DIARIO DE UN ESCRITOR

Salt Lake City, 8 de junio de 2013


Después de tanta naturaleza en estado salvaje, de tanto bisonte, ciervo, alce, coyote y oso, de tantas cataratas de vértigo, lagos, fumarolas y barros calientes, apetece un poco de asfalto.
A las 9 dejamos con cierto alivio ese cutre Hotel 6 de habitación minúscula sin aire acondicionado y precio desorbitado (105 dólares) en Jackson y nos ponemos en carretera.
La voz femenina del GPS parece captar mis deseos y nos envía por carreteras secundarias de segunda o tercera. Ese itinerario hace la conducción necesariamente lenta y permite disfrutar del paisaje de Wyoming, todo verde hasta el infinito, rural, ganadero. No parece haber mucha pobreza en el estado, no se ven buzones desvencijados en los arcenes de la carretera, ni tráileres, ni caravanas, ni casas prefabricadas. Los vaqueros de Wyoming, que todavía van a lomos de sus caballos con sus sombreros de ala ancha, sus botas de cuero y sus pantalones con flecos, parecen gente más o menos pudiente. Pasamos por explotaciones agrícolas gigantescas, por silos de cereales que me recuerdan los de Último testigo, ese excelente trhiller de Peter Weir interpretado por Harrison Ford, al que no vi en mis doce horas en Jackson, en el que uno de los villanos moría ahogado en el interior de uno de ellos; por praderas valladas en donde pacen centenares de vacas oscuras.
Esa carretera de tercera que seguimos entra, al cabo de un rato, en Idaho y el estado de las patatas tiene un paisaje parecido, pero menos montañas, ningún pueblo. Un letrero advierte que en cincuenta millas no hay un solo poste de gasolina, pero llevamos carburante suficiente, así es que seguimos por esa carretera escénica que nos regala paisajes verdes y, de cuando en cuando, un solitario rancho de madera igual que los de las películas del Far West, como si el tiempo no hubiera pasado por esta zona.
Desde la carretera, con el buen ojo que tengo para descubrir la fauna en los parques nacionales, distingo un lugar adecuado para desayunar. El pueblo disperso se llama Alpine; el restaurante, que también es hotel, Nordic y tiene una acogedora terraza con sombrillas al sol entre tiestos colmados de flores que cuelgan de su fachada de madera. Nos sentamos fuera. El desayuno es aceptable. Las french toast son torrijas hechas sin gracia que hay que edulcorar con azúcar o jarabe de sirope. Azúcar en mi caso ya que detesto ese pegajoso líquido. El bacon en delgada lámina cruje entre mis dientes. Los huevos fritos están bien. Hasta el café encuentro bueno. Quizá contribuya a todo ello el entorno tranquilo y agradable del lugar, apartado de la carretera, y el encanto del edificio que alberga el restaurante y el hotel al lado.    
On the road. Seguimos por Idaho, pero pronto abandonamos esa entrañable carretera de tercera categoría, como la califica MJ, para entrar en una autopista. El paisaje empeora, se hace más seco, y la temperatura aumenta a medida que vamos bajando en altura. A las cuatro horas y media de salir de Jackson, a las 2:30 pm, entramos en Salt Lake City y en la calle 600 West encontramos el Garden Inn con una recepcionista que habla perfectamente español y una habitación infinitamente mejor que la que teníamos en Jackson y a mitad de precio.
Salt Lake City, capital de Utah, tiene poco más de ciento ochenta mil  habitantes y está al pie de la cordillera Wasatch que le proporciona pistas de esquí en invierno. El Salt Lake junto al que se construyó la ciudad de los mormones es un lago maloliente e infecto que nadie en su sano juicio visita. Brigham Young, el pionero mormón que llegó con los suyos a ese lugar, tuvo una inspiración divina y decidió edificar esa ciudad a orillas de ese lago salado en donde vivían desde hacía miles de años los shoshón y los paiute. Este es el lugar indicado, dijo a los suyos que atravesaban todo el país huyendo de la persecución que sufrían en el este.
