miércoles 29 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 29 de junio de 2011
Anoche también hubo tormenta y se fue la luz durante unos instantes, los precisos para que tuviera que bajar a tientas, asido a la barandilla, las empinadas escaleras de la buhardilla hasta el dormitorio. Más vale que no te rompas nunca una pierna en esta casa, me dijo el otro yo que bajaba iluminado por la luz de los relámpagos, o tendrás que reptar por los escalones como una serpiente.
Se duerme bien con la lluvia, con el rugido de los truenos. Por alguna rendija entraba el olor a tierra mojada mezclado con el aroma de los primeros panes del obrador de la esquina. Maravillosa conjunción de perfumes.
Me fui a dormir tarde, porque estuve reescribiendo esa novela negra que, al principio, no me acababa de convencer pero que, tras los últimos arreglos, me está gustando y crece en páginas y en detalles. Los nombres de los personajes tienen una importancia capital, aunque eso que diga parezca una absurda frivolidad. Dejé de leer La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, entre otros motivos, por el nombre de su protagonista. También porque me aburría mucho. Un nombre define a su personaje. Yo no me siento cómodo con el mío de niño pequeño, por ejemplo. Había una chica en la novela que tan pronto se llamaba Justine, su nombre de guerra, como Suzanne. Ninguno de sus nombres me gustaba y decidí cambiarlo ayer por la noche, media hora antes de que cayera la tormenta y se fuera la luz. Ha salido favorecido con el nuevo: Perlita. No voy a decir de dónde lo he sacado, es un secreto profesional, ni me lo digo a mi mismo, pero Perlita hará que reescriba su personaje, lo haga más humano y tenga carne, hueso y corazón.
Desayuné torrija con café con leche. Falté de nuevo a mi cita con Ana Pastor. Me levanto muy tarde y cuando el sol ni las ovejas ni los gallos me despiertan haraganeo en la cama. El ambiente estaba fresco y las nubes detenidas a mitad de las montañas, fantasmagóricas. El Garona bajaba gris e impetuoso con las lluvias de la noche. Compré El País a mi vecina argentina que le dijo boluda a una clienta, para hacer patria. Me fui luego a dar un paseo circular por la orilla del río, pasé por la perrera en donde ya no hubo perros que me ladraran, porque los habrán sacrificado, Susana, saludé a un par de caballos percherones que pastaban dentro de un cercado y dejaron de hacerlo para encararse conmigo, dejé atrás la central eléctrica del pueblo, la que me dejó sin luz la noche anterior, y regresé por la carretera.
De mi anterior existencia he aprendido a ser zen, a no irritarme por lo inevitable y de lo que no tengo culpa. Tampoco me irrito si la tengo porque no gano nada sino arrugas y ulceras. Días atrás no me irrité cuando se agotó el tóner de mi impresora y dejó mi trabajo a medias, inservible. Mala suerte, ya compraré tóner. Tardó en llegar una semana a este mundo perdido y rural. Si uno quiere campo se tiene que aguantar con lo que hay, y con lo que no hay. Tampoco me irrité cuando, repuesto el tóner, se encendió la luz de la impresora que me indicaba que el tambor se había consumido. ¡La de pegas que tienen estas malditas máquinas que son un saco sin fondo de gastos! Ni cuando mi proveedora informática del Valle tardó cuatro días en conseguir esa pieza. He permanecido impasible cuando ayer por la noche, después de cambiar el tóner y el tambor la impresora, la máquina ha seguido sin funcionar, burlándose de mí, poniendo a prueba mi capacidad de autocontrol. En otra de mis vidas, en la tercera o en la cuarta, habría tomado la enorme llave inglesa que tengo y le habría descargado un buen montón de golpes hasta hacer asomar sus tripas. No sé si tirarla o arreglarla, me pregunto mirando ese trasto que no me obedece pero fracasa en sus tres intentos de sacarme de mis casillas. Zen.
Zen estuvo Zapatero en el debate del estado de la nación, cuyo nombre es muy rimbombante pero contiene poca sustancia. Hubo su momento, cuando ZP, con voz quebrada, quizá con lágrimas en los ojos, vino a decir que todo lo hacía por España en lo que todos tomaron como su despedida y los lideres de todos los partidos le desearon lo mejor en su nueva vida alejado de la política. Que no nos quiera tanto nuestro todavía presidente por el que, que conste, siento respeto aunque crea que estuvo equivocado en su segundo mandato y no fue valiente. España no es una entelequia, no es ni siquiera un territorio y unas ciudades, son sobre todo unos ciudadanos de los que este gobierno se ha ido distanciando y dejando en la cuneta, son los cien mil que se han quedado sin casa el último año por los deshaucios que los indignados tratamos de detener, los cinco millones que no tienen trabajo, los jóvenes que tendrán que buscarse la vida en otro país porque éste no les ofrece alternativa posible.
España. El valle de Arán es extraño en su relación con sus vecinos. Este minúsculo y despoblado territorio no es España, tampoco Catalunya, ni Francia. Es Arán. Aquí, por ejemplo, en el mismo pueblo, se dan cosas impensables en el resto de Catalunya a la que el Valle está unida políticamente aunque tenga una cierta autonomía y su propio estatuto. Alguien cuelga de la puerta de su casa un letrero con la leyenda “Aquí vive un hincha del Real Madrid” sin que le suceda nada, que es lo que debería pasar en Barcelona, por ejemplo, pero no pasa. El mayor supermercado del pueblo se llama…Madrid y nadie va con un rotulador a tachar el nombre ni a quemarlo. Uno de los apellidos más comunes del Valle es...España. Mi ferretero, el que me vende la pintura negra con la que hice mi pequeño estropicio pictórico en la mesa, me contesta en castellano cuando yo le hablo en catalán. Arán es otra cosa muy diferente a todos los tópicos nacionalistas que imperan en la piel de toro. Por eso me vine aquí. Porque no es España, ni Catalunya, ni Francia, es Arán y tiene cosas de las tres.
Pero no parece que los catalanes estén muy cómodos dentro de España a juzgar por las encuestas: el número de los que desean que Catalunya sea un país independiente doblan a los que quieren seguir unidos a Madrid. Y no es una cuestión identitaria sino económica: la pela.

martes 28 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 28 de junio de 2011
Nada es casual, nada ocurre porque sí, todo tiene su explicación e interpretación, decía el personaje oriental de Un cuento chino al descreído y malhumorado ferretero argentino interpretado por Ricardo Darín que cuenta una y otra vez los clavos de las cajas que le envían sus proveedores para comprobar que siempre faltan.
Así debe de ser. Y no porque lo diga esa fábula argentina que vi no hace mucho y recomiendo, a pesar de ser una película sencilla y simple. ¿No es la sencillez de un huevo frito la perfección culinaria? ¿No está un bosque, con sus prados, sus ríos, cascadas y lagos muy por encima de un jardín dieciochesco?
Instalado mi equipo de música en la buhardilla, encima de una de las estanterías de madera negra que hace una semana monté, o puede que ya sean diez días, porque dejé de medir el tiempo, me percaté de que los CD debían de andar en alguna caja de alguno de mis almacenes logísticos que fui dejando por el largo camino de la mudanza de Granada al Valle. ¡Vaya! Me quedo sin música, rezongo, con la necesidad que tengo de ella para alimentar mi espíritu.
Pero no iba a ser así. Abrí una caja olvidada en el garaje y allí estaba mi tesoro musical y hoy, a ciegas, a tientas, después de un desayuno tardío que me ha impedido asistir a los Desayunos de Ana Pastor, meto la mano en ella y saco 3 Gymnopédies-6 Gnoossiennes de Erik Satie. Precisamente ese CD entre doscientos porque era el primero. ¿Lo vuelvo, como si no lo hubiera visto, a la caja o lo escucho? pregunto al otro yo. Lo escuchas, me responde, como prueba de fuego.
Es difícil definir tanto minimalismo musical como esas vanguardistas piezas del normando Satie, variaciones sobre una misma nota, solos lentísimos de piano, pulsaciones de teclado aislados y separados entre sí, y tantísima belleza, nostalgia, poesía destilando de esas melodías aparentemente simples. La magia del arte muchas veces no necesita de grandes sinfonías ni orquestas de muchos instrumentos, bastan pequeñas notas ejecutadas al piano como éstas, que escucho, en mi buhardilla, para estremecerme.
Descubrí a Satie cinco años atrás, aunque Gymnopédies ya la había escuchado con anterioridad sin saber quién era su autor. Algún inteligente director de cine la había utilizado como banda sonora de su película. Luego, por esas casualidades de la vida, en un viaje a Normandia, no sé bien cómo, me encontré en su casa natal convertida en museo, deambulé por las oscuras habitaciones de suelo de madera oscura y crujiente en donde el músico había destilado de su corazón esas tristísimas cadencias y me preguntaba en quién pensaba su compositor mientras lo hacía. ¿Una mujer? ¿Por qué ocupan ellas la centralidad de nuestras vidas? ¿Qué magia extraña tienen, o nos imaginamos, que viene a ser mucho más peligroso?
Paladeo a Satie en el Valle, sus notas de piano que vuelan sobre los trinos de los pájaros, sobre el silbido del viento que trae consigo una formación de nubes, lo disfruto a pesar de que estoy rompiendo la promesa que me hice de no oír más esa pieza, y salgo indemne de esa prueba de fuego que me he impuesto, seguramente porque no soy el mismo que lo escuchó hace cuatro años y medio ni lo seré más. Media una eternidad. Y eso es lo que me entristece.

lunes 27 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 27 de junio de 2011
Me acosté tarde porque anduve de noche por la montaña, por el Cloth de Baretges que retraté con la luz mágica del atardecer. Mientras la luz se apagaba, que tardó, por cierto (no fue noche cerrada hasta las ¡¡¡11 y media!!!) perseguí con mi teleobjetivo a un par de jóvenes ciervos por las montañas, que se mantenían a una prudente distancia de mí y bramaban. Sí, voy aprendiendo cosas: aquel ladrido seco y amenazador que había escuchado días atrás en los bosques es el bramido de los ciervos. Ya no me inquietaré. De regreso, ya en el coche, serpenteando por la pista forestal que lleva al Portillón, mis faros deslumbraron a una manada de jabalíes, quince o veinte, en la que abundaban las crías, diminutas, juguetes animados, que huyeron montaña arriba. Y ya llegando al pueblo, en la rotonda de entrada, otro ciervo emprendió carrera hacia el cercano bosque. Noche muy concurrida. La naturaleza, al menos aquí, no acusa la crisis, así es que me queda el recurso de renacer en ciervo.
Decido indignarme durante el desayuno cuando el sol me despierta. Es un acto de masoquismo con el que quiero empezar mi jornada dedicada a la declaración de renta que, como todo acto repugnante, aplazo hasta el último momento. Porque no ha llegado la hora de la insumisión fiscal, pero todo se andará. Un par de tostadas con mantequilla y espesa miel de los valles engullida con el café con leche mientras Ana Pastor, la mejor periodista televisiva, intenta mantener un diálogo con Elena Salgado, precisamente la ministra de economía que recibirá el dinero de mi declaración de renta en unos días. Puede que Elena Salgado se haya ganado un honroso primer puesto en incompetencia del gobierno que sufrimos. Su falta de carisma es similar a la de Hernández Mancha, desaparecido líder del PP que nadie encuentra ni en las hemerotecas. Uno echa de menos el aire doctoral de Solbes, que tampoco era una eminencia, en cuanto se enfrenta a la expresión gélida y vacua de la ministra que, cuando sonríe, lo hace forzadamente. Si para ser ministro de Hacienda de este país lo único que se requiere es decir sí a todo lo que nos dicen, sin cuestionar nada, pues cualquiera sirve o ahorren ese sueldo y el de sus secretarios, subsecretarios y demás funcionarios ministeriales.
Primera pregunta de la incisiva Ana Pastor: ¿Por qué siguen manteniendo las agencias de rating a pesar de que está más que demostrado que sirven a oscuros intereses y no son nada fiables en sus análisis? Divaga la ministra, dice que en efecto, se las ponen en cuestión pero se las necesita para calificar a los países. ¿Para qué? me preguntó yo y millones de persones, ¿para qué los países entren en el diabólico juego de la bolsa y se devalúen para que se les compre a bajo precio? Lo malo del capitalismo salvaje es que no aplica sus propias normas, porque no las tiene, porque es salvaje, que sería despedir a quien no hace bien su trabajo. Pero las agencias de rating, no nos engañemos, hacen muy bien su trabajo para que los especuladores se forren.
Segunda pregunta: ¿Está oyendo el gobierno lo que se le está diciendo desde la calle a través del 15M? Respuesta: algunas propuestas del 15M son asumibles y las estamos estudiando, pero otras son utópicas. Lo vergonzante, lo que debería sonrojar a Elena Salgado, es que no las hubieran recogido y estudiado antes. Y si algo caracteriza al 15M es porque no puede ser más realista en sus peticiones.
Tercera pregunta: Si el primer rescate a Grecia ha sido un fracaso absoluto ¿qué garantía hay de que éste no lo sea cuando no es otra cosa que apretar más las tuercas al país heleno hasta que salte hecho pedazos? Aquí responde que hay que confiar, ¿en qué? ¿En la providencia? Abunda en que Grecia no es España y que el gobierno está haciendo los deberes. Quizá lo que habría que replantear es el examen, quién lo pone, quién lo evalúa.
Tercera cuestión: ¿No es un contrasentido poner a la cabeza del Banco Central Europeo a una persona como Mario Draghi que ha trabajado en Goldman Sachs, una de las empresas financieras implicadas en la crisis? Mario Draghi ha trabajado, en efecto, en esa empresa, pero no ha tenido responsabilidad en lo que sucedió. Lo que dice la película Inside Job: los piratas de esta crisis no sólo no son castigados sino que se les recompensa.
La cuarta pregunta, la del millón, parte de la mesa: ¿Es justo que las SICAV tributen mucho menos que las nóminas? Ni me acuerdo lo que dijo, pero las SICAV seguirán tributando, para vergüenza e indignación, muchísimo menos que nuestras nóminas.
El emperador está desnudo, señora Elena Salgado, y todo el mundo lo ve menos usted, que no quiere verlo.

