DIARIO DE UN ESCRITOR

29 de junio de 2010

Ayer me faltó un grado para incendiarme. Me bajé por Internet el programa PADRE e intenté introducir en las casillas mis datos fiscales. Intenté, claro. ¿Por qué lo complican todo? ¿Por qué cambian de año en año los programas y los hacen peores? El de este año es de nota. No sé a quién demonios de informático deben haber pagado, con mi dinero, para que les haga el peor programa de la historia. Tardaba en descargarse. Admitía las cantidades en las casillas con una lentitud extrema. Se atascaba. No pasaban las páginas. Lo que se puede hacer en tres cuartos de hora me ocupó cinco horas y con el horror a que todo se fuera al garete, que se borraran los datos y volver a empezar. Una pesadilla kafkiana con la que me reafirmo ya en abstenerme en las próximas elecciones o votar a la formación más extremista. A la hora de imprimir la maldita declaración, lo mismo, una hora para deglutir los datos y escupirlos en el papel. Me indigna tanta tomadura de pelo, tanta desidia, tantas medidas que se toman sólo porque hay corrupción y empresas que se meten nuestro dinero en el bolsillo para diseñar un programa de mierda. Seguramente el del año que viene será todavía peor. Aunque será difícil. ¿Quién me paga esas cinco horas de cabreo absoluto? ¿Quién?
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Catalunya no es una nación. Así lo deciden unos tipos inútiles que han tardado cuatro años en dictaminar contra una serie de artículos del Estatut aprobados por el Parlament, el Parlamento y refrendado en las urnas por la población. ¿El País Vasco es un país? ¿El Reino de Valencia es un Reino? Nosotros somos un principado. Pero no una nación. A pesar de nuestra lengua, cultura, idiosincrasia, instituciones propias que se remontan al pasado. La sentencia hace un gran favor a la causa del independentismo catalán.
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Con un calor sofocante trepo con mi bicicleta, después de cumplir con mis obligaciones fiscales, a casa Paco, un bar mirador que domina Granada desde lo alto de la carretera que va a La Alhambra. Lo hago por las empinadísimas cuestas del Barranco del Abogado. Me deslomo bajo el sol. Me castigo. Alcanzó la terraza, sumido en sudor, y me pido una cerveza desde que oí por televisión que la cerveza, sin alcohol, es una excelente bebida para los deportistas. Yo, con alcohol. Y una tapa de ensaladilla peculiar: lo que pasa por mayonesa no es otra cosa que puré de patata ácido y con una pizca de ajo. Patata sobre patata. Todo sea por librarse de la salmonella.
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Paso de futbol. Paso de futbol aunque hoy juegue España. Empiezo a estar harto del mundial y el futbol que altera todas las parrillas televisivas. Cae la tarde, cantan los vencejos y me hago un arroz con leche que se pega al fondo de la cazuela. Bueno, tampoco está mal que se queme ligeramente. Ni sé qué cenar, ni tengo hambre. Sigo leyendo Tarde, mal y nunca y escribo una reseña sobre La perdiz blanca, la extraordinaria novela de Cecilia Bardají que recomiendo sin dudar a quien aprecie la buena literatura. Hojeo Qué Leer que trae a Camilla Läckberg en portada esgrimiendo una espada. A cuatro días de esa paella en Málaga y a nueve del tren negro que me llevará a Gijón.
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Ayer leí unos relatos realmente espeluznantes de mi amigo el escritor José Vaccaro que acaba de publicar la novela La Vía Láctea en Neverland.
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