La pequeña capital de Utah es una ciudad extraordinariamente ordenada y limpia. El City Hall está rodeado de verdes praderas  en donde crecen árboles de tamaño considerable que regalan sombra a los homeless que merodean por la zona. El ayuntamiento es un edificio imponente de piedra y buen número de torres en los flancos coronadas por tejados en forma de cono. Frente a él, la Corte, el palacio de Justicia, un edificio moderno con amplias cristaleras y cúpula redonda y ligeramente aplastada que parece un casquete.
—Esto no es el Capitolio—me dice MJ quejosa de que una vez el GPS nos ha enviado a donde le ha dado la gana.
Por fortuna el Capitolio de Utah es visible desde cualquier punto de la ciudad porque está en la cima de una colina, rodeado por un parque cuidado. Por dentro y por fuera, ese edificio legislativo en donde se reúnen los representantes del estado a deliberar es un clon del de Washington, como suele suceder con el de todos los estados excepto los de Alaska y Nuevo México. Columnas y escalinatas en las cuatro fachadas, un frontispicio helénico y una cúpula completamente redonda que destaca sobre el conjunto. El interior del Capitolio está recubierto por completo de mármol y en hornacinas de su redondo vestíbulo, que queda debajo mismo de la cúpula, hay representados grupos escultóricos alegóricos de la sabiduría, la bondad y el valor.
No son muy buenas las pinturas murales que adornan los techos de la planta tercera que representan la llegada de los pioneros, las firmas de los tratados de paz con las tribus de indios shoshón y paiute, pero en cambio son bastante aceptables y tienen una calidad media alta los cuadros de artistas locales que cuelgan en las paredes del corredor, en los espacios libres que hay entre las puertas de los despachos de los representantes del pueblo de Utah. Hay un retrato de una distinguida y atractiva mujer que me llama poderosamente la atención por su elegancia; también son aceptables los retratos de un jefe indio, de un parlamentario con aspecto de bon vivant y de una mujer puritana de expresión hosca; frente a ellos, esculturas de los hermanos Smith, fundadores de la religión mormona, del profeta Brigham Young y del presidente Lincoln.
Somos MJ y yo los únicos visitantes occidentales del Capitolio de Utah y nos damos cuenta pronto de ello. Dos autocares desembarcan a un centenar de turistas chinos que suben y bajan por las escaleras y se van haciendo fotos ante las esculturas y los cuadros.
—Se nota que China es la nueva potencia mundial. Son los nuevos ricos. Y eso que son comunistas. No lo entiendo –comenta MJ.
Los jardines que rodean el Capitolio nos deparan un momento emotivo, al menos a mí. En unas lápidas oscuras que circundan la imagen en bronce de un aguerrido marine con el fusil ametrallador en una mano y el casco en la otra, figuran los nombres de los originarios de Utah caídos en las guerras de Vietnam, Laos y Camboya año por año, desde 1963, el inicio, hasta 1975, la retirada, una lista con nombres y apellidos, edad e información de si fue muerto o desaparecido en combate cuyo cadáver no se pudo recuperar. El marine de bronce lo esculpió Clyde Ross Morgan, quizá un veterano del conflicto. La edad de casi todos ellos oscila entre los 18 y los 25 años. Engañados por soflamas patrióticas de los gobernantes norteamericanos que se enfangaron en la jungla vietnamita, las vidas truncadas de esos muchachos se ofrecieron para nada, como suele ser habitual en todas las putas guerras que nunca se producirían si los que las declararan fueran los primeros en marchar al frente. Pero hay un detalle que me conmueve especialmente porque de él podría salir una narración o, quien sabe, una novela. En el año 1973 el único muerto de Utah fue el desafortunado Ferrel B. Wiggins. No hubo víctimas del estado en el 74. Pero en el año 1975 hubo sólo 2 víctimas, frente a las cuarenta, cien, o doscientas que hubo en los años más crudos de la guerra: Orin J. Poulton y June W. Poulton. Deduzco que esas dos víctimas se produjeron