su alma.
Sí, tiene motivos para estar allí, preñado de un rencor que ha ido creciendo hasta hacerse monstruoso. No le importa morir en el intento si de paso acaba con alguno de los hijos de puta que ordenaron que el país se volviera ascuas, que han destrozado su familia, matado a sus amigos, pero con él no han podido, con él no, es un invencible, tiene la baraka que le ha permitido estar ahora aquí para tomarse cumplida venganza.
Después de una noche sin dormir, las horas se deslizan con lentitud desesperante sin que ocurra nada significativo. Apoya la espalda en la pared sentado en el suelo, las rodillas encogidas, y en un alarde de ecuanimidad se pregunta si entre los nacionales gobernará un odio similar al que él siente, porque sabe que una guerra convierte a los hombres en bestias, y algunos de sus camaradas no fueron una excepción. La reflexión se le disuelve enseguida en el agua de la realidad circundante, por el traqueteo de un tren que alcanza sus oídos y lo extrae de sus ensoñaciones. Se asoma con cautela y lo ve penetrar en la estación entre volutas densas que recubren momentáneamente a los soldados en formación, convertidos en estatuas. De un lujoso vagón se apean varios hombres uniformados que ostentan altas graduaciones, y después, dejando a Antonio Gómez Madolell boquiabierto, un individuo no muy alto con bigote, gorra de plato, botas altas y una cruz gamada en el brazo que realiza de inmediato el saludo romano a sus tropas.
* * *
Compara con el suyo el Erika, el tren del Führer, y se le viene a la cabeza la diferencia entre un corcel brioso y un mulo terco. Este detalle, por sí mismo, le indica con claridad quién es quién en este encuentro que desea que transcurra con la rapidez de una tormenta de verano. Hitler no parece contrariado por el retraso, muestra la mejor de sus sonrisas bajo el tachón de su bigote, lo mismo que Ribbentrop y von Brauchitsch, y le saluda efusivamente, convencido de que diez minutos de espera bien valen la pena para alcanzar el objetivo de que España se una a su ejército triunfante, iluminado por un aura invulnerable. Sólo esos malditos ingleses que todavía… Revistan, al son de marchas militares, el batallón que en una formación perfecta remeda una colección de figuras clonadas, el aire contenido, hinchados los pulmones como gallos bravíos. Ambos desconocen que, en la distancia, una mirada asombrada y oblicua, chispeante por lo que el destino le ha deparado, funde sus figuras con el punto de mira de un fusil, y que sólo la pantalla tornadiza que a su alrededor produce el séquito acompañante impide que una bala se le introduzca entre ceja y ceja al General.
Así que este es el mítico salón del Erika, piensa Franco, un alarde de lujo y modernidad donde tantos acuerdos se han firmado con la cabeza gacha del invitado. ¿También él se acoplará al guión establecido? En su estómago revientan burbujas. Hitler toma la palabra ante Ribbentrop, Serrano Súñer y él mismo; traduce el barón de las Torres ante el asentimiento de Gross, el torpe intérprete alemán. La exposición enumera los éxitos de su ejército en una guerra “que no he querido pero que me he visto obligado a aceptar con todas sus consecuencias”, y termina la alocución con “yo soy el dueño de Europa y como tengo a mi disposición doscientas divisiones no hay más que obedecer”, así que a qué esperas, Franquito, toma la pluma y firma el documento que hemos redactado para que te unas a mis fuerzas, sin condiciones, por supuesto, para que dejes a mis tropas operar desde las islas Canarias, desde Gibraltar que arrebataremos a los ingleses, desde cualquier punto de la península; podemos discutir qué puede Alemania ofrecerte a cambio. Pero él también quiere hablar, y tras reafirmar la amistad franca y leal de España con Alemania, suelta un discurso prolijo y repetitivo acerca de las penurias del país tras la Guerra Civil: cansancio psicológico; destrozo moral; mal estado de la industria, transporte, comercio, agricultura… Poner a España en situación de combate supondría un coste abrumador para Alemania. ¿Puede permitírselo? Hitler va permutando su gesto atento por la descortesía de unos bostezos, no está acostumbrado a que le den largas, y Franco siente el vértigo del que está a punto de despeñarse, del que estira demasiado el elástico llegando a romperlo. Cambia el discurso, acuden con vehemencia sus ambiciones personales, quizá ahora sea el momento, podríamos prestar nuestro apoyo a Alemania con un compromiso por escrito de que el Marruecos francés y Orán serán para los españoles, dando cumplida cuenta de nuestras reivindicaciones históricas que los débiles gobiernos democráticos no han sabido materializar. Hitler divaga, pone objeciones, sabe que no puede ofrecer lo que aún no tiene, sabe que tiene un compromiso con el gobierno francés de Vichy. Para colmo, Franco se permite opinar sobre las campañas militares alemanas como experto en el tema que es, y al Führer le molesta ese aire condescendiente que a veces gastan sus propios generales también, con él, un diletante que sólo alcanzó el grado de cabo en la Gran Guerra de principios de siglo. Con un movimiento displicente se levanta y dice que les da unas horas para que piensen si firman el documento, el que implica la entrada de España en la guerra cuando Alemania lo exija y sin condiciones, y a las seis y media da por terminada la conferencia. Franco siente un nudo en la garganta, teme haber ofendido al poderoso aliado, más aún cuando el barón de las Torres le asegura que Hitler ha comentado “con estos tipos no hay nada que hacer”. Sin embargo, de regreso al break de Obras Públicas, le puede más la indignación que el temor y se niega a estampar su rúbrica en semejante documento. Le queda aferrarse a su baraka, y que la providencia actúe favorablemente.
