DIARIO DE UN ESCRITOR




Valle de Arán, 2 de junio de 2011
Segundo día de mi octava vida. Dormir con el arrullo de la lluvia es una sensación inexplicable. Grata. La he oído caer toda la noche sobre el velux que vuela sobre el cabezal de mi cama. A las ocho ha parado. A las nueve me he levantado. La casa está fría. Miro por el ventanal. Las cumbres de las montañas enharinadas de nieve. Me hago café. Veo las noticias. Como una porción de bizcocho que hice en Granada. En el sur. Leo Frío de muerte. Llueve. A las once salgo a la calle, con puntualidad, y me hago con El País en la única librería del pueblo. Llegué antes que el tercer lector. Llevo la cámara colgada del cuello. Entro en la iglesia, que está abierta. Es tan hermosa por dentro que me entran ganas de ir a misa. Está el cielo cubierto, las calles mojadas, llenas de franceses, y el Garona, por el centro del pueblo, baja revuelto con remolinos. Bordeo el río. No llevo atuendo de montañero: zapatos, pantalones de lino, una cazadora comprada en Nueva Orleans. Pero me meto por un camino que orilla el río. Es una pista forestal que pronto se convierte en senda y pasa por un prado en donde come un grupo de vacas blancas mientras sus teneros permanecen perezosos tumbados en un prado. Tengo hambre. La senda trepa por un montículo bajo el arco de unos arbustos de largas ramas. Lamento mis desconocimientos botánicos. Llueve, pero las ramas me cubren. No llevo buen calzado. A partir de mañana, aunque mi deseo sea pasear por el pueblo, me pondré las botas de montaña porque siempre mis pasos me guían a ella. La senda tiene todos los matices del verde, está llena de enormes helechos, punteada con rocas alfombradas de musgo. Asciendo hasta la cima del montículo y busco una piedra seca para sentarme y leer el diario. Pero llueve. Y tengo hambre. Regreso al pueblo, por el mismo camino, bajo una lluvia que me moja el cabello y me empapa, pero no me molesta. Es todo tan extraordinariamente bello que no me importa mojarme. Llegando unas cuantas barcas neumáticas llevan río abajo practicantes de rafting. Quizá me anime. Compro un par de tomates y un paquete de azúcar en una tienda que está abierta a las una y media. Y me preparo la comida mientras bebo una copa de Somontano Enate, mordisqueo unas patatas fritas y veo las noticias. Crema de zanahorias, huevo a la plancha, fresones con leche. Una llamada a la puerta interrumpe mi comida. Alguien que me envía unos libros. El primer correo que recibo. Lectura que aprovecharé porque mis demás libros están en otro almacén. Marylin tendría 85 años si viviera, dice un programa de cine de la Sexta. ¿Cómo sería? No habría resistido mirarse al espejo.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
!Te has ido a vivir al Paraíso!
¿No has hecho fotos de la iglesia?Por ahí hay unos ejemplos magníficos del primer Románico, que me fascina, lo mismo que las zonas fronterizas.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Las colgaré en Facebook. La iglesia es una maravilla. Y el pueblo. Y los bares. Y los restaurantes. Y el río. Sí, el paraíso, sin duda.
MarianGardi ha dicho que…
En el verano se estará fresquito.
Luego en el invierno la nieve y el frió serán los protagonistas.
Ha sido tu elección.
Aquí seguimos en la dulce Andalucía.
Una de tus novelas ya la llevo a medias Muerte por Muerte.
Besos Jose Luis.
Pilar ha dicho que…
Leer la vida de otro es vivir un poco su vida...
Desde mi oficina de funcionaria, entre la rutina de los documentos, los registros y las llamadas de teléfono...me escapo gracias a internet y navego por otras vidas, otros mundos...
Entre otras y otros, he descubierto este blog.
Gracias.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Cuando tenga mono de Andalucia, Marian, este corredor de fondo volará al sur. Echo de menos las tapitas, los vinos y la gente. En fin. Adelante con mi novela y un abrazo desde el norte.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias por tus palabras, Pilar. El oficio de escribir te permite estar en cualquier parte. Ahora toca esta. A través del diario me introspecciono. Y me alegro que interese a otros.