sábado, 22 de diciembre de 2007

LA NAVIDAD

REGALE LIBROS, POR FAVOR
En esta época de regalos que se avecinan bueno sería romper una lanza por los libros. ¿Hay mejor regalo que un libro? Dificilmente. Se dice de ellos que son caros. ¿Caros? Menos de la mitad de lo que cuesta una comida, que es un placer inmediato. Un buen libro puede proporcionarte placer durante semanas, meses. Un libro pasa de generación en generación, de padres a hijos - la mitad de mi biblioteca la heredé de mis padres y la mía la heredarán mis hijos -, se puede prestar - algo totalmente desaconsejable: los libros que se prestan no los vuelves a ver - y que se pueden leer en cualquier parte. Un buen libro perdura en la memoria durante mucho tiempo. Un libro nos hace soñar, conocer lugares en donde nunca hemos estado y que, quizás, visitemos a raíz de esa buena lectura Un libro nos puede servir, incluso, para conciliar el sueño - ese libro que se nos cae encima de la cabeza, mientras estamos en la cama -, puede ser fuente de discusiones, nos puede instruir deleitando, gozar, hacer sufrir, reflexionar. Un libro es, incluso, un objeto de decoración. Una librería bien surtida es una satisfacción intelectual, aunque tambien fuente de angustia - ¡Cielos, la de libros que tengo pendientes de leer y el poco tiempo disponible! -. Un libro huele a papel, a tinta. Si el libro es un coñazo, pues se deja y se toma otro. Regalar un libro a una persona es decir que la conoces, sabes de sus gustos, que la amas incluso. Se regalan libros con amor, como se regalan rosas. El libro se toma, se olfatea, se devora. El libro hace posible que nos conectemos con escritores que hace siglos dejaron de existir y dejaron constancia de su arte en ellos. Hay libros clásicos, tostones, imprescindibles, transitorios. Hay libros que se releen al cabo de los años. Hay libros que te dejan una honda impresión en el alma, porque estás escritos para eso. Libros que te estremecen por lo que destilan. Libros para evadirte del mundo gris que te rodea. Y cada libro es un mundo en si mismo, la ventana abierta a otra realidad que nos aguarda allí, en los anaqueles de las librerías, llamándonos para que los compremos. Regale libros, por favor.

Y cuatro propuestas, barriendo para casa, cuatro libros con premio (Camilo José Cela, Diputación de Córdoba, Francisco García Pavón y Café Gijón) editados por Algaida y disponibles en las librerías.

Macario, un ex miembro de la banda terrorista ETA que vive un exilio dorado en Caracas como asesor literario de una importante editorial venezolana, recibe la visita de dos de sus camaradas para que se reincorpore a la lucha armada porque la organización sufre un profundo descalabro. Su negativa a hacerlo provocará un rosario de anécdotas violentas y persecuciones en las que se verán implicados los etarras, los servicios secretos españoles, la policía venezolana y las bandas de violentos delincuentes de los cerros de la capital. La situación de este vasco aclimatado al Caribe se complicará sobremanera cuando entre en su vida La caraqueña del Maní, una espléndida y sensual mulata que conoce en una sala de fiestas de la capital.

Simón Romero en el New York Times

"There are now about 300,000 Spaniards in Venezuela, many of whom moved here in search of opportunity before Spain’s economy lifted off in the 1990s; many of them are less than thrilled about the insults to Spain.The influx, in fact, has strengthened bonds between Venezuela and Spain, and they are reflected here in cuisine, music, trade, even novels. One book published this year, “La Caraqueña del Maní,” by the Spanish writeJosé Luis Muñoz, captures the complexity. The protagonist is a Basque exile seeking a new life amid the demimonde here of salsa bars and Iberian eateries.Over a meal of Txakolí wine and Idiazábal cheese, he sums up how the New World, despite its occasional outbursts against Spain, still fascinates the Old. “Venezuela is a friendly country,” Mr. Muñoz says, “and if one is lucky not to be caught in the middle of a gunfight, well, it’s almost paradise.”

Gregorio León en La tormenta en un vaso.
"Una novela excepcional de un autor que supone una apuesta segura"
"Un homenaje a la capital de Venezuela, presentada con todas sus contradicciones y contrastes"
"Una femme fatale caribeña, La caraqueña del Maní, que esconde la traición debajo de su piel de chocolate"


Lilian Neuman en Culturas / La Vanguardia.
"José Luis Muñoz añade dosis de violencia, política y erotismo a una historia absorbente"
"Una novela política que nos llena de interrogantes"
"Un compacto y absorbente libro que nos involucra a todos en un problema moral"
"Un cruento relato del mal que aqueja no solo a Venezuela"
"Caracas, el cielo y el infierno"


Teresa Cantalaína en Qué Leer.
"Este especialista en novelas negras con personajes que transitan por el lumpen sin perder su brillo, nos lleva en esta ocasión a Caracas con una seductora historia caribeña"
"Una novela que nos permite transitar por una ciudad dura pero también voluptuosa"


Matías Néspolo en ADN
"Un thriller político comprometido y de rabiosa actualidad".
"Contundente mezcla de thriller político y novela policial"

Para comprar clique La caraqueña del Maní

En un vertedero de La Habana aparece el torso de una mujer sin cabeza. Rodríguez Pachón un policía desencantado, lector de Faulkner y Hemingway, y devoto del viejo cine negro norteamericano se hace cargo de la investigación auxiliado por el joven Vladimir. Dos agentes de generaciones muy diferentes que habrán de bucear en el submundo caribeño que nada tiene que ver con el paraíso prometido en las agencias de viajes.
Entre el son, las jineteras, los mojitos y daiquiris y los viejos palacios desconchados se desarrolla esta intriga policiaca, a través de una vorágine de violencia y camino de un final de un final tan sorprendente como inevitable.
José Luis Muñoz pinta en ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRIGUEZ PACHÓN, que obtuvo el IV Premio de Novela Diputación de Córdoba, el retrato colorista de una de las ciudades más hermosas y sensuales del mundo, pero acercándose – dijo Javier Rioyo, miembro del jurado – “con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad”.

Javier Rioyo: "La Habana es muy contradictoria y el autor refleja el intercambio carnal de la isla y no huye de acercarse con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad cubana"


Andrés Soria: "La novela seleccionada lanza una mirada sobre el castrismo que no es nada amable, pero que probablemente guste menos en Miami que en la propia ciudad de La Habana"


Almudena Grandes: "La novela evidencia un gran dominio del lenguaje y una capacidad indiscutible para relatar historias. Es una novela policíaca que acontece en La Habana y relata de forma muy singular la vida cotidiana de la ciudad con una dosis considerable de ironía y sarcasmo. Destaca la estructura y lo bien construida que está, ya que una vez que se empieza no se puede dejar de leer”


para comprar clique Último caso del inspector Rodriguez Pachón

Mike Demmon es un vendedor de seguros que pasa la vida en la carretera y odia el juego por oscuras razones familiares. Una avería en su automóvil le llevará hasta Las Vegas, y su profundo desprecio por la meca del juego se ira convirtiendo en fascinación, hipnotizado con el neón de sus luces y el tintineo de las monedas en las máquinas de juego, la lluvia de niquel.

Lluvia de niquel es una novela envolvemte y atmosférica sobre la pasión destructiva del juego y la soledad entre multitudes, la crónica del descenso a los infiernos de un personaje sin redención posible, con la que José Luis Muñoz rinde tributo - como ya lo hiciera con MALA HIERBA - a los maestros del género negro norteamericano. La falsa alegría de Las Vegas, paradigma de la doble moral norteamericana, es retratada aquí como una tentadora Babilonia en medio de una sociedad calvinista y en una época en la que el país debe decidir entre el liberal Dukakis y el duro Bush padre. Un relato duro y sin concesiones que narra un viaje a la parte más oscura del ser humano.


Juan Bas en El Correo
Lo pensé al leer la excelente novela de José Luis Muñoz 'Lluvia de níquel' (Editorial Algaida, 2004), la cual les recomiendo con entusiasmo. En sus páginas, el autor describe a la perfección el sonambulismo, desorientación y 'vampirizamiento' que sufren los jugadores de máquinas tragaperras en los casinos de Las Vegas, donde no hay ventanas ni relojes para que se pierda la noción del tiempo, las copas son gratis y la comida muy barata. Llama la atención en la novela el que los pobres diablos se tiran horas y horas jugando con máquinas mecánicas, de palanca y de composición muy simple: tan sólo tres rodillos de frutas; el premio máximo son las tres cerezas.


Jesús Lens en El Ideal
José Luis Muñoz ha conseguido que el calor del desierto se te meta dentro, que te sientas morir cuando la ruleta gira y la bolita va saltando de casilla en casilla o que disfrutes con algarabía cuando un pobre diablo alinea las tres cerezas en una máquina tragaperras que empieza a vomitar, generosamente, una lluvia de monedas que otras decenas de desgraciados han ido depositando en esos ladrones de metal, vampirizadores, chupasangre y roba-almas.
Venía tan bien recomendada por los lectores más fiables que cogí la novela con verdadera ansia, temiendo, en mi fuero interno, que luego no fuera para tanto, llevándome un chasco morrocotudo. No fue así. No sólo está a la altura anunciada sino que, para los amantes del juego y la literatura, su lectura es tanto un intenso placer… como un riguroso y adictivo aviso para navegantes.

Librería Itaca de Gijón

"Impresionante novela ambientada en el mundo del juego en Las Vegas. Muñoz es uno de los grandes escritores del género en España, aunque su nombre haya sonado menos que el de otros... un autor diez."


Donatella La Viola en la RAI
In questo romanzo lineare e ben costruito, Muñoz è riuscito a raccontare la vertiginosa caduta verso il male di chi viene rapito da questo vizio così sottile e inizialmente inavvertibile da prendere il nome di un divertimento, di un gioco appunto. Lo scrittore spagnolo parla di persone che, dimentiche del resto del mondo o forse proprio per non pensare alla propria vita, lasciano tutto in una slot machine, compresa la propria dignità. Descrive vite che hanno perso il senso del reale ma anche angoli di speranza nascosti tra coloro che sono rimasti a casa.