domingo 26 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 26 de junio de 2011
Tener un despertador solar, hasta que fui a parar al Valle, era un lujo impensable. Pero uno se acaba acostumbrando a que el sol sea lo que te despierte cada mañana, lo ve natural, y lo es, el sol y ese aroma anisado del obrador de pan que trabaja las veinticuatro horas del día, en tres turnos, y cuyo horno encendido es el único rumor de la noche.
Anoche me acosté tarde. Porque estuve escribiendo, o reescribiendo, esa novela negra que he recuperado después de dudar si valía la pena hacerlo o sencillamente olvidarme de ella. ¿Pero no se multiplican las atenciones y cuidados cuando un hijo no nos sale tan inteligente, audaz y atractivo como los otros? Después de corregir algunos capítulos, introducir nuevos, rehacer muchos diálogos que me parecían completamente impostados, decidí dar un paseo nocturno a ver las estrellas, porque el día había sido extraordinariamente despejado. Opté, en un principio, por coger el coche y trasladarme al Cloth de Baretges, en donde el espectáculo, en ese enclave místico, de un cielo tachonado por millones de lucecitas prometía dejarme boquiabierto, pero me desanimó la tortuosa carretera y la pedregosa pista entre bosques solitarios que debería recorrer para llegar hasta arriba y opté por algo más simple, tomar uno de los caminos que parten de mi casa, separarme de la contaminación lumínica del pueblo y adentrarme unos pasos por el sendero: el resultado fue espectacular. Creo que aprenderé astronomía.
Después de liquidar, con el desayuno, la coca que compré por San Juan, la de chicharrones, fui a comprar El País a mi vecina argentina (o uruguaya, tendré que preguntar) y me senté con las noticias en una terraza de uno de los dos bares vascos que compiten en la plaza de la Iglesia, que sospecho son el mismo.
Las noticias son aterradoras. No hay cosa más gore y que nos afecte más a tantos que la economía. Mientras los indignados de la plaza Sintagma de Atenas abuchean a las señorías que los están descuartizando con serruchos en el parlamento heleno (un niño griego, al nacer, no lo hace con un pan bajo el brazo sino con una deuda de 30.000 euros; díganme ustedes cómo se come eso, cómo se puede vivir de esta forma) las columnas de los indignados españoles salen de sus ciudades de origen, con este sol de justicia que ya se nota en el Valle de Arán y en el resto de España debe de ser insoportable fuego, para confluir en Madrid el próximo 23 de julio y yo, mientras leo, planeo en qué punto exacto me incorporaré a esa marcha que espero crezca por el camino, se convierte en una marea humana que ahogue, metafóricamente, la capital de nuestra devaluada España.
Siguiendo con esa película de terror gore que es la economía leo que los desahucios aumentaron de 6.000 al año a ¡¡¡¡100.000!!!! ¡Cuánto cuesta imaginar a esas cien mil familias que se han quedado sin techo, duermen bajo puentes o en jardines, en cajeros automáticos de los mismos bancos que los echaron a la calle o en sus coches hasta que también estos sean embargados!
Declarémonos la humanidad frente a los vampiros financieros que son los únicos que no pierden una gota de sangre en la crisis estafa que provocaron en bancarrota. Quebremos toda la humanidad. Dejemos de pagar deudas multimillonarias e intereses de por vida. Hundamos el sistema, no lo reformemos, porque el sistema lleva la maldad en sus genes, un Alien en sus entrañas que devora todo brote que surja de la tierra. Que Grecia deje de pagar a Alemania. Que la locomotora Alemana, sus bancos, se hundan. ¿Qué harán para que les pague si Grecia, como España, como Italia, como muchos países de esta Europa que se tambalea, no tiene riqueza? ¿Invadirlos con sus tanques?
Estamos en época de refundación. De todo. Yo también.

sábado 25 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 25 de junio de 2011
La rayo de sol me dio en los ojos a las 9 y media, exactamente, y me despertó. Fue la luz, no los balidos de las cuatro ovejas que pacen en un cercano prado ni los gallos de los alrededores. Miré el cielo: radiante, sin una sola nube.
La belleza del Valle, en días como hoy, es demasiado absorbente, te arrastra al exterior y te impide trabajar. Los días grises y de lluvia son más productivos, aunque resulten más trágicos. Por eso, después de comprar El País, con el chute vital del sol, tomo el coche y decido pasar a Luchón, Francia, por una serpenteante carretera entre sucesivos bosques de abetos y pinos negros que culmina en el puerto de El Portillón y desciende luego, vertiginosamente, pasando al lado de una enorme cascada, hasta esa pequeña población con aires de grande. Mi idea es comprarme una bicicleta de montaña en Luchón, pero cuando llego a la tienda que ya conozco de otros años, la encuentro cerrada. Para los franceses el mediodía es de 12 a 14 horas, y pasan diez minutos de las 12. No me irrito. Cámara en mano, disfrutando del sol, paseo por la amplia avenida principal de la población en la que hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs se reparten el espacio y la montaña asoma en cada bocacalle.
Siempre me gustó la decadencia de Luchón. O me atrajo. Tiene el encanto de una ciudad que fue pero ya no es nada, o casi nada. Debió vivir su época de esplendor cuando su enorme balneario atraía a principios del siglo pasado a esa burguesía rancia e ilustrada europea que buscaba en las aguas termales El Dorado de su salud y, de paso, se relacionaba, se enamoraba, matrimoniaba. Los balnearios siguen en Luchón, imponentes y vacíos, como los enormes hoteles de fachadas regias, parisinas, blancas que se recortan contra el azul del cielo y uno no acaba de ubicar en un pueblo de alta montaña, pero ni rastro del paisanaje decimonónico, de esa burguesía ilustrada que despreciaba la brisa marina para buscar la pureza de la montaña.
Mientras paseo, y tomo fotos, pienso en La Montaña mágica de Thomas Mann, una de las tres novelas que más me han impresionado, y en el balneario de Badem Badem en donde sitúo un capítulo de El mal absoluto. El balneario es un lugar en donde el tiempo se detiene y la falta de ritmo es precisamente su mayor encanto junto a las comidas sosas, las conversaciones como cuchicheos y el agua, por supuesto. También Muerte en Venecia, del mismo Mann, retrataba ese ambiente distinguido y encorsetado, ahogado, por las normas. En un balneario situó Vázquez Montalbán a su alter ego Carvalho en una de sus aventuras literarias. Nunca me alojé en ningún balneario, huyo de esos modernos hoteles de talasoterapia y otras prácticas en los que los huéspedes bajan al desayuno en batín blanco.
Mientras hago tiempo para que abran la tienda de bicicletas voy deteniéndome ante los menús del mediodía de la docena de terrazas que hay en el majestuoso paseo flanqueado por enormes plátanos. Los precios oscilan entre los 13 euros y los 18, y por esa cantidad ofrecen un condumio modesto, triste, que no me acaba de convencer. La excelencia gastronómica del Valle de Arán se pierde en cuanto uno deja atrás su frontera.
La iglesia del pueblo ocupa uno de los flancos de una plaza en donde hay una pastelería en la que solía sentarme cada vez que iba a Luchón a tomarme un café con leche y una tarta de cerezas. Paso de largo por delante del establecimiento, porque recuerdo que las últimas y empalagosas cerezas me las sirvieron con hueso, y además la cereza es la única fruta que detesto, más que el kiwi, y me detengo ante un patriótico monumento a los caídos en todas las guerras que ocupa el centro de la plaza: un soldado, con su característico casco francés tipo bacineta con una ligera cresta que va de la frente al cogote, en actitud patriótica, sobre un pedestal en donde aparecen grabados los nombres de los ¿luchones? muertos en todas las guerras: una treintena en la Segunda Guerra Mundial, uno solo en la Guerra de Argelia, con la leyenda “Muertos por la patria”, que nunca me creí, y una madre en el suelo, extendiendo los brazos, la que ofrece a sus hijos a todas esas carnicerías humanas. ¿Preparan otra carnicería humana para salir de la crisis? Tiempo al tiempo. Pero tienen que buscar un enemigo dentro de Europa, o fabricarlo, para que nos liemos todos a bayonetazos y los supervivientes reconstruyan el mundo que destrozaron.
Las dos horas que emplean los dueños de la tienda de bicicletas en comer me dan también para ir al mercado, cuyos puestos ya se están levantando, cruzar por un puente ornado de flores un afluente del Garona y dejar a mis espaldas un abigarrado cementerio: la gente también muere en la montaña, por muy sano que sea vivir en ella, no nos engañemos, y esa manifestación de cruces blancas que emergen del suelo me lo dice.
Cuando finalmente abren la tienda me desinflo. Las bicicletas son tan caras como al otro lado de la frontera y la única que sobrepasa ligeramente los 400 euros, y podría interesarme por esa razón, está pintada en un azul espantosamente feo que debe ser lo que la abarata. Así que sin utilizar el idioma francés, salvo en un par de msg que envío desde mi móvil, abandono Luchón con el depósito del coche vacío, en la reserva, a tono con mi estómago, también bajo mínimos.

viernes 24 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 24 de junio de 2011
Creo que habito en un mundo aparte, una excepción. Mientras anuncian temperaturas que pueden alcanzar los 40 grados aquí el termómetro no sube de los 12. Siguen las nubes, ancladas entre las montañas, clavadas a sus lomas, formando parte ya de ellas. Con esa visión de nubes me hago caldo, una gran olla con lo que tendré sopa para quince días pues ya se sabe como el caldo se va multiplicando a base de sucesivos hervores. Y luego pollo con algo de curry y patatas. Cuando ya está ese caldo de verano que hago porque me da la sensación térmica de que estoy en invierno, sale el sol, de repente, entre las nubes que van desapareciendo y mostrando un espléndido cielo azul. Cuando voy a comprar el diario, hoy Público porque viene con película, decido sentarme en una terraza y leerlo por encima y así disfrutar del tiempo veraniego que, de repente, llegó al Valle. Acompaño la lectura con una cerveza y una infame tortilla de patatas. No sé por qué cuesta tanto encontrar una tortilla decente en los bares. Como, bebo y leo anclado en una silla metálica y mirando la inmensa montaña arbolada de enfrente que parece un escenario dibujado. No estoy solo. Llegan ciclistas franceses, parejas de matrimonios con niños. El bar es vasco y, sobre el mostrador, una variedad de tapas que, como tengan la calidad de la tortilla, no van a procurar placer gastronómico a nadie.
De regreso a casa planeo mi tarde. Reescribir esa novela negra en la que estoy trabajando y no me acaba de convencer, porque ni yo consigo entrar en ella, e ir al bar del Wifi de Vielha no bien coma porque la Sexta3 programa ¿Qué tal Pussycat? una de mis comedias preferidas que tiene un lujoso reparto encabezado por Peter O’Toole, Paula Prentiss, Ursula Andres, Romy Schneider, Capucine, Peter Sellers, Woody Allen que, además, firma el espléndido guión, y no quiero perderme. ¡Qué bellos todos salvo Allen y el insufrible Sellers!
Miro la mesa que he pintado. Desde luego nadie me va a contratar como pintor de brocha gorda. Decir que quedó mal es ser generoso conmigo mismo. Una vez acabadas las dos sesiones de pintura, una con brillante y otra con mate, una con pintura de madera y otra con pintura de pared, no sé si utilizar el tablero como mesa o colgarlo directamente en la pared como obra de arte conceptual que podría titular, sin engañar, Negro.

