CINE / ÚLTIMO ROBO EN BERLÍN, DE THOMAS ARSLAN
No se prodiga excesivamente
el cine alemán en cuanto a películas que se adscriban al género negro, al
contrario que Francia o España, o no digamos Estados Unidos, pero Thomas Arslan
(Brunswick, 1962), un director con una larga carrera a sus espaldas, ya había
buceado con anterioridad en el noir (En las sombras, Dealer) y
hasta en el western (Gold).
Último robo en Berlín
utiliza a la perfección los clichés genéricos. Un ladrón muy profesional
llamado Trojan (Misel Maticevic), regresa a Berlín después de doce años de
ausencia y es tentado por su amigo Luca (Tim Seyfi) para embarcarse en el robo
de un valioso cuadro de un museo por cuenta de un traficante de obras de arte
llamado Thug (Till Wonka) y con un muy reducido equipo compuesto por Chris (Bilge
Bingul), un informático que se encargará de desactivar los sistemas de
seguridad del museo y una conductora experta, Diana (Marie Leuenberger), que es
corredora profesional. Lo que no saben es que el que les encarga el trabajo no
está dispuesto a pagar y les va a enviar al sicario Victor (Alexander Fehling).
Como en los mejores
filmes de Jean Pierre Melville, o de sus discípulo americano Michael Mann, en
los que Thomas Arslan bebe, se recrea una atmósfera turbia alrededor de la
trama de Último robo en Berlín, sus personajes son fríos e implacables, nada
se sabe de su pasado, la planificación del atraco y su realización copan buena
parte de su metraje, la violencia seca resulta muy real, las persecuciones en
coche resultan espectaculares sin que haya fuegos de artificio como sucede en
los filmes norteamericanos que pecan por exceso, y el espectador se sumerge en
ese ambiente desgarrador y enrarecido de perdedores que malviven al margen del
sistema y que su director capta tan bien con una perfecta caligrafía
cinematográfica.
Hay en Último robo en
Berlín una soberbia perfilación de personajes, sobre todo el de Trojan, el gélido
protagonista que recuerda un montón a Stanley Baker y ya había trabajado con el
director, y Diana, la conductora, que parece su doble, físicamente y de
carácter, y un dominio del ritmo narrativo en esta historia envolvente y
desasosegante sin concesiones ni guiños a la platea de cuyo guion también es
responsable Thomas Arslan. La fotografía metálica de Reinhold Vorschneider, que
saca partido a los ambientes nocturnos y juega con las luces y las sombras
siguiendo la tradición del cine expresionista alemán, y la efectiva banda
sonora de Ola Flottum redondean un producto muy recomendable para los fans del neonoir
y del buen cine.
UNA NOVELA NEGRA SOBRE FONDO BLANCO. CLAUSTROFÓBICA, OBSESIVA, GÉLIDA. LA HISTORIA DE UN FORASTERO QUE LLEGA A UNA POBLACIÓN PERDIDA DE ALASKA HUYENDO DE SU PASADO.
Si pensar a lo que se refiere Virginia Wolf es darle vueltas a lo que estás leyendo y, luego, a lo que has leído, incluso de cuando en cuando durante semanas, o meses te vienen escenas, imágenes, reflexiones de la novela. Y si sentir es experimentar en ocasiones escalofríos, entonces esta es una buena novela a la manera de Virginia Wolf. Hasta carámbanos sentía cada vez que me sentaba a leer Yakutat, y el cuchillo se me clavaba en todas las junturas del cuerpo. Una nueva novela de José Luis Muñoz que me ha encantado, su lectura me dejó la sensación de haber hecho un emocionante recorrido literario, marcado por la ambición del autor que, como es habitual, cumple con creces su objetivo. VÍCTOR CLAUDÍN en CALIBRE 38
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