Para comprar clique aquí Lluvia de níquel

Eduardo Llampart - un abogado especializado en divorcios y escritor de novela negra en sus ratos libres - ha superado sus años de joven incoformista para convertirse en un ciudadano integrado en la sociedad de consumo y que creo tenerlo todo: un adosado en una urbanización de Sant Cugat, una esposa enamorada - a pesar de que todos sus amigos ya se han divorciado -, dos hijos y un perro. Pero un día su mujer decide operarse los pechos, su hija le pide una rinoplastias como regalo de cumpleaños e incluso su propia apariencia es criticada por toda la familia: todo ello evidenciará la fragilidad del mundo en que hasta entonces había vivido.

Ironía, destreza narrativa y un ácido sentido del humor son las claves de esta novela donde la frivolidad adquiere la envergadura de tragedia cotidiana. LIFTING mereció el prestigioso premio de Novela Café Gijón, uno delos galardones con más solera del panorama literario español que acaba de cumplir el medio siglo.

Pilar Castro en El Cutural

Ésta es, pues, una historia de desesperanzas, descontentos y desencuentros. Su acción lineal la mueve ese contexto urbano escogido para la farsa: la familia del protagonista. Él, un cuarentón que galopa hasta los 50, y trabaja día y noche para corresponder al asedio en que se ha convertido su vida desde que vive en una urbanización de adosados de lujo. Ella, una decoradora de interiores obsesionada por responder con la cirugía plástica a todas sus insatisfacciones. Detrás tres hijos ya “creciditos”. Al lado, unos vecinos ingleses que añaden a la trama la justa intriga para que la representación conduzca hacia alguna parte. Y al fondo el ruido del mundo en el que se mueven: atinada reflexión, sobre las transformaciones sociales, la vida y sus únicos asideros legítimos.

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La hermosa postal navideña es de Agueda Rubio, artista plástico. Si desean comprarle algún cuadro su correo electrónico es aguerru@hotmail.com



LA PELÍCULA


LA VIDA DE LOS OTROS
José Luis Muñoz


Brillante debut el del escritor y director Florian Henckel von Donnersmarck que con esta opera prima, que no lo parece en absoluto, logra un maravilloso equilibrio entre un guión casi perfecto y su puesta en escena, y consiguió, merecidamente, el oscar a la mejor película extranjera en la última edición de los premios de Hollywood. Brillante y curiosa a la vez por cuanto, alejándose de los estereotipos del cine de espionaje, al que pertenece temáticamente, renuncia a todos los elementos pirotécnicos de los thrillers al uso, a la intriga, a la acción, incluso a la denuncia política - aunque ésta es inherente a la narración por cuanto transcurre en un periodo critico de la antigua RDA a punto de unificarse con la Alemania del Oste gracias a la glasnot de Gorbachov -, para centrarse, sobre todo, en el aspecto humano de la historia, en la peculiar relación de amor absoluto, sin ningún tipo de contraprestación a cambio, que siente un capacitado espía de la Stasi, la policía de la Alemania del Oeste, hacia el dramaturgo y su amante que vigila obsesivamente las 24 horas del día.
Gerd Wiesler (una extraordinaria interpretación de Ulrich Mühe, actor de mirada impávida que pertenece a la raza de los que actúan sin mover un músculo de la cara), capitán de la Stasi, leal defensor del régimen y profesor de espionaje estatal en Alemania del Este, recibe de las más altas estancias establecer un sistema de escuchas sobre Georg Dreyman (Sebastian Koch, el oficial nazi en El libro negro), prestigioso dramaturgo al que se le considera libre de toda sospecha, y su novia, la actriz de teatro Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck, Deliciosa Martha), que es su pareja sentimental. Durante meses el disciplinado y gris oficial de policía se involucrará, a través de las escuchas, en la vida cotidiana de los dos amantes cuyas bohemias existencias se manifiestan como contrapunto a su vida monótona y gris. Contra su voluntad, a medida que irá conociendo a los personajes y todos los avatares que afectan a su relación – la actriz de teatro, para triunfar, deberá dispensar favores sexuales a uno de los jerarcas del régimen – crecerá la fascinación y el afecto que el miembro de la Stasi, hasta ahora un probo funcionario que nunca se ha planteado cuestionar en lo más mínimo el sistema, hacia la pareja espiada hasta el punto de que, en un determinado momento, cuando está a punto de producirse la detención del escritor por un artículo critico sobre los suicidios en la Alemania del Este aparecido de forma anónima en una revista de la Alemania del Oeste, se implicará para favorecerle y ocultará una prueba comprometedora.
La película, aunque larga, nunca decae; el guión está lleno de sutiles efectos espejo y sus temas emergen sólo gradualmente. Con un tono gris y monocorde – atención especial a la fotografía, muy conseguida, de colores fríos -, ajustado al momento y a la época que retrata – la película termina con la caída del muro de Berlín -, en ocasiones algo morosa – el film tarda algunos minutos en arrancar y los prolegómenos del protagonista en la academia de la Stasi, adiestrando a futuros espías, quizá sea de lo más desacertado de esta interesente película – La vida de los otros retrata con fidelidad un período reciente de nuestra historia europea y lo hace pergeñando esa extraña historia de amor y afecto entre contrarios en la que la felicidad, relativa, de los espiados hace ver al espía su infelicidad, su soledad absoluta y lo absurdo de su cometido.
La forma en que está definido el personaje de Gerd Wiesler – busca desesperadamente el afecto, aunque sea pagado, en brazos de una vulgar prostituta que se niega a estar más tiempo con él; indaga, casi de forma automática, por el nombre del padre de un niño que le pregunta, jugando, si es verdad que trabaja para la Stasi; entra en éxtasis cuando escucha la música favorita de los espiados porque así, de alguna manera, se conecta a ellos – es quizá lo más destacado de esta película que retrata con acierto la soledad y vacuidad de un gris funcionario que vive a través de la vida de los otros – acertadísimo y definitorio título, por cierto – y que a través de ella, involucrándose y poniendo en riesgo su estatus dentro de la policía – acaba su vida profesional abriendo cartas en unos oscuros sótanos – consigue su redención moral. Hermoso plano final, en una película llena de desesperanza y momentos trágicos, el del protagonista, convertido en cartero de la Alemania reunificada, comprando el último libro del espiado autor Georg Dreyman y comprobando que se lo ha dedicado a él.





viernes, 21 de diciembre de 2007

EL ARTÍCULO


Publicado en El Periódico 22/12/1994
ESTRÉS NAVIDEÑO
JOSÉ LUIS MUÑOZ
Unas fiestas que deberían ser de paz, sosiego, reflexión, reencuentro, se convierten por obra y gracia de un fenomenal montaje comercial, del que todos participamos alegremente, en una carrera de osbtáculos.

La tradición navideña es algo que se mantiene y, lejos de remitir, va en alza, pese a los tiempos de crisis en que nos hallamos inmersos. La Navidad se ha despojado de su origen de conmemoración religiosa para ser, sobre todo, fiesta hogareña - la imagen de la familia dispersa que se reune alrededor del fuego del hogar y olvida sus diferencias en una comunión anual de paz y forzada felicidad - y convertirse en la tradición social más arraigada de nuestra época.
Se habla del espíritu navideño como el afloramiento, por un solo día, de nuestros buenos sentimientos. Hasta las guerras intentan detenerse durante unos breves instantes, aunque sólo sea unas horas, para cumplir con la tregua navideña. Los etarras dejarán de asesinar, los palestinos y judíos de matarse y sobre Sarajevo no caerá ningún obús. En un plano más cotidiano obviaremos nuestras diferencias con nuestro jefe, detendremos las discusiones con nuestros cónyuges y sellaremos una paz con nuestros hijos, ya que la Navidad conlleva un aplazamiento de las rencillas hasta después de las fiestas. Si no queremos ser tan despreciables como Scrooge, el siniestro personaje avaricioso de Cuentos de Navidad de Charles Dickens, hemos de amarnos con una sonrisa de felicidad plena y ser capaces de desearle Feliz Navidad a nuestro peor enemigo.
Ya hace bastantes años que las Navidades han perdido su fuerza espiritual y han sido fagocitadas por el consumismo, la excusa religiosa se ha difuminado en un ceremonial pagano que halaga los sentidos. La sociedad ha dejado poco margen a la imaginación particular de cada cual y ha diseñado con rigidez lo que debe ser la celebración de estas fiestas. Existe un componente lúdico-gastronómico muy importante - no se concibe una buena Navidad sin un derroche desmesurado de comida, y su capacidad y excentricidad está en relación directa con el estatus social de los celebrantes - sin el cual la fiesta no parece posible. Al igual que los pueblos primitivos, no concebimos una celebración sin el sacrosanto rito del banquete. Se olvidan las penurias económicas por un día y se echa la casa por la ventana. Por las mesas navideñas corre con generosidad la comida y la bebida. Se como y se bebe con los ojos, se asocia alegría a desmesura, y lo que empieza como placer de los sentidos termina siendo una prueba de fuego para nuestras vísceras.
Hay un segundo rito navideño que aún adquiere más tintes de pesadilla: el regalo. En Navidad hay que regalar, y esa idea, que le viene de perlas a la sociedad consumista en la que estamos inmersos, se asume como una obligación, cuando la esencia del regalo debiera ser su caprichosidad e imprevisibilidad. Desde los medios de comunicación sufrimos un incesante bombardeo publicitario 30 días antes del evento. Los anuncios de perfumes de acento francés se multiplican por mil y se convierten en las verdaderas estrellas de la programación. Comprar los regalos no sólo supone un importante dispendio económico, que luego nos hará encarar con terror la consabida cuesta de enero, sino sobre todo una ingente inversión de tiempo si se quiere contentar al cónyuge, hijos, padres, suegros, abuelos, tíos, cuñados, sobrinos, amigos, etcétera.
Hay regalos de compromiso, de trato de favor, de correspondencia, para quedar bien, personalizados, hilarantes, inútiles, íntimos, equivocados, hasta insultantes, aunque el mejor regalo, sin duda, es el que uno mismo se hace, pues es el que menor margen de error contiene. No mejor lo pasan los pequeños. A la hora de confeccionar la famosa carta a los Reyes y a Papá Noel, o las dos, les pesa como una losa los interminables cientos de minutos de publicidad con los que han sido bombardeados sin piedad desde la televisión y que les bloquean sus mecanismo de volición. Muñecos articulados, muñecas Barbie, muñecas que hacen caca, tienen la regla, paren, todo tipo de vídeo-juegos, más algunos juegos de salón, componen el muestrario en el que se pierde el niño. Elegir, para ellos, es una tarea tan ardua que por lo general se limitan a pedir todo lo que se anuncie por televisión, y una caterva de juegos inútiles, que irán a parar al cubo de los desperdicios sin ni siquiera haber sido utilizados, se almacenarán en sus cuartos de juegos.
Según un reciente estudio de la Unión de Consumidores de España, los españoles pulverizamos durante estas fiestas navideñas la respetable cantidad de 50.000 pesetas por persona. Quien se dedique a contar los miembros de su unidad familiar a la vista de estos datos y hacer la multiplicación correspondiente de esa cifra no podrá sustraerse a un escalofrío. Y de esas 50.000 pesetas, 13.000 se evaporan exclusivamente en comida.
Unas fiestas que deberían ser de paz, sosiego, reflexión, reencuentro, se convierten por obra y gracia de un fenomenal montaje comercial, del que todos participamos alegremente, en una carrera de obstáculos a cuya meta llegamos estresados y con el colesterol disparado. Estamos todo el año en tensión por motivos laborales, sociales, políticos y familiares, y lo clausuramos con unas jornadas pretendidamente lúdicas pero que encierran tanta tensión como las del resto del año y que nos obligan a realizar un esfuerzo extraordinario sin torcer la sonrisa.
En los últimos días nos lanzamos a tumba abierta en mercados, supermercados y tiendas de juguetes para realizar las últimas compras. Y en enero, cuando despertemos con resaca, encontraremos en nuestra cuenta corriente el resultado del despilfarro.