jueves 23 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 23 de junio de 2011
Sigue lloviendo. Por eso todo está tan verde y el agua brota de la tierra, de las rocas, se despeña desde las alturas. La belleza del Valle tiene esa dependencia: la lluvia. Hoy un manto de nubes sepultó Arán y ocultó todas las cimas de los montes. No se movieron. Tampoco bajaron.
Me acordé de que hoy es la verbena de San Juan. Fui a mi panadería a comprar varias cocas para endulzar mi vida. No compré cava porque no tengo con quien brindar. Y regresé a casa, con El País bajo el brazo y una cierta nostalgia por la soleada Granada, sus terrazas, la de Las Titas adonde solía ir para leer el periódico mientras bebía una cerveza, El Pícaro en donde escuchaba jazz, las cuestas del Albaicín y el Sacromonte por las que tantas veces he ascendido, la Alhambra iluminada que brilla como oro cada noche granadina, las tertulias en el Yerbabuena sobre literatura y política, las copas del afrutado Calvente en Garnati de mi antigua calle, los ojos ambarinos, los chinos del supermercado, todo lo que quedó allí y se irá diluyendo en la memoria, como siempre sucede.
Aproveché el mal tiempo para ejercer de pintor de brocha gorda que se me da tan bien como la fina. Pinté una tabla de estudio de negro, para que conjunte con las mesas y las estanterías de Ikea, con escasa fortuna. Terminé el bote y me di cuenta de que me había quedado corto. No me van los trabajos manuales ni el bricolaje. Luego no había manera de hacer desaparecer las manchas de pintura de mis manos, muñecas y codos, porque todo yo quedé como un cuadro y mi piel se convirtió en un lienzo. Creo que la pintura se va con algo que se llama aguarrás, pero olvidé comprarlo en la ferretería/droguería del pueblo. Así es que me he metido en un baño de agua caliente y jabón y he estado arañándome meticulosamente la piel y las uñas de las manos, a falta de piedra pómez, mientras me preguntaba si no sería más fácil cortármelas, las uñas y hasta los dedos para terminar antes. Kafka estaba en esa bañera, a mi lado, contemplando mis absurdas maniobras para quitar el negro de mi piel.
He empezado a subir libros al estudio de la buhardilla, a llenar las estanterías mientras la tabla pintada se secaba lentamente con la corriente que se establece abriendo los tres velux. He colocado los míos en la estantería que hay a mi espalda, al alcance de mi mano, y los ajenos en la que hace de separador de ambientes y tengo enfrente. He dispuesto todos los retratos sobre la mesa tras limpiarlos del polvo granadino, otra de las cosas que echo de menos. Todos los enmarcados son gente joven, muy joven, como El Destilador Cultural en pantalón corto, el director de El Bosque de mirada encantadora, la madre de Paula dando de comer a las palomas de la Plaza Catalunya o yo mismo, delgado, con gafas, mucho pelo negro, corbata y gabardina, y alguno hay que ya no está: Berlanga entregándome la escultura de las piernas de La Sonrisa Vertical y ese Ricardo Muñoz Suay que se fue tan temprano y cuya calva asoma entre el hombro izquierdo del director de El verdugo y el mío. Miro al sonriente Berlanga y le oigo.
Ayer, al hilo de lo dicho antes, me escribió una lectora de Pubis de vello rojo e hizo sorprendentes comentarios acerca de esa novela: sucia, brutal, pasional, terrible, infernal, nauseabunda, romántica, para terminar diciéndome que le había gustado mucho. Le contesté que era lo más nihilista que había escrito, que ya no podía, ni quería, ir más allá de Pubis de vello rojo. Cada novela es fruto de un momento. No sé qué saldrá de este momento, de ahora mismo, no sé si saldrá algo o tal vez enmudezca.
Como cada tarde he cogido el coche para ir a Vielha y el control de policía que había en la rotonda de la entrada del pueblo me ha dejado pasar con un saludo: ya me conocen los agentes. Yo todavía no los conozco a ellos.
Hoy no había tantas moscas en el bar mientras tomaba un café con leche. Ayer más, seguramente porque llovía y estaban alborotadas con la tormenta. Escucho la conversación de tres matrimonios mayores e indignados por todo lo que sucede en este país que toman unas cervezas a mi lado. Tienen hijos en el paro y difícilmente podrán disfrutar del placer de acariciar a sus nietos que no tendrán quienes tienen trabajo precario y no acceden a una vivienda. El 15M llega a todos los hogares, hasta a estos valles perdidos porque es un movimiento transversal. El 15M es la humanidad indignada por una situación que unos pocos han provocado y pretenden cargas sobre los inocentes.
Regreso a la casa cuando ya se va la luz del Valle, con los focos encendidos. Las nubes siguen bajas, inmóviles, sin descargar el agua que llevan dentro. Serpenteo junto al Garona mientras reflexiono sobre cómo superar mi última adicción y controlar su síndrome de abstinencia.
El coche entra con dificultad en el garaje. Son tantas las cajas de cartón vacías de la mudanza que lo abarrotan que decido tirarlas cuando el coche, reculando, aplasta y abate algunas al suelo. Reflexiono antes de cargarlas e ir al contenedor de cartones y papeles que hay en la carretera. Y no es baladí la reflexión. ¿Y si las necesitas para una próxima mudanza? me pregunta uno de mis yos antes de meter la primera caja en el coche. Ya no habrá más mudanzas, me responde el otro yo mientras empieza a cargarlas en la parte trasera del automóvil. Soy consciente de que ésta es la última.

miércoles 22 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 22 de junio de 2011

Hoy asistí a la primera tormenta de verano. Fue curiosa. Empezó por la tarde, justo cuando acababa de subir todos los elementos de las librerías y de la mesa comprada en Ikea por los tres tramos de escaleras y poner a prueba mis dotes como montador de muebles: aprobado bajo. Tendré que repetir una librería que me quedó para septiembre. Primero la buhardilla se llenó de moscas pesadas, de vuelo enloquecido e irregular que mataba contra el teclado de mi portátil con el manual de montaje de la mesa, un sinfín de gráficos que no he terminado de entender, cuando se posaban en la letra K, la de Kafka; luego, con sol, empezó a tronar. No me pareció serio: faltaba la ventolera que precede a las tempestades. Mucho más tarde surgieron nubes oscuras y descendieron por las vaguadas, rozaron las laderas boscosas de las montañas, cubriéndolo todo con su neblinosa apariencia. Hasta el Garona desapareció engullido por esa masa gaseosa cargada de lluvia. Luego llovió, y siguió tronando. Y a la noche hubo una nueva tormenta, mucho más violenta que la anterior. La tormenta me ha servido para comprobar que con los velux abiertos el agua de lluvia, a no ser que se oblicue por el viento, no entra en mi buhardilla estudio. Pero la cerraré cada vez que me ausente.
La mesa es grande. He tardado en construirla dos días y me tuvo en vela toda la noche anterior cuando se me hizo la luz y supe, por fin, como montar todo el andamiaje metálico de las siete cajas, sobre el que había que atornillar los tres tableros de madera, que había colocado exactamente al revés por culpa de no entender los manuales. Es en forma de L y la he situado pegada al velux que da a la montaña que veo desde el salón comedor: una cima fronteriza con el Cloth de Baretges. Las estanterías, dos, negras como la mesa, son robustas, cuadradas, y las he colocado una detrás de mí, pegada a la pared, y otra enfrente, en medio de la buhardilla, como separador de ambientes. ¿Qué ambientes? Pero tendré que repetir una: dos puñeteros tornillos no acaban de morder la madera y sobresalen desafiantes acusándome de torpe.
Mientras sorbo un gazpacho me asomo a la tele. Los políticos reflexionan sobre el 15M reforzado por el 19J que creían desactivado con el 15J. A Felip Puig se le vio demasiado el plumero en Plaça Catalunya (Terminator) y en Ciutadella (Madre Teresa de Calcuta). Dicen sus señorías que han tomado nota de las reivindicaciones. Que quieren hablar con los representantes del movimiento que no tiene representantes. Mas, que no es un adverbio sino el president de la Generalitat, quiere hablar con ellos. Carme Chacón va más lejos, prepara su carrera política post Rubalcaba y hace suyas las reivindicaciones de los indignados, todas, y lo hace con la vehemencia de quien se sabe fuera del gobierno dentro de meses. Tenemos a una ministra de Defensa indignada, un lujo impensable hace unos días. Algo parecido expresó Miquel Iceta después de los incidentes en el Parlament del 15J hablando que los políticos no pueden seguir así, supeditados a los mercados y alejados de la ciudadanía. Bien, si asumen nuestras peticiones que empiecen a trabajar para conseguirlas. No se les ve por la labor. Para el PP, salvo excepciones como la del más que probable presidente extremeño que recoge parte del programa de Izquierda Unida sin asustarse, seguimos siendo una banda de perroflautas, neologismo que urjo a la RAE para que lo incorpore urgentemente porque es brillante y enormemente descriptivo aunque haga décadas que dejé de tener perro y nunca toqué la flauta. La expresión se la escuché, por primera vez, a David Torres y a David G. Panadero en una Feria del Libro de Sevilla a la que fui para pasear El mal absoluto.
A media tarde, con lluvia, tomo el coche para ir a Vielha, a mi bar que tiene wifi, el único del Valle, a la espera de que pueda contratar mi conexión internet que va para largo. Pido tortilla de patata, recalentada y seca, pan con tomate y una cerveza y miro el correo mientras espanto decenas de moscas que revolotean por el establecimiento. Un día les preguntaré a los camareros por qué concentran a todas las moscas de la zona en su local, qué les dan para atraerlas. Creo que esta tarde hay cincuenta bestezuelas incordiantes que se te meten por los ojos y las narices, y me quedo corto.
Mientras leo correos, y borro muchos, reflexiono sobre acontecimientos próximos en el tiempo que me han dejado una cicatriz en la piel. Los seres humanos somos misteriosos, salvo, quizá, Felip Puig que me parece bastante plano. Si no me conozco y me sorprendo de mí mismo en infinidad de ocasiones, ¿cómo voy a conocer a las demás personas? Se puede pasar de conocido a extraño en menos de veinticuatro horas y eso me inquieta, me produce pavor. ¿Y si me convierto para mí mismo en extraño y no me reconozco? El proceso es como morirse: se es y se deja de ser en una décima de segundo, lo que se tarde en expirar, y luego nada, fotos y vivir en el recuerdo de los que alguna vez te quisieron. Alguien con el que has compartido mantel y sábana te pide, de repente, que le trates de usted, como si no lo conocieras, y eso te desconcierta porque te das cuenta, de repente, lo extraños que sois. Herida, de Louis Malle, cruzada con Intimidad de Patrice Chérau y Amores con un extraño del maravilloso Robert Mulligan en la que los amantes extraños eran Natalie Wood y Steve McQueen, porque el cine da respuestas para todo por cuanto refleja la vida. Falla la conexión y no reconoces ya la voz, no codificas sus expresiones, pierdes la sintonía que ya no vas a recuperar y te da miedo de que todo sea un sueño, de que tú mismo seas parte de ese sueño y todo ese trabajo de montador de muebles de la república independiente de Ikea (¡vaya morro para venderlo todo por piezas y made in China), las desgarraduras entre los dedos, los callos de tus manos no acostumbradas a trabajos duros, sean una de las muchas pesadillas de ese sueño del que te despiertas en una casa azotada por la lluvia y los relámpagos en el Valle de Arán. Quizá seas Unabomber y no lo sepas.

jueves 16 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

DOMINGO, 19 DE JUNIO:
LOS INDIGNADOS TOMAMOS LA CALLE
Valle de Arán, 16 de junio de 2011


Es hora de pasar de las palabras a los hechos, de involucrarse en un movimiento que es de todos los desencantados con este sistema democrático que, ante la crisis, ha demostrado su total y absoluta incapacidad, de estar en primera línea de la lucha, de sumar fuerzas con nuestra presencia activa en ese movimiento que está calando en la sociedad y empieza a preocupar a nuestra clase política. Es el momento de manifestar nuestra indignación en voz alta y acudir a esa gran manifestación del domingo 19 de junio en todas las ciudades de España.



