DIARIO DE UN ESCRITOR

26 de Junio de 2010

En los bajos de la casa de al lado vive un grupo de latinos. No sé cuántos. Pero creo que bastantes. Nunca les vi la cara. Pero les oigo. No a ellos. Su música. Ponen rap machacón por la mañana y ahora que el calor me obliga a tener el balcón abierto me resulta más fácil bailar que escribir. Lo malo es que por la noche, a las 2 de la madrugada, siguen con el rap, y al mismo volumen. Granada es una ciudad curiosa. Aquí la gente no modula ni la voz ni el ruido atendiendo la hora que es. Mientras los raperos latinos tenían su música a toda marcha, una chica berreaba improperios a su teléfono móvil y luego pasó un grupo que hablaban entre ellos como si estuvieran sordos. A las dos y media pasó el camión de la basura. Ruido sobre ruido. Y olor putrefacto.
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Esta tarde vi mi primera cucaracha. En la calle, Rubia y apoyada contra una farola. Muy quietecita. Empieza la temporada. Hay que estar preparado.
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Corrijo una y otra vez el texto de Marea de sangre. Escribir una novela es como esculpir una escultura. Una vez que tienes el bloque más o menos cortado y visualizas la figura, tienes que pulir una y otra vez, limar todas las asperezas, machacar los pegotes que te disgustan, hasta que quede una superficie brillante y armónica por la que la vista se desplace sin traumas. A medida que leo y releo y vuelvo a releer más me doy cuenta que la novela sólo se termina cuando entra en la imprenta.
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Duermo poco, seguramente porque ya tendré mucho tiempo para dormir de aquí a unos años, me hago café, me como un par de tortas de Inés Rosales, que son lo que más se parece a una coca de San Juan, y leo los relatos que como miembro del jurado del premio La Lectora Impaciente presidido por mi amiga Adriana Serlick me corresponden. Este año es difícil encontrar alguno que me atrape de verdad. De cincuenta leídos hasta el momento hay dos, sin embargo, que me parecen muy satisfactorios.
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A las once el sol es soportable. Me calzo las mallas negras de deporte, me meto dentro de la camiseta negra más roñosa que tengo, cojo la bici y me voy a hacer la que aquí llaman la Ruta del Colesterol, un camino que discurre paralelo al río Genil que frecuentan ciclistas, corredores, jubilados y amos con sus perros. Estoy en forma. Y la bici más desde cambié el sillín y le puse aceite a la cadena. En menos de diez minutos estoy sentado en Pinos Genil, clarificadora forma de llamar a un pueblo, en una terraza junto al río que se llama La Taberna del Turrón, debería preguntar por qué, con una cerveza, porque el otro día vi, en un programa de televisión, lo bien que les iba a los deportistas tomarse una cervecita en verano, programa pagado por alguna cervecera harta de que la gente que corre, salta, pedalea, vuela, bucea se dope sólo con Isostar, y una tapa tan extraña como pringosa, patatas fritas manchadas con boquerones en vinagre que me como, con lo poco que me han gustado los boquerones en vinagre, lo que me hace utilizar cuatro o cinco servilletas, cada vez que se me pringan los dedos, para pasar, sin manchar de aceite, las páginas de la novela La sopa de Dios (Acantilado, 2009) de Gregorio Casamayor, que tanto me gusta aunque lea por obligación.
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Ayer vi, de noche, con más publico del apetecible, una película aburrida e insoportable titulada Entre nosotros. Además de insulsa, llena de personajes irrelevantes, que me importaban un carajo, estaba pesimamente fotografiada. Aguanté hasta el final, para juzgar, del mismo modo que me leí hasta el último párrafo del Ulises de James Joyce.
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Un correo electrónico que me hizo mucha ilusión y llegó ayer fue el del escritor Manolo Villar Raso que se confiesa enganchado por La Frontera Sur y ya en el primer capítulo dice que es la mejor que he escrito. Gracias, Manolo.
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Me duché después de la excursión ciclista, opté por comprar el diario Público en vez de El País, pese a Babelia, porque regalaban una novela de Nadine Gordimer, y lo estuve leyendo con interés, sobre todo la noticia que habla de la refundación de Izquierda Unida y firma Rosa Regás.
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Por fin termino la lechuga iceberg que compré a principio de semana, que aderezo con rodajas de manzana ácida y maíz de lata, y me hago de segundo una tortilla de patatas. No enciendo el televisor para ver las noticias. Estoy cansado de tanto Mundial. Sigo con las correcciones de Marea de sangre y leyendo los relatos clasificados del concurso literario que organiza Adriana Serlick.
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Caigo, en estado de trance, en el sofá. Duermo y sueño hasta que los raperos latinos me enervan.
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Termino La sopa de Dios, que está lleno de observaciones agudas, las que hace el anciano asesino protagonista de esta negra novela picaresca. ¿No les parece el colmo del absurdo que la vigilancia de un edificio de la policía esté a cargo de agentes privados? Es de risa. Cualquier día la Iglesia nos sorprende contratando actores para que celebren la misa.
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Mientras pedaleaba a lomos de la bici tuve una idea brillante. Es normal. El ejercicio físico estimula las neuronas. Mi amigo José Carlos Somoza, que acaba de publicar El Cebo en Plaza Janés, me confiesa que los retorcidos argumentos de sus novelas se le ocurren cuando se encasqueta una gorra y se va a hacer footing. Quizá lo mismo le ocurra a Fernando Marías en su bicicleta estática. Bueno, pues tuve una idea que no revelo, porque lo que revelo suele gafarse, y que pondré en contacto de mi amiga Paca a cuya fiesta de cumpleaños, hoy, he sido invitado.
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No se me ocurre otra cosa que regalar libros. Propios o ajenos. Hice una excepción hace unos años regalando lencería fina y sofisticada, pero ése fue un regalo egoísta. Así que a mi amiga Paca, que cumple años y parece encontrarse en la flor de la juventud, le regalaré mi trilogía americana, La pérdida del Paraíso, libro perfecto para la ocasión.
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Los raperos han enmudecido y toma el relevo, en el ruido diurno, un tipo que confiesa tener ochenta y tres años, eso dice de cuando en cuando en su verborreíco discurso que deben oír hasta en la Catalunya Norte, que le está dando una bronca espantosa a un hijo o un nieto, que le habla del paro, de lo vago que es el chico, y así se está el hombre, que con 83 años tiene arrestos, quince insoportables minutos que son mucho peores que las sesiones de rap de mis vecinos latinos. Enmudece de repente. Quizá le llegó por fin el infarto. O directamente lo asesinaron. Leeré la crónica de sucesos mañana.
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Comentarios

Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Sabes, José Luis, yo también tengo el libro de Nadine Gordimer, pese a que compré El País, por Babelia, aunque ayer venía poco de Literatura. La prueba de que en este país se lee poco es que el libro estaba abandonado en mi portal. Alguien compró el Público y le "molestó" el libro, así que lo tiró. Los libros que regalan los periódicos ya no sirven ni para adornar los anaqueles de las librerías de casa.
Esa mañana, la camarera en donde tomo café, me miró como todas las mañanas. Debió pensar: "Ah, es el rarito del libro de todas las mañanas, sólo que hoy lleva dos".
Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Completamente de acuerdo. Lamentable lo que me dices de ese libro abandonado de Nadine Gordimer. En este país se lee poco y se publica mucho, lo que es un contrasentido. Una de las cosas que dejo con más seguridad sobre mi toalla de baño cuando voy a la playa es el libro que estoy leyendo. Nunca me lo han robado.