EL BILLETE

Publicado en El Periódico
AMOR POR LOS LIBROS
JOSÉ LUIS MUÑOZ

La bibliofilia no está considerada como una perversión, aunque lo pueda parecer por lo que tiene de fetichismo. A mi padre, que viv¡a rodeado de libros y suspiraba por ellos, y a una biblioteca pública de Gracia, en donde devoraba con fruición las novelas de Jack London y Joseph Conrad, debo la devoción que siento por lo libros y que me lleva a deambular por cuantas librerías tropiezo perdiendo en sus anaqueles la noción del tiempo.
Estamos en un país que se publica mucho, se compra en fechas señaladas y se lee poco. Con los libros, como decía Jorge Luis Borges, debían vender también el tiempo para leerlos, ya que no vivimos suficientes años para abarcarlos todos, ni siquiera los que más nos interesan, y esto nos obliga a dosificar dramáticamente nuestras lecturas.
En pleno auge de la cultura audiovisual y de la telemática se puede tener la tentación de hablar de la obsolescencia del libro, pero no es así. Aparecen en nuevos soportes, como los libros en CD para ser visualizados en las frías pantallas del ordenador, pero difícilmente podrán sustituir al libro tradicional que auna un cúmulo de sensaciones ópticas, táctiles y olfativas que hacen más placentera su lectura. Y además a un libro te lo puedes llevar de viaje, al sofá y hasta a la cama.

EL VIAJE

Publicado en la revista VIAJES NATIONAL GEOGRAPHIQUE nº 13 DICIEMBRE 2000
VALLE DE ARÁN, UN PARAÍSO CERCANO
texto y fotos: José Luis Muñoz
Aislado durante siglos, ha sabido conservar casi intacta, la pureza de los mejores paisajes pirenaícos.
El cambio de estación flota en el ambiente. Ha nevado en el Aneto y el viento lleva hasta los confines del valle el olor a nieve, un aroma frío y limpio que junto al de los leños ardiendo en las chimeneas de las hermosas casas y el aliento apetitoso que desprenden las carnes dorándose en las brasas, configuran el cambio de la estación y lo hacen entrar por los sentidos, un tránsito que hermosea la montaña y la viste de ocres antes de ponerle el manto blanco de la hibernada. El Val d'Aran, una vez más.
En este paraíso de 633 km. 2 - el 1,9% de la extensión de Cataluña - de bosques y prados cubiertos por flores y coronado por altivos picachos, más cerca del cielo que de la tierra y orientado hacia el Atlántico, hay más naturaleza que casas, más lagos que pueblos, más fauna - rebecos, ciervos, jabalíes, urogallos, marmotas, vacas, caballos, ovejas y osos - que personas. ¿Qué lo hace tan distinto a los otros valles pirenaicos? Quizá en su forzado aislamiento esté la clave de tanta belleza. Una muralla de roca sellaba el valle y, hasta que no se abrió el túnel de Vielha en 1948, el único paso natural con España era a través de los puertos de Vielha, impracticable en cuanto caían las primeras nieves. Estas duras condiciones geoclimáticas hicieron de la Sanghri La de los Pirineos un territorio aparte habitado por unas gentes que no son catalanes, ni castellanos, ni franceses, sino araneses, habitantes de un micropaís con territorio delimitado por fronteras naturales, con una unidad paisajística, idioma, estilo arquitectónico peculiar, gastronomía e instituciones políticas propias que giran alrededor del Conselh Generau d'Aran.
Subo a Plan de Beret, un rito iniciatico que efectúo cada vez que regreso a Aran, por una carretera que serpentea en un ascenso continuo hasta la cota de los 1.800 metros, y el valle queda abajo con sus casas de bellos tejados de pizarra y sus chimeneas humeantes destacando sobre el tapiz verde del paisaje. No hay más seres vivos que un grupo de tripudos caballos de carne de largas crines que relinchan antes de hacerse a un lado de la carretera. El silencio va a durar dos meses, la quietud se ha de truncar en diciembre cuando la nieve llene la oquedad de los valles y los esquiadores de todo el país rueden por esta carretera, ahora vacía.
En los años cincuenta, antes de la construcción de las pistas de esquí , el Plan de Beret era uno de los parajes más espléndidos de la geografía aranesa donde, desde tiempos medievales, se reunían las brujas en las noches de aquelarre; hoy, hoteles de dudoso gusto, edificios de apartamentos y tiendas devoran lo que antes era paisaje virgen: es la contrapartida que ha tenido que pagar el Valle para conseguir el progreso económico, su peaje por ser la mejor superficie esquiable de España.
No hay esquiadores aun en el Plan de Beret, pero sí vacas, unos cientos, consumiendo los últimos pastos antes de que el invierno se eche encima y tengan que bajar a los pueblos a comer su pienso en los establos. El aire que viene de las cumbres nevadas del Aneto, de las que desde Baqueira Beret se obtiene una magnífica panorámica, corta las mejillas. No más ruido que el mugido de los bovinos y el relajante campanilleo de sus esquilas, el recuerdo de una economía tradicional, que se sustentaba en los pilares de la agricultura y la ganadería, y ahora se aboca por completo al turismo. Pero las vacas siguen para recordar a los araneses su pasado ligado a la naturaleza.
Busco el río que nace allí y configura la orografía del valle: un pequeño charco que un cartel señala como origen oficial del río Garona y, a poca distancia, el Noguera Pallaresa. Tan juntos y tan distintos, porque van a tomar caminos opuestos; uno, despeñándose desde las alturas hasta el fondo de la Val d'Aran, recorriendo 48 kilómetros hasta cruzar la frontera francesa en donde cambiará su nombre por el de Garonne que mantendrá hasta desembocar en el Atlántico, cerca de Burdeos; otro, el Noguera Pallaresa, cruzando el Pla de Beret, entre espléndidos bosques de coníferas, acariciando las vetustas casas del abandonado Montgarri , y descendiendo, cada vez más bravo, hasta Esterri d'Aneu y Sort, tras lo que tributará sus aguas al Segre, y del Segre al Mediterráneo. Dos ríos, dos mares, dos sistemas naturales distintos.
Seguir el curso del río Garona, colector común a una serie de pequeños valles configurados por sus afluentes, es la forma natural de descubrir Aran. Valles bajos, valles altos, ríos y torrentes que hacen fluir sus aguas al cauce principal, aguas que proceden de los lagos alpinos de sus cabeceras y poblaciones que se asientan en su curso, en la intersección de esas corrientes de agua cristalina, borboteante y truchera. Siempre lo mismo, y, sin embargo, siempre tan distinto, porque cada río, cada pueblo, cada lago, cada espeso bosque, cada prado es substancialmente distinto del vecino: cambian las perspectivas, las fragancias, la gama de los verdes, la sinfonía de sus aguas.