Dejo las verdes praderas para pisar con fuerza el asfalto.

miércoles 15 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 15 de junio de 2011
La indignación sube un escalón y deja de ser amable en Catalunya. La indignación, per se, no puede ser amable, era un contrasentido. Pedir amabilidad y buenas maneras mientras se producen a diario centenares de desahucios, se incrementa el número de parados y las colas ante los comedores sociales se vuelven interminables es un contrasentido. El president Artur Mas se queja de que ha tenido que aterrizar en helicóptero para estar en la sesión de los recortes sociales del Parlament de Catalunya porque los indignados cercaban el parque de la Ciudadela. Cientos, quizá miles de catalanes no disponen de vivienda ni trabajo, honorable president Mas que ha subido el sueldo en tiempos de crisis a unos cuantos cargos de confianza. Se ha cruzado una línea roja, acusa Mas, indignado con los indignados. Los políticos, separados del pueblo, la cruzaron hace mucho tiempo gobernando en contra de la mayoría social de este país. Son unos cuantos miles frente a los millones que depositaron su voto y nos eligieron, espetan los políticos secuestrados. Detrás de esos miles de acampados, de manifestantes beligerantes, hay millones de indignados por la forma de hacer política de este país, no nos equivoquemos, que se pueden contabilizar en esos millones de votos en blanco que, junto con la abstención, marcan un 40 % de desencanto. Detesto el insulto, el zarandeo, que se lancen bolsas de pintura contra los diputados, de la misma manera que condeno el que la policía proceda con métodos violentos contra manifestantes pacíficos. Es censurable lo que han hecho hoy como fue censurable, y aún se espera la autocrítica, lo que Felip Puig hizo con la excusa de limpiar la Plaça de Catalunya. Pero esa actuación descontrolada e indignada de hoy resulta suave si la comparamos con la violencia de los desahucios, condenando a la gente a vivir en la calle, en la indigencia, del cierre de empresas por su deslocalización, de los miles de empleos que se pierden, de esa generación formada y sin futuro que ni tan siquiera podrá tener vivienda, trabajo, pareja e hijos. ¿Qué esperanza les están dando? Ninguna. La protesta se ha radicalizado, se ha ido de las plazas a los parlamentos, a cada uno de los ayuntamientos, para hacerse visible, para que se oiga su grito. A sus señorías ese grito no les gusta. Tomen nota sus señorías de lo que no nos gusta de ellos. El movimiento 15M se reinventa cada día y escapa del control de la derecha y la izquierda. Quizá cuando esta ola de indignación sacuda toda Europa empezarán a tomar nota los políticos que no nos representan. En Islandia sientan en el banquillo a políticos y banqueros. Esa pequeña isla sigue siendo nuestro referente en una revolución pacífica para regenerar la política devaluada.

domingo 12 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Madrid, 12 de junio de 2011
Lucía un sol radiante, pero a las 11 de la noche aún se podía pasear sin demasiado agobio por el parque del Retiro. Me sobrabra la chaqueta, pero sin ella me siento desnudo. Busqué la caseta 78, la encontré y me di cuenta de que no era la mía. Maldito despiste. Probé en la 87. Sí, en efecto: simple alteración numeral. A las 12 horas entré con puntualidad británica mientras Escarlati, el librero de Estudio en Escarlata, colocaba la cuarta parte de mis obras completas. Ya sentado empezaron las firmas a pesar de que me sentía muy pesimista ante la jornada. Una paisana de Salamanca me alargó LLUEVE SOBRE LA HABANA. Hablamos de nuestra patria común. Cae otro libro. Y otro. Periodo de descanso que empleo en mirar los muchos paseantes que deambulan entre las casetas de la Feria del Libro de Madrid. No firmaré más, me dice un otro yo agorero. Pero firmo. Varias lectoras que van a viajar pronto a Cuba se lanzan sobre mi novela habanera. No es una guía de viajes, advierto, sino una novela muy negra y cargada de humor. Posibles lectores hojean TU CORAZÓN, IDOIA. El tema de ETA no concita muchas simpatías, máxime hoy que Bildu parece haberse quitado la máscara. Pero uno me pide que le firme esa historia de etarras contada desde dentro. Le advierto que es un libro difícil. Primer conocido: el amigo Armando Rodera. Dice que tiene calor. Le invito a ir a mi montaña a refrescarse. No descarta hacerlo cuando tenga su pierna mejor. Hablamos de su libro, del 15 M. Más lectores que reclaman mis novelas. Una mujer que ha veraneado en Playa de Aro busca MAREA DE SANGRE y la encuentra. Personalizo todas las dedicatorias. Más novelas habaneras: la ciudad concita interés. Una cubana del exilio me la compra y lloramos los dos por la situación de la isla. Su marido, un canario que ha vivido cuarenta años en Venezuela se interesa por LA CARAQUEÑA DEL MANÍ. Un lector que me conoce de Gijón me pide que le dedique EL MAL ABSOLUTO y LLUEVE SOBRE LA HABANA. Las novelas de mi amigo Rodriguez Pachón de despachan a destajo. Peor suerte corren otras. Hay mucha oferta en la caseta 87 en donde ejerzo de vendedor de mis libros, algo que hago razonablemente bien. Una lectora se queda LLUEVE SOBRE LA HABANA con la condición de que no se la dedique. La entiendo. Es una fetichista de los libros y le revienta que se escriba en ellos. Una chica alemana, estudiante, inaugura las compras de LA FRONTERA SUR. Se animan entonces a adquirir la novela en bolsillo dos mujeres más. La librera ne trae un botellín de agua. Firmo con un bolígrafo que me regalaron mis amigas de Málaga. Me da suerte. Hay más turistas que se van a Cuba y buscan mi libro. Les aconsejo que lo lean mientras vuelan en avión. Uno me pregunta si es una novela castrista. Le digo que no, aunque salga el Comandante. Una lectora que nunca me ha leído me pregunta por qué libro debe comenzar a conocerme. Le ofrezco la edición de bolsillo de LA FRONTERA SUR. Mi homónimo madrileño pasa por la caseta y me saluda. Vuelve Armando Rodera achicharrado de calor. Mi estancia en Andalucia me ha hecho resistente al sol. Un lector viene de parte de Paco Gómez Escribano, escritor y amigo, y me pide que le dedique TU CORAZÓN, IDOIA. Pero siguen saliendo novelas cubanas, sin cesar, de los depósitos de la librería para suplir las que se venden a muy buen ritmo. Un ayudante de la librería las va anotando. Son muchas. Me pide que le recomiende una de mis novelas para leer. Le hablo de todas. Una madre y una hija, joven, la madre, y pequeña, la hija, piden que les firme LLUEVE SOBRE LA HABANA. Se me olvida decirle a la madre que espere a que su hija tenga 18 años para leer el libro. Algún lector me pide permiso para hacerme fotos. Scarlati también las hace. Poso al lado de la librera, una señora tan hermosa como mi tía escritora de noventa años con la que ayer estuve de cháchara durante cinco horas hablando de filosofía, geografía, literatura, historia, religión y arte. Pierdo la cuenta de los libros que dedido. Pasan de las 2 y sigo. Empiezo a ponerme la chaqueta para irme y se acercan dos lectores rezagados, dos lectoras que me conocen por facebook. Me voy a quedar sin tinta. Se presenta mi amigo escritor Ramón Irigoyen, igual que cuando lo vi en un Fernando Lara que no gané pero sufrí como finalista hasta lo indecible, al que hace una eternidad no veo con mi novela cubana bajo el brazo. Estampo una dedicatoria personalizada. Aparece mi homónimo madrileño y mi hermano. El primero se enzarza en conversación con el poeta y articulista. Cuando se despide de los dos José Luis Muñoz se queda un poco perplejo. Hay miles, pero lo raro es que dos seamos amigos. Son las 2 y media, la hora en la que se clausura de Feria del Libro de Madrid, definitivamente, la de este año. Me despido de los libreros de Estudio en Escarlata hasta el año que viene. Le dedico, finalmente, un LLUEVE SOBRE LA HABANA, la novela que ha batido récord de ventas, al ayudante de los libreros. Cincuenta libros firmados, más de la mitad cubanos. Me voy a celebrar con los dos Muñoz el moderado éxito a una terraza del Retiro y dejo que me sableen 22 euros por dos jarras y una limonada con una bolsa de patatas fritas. Terminamos comiendo en un restaurante cubano del Barrio de Las Letras. Parece un homenaje al éxito de ventas de LLUEVE SOBRE LA HABANA, pero es casualidad. En dos restaurantes a los que nos asomamos no nos dan de comer ya por lo tarde de la hora. El cubano, si. Arroz a la cubana y ternera mechada en tiras. Negro café solo. Hablo de La Habana con mi hermano mientras suena son cubano en ese pequeño local caribeño. ¡Azúcar! Empiezo a creerme Rodríguez Pachón. ¿Dónde está mi Leticia Darro?

miércoles 8 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 8 de junio de 2011
Me voy a cortar el pelo después de desayunar café con leche, tostada con mantequilla y miel y llegar tarde a los Desayunos de TVE1: la culpa fue de un sueño en el que me demoré, una especie de vodevil estresante en el que debía ocultar, en mi piso, a dos mujeres que, de verse, se enzarzarían en brutal pelea, y mantenerlas a cada una en una habitación sin que salieran de ellas por si coincidían en el pasillo me estaba costando sudor y lágrimas. No tengo interpretación al sueño, doctora. Interrumpo la fumada de un pitillo, a la puerta del establecimiento, de la joven peluquera para preguntarle si me puede aligerar mi melena. Lanza la colilla a la calle tras una última calada, gesto poco cívico que me abstengo de criticar. Así fumo menos, me dice mientras sonríe, agradeciendo que llegue en ese momento para frustrar su fumada. Es una chica que lleva una mecha color caoba en medio de su pelo negro, mide metro sesenta y derrocha simpatía. Mi cabello hace lustros que mutó al blanco. Me trata de usted. No hay manera de que me traten de tú. Me lo corta bien y rápido al precio de 13 euros. Compro luego El País. El último que queda. El otro lector debe de haberse demorado entre las sábanas de su cama porque el día, como ayer, como anteayer, sigue gris, aunque no llueve, y cuando vaya tendrá que conformarse con La Vanguardia. Compro, luego, tres hermosas gallinas de madera, o gallos, en una tienda de turistas de la carretera, para la madre de Paula que, como no me leerá, los recibirá mañana con sorpresa. Le pregunto a la muchacha de la tienda dónde puedo comprar huevos de las gallinas, de las de verdad, del pueblo y verdura de los payeses. Los huevos, fácil: en la panadería en donde compro el pan de leña cada día. La verdura la regalan los que la cultivan, si te conocen. A mí me empiezan a conocer hoy. Comparto con la dependienta de la tienda la misma calle. En mi afán de integración voy luego, tras comprar el pan y los huevos, a una de las dos carnicerías del pueblo. Pido un bistec tierno a la carnicera, una señora flaca, con gafas, discreta, no tan entrada en años como yo. Me lo corta con mucho esmero mientras me pregunta si sé aranés. No, pero todo se andará, le respondo en catalán. Y le compro una lata de paté que ellos mismos fabrican. Hoy leo el periódico con cuatro rebanadas de paté y descorcho, por fin, el vino Ribera del Duero que me regaló una amiga y lectora de Sanabria que vive exiliada en Málaga: exquisito, extraordinario, como el paté aranés de una de las dos carniceras del pueblo. Brindo por Jorge Semprún alzando mi copa y sintiéndome desolado por su pérdida. Y rememoro un breve encuentro con el exministro de cultura. Tuve la suerte de cruzar con él unas breves palabras hace dos Semanas Negras. Elegante y atractivo hasta el final, como lo será Vanessa Redgrave en mujer, de la que siempre estuve enamorado, Federico Sánchez sorbía un vaso de whisky sin hielo en una mesa del Don Manuel de Gijón cuando me senté a su lado y le pedí que me dedicara Viviré con tu nombre, morirás con el mío que acababa de leer. Con letra pequeña y pulcra me lo dedicó y yo le hice entrega de un ejemplar firmado de El mal absoluto. No creo que lo haya leído. Ya vivió, en demasía, ese horror para leerlo y revivirlo de nuevo. O quizá sí. Quiero creer que está en algún lugar de su biblioteca parisina. Siempre admiré a Semprún, en todas sus facetas, en la de escritor, que había descubierto muchos años atrás, en la de hombre de acción, en la de político consecuente e independiente, como persona. Hoy, con el cielo gris y las nubes altas, entre el vino y el paté, la vida, me estremezco con la noticia de su muerte y leyendo uno de sus últimos gritos que cito textualmente porque me eriza la piel: “Por última vez, pues, el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez-que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que tenga que decir”. Lo pronunció este intelectual extraordinario y maravilloso escritor, más reflexivo que narrativo, más memorialista que novelista, en 2010 en Buchenwald, el campo en donde el resistente comunista y republicano sufrió el horror nazi, presintiendo que ésa sería la última vez que estaría allí para recordarlo a la humanidad, para que no se olvide nunca de esa atrocidad que cometió. Bebo despacio el vino mientras rememoro ese pequeño encuentro, en la Semana Negra, con un Semprún hermoso y octogenario, de mirada limpia y melena blanca, que me devolvía su libro dedicado y aceptaba con amabilidad el mío. Y hablemos de la vida. La carne es buena. El silencio, denso. El vino entra, esta vez, con la comida, en lugar del agua. El huevo que frío tiene una maravillosa yema abultada. El pan de leña churrusca y deja un reguero de migas en el suelo y en el mantel. Subo luego a mi buhardilla a ver mi caótica mesa de estudio llena de papeles, grapadoras, taladradoras, barras de pegamento, tijeras, un verdadero caos que casi sepulta mi ordenador, y me siento para escribir. Las nubes van bajando y ocultan las cimas de las montañas. Diminutos gotas puntean el cristal de la ventana del velux. El silencio sigue siendo denso. Lo rompo tecleando. Pienso en Semprún. Sí, la muerte provoca furia, la de un boxeador tocado que sabe que, por mucho que luche, no podrá derrotar a su rival. ¿Qué sentido tiene subir al ring? La felicidad transitoria de ese buche de buen vino pasando por el paladar. Ese canto desmayado de un pájaro que oigo. El paisaje que lentamente devoran las nubes. Mi encuentro, mañana, con la madre de Paula, el destilador cultural y el director de El Bosque. Por ejemplo.