en plena desbandada del ejército invasor, cuando la guerra se dio por perdida, y esos dos norteamericanos de Utah tuvieron la pésima suerte de ser los últimos de esa guerra salvaje y sin sentido. Pero cuando me fijo en la edad de los fallecidos me sorprendo aún más: 58 y 55. No eran soldados. A esa edad no se va al frente. ¿Qué eran entonces? Y sigo sorprendiéndome cuando leo los nombres y me doy cuenta de que se trataban de marido y mujer. En Saigón, en pleno caos antes de que entraran los guerrilleros del Vietcong, un matrimonio de edad considerable es dinamitados quizá en su coche cuando se dirigen al aeropuerto a tomar ese último avión que los repatriaría a Estados Unidos. ¿Por qué el matrimonio  de Utah se esperó al último momento para abandonar Vietnam? Un misterio. Una historia. Pero Google me la desmonta, o me ofrece diferente, cuando pongo el nombre del matrimonio en el buscador. Los Poulton de Utah trabajaban para el ministerio de Defensa y su avión, un Galaxy C—5 se estrelló cuando evacuaban a 243 huérfanos vietnamitas. Todos murieron, incluidos 44 civiles que iban en el vuelo, los 16 miembros de la tripulación y dos nurses que formaban parte de la operación Babylift.
Hay más historias conmovedoras en ese pequeño monumento a los caídos de Utah por la nada absoluta. Entre la hierba, bajo los pies de ese aguerrido marine de bronce que parece sacado de la película Platoon de Oliver Stone, un trasunto de Willem Defoe de rodillas cuando se eleva el helicóptero y es abandonado en la jungla, hay un pliego manuscrito entre ramos de flores ya marchitas. Lo coge y lo lee MJ.
John Parker, be it known that as long, as hi reside on this planet, you are remembered, missed e loved! You gave the ultimate for a corrupt war apathetic public. I look forward to seeing you again my brother. John Bennell.
Que podría traducirse libremente:
John Parker, quiero que sepas que siempre, mientras viva en este planeta, te recordaré, perdido y querido. Diste tu último aliento por una guerra corrupta y un pueblo apático. Espero verte de nuevo, mi hermano. John Bennell.
Juan J.E. Parker, de Utah, murió en 1969 en esa guerra bastarda y es uno de la lista de nombres que llena ese muro negro de mármol a los pies del Capitolio. Tenía 22 años, no sé más. Casualmente fotografío su nombre con el año de defunción sin saber que es el que figura en ese pliego manuscrito hasta que no llego al hotel y amplio una foto que tomé del muro. John Bennell, otro combatiente, un compañero de trincheras, un amigo de cuartel, rancho y borracheras de la primera guerra retransmitida en directo con toda su suciedad y muerte, no le olvida después de 44 años. El trauma del soldado John Bennell. Otra historia.
El soldado Parker dio su vida por una guerra injusta y bastarda, por una guerra de mentiras e innecesario que sólo produjo muerte y destrucción. Faltan más nombres allí, los de las modernas guerras de Irak y Afganistán que quizá estén labrando en otro nuevo muro que añadirán, tan bastardas como la de Vietnam.  
Con todos esos nombres y sus historias en la cabeza cogemos el coche y lo aparcamos cerca del Temple Square. En esa manzana mormona se halla la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Una revelación le sobrevino al profeta mormón Brigham Young en forma de plano y el templo se elevó en ese lugar tras 40 años de obras, finalizándose en 1893. El Tabernáculo Mormón no es una gran obra de arquitectura. Flanqueado por seis torres que acaban en cúpulas puntiagudas, su estilo recuerda vagamente al gótico por la forma de las ventanas, y al Empire State Building de Nueva York, que quizá se inspirara en ese templo mormón.
Joseph Smith, del que hay estatúas por varios lugares de los jardines circundantes, y también de su hermano Hyrum, otro santo mormón, y en un pequeño museo que se levanta frente al tabernáculo inaccesible a los no fieles, fundó la iglesia en 1830, en Fayette, Nueva York. El profeta fue linchado en Illinois y Brigham Young condujo a los mormones a Salt Lake City.