Sendas, lagos, montes y románico
En Baqueira Beret tomo la pista que recorre el valle del Ruda a través de un paisaje dominado por extensas praderías que luego dan paso a bosques de pino negro y abetales y sigue el tortuoso curso del río Saboredo. Aparco el todoterreno cuando la pista se hace intransitable y camino. Asciendo luego por un paisaje yermo y escalonado por la fenomenología glacial del cuaternario, con pequeños estanques por el camino, hilos tranquilos de agua, peñascos enormes desprendidos de los canchales entre los que, si hay suerte, se puede descubrir a las marmotas, hasta alcanzar el refugio de Saboredo, sacudirme el frío con un café con leche e intercambiar impresiones con el guarda. Ya no queda nadie en el pequeño refugio: quince días más de aislamiento y ese joven y barbado urbanita cerrará con llave la puerta y regresará a la civilización y al ruido después de tantos meses de paz. Unos pasos más y avisto el primero de los lagos del Circo de Saboredo: la superficie de agua refleja cielo, nubes, montes. Flota un silencio sólo roto por el río invisible que lo alimenta y por el rumor de los cantos rodando de las montañas hasta el fondo del lago.
De regreso, me detendo en Salardú, paseo por el entramado de su casco antiguo y me acerco a la iglesia de Sant Andrèu, magnífico ejemplar románico de transición con campanario octogonal del siglo XIV, erigido sobre la vieja torre maestra del castillo, y una espléndida portada con cinco arquivoltas sostenidas por columnas y capiteles esculpidos. Y hay suerte: la vieja y tachonada puerta de madera está abierta y me permite espiar los tesoros que guarda: el Crist de Salardú, magistral talla románica del siglo XII con cruz policromada perteneciente al taller de Erill, y el conjunto pictórico del siglo XVI en la zona presbiteral, una diminuta capilla Sixtina.
Sigo camino. Unha y Baguergé, dos pequeñas poblaciones del Naut Aran., están a un tiro de piedra. La primera edificación con la que tropiezo al entrar en Unha es la casa fortificada de Cò de Brastet, del año 1580, que todavía conserva sus defensas y los ventanales renacentistas. La iglesia, que está en la parte más alta del pueblo, data del siglo XII presenta una curiosa cubierta rematada en forma de bulbo que recuerda las típicas formas de muchas iglesias centroeuropeas. Prosigo hasta Bagergue, que se encuentra algo más arriba, junto al curso del río Unhòla. Un gos de atura sale ladrando de un portal en cuanto bajo del todoterreno, husmea mis botas, se tranquiliza y vuelve a su casa. Es mediodía y el apetito se abre paso en el estómago. Mi olfato me guía hacia un establecimiento acogedor en cuya chimenea crepitan los leños. El dueño se dirige a mí en aranés, quizá por descuido, y luego cambia rápidamente al castellano ante un ligero gesto de incomprensión por mi parte. No hay barreras lingüísticas en el Valle, como si ya hubieran tenido bastante con las naturales. Del aranés, que viene del gascón, al castellano, del castellano al catalán, del catalán al francés.
Pido una olla aranesa y una trucha. No puedo hacer una comida más sencilla ni más suculenta. Y mientras saboreo el postre, unas exquisitas crêpes rellenas de crema, le pregunto al dueño del restaurante por el estado de la pista que va de Baguerge al lago de Liat. "Hombre, la pista es peligrosa, más que nada porque bordea el barranco y hay que tener buen pulso con el volante, pero se puede transitar con precaución".
Podría ser una excusa para desistir, pero no lo hago. Me conozco las curvas, las peligrosos tramos peraltados, los torrentes que muerden la pista y la hacen aun más estrecha, pero la posibilidad de ir una vez más a Liat puede con mi sentido de la prudencia, y me pongo en ello.
Liat es uno de mis lugares preferidos del Valle, y eso que no es un enclave especialmente bello: desnudo de árboles, inhóspito, un valle alpino estrecho y alargado entre la serra de Pica Palomera y la Serra dera Comossa, que hace frontera con Francia, cubierto con hierba rala que bordea un lago mediano que desagua en un pequeño torrente y con una misteriosa sima profunda que debe bordearse con precaución. ¿Por qué me gusta especialmente este sitio? Quizá me atraiga el silencio total que reina, o la sensación de desolación que transmite con sus minas abandonadas en la mitad del monte. Vuelvo sobre mis pasos cuando atisbo la proximidad de nubes amenazadoras de tormenta.

El refinamiento de Arties
Arties, al atardecer, se recorta delicada ante la impresionante cumbre nevada del Montardo. Las torres de sus dos iglesias se iluminan: es una imagen de pessebre. Ya los romanos anduvieron por esta villa atraídos por sus aguas y en la pista que une la población con Casarilh se despedazan las bañeras y las paredes de un antiguo balneario termal . Paseo por el casco antiguo, entre exquisitas casas restauradas, cuyas balconadas adornan mares de geranios, y admiro las casas medievales de Cò de Paulet, de 1549, y la casa des Portolà, robusta torre del siglo XVI que forma parte del actual parador y de la que salió uno de los pocos conquistadores de origen catalán, Gaspar de Portalá. Cruzando el río Valarties llego hasta la iglesia románica de Santa María, declarada Monumento Histórico Artístico, y luego me dirijo a las afueras, en donde hay un par de osos en cautividad a los que he visto crecer en cada una de mis visitas al valle, copias de los que andan sueltos por las montañas y han sido objeto de toda clase de polémicas, desde ganaderos y cazadores que los satanizan por su instinto predador, a ecologistas que los ven como baremo con el que medir la buena salud medioambiental del Valle.
Anochece, el aire se hiela y se abre el apetito. Es la hora de visitar el mejor fogón del valle, Casa Irene, un clásico de la restauración, una dulce obligación de todo gourmet que se precie, excusa para dejarse caer por Arties y para visitar el valle. Esta mujer vital lleva desde el año 1974 creando platos innovadores y ligeros, dentro de una rigurosa tradición, y ha alimentado a monarcas, jefes de gobierno, hombres de negocios, artistas, turistas y excursionistas. Irene España, que ahora ha delegado en su hijo Andrés Vidal la cocina y la administración de su pequeño hotel, es tan buena cocinera como anfitriona, y en ese amor a todo lo que hace, que ella denonima simplemente profesionalidad - "Para mí tiene la misma importancia el primero que el último día de la temporada" -, reside la clave de su merecido reconocimiento. Recompongo fuerzas y gozo de su exquisitez culinaria.
Aunque la noche es fría, la cena me aconseja deambular por los pueblos de Aran. Escunhau tiene casas notables, como Cò de Jançò y Cò de Pejuan, con un escudo nobiliario de 1393, que es el más antiguo de la Val d'Aran. El edificio de la iglesia de Sant Pèir, s. XI y XII, famosa por la cubierta del campanario del s. XVII en forma de apagavelas octogonal, se vislumbra en lo alto del pueblo. Hay que abrir la puerta metálica que cierra el cementerio y pasar entre sus tumbas para admirar su magnífica portada, pero el acto no tiene nada de macabro y la recompensa a la incursión nocturna en el camposanto bien merece un pequeño escalofrío: las figuras esculpidas en las columnas, las pequeñas cabezas que hacen de capiteles y el Cristo que preside nos hablan de un arte románico primitivo cuajado de símbolos paleocristianos.
El cielo está estrellado: mañana hará buen tiempo. Quizá sea una buena idea retirarse a dormir. ¿Dónde? Puedo dormir como un príncipe en los dos paradores nacionales ubicados en el valle, reposar en alguna de las cientos de casa rurales que por módico precio ofrecen cama y desayuno, o pernoctar en esos pequeños hotelitos con encanto, cómodos, acogedores, exquisitamente decorados. Opto por esta última oferta y caigo rendido en la cama, dispuesto a dormir ocho horas y levantarme sin ayuda de despertador no bien despunte el sol.

Sauth deth Pish y Artiga de Lin
La luz que se filtra por la contraventana me despierta. La entreabro y entra una bocanada de aire perfumado a heno. Soy casi el único cliente del pequeño hotelito. El desayuno es copioso, con buena leche, aceptable café, embutidos del valle, incluido un delicioso paté, mantequilla, mermelada y algunas piezas de bollería. La dueña es locuaz, o quizá es que le mueva a piedad mi situación de solitario huésped.
El día se presenta hermoso y el sol caldea el aire y evapora la humedad de la noche que ha olvidado jirones de niebla en las oquedades más recónditas. Salgo rumbo al Saut deth Pish, cuyo acceso se localiza en el Puente de Arros, recorro 15 km. de pista aceptable por una espléndida zona de prados y bosques y llego hasta la cascada más espectacular de la Val d'Aran: 25 metros de caída. Un privilegio contemplarla casi en privado, descender por el pendiente repecho de la montaña hasta donde chapotea incesante el grueso chorro de agua, sentir en el rostro la humedad de sus miles de gotas y dejarse ensordecer durante unos minutos por su fragor.
Regreso a la carretera principal y me dirijo a Es Bodes, de dónde sale la pista a La Artiga de Lin que se prolonga 8 kilómetros a lo largo de la Val de Joeu subiendo hasta los 1800 metros. Los Uelhs deth Joeu, manantiales por los que aflora una importante cantidad de agua procedente del Forao d'Aigualluts, bellísimo enclave del valle de Benasque, están escondidos; hay que dejar la carretera y bajar por una empinada senda guiándote por el oído: el agua baja a borbotones, con ímpetu, saltando por encima de rocas, troncos atravesados, cualquier obstáculo. El agua me amansa, hipnotiza, me obliga a contemplarla desde un tronco caído-banco. Sigo hasta Plan dera Artiga. Me tumbo en el colchón de hierba, un rato, al sol del otoño, mirando a las montañas de enfrente fijamente, hasta que bailan, se alejan, crecen.

Vielha, antes Vetula
El tiempo se mide de otra manera entre estas montañas. No es ni siquiera mediodía y aun me sobran unas horas para perderme por las calles de Vielha, la antigua Vetula, capital del Pagus Aranensis romano, hoy Vielha, o Viella, capital del Valle de Arán, centro comercial y de servicios en lo que lo moderno y lo antiguo conviven.
El Museu dera Val d'Aran, ubicado en la antigua casa solariega del s. XVI Tor deth Generau Martinhon, resulta imprescindible para comprender mejor la realidad, historia y tradiciones de este singular enclave pirenaico. Soy su único visitante. Paseo luego por las calles de Vielha, junto al río Nere que la atraviesa impetuoso buscando sumar sus aguas al Garona, hasta llegar a la Iglesia de San Miguel, un edificio románico de finales del s. XI, modificado en los siglos XIII y XV, que destaca por su campanario octogonal y el alto techo apuntado con tres naves desiguales y tres ábsides. En su portada gótica el arcángel guerrero preside las 59 figuras en relieve, que representan la Resurrección, las figuras inferiores, y la Gloria, las superiores, con Jesucristo flagelado y curando a un enfermo. Dentro, su retablo mayor, del siglo XV, es un bellísimo ejemplar gótico, pero la joya de la iglesia es la talla románica del Crist de Mitjaran, una obra más del maestro d'Erill, fragmento de una talla mayor, hoy perdida, que representaba el descendimiento de la Cruz y procedía de Iglesia de Sta. María de Mijaran, volada durante la guerra civil del 36 cuando era utilizada como polvorín. Me siento, la admiro.