martes 7 de junio de 2011

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 7 de junio de 2011
Sí, en efecto, la miel del Valle de Arán que compré el día anterior y que hoy he comido, durante el desayuno, sobre pan untado con mantequilla francesa, es extraordinaria. Es esa miel espesa, que se corta con cuchillo, y nada tiene que ver con esa miel industrial y liquida que consumen los urbanitas, que consumía yo cuando lo era. Es la miel de mi infancia en ese pueblo de Castilla que me servía mi tía escritora como merienda. También la mantequilla es otra cosa, más densa y sabrosa. Con ese buen inicio del día, a pesar del tiempo gris y de las nubes que cubren montañas, me siento en el sofá para disfrutar, sí, de ese programa que debería llamarse Las Meriendas de TVE1 y no Los Desayunos, para que los viera la mayor gente posible, que conduce esa periodista extraordinaria, incisiva pero educada, modélica para su profesión, que es Ana Pastor a la que, seguramente, cuando gane las elecciones el Partido Popular, sustituirán por Urdacci o Buruaga, y el mérito de ese programa televisivo de debate, en el que nadie se interrumpe y los contertulios se escuchan, no sólo es de ella sino también de los periodistas a los que invita: Nativel Preciado, José María Liso y Esther Palomera, hoy. Hace tiempo que sigo a Esther Palomera, periodista de La Razón, nada menos, y he felicitarla por su extraordinario tacto, sentido común y coherencia en todo lo que dice. Si todos los Cursivaperiodistas de medios de derechas fueran como Esther Palomera me compraría La Razón, ABC o El Mundo, pero no son así: Esther es una excepción en la que ya había reparado Iñaki Gabilondo en CNN+. Hablan entre todos de la situación complicada de nuestro mundo y de datos contradictorios: si, según las encuestas, el 82 % de la población apoya las demandas de los indignados uno se pregunta por qué el PP ha tenido tan extraordinarios resultados, porque en ese 82 % de indignados que no acampan en las plazas de nuestro país hay muchos votantes del PP. Otra noticia: los mercados castigan a Ullanta Humala, el recién elegido presidente de Perú. ¿Es bueno o malo? Para mí, bueno. ¿Hasta cuándo vamos a estar pendientes de esos malditos mercados? ¿Qué pútrida mafia se esconde detrás de ellos? La mayor alegría de los mercados fue el Chile de Pinochet, por ejemplo. Los mercados, cuando mejor se encuentran, es en un régimen fascista, sin derechos y con obligaciones, con una clase obrera silente y dócil. ¡Abajo los mercados! Habrá que refundar una nueva economía lejos de los mercados, con los mercados abolidos. Sin Bolsa. Sin especuladores buitres. Hay que soñar con todas las utopías. Malas noticias las de Portugal, con la victoria de la derecha que promete drásticos recortes, los que criticaba a la izquierda gobernante, pero multiplicados por mil, algo que hará el PP cuando llegue a la Moncloa si el agonizante gobierno de ZP no le ha allanado ya todo el camino para quitarle los molestos guijarros. Buena noticia la de Islandia, que va a sentar en el banquillo a su exprimer ministro por la gestión de la crisis financiera. Islandia es nuestro faro, esos trescientos mil habitantes llenos de coraje que plantan cara a sus gobernantes y banqueros, aunque José María Liso, director de Interviú, eche en falta que no se haga lo mismo con las agencias de calificación, entes corruptos y falsarios a los que nuestros estúpidos gobiernos siguen pagando, y con todo el FMI en bloque. DSK, arropado por su mujer, se sentará en el banquillo por su presunto delito sexual. No hay que reformar el sistema, que es irreformable, que está tocado en la quilla de flotación, sino que hay que cambiar el sistema por otro. ¿Cuál? Habrá que inventarlo, indignados, y eso implica una revolución con armas de presente, no con metralletas, cócteles molotov, barricadas y bombas sino con Facebook, twitter y otras herramientas sociales. El desayuno de TVE1 termina con Borja Sémper, el presidente del PP de Guipuzcoa, alguien coherente, además de valiente (porque ser militante del PP en el País Vasco exige valentía, y mucha) cuyo discurso, apartado de Maria San Gil y el cavernario Jaime Mayor Oreja, suscribiría en su integridad. No le gusta Bildu, pero no se echa al monte por ello y confía que su despegue de la violencia sea sincero. Una derecha como la del joven Sémper, que recoge buena parte de las reivindicaciones del 15M (aquí podría haberle preguntado Ana Pastor qué opina de esa vergüenza nacional llamada Camps, Fabra y compañía) o la de su jefe en el País Vasco Antonio Basagoiti, es la que el PP necesita con urgencia para regenerarse democráticamente y lavarse de su pasado franquista. Y, mientras, cae la lluvia sobre el velux de mi buhardilla, lo que no me va a impedir salir a la calle, paraguas bilbaíno en mano, para comprar ese pan de leña cuya miga se mantiene tres días intacta y blanda y El País que ya he arrebatado a uno de mis vecinos. Pero me equivoco. Hoy, el que se queda sin El País, soy yo, por retrasarme veinticinco minutos e imagino el júbilo de mi desconocido vecino al poderse hacer, por fin, con el diario. Lo cambio por La Vanguardia que leo con mi copa de vino y unas tostadas con tomate y aceite en el salón de mi casa. Subo luego a la buhardilla, a seguir repasando esa novela negra, y un timbrazo en la puerta me sobresalta y me hace descender los cuatro tramos de escaleras: un mensajero que me trae El país de los espíritus (Martínez Roca, 2011) del malagueño Miguel Ruiz Montañez a quien, desde aquí, agradezco, y me dice que lleva un par de días intentando dar conmigo. Lo entiendo. La casa no tiene número y mi nombre no figura en el buzón, lo que garantiza un absoluto anonimato. Podría ser Unabomber. Almuerzo nada interesante (un arroz con verduras, lomo a la plancha, naranja) y luchando contra mis deseos de siesta y la pereza que me tienta a ver una película desde el sofá me echo a la calle, cruzo el Garona y tomo unas empinada pista forestal que me lleva, tras culminar un desnivel de 400 metros, hasta un grupo de casas aisladas tan integradas en el paisaje, tan incrustadas en el bosque que las protege y cobija, que sólo se ven cuando ya estás junto a ellas. Aprovecho la paz y el sosiego para seguir leyendo Frío de muerte del colega Manuel Nonídez, un capítulo en el que aparece José Zorrilla. Y una hora más tarde bajo a casa, perseguido por una llovizna suave que hace inútil el uso del paraguas que no llevo, aunque si el garrote que, como pastor masai, apoyo sobre mi hombro.

sábado 4 de junio de 2011

PRESENTACIONES

LA ÚLTIMA PRESENTACIÓN
EN GRANADA
Las fotos son de José Luis Zacagnini

Tuvo un carácter muy especial la presentación que Gregorio Morales hizo de mis dos últimas novelas en Librería Picasso de Granada el pasado 27 de junio. El escritor granadino, adalid de lo cuántico, estuvo brillante y ocurrente al establecer paralelismos entre dos novelas tan dispares como Tu corazón, Idoia y Llueve sobre La Habana. ¿Tienen puntos comunes? Pues sí, y me di cuenta de ellos cuando Gregorio los enumeró. Los protagonistas son desencantados, atípicos dentro de su profesión, si ser etarra es una profesión, cultos, algo que le sorprende a Gregorio Morales, pero haylos dentro del mundo de ETA, amantes de la literatura. ¿Son Aitor y el instructor Rodríguez Pachón un alter ego del autor? se pregunta el presentador. Más paralelismos: los dos están perdidamente enamorados y los amores se frustran. ¿Recoges un gran amor de tu vida? me interroga Gregorio Morales que destaca la perfecta ambientación de las dos novelas, la violencia que late en ellas, el sexo descarnado que fluye entre sus páginas. Tomo yo la palabra para enumerar las diferencias entre las dos novelas, no sólo temáticas, sino de forma. Tu corazón, Idoia está escrita con frases cortas, lapidarias, clonando el habla de los vascos que suele ser cortante y contundente. Es una novela difícil de leer, pero también lo ha sido de escribir. Me meto en la piel de un etarra como años atrás me metí en la de un nazi. Llueve sobre La Habana es más lúdica, está llena de humor y caos, y sexo. Pretendo que la novela sepa a mojito, tenga ritmo. Confieso que me he divertido mucho con ella, que, incluso, ha habido algún capítulo, como el que hace referencia al perro ciego, en el que me he desternillado. Pero sí, ambas son, al fin y al cabo, historias de amor disfrazadas en el mundo del terrorismo y en de la frustrada revolución cubana. El comandante tiene un cameo, además de estar presente en los hogares de todos los cubanos a través de la televisión. Y hay una tal Leticia Darro a la que Gregorio Morales dice reconocer sin dudas y mira entre las asistentas, buscándola y hallándola.
Como veo encima de la mesa otra novela mía que llegó por sorpresa, Muerte por muerte, la presento, aunque no esté previsto. El hijo pequeño de este año (165 páginas) es una novela que contiene un virus dentro: el de la literatura. Profesor de literatura como protagonista y referencias a obras capitales como Crimen y castigo, Lolita o UlysesTermino despidiéndome de todos y cada uno de los asistentes. Por algo son amigos y me acuerdo de todos los nombres. Pero no les digo adiós, sino hasta luego. ¿Cuándo? No lo sé.

