COSAS QUE PASAN

Cuando La Bounty zarpó sin mí

Había leído en un periódico una noticia que no sabía si creerme: la Bounty estaba atracada en el puerto de Barcelona y podía visitarse. No la Bounty original, claro, que se quemó en la isla de Pitcairn, sino la Bounty de REBELIÓN A BORDO, versión Lewis Milestone, una de mis películas favoritas, cine de aventuras capaz de generar sueños.
Confieso ser muy poco mitómano, pero la fantasía de pisar la cubierta de ese barco, protagonista, junto a Marlon Brando, de una de las películas que más me han impactado a nivel vital, me impelieron el pasado jueves a tomar la bicicleta y bajar a Barcelona, arrostrar los peligros de la caótica Vía Layetana - era más letal pasar entre autobuses y taxis que doblar el Cabo de Hornos - y desembocar en el puerto. El día era extraordinariamente soleado y una suave brisa me traía el olor a mar. Busqué el barco y no lo encontré. Recorrí todos los muelles, con el temor de haber sido víctima de una alucinación lectora, o haber confundido mi último sueño con la realidad y finalmente, desesperado, pregunté al marinero de un espectacular velero mediterráneo que se balanceaba fondeado en el muelle, muy próximo a la pasarela del Maremagnum y al monumento de Colón.

- La Bounty se hizo a la mar ayer - me respondió, asestándome un brutal mazazo.

Sin ilusiones, sin fantasías, no hay vida. Los libros de aventuras de Jack London, Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad - que leía sin entender - y Emilio Salgari, que no había viajado en su vida, llenaron mi infancia hasta la adolescencia. Quería coger ese barco mítico, testigo de castigos con el látigo de siete colas, una rebelión marinera y borracheras de ron, y volar, con mi imaginación a los Mares del Sur como hacían esos tripulantes que atracaron en Barcelona y habían partido el día anterior. En mi fuero interno necesitaba huir una temporada, que nadie supiera de mi, estar un año, dos, toda la vida, ausente, perdido en una de esas paradisiacas islas que ya sólo existen en la literatura, en el cine o en la mente de cada uno porque su accesibilidad ha hecho que pierdan su encanto. ¿A quién no le apetece un año sabático en todos los sentidos si luego puede recuperar la normalidad? Quería sufrir en mis propias carnes el síndrome de Fletcher Christian, el oficial británico que constantemente duda en tomar una decisión en un sentido o en otro y que, finalmente, opta por la aventura, por desembarazarse de su ropaje de hombre civilizado y hacer de buen salvaje, al lado del amor de su vida, olvidándose de una cómoda y aburrida vida en su Inglaterra natal. Esa era la dualidad fascinante que me había servido para dibujar al protagonista de LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, mi trilogía sobre el descubrimiento de América, porque Marín de Urtubia era como Fletcher Christian, atormentado entre la fidelidad a los suyos y la fascinación que ejercía sobre él ese Nuevo Mundo tan libre y distinto del Viejo Mundo que dejaba atrás, y yo me creía, ya no, que también podría serlo: Fletcher Chirstian y Marín de Urtubia. La misma dualidad que zarandeó la vida de Marlon Brando que, a pesar de tener el Paraíso a su alcance, su maravillosa tahitiana y su isla privada, no fue muy feliz que digamos y tuvo una existencia más próxima a la novela negra que a la utopía roussoniana.

La Bounty zarpó, ya debe de haber doblado el estrecho de Gibraltar, y se enfrenta a las tormentas del Océano sin mí. Dentro de unos meses pasará por el tempestuoso Cabo de Hornos y seguro que sus tripulantes tendrán un nudo en el estómago por muy avezados marinos que sean. Me he quedado en tierra, ya definitivamente, y creo que nunca la podré abordar. Y quizá no haya sido tan descabellado pisar la realidad . Al fin y al cabo a Fletcher Christian las cosas no le salieron nada bien, y el soñado paraíso terrenal se convirtió en su infierno. Las Pitcairn, adonde fueron a recalar los amotinados de La Bounty, es una isla miserable cruzada por el odio de sus habitantes, que aún les dura, que comenzaron a matarse nada más poner pie en la arena. Los paraísos, como siempre, son mentales. Soñemos, pues, y no intentemos convertir sueños en realidades, aunque haya realidades que superen todos nuestros sueños.







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