El Clot de Baretges: adiós al Valle
El valle, siguiendo el Garona, baja en altitud, y el río crece en anchura, se hace más impetuoso y caudaloso, salta por encima de las muchas rocas que hay en su fondo y forma rápidos ideales para la práctica del rafting. Nos acercamos a Francia y las poblaciones pierden el encanto virginal de las del Naut y Mig Aran y se convierten en las típicas poblaciones fronterizas de carretera, con viviendas descuidadas, tiendas de souvenirs a derecha e izquierda y autocares que desembarcan turistas. En Bossòst es donde más se nota la influencia del país vecino, tanto por el aire gascón que rezuman las calles como por los rótulos trilingües de los escaparates del paseo de Eth Grauèr. La puntiaguda cubierta de pizarra de la iglesia parroquial de Era Assumcion de María, espléndido ejemplo del románico aranés del siglo XII , se distingue desde lejos ocupando el centro de su casco antiguo en Eth Cap dera Vila.
Atardece con celeridad en el fondo del valle. Del cuartel de bomberos parte una estrecha carretera que conduce a Francia, a El Portilhon, que abandono en su último tramo, cuando corona el puerto de montaña, para adentrame por una pista de montaña que me lleva hasta el Clot de Baretges, otro de los lugares mágicos del Valle. Pastan los caballos y beben las vacas de un abrevadero en el que siempre hay agua. Los montes del lado francés aparecen nevados y viene de ellos un viento que me transmite toda su frialdad. Asciendo lentamente por una de las laderas que delimitan el cuello de montaña buscando una panorámica del valle cuando se ponga el sol, en zig zag, y cuando alcanzo la meta me derrumbo sobre una piedra que hace de asiento. La calma y el silencio caen sobre el valle, sólo roto por las esquilas de vacas y caballos de carne y el graznido de los cuervos. ¿Para qué quiero más música? El cielo platea y despunta la primera estrella. Oigo un ruido suave a mi espalda, un ligero trotar de pezuñas amortiguado por la hierba, y me vuelvo justo a tiempo para ver la esbelta figura de un ciervo que se detiene un segundo, para mirarme, y prosigue su carrera hasta perderse en el bosque. Una forma hermosa de despedirme del valle al que seguiré volviendo una y otra vez, puntualmente, año tras año, como a una cita con una antigua amante de imborrable recuerdo que nunca me defrauda y me enseña nuevas artes. El de Aran es un valle que amo.

Guía de viaje
Cómo llegar.

N-230 Lleida-Alfarrás-El Pont de Montanyana-El Pont de Suert-Túnel de Vielha-Pònt de Rei-Francia
C-142 y C-147: Balaguer-Tremp-Sort-Port de la Bonaigua
C-144: La Pobla de Segur-El Pont de Suert-Castejón de Sos
C-141: Bossòst-Portillo-Bagneres de Luchon
Servicio regular autobuses Lleida y Barcelona: Alsina Graells, S.A.

Alojamientos
El Valle de Arán dispone de una importante infraestructura hotelera de 8.000 camas. Destacan los Paradores Nacionales de Turismo de Vielha y Arties, los hoteles Valarties y Besiberri de Arties, hoteles Tryp Royal y Montarto de Baquèira, el Husa Tuca de Betren, Vilagarós de Garós, Petit Lacreu de Salardú, Hotel Tredòs y Es Banys de Tredòs en Tredòs y un sinfín de casas rurales.
Oficina de Turismo de Vielha: tel. 973647244
torisme@aran.org

Las mejores mesas
Es difícil comer mal en la Val d'Aran, cuya gastronomía tiene como ejes la olla aranesa, la trucha, las carnes, las butifarras del valle y el pato, además de los patés y civets. Una lista de las mejores mesas es esta: Casa Irene, P.N. Gaspar de Portolá y Montagut en Arties; Casa Benito y Eth Sanglièr en Casarilh, Es Bòrdes, Artiganè y Cal Manel de Pònt d'Arròs, Es Banhs de Tredòs, Neguri y Txakoli Ibargüen de Vielha.

Excursiones imprescindibles
Sauth deth Pish, Artiga de Lin, Montgarri, Llac de Liat, Clot de Baretja, bosque de Baricauba, Bassa d'Ules, Valle de Toran y Era Fonderia, lagos de Colomers. Existe una red de pistas de montaña practicables en 4x4 y en bicicleta de montaña. Hay refugios en Restanca, Colomèrs, Saboredo, Besiberri y Molières. Escaladas a los picos Montardo, Mauberme, Mulleres y Besiberri Nord.

Estaciones de esquí
Tuca y Baqueira-Beret con 47 pistas que suman 77 km. de longitud que se extienden entre cotas de 1.500 y 2.510 m de altitud, telesillas y telesquís, 24 remontes, 245 cañones de nieve, 10 cafeterías y restaurantes, terrazas-solarium, 4 parques infantiles de nieve, 2 estadios de slalom, un circuito de 7 km. de esquí nórdico y todo tipo de servicios complementarios.

Monumentos
Cada población del valle tiene un monumento visitable. Las mejores iglesias son las de Bossòst, Salardú, Vielha, Vilac, Escunhau, las dos de Arties, Tredòs, la portada de San Sernilh de Betren. Las iglesias de Salardù y Arties tienen magníficos murales. En Les se conservan los restos de una antigua fortaleza.

Museos
Tres son los museos importantes del Valle: la Torre del general Martinhon, en Vielha, la Casa Joanchiquet, en Vilamòs, y la Iglesia de Sant Joan, en Artie, más el. Museo Eth Corrau de Bagergue.

Actividades deportivas
Descenso de cañones, rafting, hipica, quads, senderismo, tiron con arco, tirolina, mountain bike en Deportur de Les y en Horizontes de Vielha, en donde también hay una escuela de equitación. La caza se puede practicar en el municipio de Naut Aran, previa autorización, y lo mismo sucede con la pesca en ríos y lagos. Y por supuesto, esquí en Tuca y, sobre todo, en Baqueira Beret:

LOS RELATOS DEL PLAYBOY


Este relato, absolutamente desvergonzado y deudor de las historias galantes francesas que clandestinamente se vendían en tiempos de la Ilustración, como las de MICHEL MILLOT, CLAUDE LE PETTIT, JACQUES VERGIER, JEAN-BAPTISTE VILLART DE GRÉCOURT, RESTIF DE LA BRETONE y EL MARQUÉS DE SADE, escrito precisamente al socaire de haber ganado La Sonrisa Vertical y tener que dar una conferencia en Badajoz sobre literatura erótica, que finalmente quedó en suspenso a causa de la lluvia, fue publicado, y magníficamente ilustrado por Jordi Longaron en la revista Playboy en su número 182 de febrero de 1994.

