EL ARTÍCULO DEL DÍA


SOBRE VIAJEROS Y VIAJES
José Luis Muñoz
Publicado en El Periódico el 29/08/2000

Desde que la aviación irrumpió en el universo de los viajes, éstos perdieron buena parte de su encanto romántico y patina aventurera. El hecho de que el viajar se haya convertido en algo accesible a todo el mundo, su popularización frente al elitismo de principios de siglo, hace que resulte cada vez más difícil hollar paraísos incontaminados por muy lejos que fijemos nuestro objetivo. Ir a las antípodas y encontrar a un aborigen luciendo una camiseta del Barça y bebiendo Coca-cola puede provocarnos un shock, como el que produjo a quien esto escribe comprobar que en un restaurante de la lejanísima Sulawesi servían paella y gazpacho como platos del día o ver a un ancestral papua, con la nariz atravesada por contundentes aros y plumas de ave del paraíso en su encrespada melena, llevando bajo el brazo un moderno ordenador para conectarse a la red.
Viajar, hoy en día, se ha convertido en una simple traslación, es tomar el avión con manga corta y bermudas en el punto de origen y desembarcar diez horas más tarde, en el otro extremo del mundo, en pleno invierno. El hombre había viajado para descubrir territorios, trazar nuevas rutas comerciales, realizar investigaciones científicas, y los viajeros arrostraban las penalidades de las larguísimas travesías en barco, la ausencia de víveres, los riesgos de naufragios y amotinamientos que quedaban recompensados con creces cuando descubrían las islas de las Especias, la Polinesia, los rincones del Indico, todo un rosario de bellezas inmaculadas que de alguna manera les hacían olvidar los peligros y las incomodidades pasadas, dudar con espíritu roussoniano de la superioridad de su civilización y sopesar el regreso. Esto pertenece al pasado; en la actualidad se viaja por placer, y no por necesidad, y el viaje es un elemento de ocio más y un importante negocio. Pero, por suerte, nos quedan testimonios escritos de cuando esos mundos perdidos y primitivos existían, de cuando esas islas casi vírgenes recibían a sus soñadores viajeros. Jack London, Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Pierre Loti y Sommerseth Maugham, entre otros, escritores que también eran viajeros, nos legaron en sus libros las impresiones que tuvieron al desembarcar en puertos del Pacífico o de Oriente, y debo confesar que viajando por sus páginas he experimentado casi más emociones que haciendo las maletas y tomando el avión.
Aunque según las estadísticas los españoles seamos muy conservadores a la hora de viajar - el 92 % de nuestros viajes son interiores - desde hace algún tiempo está cuajando el llamado turismo de aventura y proliferan las agencias de viajes alternativos que se diferencian claramente de las convencionales no sólo por los destinos elegidos, sino también por sus precios. Ser diferente tiene su coste, ser un aventurero medianamente protegidos por una infraestructura puede ser tan lujoso como hacer un crucero por el Caribe. Se puede recorrer África en bicicleta, hacer treaking por Camboya, cruzar el desierto del Sahara en cuatro por cuatro, navegar por el Amazonas en busca de tribus desconocidas, convivir con cortadores de cabezas de Borneo o subir en canoa por los ríos de Papua Nueva Guinea durante quince días o un mes y regresar luego a la civilización. Quiénes optan por ello son lo más opuesto a los viajeros de crucero, algo así como integristas del viaje que rechazan todo tipo de comodidades y lo único que desean es la inmersión en el país al que viajan aunque ello les suponga dormir en una cabaña, ser mordido por las hormigas, cruzar puentes colgantes sobre ríos impetuosos, compartir la cerveza amazónica de baba humana y no lavarse la cabeza en un mes. El perfil de este tipo de viajeros es el de joven de entre 25 a 35 años, con estudios, de clase media a alta, inquieto, activo y deportista, pero hay curtidos viajeros de alma fibrosa y duro estómago que son los que guardan más fidelidad a este tipo de viajes y luego, de entre estos, hay los que han hecho del viaje su vida, su religión, los que no conciben el estancamiento en una geografía y se consideran ciudadanos del mundo a bordo de veleros que surcan los mares, los herederos puros de los aventureros de principios de siglo, aunque ahora ya no haya tierra virgen que descubrir por mucho que ojeen desesperados las cartas de navegación.
Todo reside, a la hora de hacer la maleta, en algo tan personal como sopesar si la duración del viaje, la incómoda estancia, las vacunas que pueden dejar algunas molestas secuelas en nuestro organismo, la infame comida que estemos dispuestos a degustar, la pestilencia de las calles sin alcantarillado, la poca hospitalidad de algunos nativos, etc. vale la pena por contemplar un paisaje idílico y más o menos virgen o visitar una ciudad perdida. Es muy posible que sí, que a pesar de los pesares, haya que ir a Benarés aunque el hedor de los cadáveres quemándose en las piras funerarias revuelva el estómago, compartir insectos asados con los papuas de Nueva Guinea por contemplar sus espectaculares selvas o congelarse en el interior de un iglú para sentir la belleza helada del Ártico. Se acepta porque la situación es transitoria y luego se regresa a la cómoda civilización, a la fría cerveza y a la música de Mozart mientras se visionan en la pantalla de la salita de estar las exóticas diapositivas y se comentan las incidencias con los amigos.
Si nos ponemos a reflexionar, tampoco es que las cosas hayan cambiado tanto a lo largo de los últimos siglos, quizá las formas, las urgencias de tiempo y la masificación de los viajes. Los barcos se hundían en travesías infernales, pero ahora caen los aviones, hasta los más seguros, y las posibilidades de sobrevivir son el cero absoluto. Ya no hay feroces guerreros que nos salgan a recibir cuando bajamos de la chalupa en la playa desierta de una isla perdida de Oceanía, pero podemos encontrar policías corruptos, bandidos, soldados ebrios tras dar un golpe de estado, secuestradores, pandillas pendencieras, autóctonos con la sangre muy caliente tanto o más peligrosos que la amenaza de las azagayas. Y las enfermedades han cambiado de nombre, pero sigue habiendo epidemias letales de toda índole que se transmiten de un extremo del mundo al otro por la globalización, como esos mosquitos infecciosos del Nilo que han llegado a bordo de un avión a Central Park.
Cada vez es más raro que el viajero que sube al Atlas, desembarca en Maui o recorre la Patagonia padezca el síndrome de Fletcher Christian e incendie las naves de regreso. El amotinado de la Bounty murió asesinado en su idílica isla por algún miembro de la tripulación al que el paisaje no le calmó sus instintos violentos y esa isla perdida, que estaba fuera de todos los mapas, es un verdadero infierno en la actualidad según he leido. Al fin al cabo los paraísos están en uno mismo, dentro de nuestra mente, y en nuestro territorio interior permanecen perfectos, inmaculados.







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