EL ARTÍCULO

Este artículo fue previamente publicado en El Informal
ÁGORA
José Luis Muñoz
Cuando estallaron las revueltas en el norte de África me pregunté cuánto tiempo tardaría en saltar ese fuego el Mediterráneo y llegar aquí. Lo que empezó con la inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi se ha convertido en uno de los movimientos más insólitos e imprevisibles de este siglo marcado por el derrumbe de las Torres Gemelas y la crisis, o estafa, global. Las revueltas árabes, que siguen con diversa fortuna – encalladas en Libia, en donde se libra una feroz guerra civil, y en Yemen, en donde su sátrapa de turno no acaba de irse – son un movimiento amplio de repulsa impulsado por una juventud sin horizontes que reclama democracia y trabajo. La misma que aquí, aunque en España gocemos, formalmente, de una democracia cuya salud empezamos a cuestionarnos.
Los jóvenes españoles, a los que media Europa tildaba de mudos y conformistas, han cogido esa antorcha y han ocupado calles y, sobre todo, plazas de nuestras ciudades. Con ellos el ágora cobra el significado que tuvo en la Grecia clásica y que nunca se debió perder: espacio de encuentro y reflexión de ciudadanos. Madrid, en la emblemática Puerta del Sol, Barcelona, en su Plaza de Cataluña, y cientos de ciudades de España se han sumado a este movimiento juvenil que irrumpe con fuerza y se coordina, como ya hicieran en Túnez y Egipto, a través de las redes sociales. Y funcionan al margen de partidos y sindicatos, organizaciones que, como de forma tan contundente dijera el genial dibujante El Roto, envejecieron en 24 horas.
Lo que reclaman esos jóvenes, y los no jóvenes que nos acercamos a sus tiendas, estampamos nuestras firmas de apoyo, hacemos donativos y no sumamos a sus asambleas, es derecho a trabajo – va a ser la generación española más formada y, a pesar de ello, sin posibilidad de una vida laboral estable; van a vivir mucho peor que sus padres – y democracia real, porque la que tenemos, nuestros políticos, ya no sirven, ya no nos representan cuando siguen, sin pestañear ni cuestionarse, las directrices del FMI y los difusos mercados. Leyendo las peticiones de estos luchadores pacíficos, ejemplares y respetuosos que se están ganando las simpatías de la ciudadanía, uno comprueba que lo que piden no son utopías sino cosas elementales, y lo vergonzoso es que esas peticiones se tengan que hacer.
Acabar con los privilegios de la clase política, insultantes cuando el resto de los ciudadanos nos estamos apretando el cinturón. Expulsión de las filas de los partidos de los sospechosos de corrupción. Reparto del trabajo existente, una medida que se aplica en Alemania y que el inoperante gobierno de la nación podría copiar. No retrasar la edad de jubilación, cuya consecuencia más directa es no liberar puestos de trabajo para las generaciones que sufren un paro atroz. Seguridad en el empleo que permita a los trabajadores una vida estable y poder hacer planes de futuro, lo que hará crecer la economía. Expropiación de las viviendas en stock y que entren en el mercado de alquiler. Mejorar, en vez de recortar, los servicios públicos con la contratación de los trabajadores necesarios. Nacionalización de las entidades bancarias rescatadas y que tengan un papel de banco público para que el crédito fluya. Aumento de impuestos a las grandes fortunas y a la banca para costear el estado de bienestar que es una conquista innegociable. Modificación de la ley electoral que permite la injusticia de que millones de votos no tengan una adecuada representación parlamentaria en aras de un bipartidismo. Entre otras muchas cosas.
Este mayo español de 2011, menos utópico que el del 68 francés que, para los de mi generación, sigue siendo un referente, ha cogido con el paso cambiado a nuestros políticos. Desde el PSOE no se acaban de explicar la catástrofe de unos resultados electorales perfectamente previsibles. ¿Qué esperaban después de tantos años gobernando contra sus electores? Y la victoria del PP no es tal sino consecuencia del descalabro de una izquierda oficial que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ha acatado órdenes de los poderes económicos y no ha sido capaz de hacer un solo guiño a su franja social.
La respuesta a la protesta de nuestras ágoras ya la están dando el gobierno de algunas autonomías. Catalunya, la, en teoría, más europea, ha enviado a sus mossos de escuadra a reprimir con una violencia inusitada a los acampados de la Plaza de Catalunya. Con esta actitud el Govern de la Generalitat enseña sus cartas al resto de España: la solución para ese movimiento que reclama obviedades, que no deberían reclamarse por su lógica aplastante (trabajo, futuro, vivienda, dignidad, ética en la vida política, control bancario…) es el palo, la brutalidad, el fascismo de la violencia contra los pacíficos.
Los jóvenes indignados, a los que nos sumamos los millones de ciudadanos que también lo estamos, han plantado semillas reales en sus huertos improvisados. Esperemos que den su fruto.

LA PELÍCULA

THE COMPANY MEN
John Wells

La crisis global ya tiene su primera película de ficción, después del documental Inside Job, que es un film terrorífico, y, aunque uno desearía una mayor dureza en su planteamiento, lo cierto es que el film de John Wells, un realizador televisivo con oficio, resulta bastante efectivo al narrar como el desplome del mundo financiero, debido al trapicheo de unos cuantos, afecta a la vida de las personas, manda al garete sus los de vida y convierte sus existencias en dramas.
Son millones en el mundo los que se han quedado sin empleo. John Wells pone caras, nombres y apellidos a esa fría estadística, a esos porcentajes de personas que engrosan las listas del paro y que difícilmente podrán encontrar un empleo digno, y lo hace siguiendo los avatares de tres empleados muy distintos, generacionalmente, por los cargos que ocupan y por su relación con la empresa de la que son despedidos. Por un lado está el joven Bobby Walker (un Ben Affleck muy creíble en su papel), un tipo optimista que cree haber alcanzado el sueño americano porque tiene un buen trabajo, una familia estupenda, una hermosa casa con jardín y un espectacular porsche en el garaje, y todo su mundo se derrumba cuando la compañía para la que trabaja decide reducir plantilla y prescindir de sus servicios: tiene que darse de baja del club de golf, debe vender su coche, luego su casa, acaba, con su mujer y su hijo, volviendo al hogar de sus padres y deberá hacer lo que más detesta en este mundo, emplearse como obrero manual bajo las órdenes de su odiado cuñado, un constructor que rehabilita casas, papel que Kevin Costner borda. Y por el otro lado está Phil Woodward (al que Chris Cooper, un magnífico secundario al que hemos visto en Syriana y American beauty, presta su gesto amargo), un directivo que empezó desde abajo, en los puestos más duros en uno de los astilleros que fue la joya de la desmantelada empresa, y Gene McClary (al que Tommy Lee Jones ofrece su rostro castigado y devorado por las arrugas), casi el fundador de la misma al que su socio y amigo (Craig T. Nelson) pone sin miramientos en la calle en un ejemplo de lo despiadado que llegan a ser las reglas del mundo empresarial. Pero no todos encaran su dura situación de la misma forma. Mientras Phil Woodward se desmorona refugiándose en la bebida y simula estar todavía ocupado, porque su avergonzada esposa no quiere que los vecinos se enteren de que está en el paro, Gene McClary emprende una nueva vida y renace de sus cenizas fundando una nueva empresa en la que recoge a todos los empleados despedidos de la antigua.
Hay gotas de comedia en este drama de hombres que se sienten vulnerables y perdidos en medio de esa crisis que, al mismo tiempo que sacrifica miles de puestos de trabajo, duplica los sueldos de los supervivientes y hace subir las acciones de sus empresas, y todos los actores de esta actualísima función están perfectos en sus papeles. Sólo chirría, para mí, ese final feliz, lleno de esperanza, muy típico de todo el cine norteamericano que se manufactura en Hollywood, y que es una añagaza: se puede sobrevivir a la crisis global y renacer con bríos nuevos. The Company men critica el sistema, pero no lo cuestiona. Eso, tal como están las cosas, no deja de ser un cuento de hadas, ficción cinematográfica. La realidad es mucho más dura y un director europeo seguramente habría esquivado ese final dulce
Ah, y se me olvidaba: el drama de los personajes de The Company men es perder su lujoso tren de vida, sus casas de ensueño, sus vacaciones exóticas y sus cochazos, una frivolidad insultante comparada con la de los que han de dormir bajo un puente porque no tienen en donde caerse muertos. Pero entonces, seguramente, sería una película de Ken Loach y no de John Wells. Que la haga pronto.
José Luis Muñoz

EL LIBRO

ROJO EXPRESS
Marcos Tarre Briceño

Editorial Mondadori
370 páginas
Por desgracia para los que la padecen, la violencia en Venezuela forma parte de la vida cotidiana y ello, en buena parte, por culpa de unas autoridades incompetentes, que no saben o no quieren atajar un problema enquistado, y de unas fuerzas policiales corruptas, lugar común en buena parte de esa Latinoamérica fustigada por toda clase de malandros impunes. Y nada como la novela negra para narrar esa realidad social que sacude el continente.
De entre los muchos delitos que se producen en la convulsa Caracas, una de las ciudades más violentas del planeta, quizá la más, es el secuestro uno de los más rentables para los delincuentes y de los más comunes, y de eso va la última novela del venezolano Marcos Tarre Briceño Rojo Express, un thriller impactante que deja sin resuello al lector y lo conduce a través de una trama, tan ingeniosa como bien llevada, a múltiples escenarios, porque se trata de una novela poliédrica que ensambla todas sus piezas para que el lector tenga una visión panorámica de lo que sucede cuando se produce un secuestro. Y así acompañamos al ex policía Gumersindo Pérez en su investigación de los hechos y en sus intentos negociadores; admiramos la firmeza con que el empresario Melean reacciona ante el secuestro de su hija Tereya, manteniendo la cabeza fría ante tanto tormento; nos horrorizamos con el cautiverio de la secuestrada a la que le amputan un dedo y amenazan con trocearla; y despreciamos a los secuestradores que se esconden bajo las siglas de un grupo ultraizquierdista que nace al socaire del bolivariano Hugo Chávez, personaje en la sombra de todo lo que sucede en Venezuela y la polariza como nadie.
Tiene el autor de Operativo Victoria, novela que fue finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, un especial don para crear personajes, y los que llenan las páginas de su Rojo Express están perfectamente caracterizados gracias a trabajados diálogos que hacen progresar la novela. Domina el venezolano el habla del hampa de su país y ello redunda en lograr un mayor realismo en el texto, porque la novela es pura realidad documental de lo que sucede a pie de calle en Caracas.
─Mano, Caramelo, le diste entre los dos ojos, oye…Casi en el medio. Lástima que fue con un 38, con la nueve le vuelas los sesos…Parece que ni siquiera tiene orificio de salida.
─¿Viste la cara de culillo que puso cuando lo tiré?
─Sí, la misma cara de susto que puso el culebra de El Tuerto cuando lo quebramos. Estaba muerto y no se lo creía.
Reúne Rojo Express todo los ingredientes que pueden enganchar a los amantes del género: trama bien urdida, dosis de acción y violencia, erotismo indisoluble con la idiosincrasia caribeña y sentido del humor, aunque muy negro. No se corta Tarre Briceño a la hora de narrar los momentos más brutales, hurgando en lo terriblemente físico que tiene la violencia.
El vómito subió a la boca, se le soltaron los esfínteres, creyó haber levantado los ojos hacia el sol por la luz cegadora que entró de golpe en su cabeza, se dijo que debía caer y cayó hacia atrás, el estampido del disparo saltó en sus oídos, por encima del ruido del motor, su cabeza estaba en el fondo del peñero.
Y tiene la novela destellos literarios de pura antología, de brillo narrativo sesgado con humor, como la descripción del aparatoso atropello de una vaca, puro cine, que, sin lugar a dudas, hará sonreír al lector.
En su canal, la vaca del coño. Sabía que el choque con el animal sería horrible, con vísceras y cartílagos volando por los aires, además su infancia campesina obró a favor del puto animal. Quedaba un mínimo espacio para pasar entre el trasero de la vaca y el gran talud de tierra rojiza. Los frenos chirriaban, la gandola Mack, quizás para prevenir el peligro hizo sonar su potente bocina. Asustada, la vaca retrocedió dos pasos, justo cuando el Peugeot llegaba. El guardafango delantero izquierdo golpeó los cuartos posteriores del bovino, el golpe lanzó al auto a escalar el talud, puta madre, levantando una polvareda y volteando.
Es, sin duda, Marcos Tarre Briceño uno de los más vigorosos autores de novela negra latinoamericanos, una geografía que se lleva muy bien con el género, y cuenta con la ventaja añadida de ser un experto conocedor de sistemas de seguridad, lo que redunda en el realismo de la narración y en el detalle de las armas que utilizan los que están en orillas enfrentadas de la legalidad. Ya nos había impactado el escritor venezolano con esa obra maestra titulada Bala morena, inmersión en el mundo de la narcoguerrilla colombiana, y vuelve a demostrar su oficio, fuerza narrativa, sentido del ritmo y su conocimiento de todos los procedimientos policiales en Rojo Express, una nueva aventura del ex sub inspector Gumersindo Peña, un investigador astuto que no da un solo paso en falso y se guía por su instinto de viejo zorro.
Rojo Express es la Venezuela de hoy narrada por un lúcido y avezado cronista de su tiempo.
José Luis Muñoz

viernes 3 de junio de 2011

LA FIRMA INVITADA

BASTA DE SOLEDADES
Laura Massolo



Yo lo quiero a Lucio. Es tan difícil demostrarle mi cariño como soportarlo. Pero lo quiero de veras.
Mamá dice que le debemos lo poco que tenemos, que si pude terminar la escuela fue gracias a él, que nos ha cuidado siempre a las dos.
Lo quiero por todo eso y porque le imagino cierto desamparo más allá del gesto hosco, del desdén, de las burlas. Y porque a veces me gustaría poder abrazarlo, como supongo que se abraza a un padre, aunque él no me lo permita, aunque diga tantas malas palabras, aunque haya que verlo, todo el día y todos los días, llenando de basura esas botellas plásticas.

Los sábados salgo de la tienda a las tres de la tarde, así que llego cuando van diez o quince minutos de ese programa del solitario que miran desde hace unos meses. Mejor dicho, el que mira mamá, porque Lucio no hace otra cosa que reírse y decir que los que van a ese programa son unos pajeros. Mamá lo hace callar, le pide que la deje tranquila, que es el único programa que a ella le gusta, que no sea egoísta. Él sigue con ironías, con palabrotas, y se queda ahí, sentado frente al televisor, como si la silla tuviera un imán, como si no existiera en la casa otro lugar para pasar las horas y las horas.