LOS PLACERES DE LA ILUSTRACIÓN

José Luis Muñoz
Los duques de Chandom arribaron al castillo a media tarde. No era la primera vez que se dejaban caer por la mansión. La última fue en primavera, y esta visita, la de otoño, iba a ser la cuarta con que obsequiaban a mis señores, los marqueses de Bellevue. La duquesa, por nombre Louisette, era una mujer bella, pese a que la juventud había quedado atrás, de porte grácil y andares felinos. El duque, por nombre Amadeo, era, por el contrario, un personaje vulgar, mal me está el decirlo, al que nadie, a primera vista, otorgaría unos orígenes aristocráticos, ya que parecía más un palafrenero que un verdadero noble; bajo, rechoncho y colorado, se decía que por catar los vinos que producían sus setecientas hectáreas de garnacha de la hacienda de Chandom, se cuestionaba hasta su nobleza y hay quién le hacía hijo de una ama de llaves rolliza y mofletuda que tuvo a su servicio, en el sentido más amplio de la palabra, su padre hasta la muerte. Malas lenguas, que siempre hay y resultan especialmente venenosas en esas esferas, decían de él que era un asiduo visitante de prostíbulos, en cuyos lechos había contraído un sinfín de enfermedades venéreas, que conocía por su nombre de pila a todas las meretrices de la región, y que de entre ellas había sacado a Louisette, la más viciosa de ellas, una cocotte capaz de saciar los ardores de cincuenta varones en una sola noche y que ahora ostentaba el pomposo título de duquesa de Chandom.
- Los marqueses os esperan. Síganme, por favor.
Les precedí por los pasillos de palacio, por las escaleras de mármol de Carrara y por la enorme suite de los marqueses. Oí tras de mí el torpe andar del orondo duque contrapunteado por el fru-fru excitante del vestido de su joven y hermosa esposa.
- Los duques de Chandom - anuncié.
Los marqueses de Bellevue, a cuyo servicio llevaba quien cuenta esta historia más de quince años, eran gente aristocrática de verdad, engolados ambos, con más hacienda que dinero, con más servidumbre que comodidades, realistas acérrimos en una época en que la monarquía comenzaba a desmoronarse, seguidores de Richelieu, y por ello más monárquicos que el propio Rey, a quien adoraban pese a que nunca les dispensó sus favores a excepción de una montería que celebróse en la heredad y a la que acudió el monarca y parte de la Corte. Michelle, la marquesa, era una oronda mujer cuyas abundantes carnes mal cuadraban con sus ajustados vestidos. Se pasaba dos horas al día empolvándose la cara y probándose pelucas de su ingente colección - más de doscientas - antes de quedar medianamente satisfecha de su aspecto físico, lo que motivaba que su doncella Mariette estuviera más tiempo con ella que atendiendo a su esposo el campesino Henrius. En cuanto al marqués de Bellavue era suave y femenino como un melocotón, tan joven que el vello aún no había cuajado en su rostro, y tan inquieto como un joven potro, de tal modo que nunca tenía bastante en lo que a asuntos de cama se refiere y requería casi a diario los servicios de la joven Mariette, la camarera, hija bastarda, según malas lenguas, de su padre con una lavandera de Sant Louis, más famosa por su belleza y sus protuberantes tetas que por su pulcritud, lo que convertía a la bella camarera en hermana y sierva del marqués al mismo tiempo, sin que ninguna de ambas circunstancias frenara el irreprimible apetito carnal de mi amo.
- Balthazar.
- Diga, mi señor.
Estaba en pie, en la suite, próximo a la mesa de caoba con incrustaciones de ámbar tras la que el marqués había permanecido sentado y de la que se levantaba. Obvia el decir que los recién llegados se habían presentado, habían intercambiado distantes saludos con sus anfitriones, besado manos, esbozado reverencias, y que el duque se había acomodado en una chaise longue que pasaba por ser la pieza más preciada del palacio, regalo de cierto príncipe italiano que pernoctó en el castillo y obtuvo los favores de la marquesa, mientras madame Louisette, me resisto llamar condesa a una simple meretriz, paseaba por la estancia con la excusa de ver los múltiples grabados eróticos que colgaban de sus paredes, pero con la taimada intención de deleitar, o provocar, con sus andares de potra en celo.
- Pon el champagne en la fresquera y tráenos media docena de ostras.
Mi oficio es callar y obedecer, cifro en la reserva mi continuidad al servicio de los marqueses que me contrataron cuando apenas era un mozalbete que no sabía sonarse las narices. En diecisiete años al servicio de los señores de Bellevue he visto de todo, desde duelos a espada en el jardín que rodea la finca que, afortunadamente, eran a primera sangre, hasta citas secretas de mi señor con todo tipo de criadas, meretrices y campesinas en el pabellón de caza reservado al animal femenino más que a otra especie cinegética.
A mí, particularmente, las ostras me producían sentimientos encontrados. Por una parte veía en aquella sustancia babosa que se contraía cuando se le aplicaba limón, un trasunto del interior del sexo femenino, incluso hasta el olor se correspondía con él, y por otra parte, al ingerirlas, era como si un gran moco marino se me atragantara. Mis amos, los marqueses, eran muy aficionados a las ostras por su poder afrodisíaco, aunque el marqués no necesitara ni de ostra, ni de ungüentos, ni de polvo de cuerno de rinoceronte para satisfacer carnalmente a sus oponentes, ya que eran famosas sus dotes amatorias que trascendían el cerrado recinto del palacio y se propagaban hasta más allá de las últimas casas de Saint Louis y de todos los burdeles a cien kilómetros a la redonda, en dónde eran bien notorias sus hazañas.
Cuando regresé con las bandejas de ostras el clima en la suite de mis amos era más distendido. Mi señora se había desprendido de su peluca y lucía una cabellera salvaje y rubia, que yo apenas había vislumbrado con anterioridad, habíase aflojado el corpiño, que al parecer apretaba sus carnes, y se abanicaba tratando de aliviar el calor que envolvía su cuerpo. El marqués, para no ser menos, también se había aligerado de ropa, desprendiéndose del zapato derecho, de la molesta gorguera y del fajín, que yacía en el suelo. Con el pie descalzo, cubierto con media blanca, que ceñía su pierna hasta bien entrado el contorneado muslo, acariciaba la entrepierna de la marquesa, que reía con satisfacción y cerraba los muslos para evitar una huida.
- Baltazhar - dijo con cierto fastidio al verme entrar - Ofrece ostras a nuestros amigos y vete. Vuelve cuando te llame.
Me retiré a la cocina. Y allí esperé, en compañía de madame Nouvelle, la cocinera arlesiana, la mujer más gorda que haya visto jamás, cuyos pantagruélicos pechos encorsetados y rollizos muslos constituían la mejor carta de presentación de sus cualidades culinarias. Madame Nouvelle, mademoiselle si atendemos a que no se había desposado aún y pocas posibilidades tenía de hacerlo si no conseguía conquistar al posible marido por el estómago, tenía cierta fijación por mí, lo que, dicho sea de paso, no me molestaba. Se acercó a mí, secándose las manos, sucias de vaciar higadillos de oca, en su delantal, se sentó a mi vera y, acto seguido, palpó mi entrepierna buscando con ansiedad el miembro viril. Repito que a mí ella no me causaba problemas, por lo que abrí la bragueta y con prontitud puse mi polla en su mano esperando que obrara el milagro de la resurrección y le confiriera la consistencia adecuada y el aspecto potente que todo miembro viril debe tener. Se aplicó a ello la cocinera con gran tesón, restregando, al mismo tiempo que sus manos ensalivadas me meneaban la polla a un ritmo trepidante, sus grandes tetas contra mi pecho, contra mi cara, tratando de aplicar sus enormes pezones a mi parca boca, como si su subconsciente tratara de compensar la pérdida de mi leche con la ganancia de la suya. A mitad de la faena sonó la campanilla de la suite de los amos e insté a madame Nouvelle a que terminara con prontitud la tarea que estaba a medias. Se arrodilló con dificultad, con las tetas asomando por su escote desabrochado, resoplando me abrió los muslos con determinación tras bajarme las calzas hasta los tobillos y se aplicó a la tarea de succionar la polla, que ya estaba a punto de derrame, mientras con las manos me tironeaba de los huevos e instaba, a su vez, a que extendiera yo caricias sobre sus pechos anhelantes. Si algo de especial tenía madame Nouvelle era su extraordinario virtuosismo culinario y su buen hacer bucal que conseguían hacer olvidar la desmesura de sus carnes. Y así fue como me dejé ir una vez más mientras me imaginaba panadero amasando la masa blanda de sus senos.
Cuando entré por segunda vez en la suite la situación era muy distendida. Los músicos de la orquesta de cámara del palacio, cuatro empelucados y afeminados efebos, frotaban los arcos de los violines interpretando una melodía de Albinoni, circunstancia que al parecer había animado al marqués a desnudarse por completo y a la marquesa a abatirse sobre su miembro insaciable y hacerle una mamada en toda regla. El duque, animado sin duda por el espectáculo, se había bajado las calzas, sólo las calzas pues la peluca estaba en su sitio, la gorguera continuaba ciñéndole el cuello y los polvos no habían marchado de su rostro, y polla en mano, un miembro torpe, torcido y rojizo que a duras penas sobresalía de su fatuo barrigón, brillante de esperma sin haber entrado en liza, se aproximaba a la distraída marquesa cuyo pompis se agitaba al ritmo de sus labios sobre el glande de su esposo.
- Balthazar - me dijo el marqués, cerrando los ojos y sufriendo, al parecer una convulsión de placer -. Trae patés para mis invitados y una botella de champagne.
La cocina estaba en la planta primera del castillo. Debía bajar cuatro tramos de escaleras, pasar por el hall, torcer a la derecha, luego a la izquierda y enfrentarme a la temible e insaciable madame de Nouvelle.
- Paté y tostadas. Y copas de champagne. ¡Y quietas las manos!