El actual presidente de la iglesia es Thomas S. Monsom de físico inquietante. Ataviado con traje y corbata, como todos sus misioneros masculinos, los mormones de ahora parecen llevar en sus genes la rigidez de la vestimenta desde tiempos de los hermanos Smith, sus fundadores, que también eran tipos elegantes de chaqué y levita. La iglesia, como buena parte de las religiones de Estados Unidos, es un negocio fructífero a juzgar por los edificios con empaque que rodean el Tabernáculo, y por ello hay un rascacielos de oficinas muy próximo a Temple Square. Los mormones, como otros miembros de otras sectas religiosas, se ayudan entre ellos y Dios recompensa su esfuerzo con dinero y poder. La suya es una religión de ricos, aunque destinen parte de sus fondos en edificar escuelas y hospitales en África. Una especie de masonería con la que comparten algunos de sus símbolos. Salt Lake City es una ciudad rica, y gente bien son los mormones cuyas creencias ultraortodoxas chocan con el mundo moderno. El hombre está para proveer el hogar y la mujer, para cuidar de la prole y del marido. Rechazan la homosexualidad, evidentemente. Y sólo una escisión de la religión mormona sigue practicando la poligamia, como estaba establecida en el Antiguo Testamento.
Mientras deambulo por el museo espero, en vano, que todas esas chicas misioneras que, como sus tocayos masculinos, van en pareja, se acerquen a convertirme. Me sonríen amablemente, me saludan, pero no se atreven a abordarme. Quizá deben pensar, por mi aspecto, que soy un pope disfrazado de turista de la iglesia ortodoxa griega. Siempre había visto misioneros masones que se caracterizan por su juventud, corte de  pelo a lo marine, llevar traje y corbata, aunque haga un calor sofocante, ir en pareja y llevar las biblias mormonas en sus mochilas, pero en los alrededores del Templo hay muchas más chicas que chicos, vestidas de forma muy recatada, con faldas largas de colores pastel, camisas con manga, sobre las que llevan la bandera de su país de origen, y cabellera suelta.
La casa de Brigham Young, apodado El León, está a pocos metros del Tabernáculo. El profeta vivía con seis o siete mujeres, que albergaba en esa hermosa casa de tres pisos, y los hijos que tuvo de ellas. Y en esa casa, la de El León, desentraño un misterio.
Desde que he llegado a Estados Unidos me había llamado mucho la atención que el número de las carreteras, no de las autopistas, aparecían en los carteles de tráfico en una especie de colmena. ¿Qué significaba eso? Un misterio. Pero cuando veo una colmena de piedra coronando la casa de Young, y otra sobre un imponente edificio, que parece un hotel de lujo, en donde los mormones tienen un restaurante, un cine y una sala de actos, sé la procedencia de esa señal de tráfico. La colmena también es el signo de los mormones. ¿Por qué? Las abejas son laboriosas. La religión de los mormones se basa, en el plano material, en la prosperidad económica a través del esfuerzo.  
Frustrados porque los misioneros mormones no nos abordan en los alrededores del Tabernáculo, decidimos beber cerveza, un pecado para ellos, como el café, y comer. Pero para beber cerveza, como sucede en los países musulmanes, hay que alejarse unas cuantas calles del templo, no vaya a ser que los ojos de los fieles se escandalicen, así es que bajamos un par de manzanas hasta que tropezamos con la terraza de un restaurante italiano en donde pedimos la cerveza, que sirven del tiempo y local en botella grande, y unos raviolis maravillosos rellenos de berenjenas con salsa de tomate, queso rayado y pimienta que vienen acompañados de una ensalada de rúcula. Hay aceite en la mesa, italiano aunque seguramente de España, así es que  abro el panecillo y vierto un chorro abundante. Como todo está tan bueno y hubo un día que ni desayunamos, ni comimos, ni cenamos, tiramos la casa por la ventana y MJ se pide una tarta de mousse de chocolate y yo una creme brulée que está tan exquisita como la de Seattle.
           


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