Siempre han discutido por pavadas. Al menos, no recuerdo haber escuchado una discusión grave, ni una humillación, ni sospechas ni amenazas ni quejas. Y las quejas de mamá son tan inútiles como intrascendentes.
Por ejemplo, mamá odia que Lucio haga eso con las botellas plásticas: les corta el cuello con un cuchillo, las pone sobre la mesa, entre él y el televisor, y va vaciando el mate ahí dentro. También las usa de cenicero, de modo que, a las pocas horas, a través del plástico, se ve una pasta de yerba húmeda, verdinegra, inmunda, salpicada de colillas marrones.
Mamá dice que eso es un asco, que no le costaría nada levantarse a vaciar el mate en el basurero, que le da vergüenza que venga alguien y vea toda esa porquería en medio de la mesa. Él lo sigue haciendo. Total, casi nunca viene nadie.

Cuando llego de la facultad, muy tarde, la botella mutilada desborda, y hay yerba y cenizas alrededor. Lucio duerme y mamá está en la computadora, como de costumbre, jugando al solitario. No me gusta comer así: me deshago de toda esa mugre y paso un trapo por la mesa. Después lavo mi plato y los de ellos, para que mamá, cuando se levante, encuentre todo limpio. Se me ocurre que, a la mañana, esos contenidos ya secos deben parecerse mucho a un recipiente del desierto.
De todos modos, me voy a la tienda convencida de que, al rato, una botella nueva ocupará el escenario de la mesa.

Antes, mamá se sentaba junto a él y le cebaba mate. Conversaban, buscaban en los avisos clasificados. Ahora no puede, tiene mucho trabajo. Si no sale a vender los tejidos, está preparando tortas de cumpleaños y, si no, limpiando la casa o cocinando. Ni bien le queda un rato libre, se pone a jugar en la computadora.

Lo quiero a Lucio, pero admito que me molesta que no ayude con nada. Es de los hombres que piensan que la casa es asunto de mujeres. El problema es que, desde hace tiempo, todas las cuestiones de la casa son asunto mío y de mamá. Pero no digo una palabra y colaboro con lo que puedo y compro libros usados y trato de seguir pensando que son felices, a su manera, con sus continentes truncados y con la transparencia de los residuos.

Antes, también, salían. Tomaban el colectivo hasta la costanera o iban al cine o a mirar vidrieras al shopping. Ahora están constantemente aquí metidos.
Suelo decirle a mamá que, alguna vez, si quiere, pase por la tienda, que se compre algo de ropa, que la podemos pagar en cuotas y con rebaja. Me parece que, si se arreglara un poco, a lo mejor, Lucio también podría reaccionar, ponerse un par de zapatos en vez de esas pantuflas eternas, afeitarse, volver a ser el tipo lindo y bueno al que siempre he querido querer como si fuera un padre. Ella me dice que estoy loca, que no estamos para gastos. Que no le falta nada.


A mamá le gustó el programa desde la primera vez que lo vio. Lucio tiene un poco de razón: no es divertido, y el conductor no tendría que burlarse tanto de los participantes. Les pregunta cómo viven, por qué juegan al solitario tantas horas, si no tienen sexo, en quién o en qué pretenden no pensar. Y la gente habla. Parece increíble que la gente necesite tanto de poder hablar, contar intimidades, tristezas, abandonos, hacer público el desasosiego, transmitir en vivo y en directo los raudales de soledad. Un sábado, una mujer lloró tanto que no pudo jugar. Así y todo, el conductor no dejó de burlarse.
Lucio también se mata de risa de los que contestan. Insiste con que son unos pajeros. Mamá, en cambio, defiende el argumento de que los que ganan la ronda del mes consiguen muy buena plata, y se queda como fascinada mientras aparecen las cartas en la pantalla. Se apasiona, grita, intenta avisarles a los que pasan una carta sin darse cuenta, se entristece si alguno queda eliminado en la primera ronda y hasta recuerda los puntos que tienen sumados desde la semana anterior. “Basta de soledades” se llama el programa; y ella, últimamente, se acuesta casi al amanecer para quedarse jugando.

Hubo un día, hace poco, en que creí que iban a pelearse, el mismo día en que les comenté que pensaba alquilar un departamentito más cerca de la facultad. Mamá estaba embolsando unos tejidos y a Lucio se le cayó la botella; enseguida se desparramó por la mesa un jugo parecido a la bilis, manchó las bufandas, un par de guantes, todas las bolsas. Sos un vago, no te soporto más, la casa se viene abajo, no te importa nada, me tenés harta, vivimos en la miseria. Mamá limpió todo a los gritos y tiró la botella, el paquete de yerba, el mate, la bombilla. Lucio se quedó callado. Al rato lo escuché salir, en pantuflas, a comprar otro paquete de yerba y, enseguida, el ruido del cuchillito cortando de nuevo el plástico.
Decidí que era mejor quedarme: no podrían vivir sin mi sueldo. Y tal vez se asustaron por eso y mamá gritó tanto por eso, y yo a Lucio lo quiero, aunque tenga conmigo ese trato distante, aunque me canse de verlo así, llenándonos la vida de suciedad, de quietud y de nada.
Mamá se debe haber enojado en serio ese día, porque después vino a la tienda, se compró un pantalón negro, muy lindo, y una camisa con lunares. Pero todas las noches siguió jugando al solitario, sin peinarse, sin pasar por el espejo.


Hoy llegué y Lucio estaba mirando el programa, solo. No le pregunté nada porque esa cara larga de siempre parecía más larga que nunca. No hay que hablarle cuando está así: empieza con las malas palabras, parece que me insulta, es capaz de decir cualquier grosería, me mira con desprecio. Prefiero ni acercarme.

Demasiado larga la cara. Demasiado roto el gesto altanero. Demasiado blandos los ojos contra la pantalla del televisor, y entonces miro, y allí está mamá, lindísima, con el pantalón negro y la camisa con lunares.

Me siento al lado de Lucio, muy cerca, muy cerca, hasta sentir el olor hediondo del tabaco entre la yerba.
Mamá, ahora, avanza hacia el micrófono. El conductor le pregunta las mismas cosas incómodas.
Lo único que dice mamá es que juega al solitario para no saber de tantos sueños muertos. El conductor se ríe, le hace burla; ella camina serena hasta el tablero y empieza el juego.
Entonces lo abrazo, como supongo que se debe abrazar a un padre, porque Lucio está llorando, desconsolado. Y después dejo que se levante, que camine, que tire a la basura la botella de plástico repleta de mugre; que vuelva, que apoye la cara mojada en la mesa, entre un poco de yerba y un poco de ceniza, y que me permita que le pase los dedos, así, muy despacio, por el pelo todo blanco.

Por suerte, mamá perdió en la primera ronda.



*Basta de soledades fue finalista del premio de relatos NH


Laura Massolo nació en Buenos Aires, Argentina.
Publicó los libros de cuento Al borde, La otra piedad y El Florero roto y los dragones, y los de poesía Afuera estaba el mundo, Y amén, Todas las muertes son más graves y Desterrado Ángel de la Guarda, además de varias publicaciones en España, México, Perú, Brasil, Estados Unidos, Francia y Austria.
En cuento fue distinguida con el Premio Municipal “Ricardo Rojas” del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y con los premios “Radio Francia Internacional” del concurso de cuentos Juan Rulfo (París, Francia), “Copé de Bronce” (Lima, Perú) y, en España, con los premios “Miguel de Unamuno”, “Demetrio Cañizares”, “Nosotras y ellos”, “Villa de Iniesta” , “Ciudad de Jerez” (2do. Premio), y resultó finalista de los Premios “Nh Vargas Llosa de Relatos” y “Semana Negra de Gijón”, entre otros.
En novela recibió Mención de Honor en el Premio Nacional de Literatura de la Secretaría de Cultura de la Nación y resultó finalista en los Premios “Qué leer Wolkswagen” y “Cristóbal Zaragoza”.
En poesía, los premios “Juana Santacruz” (México), “Jerez de Los Caballeros”, Certamen Literario de Bargas, y “Encina de La Cañada”, además de resultar finalista en los premios “Ciudad de Mérida”, “Alonso de Ercilia” y “Duck Fin”.
Es coautora, además, del libro práctico Armar un cuento y dicta talleres literarios desde 1990.

DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 6 de junio de 2011
Ayer subí al Cloth de Baretges. Me llovió por el camino, pero también lució el sol. Pero predominaban las nubes. Parece que traje conmigo el mal tiempo. Cuando llegué a mi destino las nubes tapaban el escenario más bonito del enclave: las montañas aserradas de Francia. No estuve solo. Cuando me disponía a echar una siesta un cuatro por cuatro blanco la interrumpió, trepó por una verde montaña que hay frente al refugio y vomitó dos ocupantes y tres perros. Los perros correteraron por la montaña, sin olfatearme. Los hombres se enfrascaron en una conversación que, a pesar de la distancia, escuché con claridad. No planeaban ningún asesinato. Descendiendo, algo parecido a un ladrido, que salía de la arboleda, me hizo detener. No era un perro, porque el gruñido era seco, cortante, y el sujeto que lo emitía debía de ser mamífero a juzgar por su potencia. Si no tuviera un buen garrote, que lo cogí del campo el día anterior, me habría inquietado. Así que seguí bajando por el camino forestal, el garrote en la mano, escudriñando entre los árboles por si acaso, y el tipo ese que marcaba su territorio me estuvo siguiendo un rato a juzgar por los gruñidos que me acompañaron hasta llegar donde había dejado el coche. Aún me falta mucho para identificar a los animales por sus sonidos. Me encerré en mi bar, comí unas croquetas, bebí una cerveza y consulté mi correo. Luego regresé a casa. Más tarde me metí en la cama muerto de sueño sin ver El talento de mr. Ripley de Anthony Minghella. Y me levanté muy temprano despertado por un mensaje de teléfono que entraba a las 8 y media. Acompañé el café con leche con una crepe que bordé a ojo porque el bizcocho granadino se acabó. Mientras desayunaba miré distraído los desayunos de TVE1 con Ana Pastor. La izquierda pierde las elecciones en Portugal, como lo hizo en España. Los votantes para aplicar políticas de derechas prefieren a la genuina derecha, lógico. Humala ganó a la hija de Fujimori en Perú. Bueno. Comprar el pan y el diario, que distan doscientos metros lo hice en dos minutos. Dos más en comprar bolsas de basura, miel del Valle de Arán y mantequilla de Francia. No compré pepinos porque no los vi por ninguna parte. Leer el diario con una copa de vino en casa me llevó diez minutos. Los acampados de Barcelona levantan sus reales. Y Gómez Rufo me confirma, en la última página, lo que me dijo en persona, que es animal de hábitos nocturnos y escribe entre 11 de la noche y seis de la mañana. Yo perdí los hábitos. Subo los tres tramos de escaleras que me llevan a la buhardilla (quizá por eso estoy cansado) y sigo con la corrección de esa novela negra que tengo pendiente. La tabla de madera con caballetes que compré ya se quedó pequeña. Necesito una mesa enorme, en forma de ele. Llueve. Los velux de la buhardilla están tan empapados con gotas de agua que apenas me dejan ver el paisaje gris de montañas cruzadas por nubes. Puedo escuchar la lluvia cuando dejo de teclear. Y el sonido de las esquilas de cuatro ovejas que tengo por vecinas.
Valle de Arán, 5 de junio de 2011 No sé si jubilar mi bicicleta o jubilarme yo mismo. No sé si la culpa la tiene la bicicleta, la culpa de mi cansancio cuando intenté acercarme a lomos de ella a Vielha, un paseo, o es que mi maquinaria de hueso y músculo empieza a sentir los estragos de la edad. Quizá mi octava vida consista en eso, en asumir lo que nunca quiero asumir y pocos humanos asumen: que nos hacemos mayores y tenemos que paliar el declive físico con otra cosa. ¿Con qué? ¿Con la cabeza? En fin. Ayer me deprimí cuando hube de dar media vuelta con la bici, que no subía cuestas y en las bajadas iba lentísima (espero y deseo que seas tú, bici, la causante de mi derrota física) regresar a mi casa después de una hora de pedaleo extenuante y coger el coche que me dejó en Vielha un cuarto de hora más tarde, en la mesa de esa cafetería que tiene wifi, ante un vaso de cerveza, un trozo de tortilla de patata seco y una rebanada de pan con tomate. Regresé a casa ya de noche y me dormí, después de ver en la 2 un programa sobre las toneladas de basuras que vertemos al mar. El sol me despertó a las diez, pero estuve haraganeando hasta las diez y media. Me duché (soy un escritor limpio, no como Valle Inclán que, según explica Almudena Grandes, era tan alérgico al agua y jabón en la piel que por eso perdió uno de sus brazos, por la roña incrustada en una herida que le propinó un marido engañado), tomé mi café y el bizcocho granadino (calculo acabarlo mañana), me fui a comprar El País a la tienda de mi vecina que me presentó a mi vecino y su pareja, les pedí el Qué Leer, que me traerán el martes que viene, y con el diario bajo el brazo me fui a leerlo a una ermita que dista doscientos metros del pueblo y tiene aceptables vistas. De espaldas al santo leí el periódico y, mientras pasaba páginas, pasaba página. Luego, tratando de no resbalar por la pendiente que había subido (una rotura de pierna puede redondear mi bajo estado físico) descendí hasta mi casa, me tomé una copa de vino, medicina para mi corazón roto, piqué media docena de aceitunas y leí la revista de EPS, los testimonios de los indignados a los que, quizá, les sobren excesivos buenos modales (¿no es hora ya de tener malos modales con toda esta gentuza que nos ha abocado a la crisis?) y les falte algo de ira que espero adquieran en el decurso de los acontecimientos. No conozco ninguna revolución que se haya hecho por las buenas. Esta tarde, sin falta, subiré al Cloth de Baretges a ver si desde allí veo más claro.
Valle de Arán, 4 de junio de 2011
Me acosté tarde. Estuve corrigiendo las primeras veinticinco páginas de la próxima novela que pretendo publicar si algún editor se interesa por ella. Una vez más, novela negra. Una vez más personajes turbios y negativos. ¿Por qué no escribiré, me pregunto, una hagiografía sobre Vicente Ferrer, el personaje que más admiro? Era la una y media cuando caí en la cama después de recibir un mensaje de la bretona de que no podía acompañarme en la excursión del domingo. Yo tampoco me podré acompañar como siga este tiempo lluvioso que una panadera, la mía, me dice que seguirá hasta el martes. Las dos de la madrugada cuando cerré los ojos esperando abrirlos a la mañana siguiente. Las nueve y media cuando me despierta la música de la lluvia sobre el velux que levita sobre mi cabeza. Las diez cuando me alzo de la cama, después de apurar esa media hora entre el sueño y la vigilia, que es uno de los momentos más placenteros, para entrar en la ducha con sumo cuidado y salir de ella con mayor prudencia si ello es posible. ¿Quién me rescatará si resbalo y me rompo la crisma? Nadie. Sigo con el bizcocho de Granada, que se hace eterno y endurece día a día. Escucho las noticias en el canal 24 horas de televisión. Nada bueno. Grecia se vende toda para pagar la deuda. No entiendo este mundo. Me indigno con los indignados que son los únicos que ven las cosas claras. Todo está en venta. El estado de bienestar, la sanidad, la enseñanza. Pronto nos venderán a las ciudadanos para saldar esas deudas que nadie sabe cómo se produjeron. O sí. Extraño mundo absurdo éste en el que, no hace mucho, la dinámica era endeudarse y ahora es la contraria para que los buitres desalmados que causaron la crisis se abalancen sobre nuestra carroña y nos arranquen la carne a picotazos. Llueve. Cojo el paraguas bilbaino. Me pongo las chirukas porque me conozco. Voy a comprar el diario a mi vecina que tiene su pequeña tienda junto a la iglesia románica. Hago fotos de esas nubes maravillosas y bajas que son fantasmas entre montañas y avanzan entre sus bosques. Me gusta el Valle de Arán lluvioso, nublado, que huele a hierba mojada. Y al pan recién horneado que brota del obrador que tengo en la esquina de mi casa. Con El País bajo el brazo y el paraguas abierto recorro el pueblo. Hoy, que me he puesto las chirukas, hago un paseo urbanita, no piso el encharcado campo. Con curiosidad censo las tiendas. Hay una de ropa de montaña. Varías licorerías por si, en mi soledad, me convierto en escritor dipsómano. Varios restaurantes con menús apetecibles. Una docena de decadentes hoteles con treinta años sobre sus espaldas y clientela francesa. Un par de carnicerías que, al estar enfrente, tendrán que competir en la calidad y el precio de su oferta. Una peluquería en donde deberé cortarme el pelo pronto. Paseo por el borde de la carretera y contemplo, entre las viejas casas con tejados en escalera, muy típicos de la zona, pequeños huertos sembrados de patatas, tomates, zanahorias. Me gustaría saber dónde venden esas hortalizas. Hay un par de bancos, con sus cajeros automáticos. Una tienda de deportes de montaña en donde me compraré raquetas de nieve en invierno y gafas. Llego hasta el extremo del pueblo, en donde está el cuartel de los bomberos, pompiers, como en francés, en donde hace veinte años estuvo un control aduanero ante el que siempre me detenía para explicarles que no pasaba a Francia sino que me dirigía al Cloth de Baretges, y me meto por una serie de callejuelas torcidas, pero no tanto como las de Granada, que me llevan directamente a mi casa. Dejo el paraguas plegado en la entrada, sobre la alfombrilla en donde restriego y dejo el barro de la calle, y subo las escaleras de madera de roble hasta la primera planta. Busco el sofá y me dedico a leer El País tras desarmarlo: diario, Viajero y Babelia. Del diario me interesan un par de artículos de opinión firmados por Santiago Carrillo y Vicente Verdú que hacen causa común con los indignados. Aquí no hay indignados, ni plazas ocupadas, ni campamentos. Deberán cambiar de estrategia los indignados e iniciar nuevas movilizaciones. Marchas masivas contra los parlamentos que no nos representan, por ejemplo, como la convocado el día 19 en Barcelona a la que bajaré desde el Valle de Arán para sumarme. Acciones contra la banca, a la que creo fui el único que me sumé extrayendo 155 euros de mi cuenta el pasado 30 de mayo. Colgar en las ventanas, en los balcones, soflamas de indignación, con lo que las ciudades pueden tener una nueva fisonomía reivindicativa. Insumisión fiscal. El mundo es de ellos y tengo plena confianza en sus ideas, porque no están solos, detrás estamos nosotros. Me concentro en Babelia. No me acaba de atrapar el artículo sobre ilustradores de libros firmado por Enrique Vila-Matas. Sí, como siempre, el de Antonio Muñoz Molina que habla de una exposición de objetos de escritores y se centra en el bastón de Virginia Woolf, el que perdió cuando se sumergió cargada de piedras en el río para abandonar este mundo. Tomo nota de una exposición de Mapplethorpe, en la sala Elvira González de Madrid, tendré que buscarla, que no quiero perderme cuando esté en la capital de la corte el próximo fin de semana. Del fotógrafo de los penes y las flores hablaba en mi novela Lifting a propósito de una exposición extraordinaria que tuvo lugar en la Fundación Miró de Barcelona hace quince años. Y subo a mi buhardilla de madera, triangular como la cima de una iglesia para que la nieve, en invierno, se deslice hasta la calle y, mientras escribo esto miro esas nubes que pasan majestuosas entre las gigantescas montañas del Valle, así, con mayúsculas.
Valle de Arán, 3 de junio de 2011 Hoy duermo más. No sé por qué. Y tengo una pesadilla con un matón de escuela. Cuando dejé la escuela a mediados del siglo pasado. Ya me gustaría vérmelas con un matón de escuela en la vida real. Ni los rayos del sol, que hoy ha salido, ni los balidos de las cuatro ovejas que vi ayer me sacan de mi modorra. Bajo a trompicones al salón comedor, después de ducharme, a hacerme café. Desayuno todavía ese eterno bizcocho que hice en Granada mientras veo una entrevista a Tony Blair que me indigesta todo lo que como. Le pregunta la periodista, e insiste, incrédula ante la respuesta, si él habría obrado igual que el premio nobel de la paz Barack Obama ante Bin Laden. Por supuesto, contesta el expremier británico, porque causó miles de muertos, españoles entre ellos. Con la misma lógica habría que preguntarle si aprobaría su propio asesinato por los cientos de miles de muertos iraquíes que se derivaron de su estúpido apoyo a George Bush. Hace un sol espléndido. Hora de ir a comprar el diario, hoy Público porque dan película. Voy dando un paseo. La faz del pueblo cambia, los viernes, por la presencia masiva de turistas franceses que llegan en autocares y llenan las terrazas. Me hago con el diario (hoy el lector de El País tiene suerte) y me voy a explorar el pueblo. Como si no me conociera. Cruzo el Garona y no doy cien pasos que ya encuentro un camino. Y con zapatos. No aprendo. Va bordeando el río en dirección a Francia. Por suerte, a un kilómetro, un charco insalvable me hace retroceder. Regreso a casa a cumplir con el rito de tomarme una copa de tinto Enate y unas aceitunas rellenas, ya que las patatas fritas se acabaron ayer, mientras leo el periódico. Acabo rápido. Bajo al garaje e intento, sin mucho acierto, poner una cámara nueva a la rueda trasera de mi bicicleta que pinché días atrás en mis últimas horas en el sur. Tras media hora acabo con las manos negras de grasa, pero nada más. Pinchar la rueda trasera es complicado. Hay que montar la maldita cadena y uno no sabe nunca cómo hacerlo. Sudo pero no reniego de mí mismo. Me he puesto a trabajar como mecánico a la puerta del garaje en pantalón corto y camisa de lino del Punjab y alzo los ojos cuando veo a la vendedora de diarios que entra en mi calle y me saluda. Ah, mi vecino, me dice con una sonrisa. Ah, mi vendedora de diarios, contesto. Ya es casualidad. Sigo con la bici, y en tareas de mecánico, con las manos llenas de inmunda grasa, me sorprende la muchacha bretona de los enormes ojos verdes, la falsa autoestopista a la que cogí en un día de lluvia. No me trae la lleve del buzón que le pedí, que no encuentra, pero sí una manual de instrucciones para programar los quince radiadores eléctricos de la casa. El invierno me aterra en mi nuevo hogar. Me compraré una pala para sacar la nieve de mi puerta. Me iré a Hierro, mejor. Observa la bretona, que calza vistosas botas hasta la rodilla, mi bicicleta e indaga por la causa de mi pinchazo. Le digo que es anterior a mi estancia en el Valle y le invito a una excursión el domingo, suave, aclaro. Se ríe por lo de suave. Creo que tiene razones para reírse, el que estoy para excursiones suaves soy yo, no ella. Seguro que es más fuerte y resistente de lo que pienso. Cuando se va sigo con mi maldita bicicleta. Finalmente consigo montar la rueda y que la cadena funcione. Voy a dar un paseo por el pueblo, me digo. Te vas a la montaña, me dice el otro yo. Y en efecto, no sé cómo, quizá porque la cabra tira al monte, me veo subiendo por una empinada pista forestal que lleva a unas minas y pierdo de vista el pueblo muy, muy, abajo. No, a las minas no llegaré, que están a diez kilómetros y la pendiente es considerable. Hay un letrero que indica Casas de Bossóst. Allí. Cruzo un tupido bosque. Sudo. Estoy desentrenado o es que ya tengo años. Me bajo de la bici. Subo con ella arrastrándola. Las Casas de Bossóst es una casa. Una borda cerrada, de las que se utilizan para festejos y asar carne. Sigo subiendo ante la duda de que encuentre más edificaciones. Creo que me compraré una bicicleta nueva de montaña por mucho cariño que le tenga a la antigua. Es una Scott del año 80 del siglo pasado y pesa como un demonio. Y yo también peso como un demonio con todo el hambre que me entra en la montaña. Subo de nuevo a la bici, a pedalear. Me canso. Y además me mareo de hambre. Ni idea de la hora. Pienso en comida y regreso sobre mis pasos cuando me adelanta una moto y una caravana de ruidosos quads. Me aliño medio tomate cuando llego a casa, desmayado, termino la sopa de zanahorias que sobró el día anterior, me hago unos huevos revueltos con queso que compré en el supermercado de los chinos de Granada que ya no veré más y de postre, fresones con leche. Luego, en el sofá, me quedo frito. Y, dispuesto a hacer una siesta en condiciones, subo a mi habitación, me derrumbo en la cama. A las seis de la tarde la lluvia, un diluvio, me despierta, repiqueteando contra el velux. Seguiría durmiendo. El hacer bicicleta me ha producido sueño. Me caliento café con leche mientras el ruido del temporal crece. Y subo con él a la buhardilla que es la parte más caliente de la casa. Meriendo tres tronquitos del Valle, rosquillas con forma de tronco, que compré dos días atrás en la panadería. Y sopeso quedarme aquí o coger el coche para ir a Vielha, al único café del valle que tiene wifi. Cosas de estar lejos, muy lejos, del mundanal ruido.