* * *
Antonio Gómez Madolell siente que le estrujan las tripas, que el tiempo se le agota y el reloj derrama su arena sepultándolo en el olvido del viejo almacén. En ningún momento Franco ha ofrecido un blanco oportuno desde su posición esquinada, siempre rodeado por una cohorte de personajes o amparado por el propio edificio de la estación. Lo ha visto subir a su tren y piensa que su oportunidad ha caducado. No obstante, ninguno de los trenes arranca y permanece agazapado, sujeto al asidero de una última esperanza. Hace ya tiempo que la noche sobrevino, pero las luces de la estación iluminan un escenario frío y metálico, desasosegante, que le producen la sensación de estar perdido en un planeta remoto. A las diez Franco regresa al lujoso vagón de Hitler. Toma el fusil con firmeza y apunta a un blanco que de nuevo se torna esquivo. Maldice como un pirata, escupe en el suelo, y aún así, sus ojos nocturnos de gato no se apartan del Erika. Ya pasa la medianoche cuando contempla al propio Hitler y su séquito acompañando a Franco a su desvencijado break. Qué no habrán acordado esos dos mamarrachos, el reparto del mundo quizá. Se esfuma la última ocasión, ahora o nunca, el General sigue escabulléndose, se vuelve intangible, él aprieta el fusil entre manos sudorosas, y entonces, para su regocijo, Franco, en lugar de adentrarse en el vagón, permanece cuadrado militarmente en la plataforma ofreciendo un blanco nítido. El dedo se cierra sobre el gatillo justo en el mismo momento en que arranca la maltrecha locomotora como suele hacerlo, violentamente, sacudiendo al convoy completo, desequilibrando a Franco que a punto está de caer de bruces al andén si no es por la intervención oportuna de Moscardó, apartándolo de la trayectoria de una bala disparada con la pólvora poderosa del rencor acumulado. Se ha oído, la detonación y el chasquido seco del proyectil contra la estructura metálica, y Franco, lívido, se aleja de Hendaya con el cuerpo trémulo, por haber olido tan de cerca la muerte y por haber mantenido una negativa a firmar el documento, un gesto que puede cubrir de funestos presagios el horizonte de su país.
Antonio Gómez Madolell sonríe, casi carcajea ante su burlona fatalidad. Sabe que no tiene escapatoria, ya escucha el siniestro crujido de las botas por las carcomidas maderas del almacén…
* * *
Escribir este relato ha sido un acto ineludible. De lo que sucedió en Hendaya el 23 de octubre de 1940, en esa parada en el túnel del tiempo, dan fe los libros de Historia y a ellos acudí para ilustrarme y para confirmar que los sucesos no se describieron en su totalidad. Yo lo supe poco tiempo después de comprar esta vieja casa en un pueblo donde me contaron que quemaron vivo al alcalde durante la nefasta Guerra Civil. Aquí encontré un arcón tan olvidado como los papeles manuscritos que guardaba y que ahora vuelvo a releer mientras Fito, en la radio, canta su himno antibélico:
“Todo lo que no se ve,
lo que nadie nos contó,
lo que se quedó en la piel,
la memoria del dolor.”
Estos papeles son un cuentagotas que administra algunos episodios de la vida de Antonio Gómez Madolell, escritos de su puño y letra y fechados en 1959, porque aunque tuviera todos los pronunciamientos en contra, aquel lejano día de 1940 no fue el último de su vida, sino que una vez más no le abandonó su mayor aliada, su baraka.

Fernando Martínez López, nacido en Jaén en 1966 y residente en Almería desde la infancia, es doctor en Ciencias Químicas y ejerce como profesor de Educación Secundaria. Ha publicado las novelas de narrativa juvenil “Sanchís y la reliquia sagrada” y “Sanchís y el pergamino azul” (Instituto de Estudios Almerienses), y las dirigidas al público adulto “El sobre negro” (Instituto de Estudios Almerienses) y “El rastro difuso” (Ediciones Baile del Sol). A finales de año verá la luz su próxima novela, “El mar sigue siendo azul” (Ediciones Baile del Sol), con el accidente nuclear de Palomares como trasfondo. Ha ganado el premio literario de novela corta “Ciudad de Jumilla” y más de una decena de certámenes en la modalidad de relato corto entre los que destacan el “Santoña… la mar”, el “Café Compás”, el “Alhaurín de la Torre” y el “Ulises”, y ha sido premiado o finalista en otros muchos como el “Hucha de Oro”, “La Felguera” y el “Ciudad de Martos”. (www.fernandomartinezlopez.es).

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