Cuando regresé a la suite la situación era otra. Los músicos seguían rascando sus violines, aunque ahora Vivaldi era el afortunado que había sustituido a Albinoni. El marqués yacía en la chaise longue, divertido al parecer por el espectáculo que tenía lugar ante sus ojos, con la polla cabalgándole sobre el muslo, y el duque, sin perder la compostura, arremetía con firmeza contra la grupa de la marquesa a quien parecía deleitarle mucho el asunto a juzgar por los gemidos que salían de su boca y la retahíla de obscenidades que murmuraban sus trémulos labios. No era la primera vez que veía las nalgas de mi ama, tan grandes que diez manos serían pocas para cubrirlas, pero rosadas y suaves como las de una niña, demasiado grandes como para ser bellas si nos atenemos a los modelos estéticos clásicos, aunque en el terreno de los placeres del sexo la estética se sacrifica siempre en aras de la práctica y pocas cosas son comparables al placer que proporciona un buen culo embestido por una verga, y para que reciba ese calificativo deben darse las circunstancias de que sea grande, sobre todo redondo, que las nalgas sean prominentes con respecto a la espalda, y que el surco sea prieto para cuando la polla consiga abrirse paso entre semejantes lomas e insertar un dardo de amor en el profundo valle que esconden, el placer sea completo. Cierta vez en que el marqués estaba oficialmente de caza - de cata de mujeres, para hablar con propiedad - sorprendí al palafrenero, hombre vulgar, rudo y medio negro, mudo para más virtudes, gozando del hermoso culo de mi señora. El siervo era mudo, pero ella, con aquel gran tranco que licuaba su sexo, suplía con creces el silencio de su amante. Tan descomunal griterío fue lo que me tentó a entreabrir la puerta de su aposento quedándome ahíto por el cuadro entrevisto, que no es cosa buena el comprobar que los amos adolecen de los mismos deseos que el común de los mortales y que para satisfacer tan elementales apetitos echen mano de las clases inferiores, pues en la coyunda algo del esclavo queda en el interior del ama.
Pero volvamos al presente. En un momento determinado el faldón le cubrió la cara a la marquesa y las enaguas estaban en el suelo, pisoteadas por el jumento en que el duque se había convertido, un duque cuya compostura estaba en entredicho a juzgar por la posición oscilante de su peluca y el espectáculo indecoroso de su trasero cubierto de vello en movimiento de vaivén, por lo que más parecía un fauno violando a una doncella de carnes virginalmente blancas que un miembro distinguido de la aristocracia.
- El paté, mis señores.
Dejé la bandeja con las tostadas, el paté de oca, el champagne y las copas. Descorché la botella con gran explosión. Escancié el líquido espumoso en cada una de las alargadas copas. Llevé las copas hasta los invitados. El marqués, desnudo, empezaba a tener una segunda erección refocilado por el arte de montura con que el invitado obsequiaba a su esposa. La hermosa duquesa Louisette, presa de gran ardor, se había desabrochado el corpiño y jugaba ávida con los pezones de sus tetas cuando yo le ofrecí su copa. El duque no estaba para champagne y me hizo un gesto de que me llevara su copa. En cuanto a la marquesa no se la veía, sepultada por la falda, sólo se la oía, y de qué manera, mugidos entrecortados por suspiros y protestas que no eran otra cosa que acicates a que el taladreo de su coño se prolongara eternamente.
No me fui hasta que no vi acabar aquella faena. El estoque del duque entraba hasta el fondo en el coño húmedo y rubio de mi señora que se le abría como una ostra, como las que se acababan de comer, o sorber, y al que se llegaba con dificultad por la posición, abriéndose paso por entre los montículos de carne del culo que enrojecían por la refriega y aleteaban como si dotados de vida estuvieran. Unos gemidos, agudos los de ella, sordos los de él, me indicaron que estaba asistiendo a la culminación. El duque, rojo todo él, como cuando se tomaba más de una copa de vino de su cosecha, y como si fuera a explotar, se encabritó y empezó a descargar entre los dos glúteos, regando hasta la inundación el monte de Venus de la marquesa, del que extrajo una polla pringosa, cuando hubo terminado, barnizada por el licor del amor que manaba aún de su punta y goteaba sobre la alfombra persa del suelo, y era el mismo brillo que se apreciaba en las comisuras del coño bien abierto y colmado de la marquesa, una boca golosa ávida de placeres y con vida propia que comenzaba a atraerme como un imán. No está bien el decirlo, pero confieso que de tanto sexo que invadía la estancia, mi miembro se iba poniendo otra vez duro e iba a precisar del alivio presto de madame Nouvelle si la puerta apetitosa y lubrificada de mi ama, por mí tan deseada, me era vedada.
- Balthazar.
- Decidme, señor.
Me sonrojé. El amo acababa de descubrir mi deseo, que se hacía patente bajo mi calzón, y ya me imaginaba yo una docena de azotes para calmar mi libido. Me llamó con un gesto, para no ser oído.
- Andad con ella. Os espera. Y no digáis quien sois. Ensartadla hasta el fondo. Folladla hasta secaros. Si ella no se da cuenta del cambio no seré yo quién os recrimine la acción. Andad, plebeyo, a hundir vuestra humilde polla en ese coño de postín y tened el privilegio de fundir vuestro licor de siervo con el nuestro de aristócratas.
De puntillas me acerqué a aquel pálido y hermoso culo que aún permanecía alzado esperando alguna propina y, bajándome el calzón, le encajé presto el miembro. Aquella flor de pétalos rosáceos estaba tan lubrificada por los humores propios y ajenos que la polla desapareció en su interior sin esfuerzo, como tragada. Ella sólo gimió, sin moverse, y acertó a balbucir mientras agitaba el trasero.
- ¿Más aún, mon ciel?.- con un tono de gozosa incredulidad.
La monté con discreta pasión. Hubiera deseado morder aquel culo que se tragaba mi polla, haber metido mi mano por el corpiño y palpado las grandes tetas de mi señora, o besado sus labios, pero me contuve y me limité a cabalgarla lo mejor que pude. Me excitaba el saberme un intruso en su coño, el estar follando por mediación de otros, del duque, del marqués, de ser el follador anónimo y de que ella no se diera cuenta y me aceptara, o quizá si lo supiera y le diera igual mientras la polla estuviera dura y el placer se le multiplicara en las ingles. Tenía un hermoso culo redondo como un mundo, me decía, mientras lo manoseaba en toda su extensión y lo separaba y juntaba, mientras lo exploraba con la punta de mi polla cada vez que ésta, peligrosamente, se encabritaba y amenazaba con acabar la función. Entré una y otra vez en aquel coño abierto y rubio que se cerraba sobre mi polla como la boca de una ameba, para no dejarla escapar, hasta que no pude aguantar más y escancié mi licor en silencio, no fuera que mis gemidos me traicionaran y el misterio de la coyunda fuera desvelado y mi espalda sufriere el rigor de los trallazos. La mantuve en su interior mientras me vaciaba, apretándome a su culo, y no salí de ella hasta no sentirla seca y vacía, yerma y floja, y la cueva, que tanto placer me había otorgado, anegada en líquido. Regresé a la cocina con un tembleque en las piernas, y entrando en ella me senté en el banco a descansar.
- ¿Qué te ocurre? - preguntó la cocinera alsaciana.
- Me acabo de follar a la marquesa - dije, con entusiasmo - Tiene un coño hermoso, un culo soberbio. Es una gran mujer.
Cuando me llamaron para que sirviera los postres la situación en la suite era, por decirlo de alguna manera, comprometida, por cuanto el sexto mandamiento de la Iglesia Católica era conculcado por todos los allí presentes. Louisette desnuda, haciendo honor a su fama de experta meretriz, retozaba con los cuatro músicos, que habían abandonado libreas e instrumentos para hacerla gozar de todas las formas posibles. Eran cuatro músicos bien armados que ejercían igual virtuosismo con sus instrumentos de cuerdas como con las barras rígidas y velludas que les colgaban de la entrepierna y desafiaban arrogantes las leyes de Newton. Uno le follaba el culo, otro el coño, un tercero le follaba la boca y el cuarto se follaba a éste último sin reparos de su sexo con lo que nadie se quedaba apeado del placer múltiple que con gran inteligencia había urdido el quinteto. En la chaise longue yacía la marquesa, tal como Dios la trajo al mundo, con sus grandes pechos vencidos a ambos lados de su torso y los muslos abiertos, ya sin falda, ni enaguas ni medias ni zapatos, tan desnuda como una ninfa rescatada de las aguas de un río por una banda de faunos. El marqués, arrodillado, hundía la lengua en su raja y besaba sus labios venales mientras con sus manos erizaba los pezones de las areolas.
- Balthazar - me dijo el marqués en una de sus descansos - sácate las calzas.
Obedecí. No podía negarme. Quedé desnudo en medio de la suite, con mis vergüenzas al aire, esperando el último capricho de mi señor.
El marqués dejó al duque la continuación de su trabajo, tarea a la que éste se entregó primero con la lengua para pasar después a taladrarla con la polla, se acercó a mí, me ciñó la cintura con su brazo y me besó en la boca. Mi inicial sorpresa dio paso a una extraña sensación en la que se mezclaba el temor hacia lo desconocido con una reprimida sensación de placer.
- Os habéis follado a mi esposa. Todos se la follan. Después del duque serán los músicos los que darán cuenta de ella si Louisette no los exprime demasiado. Miradla, qué cara de felicidad y éxtasis.
Y mientras me hablaba me acariciaba el pecho y me tomaba la polla con su mano, y mi polla, contra mi deseo, comenzó a endurecerse de forma terrible, y más se endureció cuando su mano izquierda me palpó el culo.
- Ahora os toca recompensarme de alguna manera.- me dijo obligándome a hincarme de rodillas ante él.
Me encontré con su polla en los labios y hube de abrir la boca para dejar que se acomodara en ella. Si yo amaba y veneraba mi polla, me dije como consuelo, ¿por qué iba a rechazar las ajenas? No podía negarme a semejante experimento o capricho cuando acaba de beneficiarme a la marquesa. Le sentí llegar como una especie de maremoto y no pude huir pues me retuvo por la nuca. No me soltó hasta no vaciarse. No sería sincero si dijera que hubiera preferido los doce latigazos a esa afrenta, sobre todo porque luego él hizo lo mismo con la mía, tras tumbarme en la chaise longue y desnudarme, y que cuando me corría vi a Louisette que se abalanzaba sobre el magnífico coño de la marquesa de Chandon que, en aquellas horas de la noche, ya humeaba. Corrimos los dos a hacernos con alguna porción de sus culos, yo tomé el de Louisette, que ansiaba probarlo, pequeño, respingón, con un coñito que se abría en su parte posterior y perfectamente accesible desde un asalto dorsal, y comencé a cabalgarla mientras mis dedos jugueteaban con sus puntiagudas tetas cuyos pezones frunciánse de placer, el marqués se unió con fidelidad conyugal al coño de su esposa y corrieron también los músicos dispuestos a asaetearnos sin ningún tipo de prejuicio. Mientras, el duque, harto de tanta coyunda, daba cuenta de la bandeja de tocinillos de cielo que yo había traído.













viernes, 14 de diciembre de 2007

NEWS

David Castillo gana el Tigre Juan,
Mi enhorabuena a David Castillo por hacerse con el prestigioso premio de novela Tigre Juan que concede el Ayuntamiento de Oviedo y es hoy uno de los mejor remunerados.
La novela 'La llave del paraíso', del escritor madrileño David Torres, ha resultado ganadora de la XXX edición del Premio de Novela 'Tigre Juan' que concede el Ayuntamiento de Oviedo, a que optaban 116 libros y que está dotado con 54.000 euros.Torres, licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, es colaborador del diario 'El Mundo' y cuenta con varias novelas publicadas. En 2003 fue finalista del Premio Nadal con 'El Gran Silencio'.
Dada la temática de la novela espero verte en la próxima Semana Negra.

Jordi Sierra i Fabra obtiene el Premio Nacional de Literatura Juvenil
Si hay un autor prolifico que merezca estar en el libro de récord Guinnes, ése es Jordi Sierra i Fabra. Conocí a Sierra i Fabra hace muchos años, de llevar los niños a la misma escuela. Luego estuve con él en la primera Semana Negra. De él sé que sigue escribiendo de una forma compulsiva, que cada 40 días alumbra un nuevo libro, que ya no sé cuántos ha publicado, pero creo que son más de 300, que vende más que ninguno, que tiene clubes de fans, que arrasa en las escuelas con sus libros infantiles y juveniles. Una vez le regalé un título, y él me lo agradeció. El Premio Nacional prestigia una carrera imparable.

y Andreu Martín se hace con el VI Certamen Libro Deportivo Marca de Las Rozas
Y mi buen amigo y admirado escritor Andreu Martín ha sido el ganador del VI Certamen del Libro Deportivo de las Rozas, convocado por el Diario deportivo Marca en colaboración del Ayuntamiento de Las Rozas, dotado con 30.000 euros, por la novela negra 'Hat Trick'. La obra es un trhiller ambientado en el mundo del fútbol. Martín es, sin duda, el escritor más constante, experimental y brillante de los que practican novela negra en este país. Desde aquí un fuerte abrazo.




LA PELÍCULA



LEONES POR CORDEROS
José Luis Muñoz

Nunca se ha caracterizado Robert Redford por ser un director regular y solvente que satisfaga las expectativas del público. Abundan, en su ya dilatada filmografía como director iniciada por Gente corriente, merecedora de un oscar, los filmes discretos - Un lugar llamado Milagro, El río de la vida, El dilema - frente a los brillantes y hermosos como El hombre que susurraba a los caballos. Se caracteriza, eso sí, su cine por un fuerte componente social que lo situaría en la izquierda del pensamiento norteamericano. Más encomiable que su faceta irregular como director es su tarea al frente del festival de Sundance, un referente de todo el cine independiente que se hace en los Estados Unidos, su mejor trampolín, y sus declaraciones políticas dentro de los ámbitos cinematográficos. El que la coherencia de su discurso político sepa trasladarlo al celuloide es otra cuestión.
Empiezan a llegarnos películas críticas sobre la política exterior norteamericana y su guerra global contra el terrorismo, una burda tapadera para el expansionismo global, el florecimiento de los negocios de una elite que pone sus peones en la Casa Blanca e intento desesperado para mantener la supremacía mundial. El film de Brian de Palma sobre la guerra de Irak, Redacted, sería un buen ejemplo de ello; el de Robert Redford, centrado en Afganistán, resulta, en cambio, fallido.
Leones por corderos, magnífico título, casi lo mejor del film, es una película con voluntad política y crítica. Los italianos, durante las décadas que gobernó la Democracia Cristiana, supieron desarrollar un ejemplar cine político en forma de trhiller de denuncia social que, desgraciadamente, luego no tuvo continuidad. Son maestros los mismos norteamericanos en el ejercicio de la autocrítica: Alan. J. Pakula, Al Hasbhy, Sidney Lumet, Oliver Stone son algunos de los epígonos de ese tipo de cine de denuncia feroz. El empeño de Robert Redford, aunque bien intencionado, parece condenado al fracaso por una serie de razones.
En Leones por corderos tres tramas se cruzan para ofrecernos una clase de ciencia política. La entrevista que la periodista Janine Roth (Meryl Streep) hace al joven y arribista congresista republicano Jasper Irving (Tom Cruise), que tiene la mirada puesta en la Casa Blanca, se cruza con un diálogo entre el profesor Stephen Malley (Robert Redford), un tipo desencantado que luchó en Vietnam y detesta la actual deriva de la política exterior norteamericana, y un alumno aventajado y dicharachero, Todd (Andrew Garfield), conversación en la que terminan hablando de dos alumnos pertenecientes a las minorías étnicas del país, uno negro, Arian (Derek Luke), y el otro hispano, Ernest (Michael Peña), que se enrolan en el ejército norteamericano para sufragarse sus estudios y son enviados a combatir contra los talibanes en Afganistán, el tercer bloque de la historia que enlaza con el primero, ya que una nueva y novedosa operación bélica en ese país asiático es la noticia que trata de venderle el congresista Jasper Irving a la avezada periodista Janine Roth.
A pesar de las buenas intenciones, de algunos acertados apuntes sobre la profunda crisis que atraviesa el imperio americano y la visualización de ese terror a perder la supremacía que expresa el ala conservadora de ese país por boca del personaje interpretado por Tom Cruise, la película de Redford naufraga desde el punto de vista cinematográfico porque no hay en ella un solo fragmento de emoción ni consigue la más mínima sintonía del espectador con sus protagonistas.
El cine puede y debe tener ideología, pero ésta debe ir envuelta en un artefacto cinematográfico adecuado para que pueda ser digerida. Y no es que no existan buenos ejemplos de excelente y vibrante cine de denuncia política contemporáneos - Syryana de Stephen Gaghan es un perfecto ejemplo de ello - y que no se hayan rodado buenas películas sobre la reciente guerra de Afganistán - la sueca Bodre es otro ejemplo -, pero lo que no se puede hacer nunca en cine es provocar el bostezo y partir de un guión tan escasamente cinematográfico como el de Matthew Michael Carnahan.
Leones por corderos falla en cada uno de sus tramos porque es una película estática, hasta en su tramo bélico en la cumbre nevada de Afganistán, lo que ya es decir. Ni la entrevista que le hace Meryl Streep al joven congresista norteamericano encarnado por Tom Cruise tiene el mordiente suficiente para que prestemos atención a la pantalla, ni la morosa y poco interesante conversación del profesor Robert Redford con su alumno consigue otra cosa que el bostezo generalizado. Y es una lástima desperdiciar, de ese modo, el prestigio que tiene Robert Redford, por no saber vehicular esas tres historias cruzadas o por, quizás, haber cogido un texto que daría bien para el teatro pero desde luego no para el cine.






COSAS QUE PASAN

Cuando La Bounty zarpó sin mí

Había leído en un periódico una noticia que no sabía si creerme: la Bounty estaba atracada en el puerto de Barcelona y podía visitarse. No la Bounty original, claro, que se quemó en la isla de Pitcairn, sino la Bounty de REBELIÓN A BORDO, versión Lewis Milestone, una de mis películas favoritas, cine de aventuras capaz de generar sueños.
Confieso ser muy poco mitómano, pero la fantasía de pisar la cubierta de ese barco, protagonista, junto a Marlon Brando, de una de las películas que más me han impactado a nivel vital, me impelieron el pasado jueves a tomar la bicicleta y bajar a Barcelona, arrostrar los peligros de la caótica Vía Layetana - era más letal pasar entre autobuses y taxis que doblar el Cabo de Hornos - y desembocar en el puerto. El día era extraordinariamente soleado y una suave brisa me traía el olor a mar. Busqué el barco y no lo encontré. Recorrí todos los muelles, con el temor de haber sido víctima de una alucinación lectora, o haber confundido mi último sueño con la realidad y finalmente, desesperado, pregunté al marinero de un espectacular velero mediterráneo que se balanceaba fondeado en el muelle, muy próximo a la pasarela del Maremagnum y al monumento de Colón.

- La Bounty se hizo a la mar ayer - me respondió, asestándome un brutal mazazo.

Sin ilusiones, sin fantasías, no hay vida. Los libros de aventuras de Jack London, Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad - que leía sin entender - y Emilio Salgari, que no había viajado en su vida, llenaron mi infancia hasta la adolescencia. Quería coger ese barco mítico, testigo de castigos con el látigo de siete colas, una rebelión marinera y borracheras de ron, y volar, con mi imaginación a los Mares del Sur como hacían esos tripulantes que atracaron en Barcelona y habían partido el día anterior. En mi fuero interno necesitaba huir una temporada, que nadie supiera de mi, estar un año, dos, toda la vida, ausente, perdido en una de esas paradisiacas islas que ya sólo existen en la literatura, en el cine o en la mente de cada uno porque su accesibilidad ha hecho que pierdan su encanto. ¿A quién no le apetece un año sabático en todos los sentidos si luego puede recuperar la normalidad? Quería sufrir en mis propias carnes el síndrome de Fletcher Christian, el oficial británico que constantemente duda en tomar una decisión en un sentido o en otro y que, finalmente, opta por la aventura, por desembarazarse de su ropaje de hombre civilizado y hacer de buen salvaje, al lado del amor de su vida, olvidándose de una cómoda y aburrida vida en su Inglaterra natal. Esa era la dualidad fascinante que me había servido para dibujar al protagonista de LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, mi trilogía sobre el descubrimiento de América, porque Marín de Urtubia era como Fletcher Christian, atormentado entre la fidelidad a los suyos y la fascinación que ejercía sobre él ese Nuevo Mundo tan libre y distinto del Viejo Mundo que dejaba atrás, y yo me creía, ya no, que también podría serlo: Fletcher Chirstian y Marín de Urtubia. La misma dualidad que zarandeó la vida de Marlon Brando que, a pesar de tener el Paraíso a su alcance, su maravillosa tahitiana y su isla privada, no fue muy feliz que digamos y tuvo una existencia más próxima a la novela negra que a la utopía roussoniana.

La Bounty zarpó, ya debe de haber doblado el estrecho de Gibraltar, y se enfrenta a las tormentas del Océano sin mí. Dentro de unos meses pasará por el tempestuoso Cabo de Hornos y seguro que sus tripulantes tendrán un nudo en el estómago por muy avezados marinos que sean. Me he quedado en tierra, ya definitivamente, y creo que nunca la podré abordar. Y quizá no haya sido tan descabellado pisar la realidad . Al fin y al cabo a Fletcher Christian las cosas no le salieron nada bien, y el soñado paraíso terrenal se convirtió en su infierno. Las Pitcairn, adonde fueron a recalar los amotinados de La Bounty, es una isla miserable cruzada por el odio de sus habitantes, que aún les dura, que comenzaron a matarse nada más poner pie en la arena. Los paraísos, como siempre, son mentales. Soñemos, pues, y no intentemos convertir sueños en realidades, aunque haya realidades que superen todos nuestros sueños.