DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 22 de junio de 2011

Hoy asistí a la primera tormenta de verano. Fue curiosa. Empezó por la tarde, justo cuando acababa de subir todos los elementos de las librerías y de la mesa comprada en Ikea por los tres tramos de escaleras y poner a prueba mis dotes como montador de muebles: aprobado bajo. Tendré que repetir una librería que me quedó para septiembre. Primero la buhardilla se llenó de moscas pesadas, de vuelo enloquecido e irregular que mataba contra el teclado de mi portátil con el manual de montaje de la mesa, un sinfín de gráficos que no he terminado de entender, cuando se posaban en la letra K, la de Kafka; luego, con sol, empezó a tronar. No me pareció serio: faltaba la ventolera que precede a las tempestades. Mucho más tarde surgieron nubes oscuras y descendieron por las vaguadas, rozaron las laderas boscosas de las montañas, cubriéndolo todo con su neblinosa apariencia. Hasta el Garona desapareció engullido por esa masa gaseosa cargada de lluvia. Luego llovió, y siguió tronando. Y a la noche hubo una nueva tormenta, mucho más violenta que la anterior. La tormenta me ha servido para comprobar que con los velux abiertos el agua de lluvia, a no ser que se oblicue por el viento, no entra en mi buhardilla estudio. Pero la cerraré cada vez que me ausente.
La mesa es grande. He tardado en construirla dos días y me tuvo en vela toda la noche anterior cuando se me hizo la luz y supe, por fin, como montar todo el andamiaje metálico de las siete cajas, sobre el que había que atornillar los tres tableros de madera, que había colocado exactamente al revés por culpa de no entender los manuales. Es en forma de L y la he situado pegada al velux que da a la montaña que veo desde el salón comedor: una cima fronteriza con el Cloth de Baretges. Las estanterías, dos, negras como la mesa, son robustas, cuadradas, y las he colocado una detrás de mí, pegada a la pared, y otra enfrente, en medio de la buhardilla, como separador de ambientes. ¿Qué ambientes? Pero tendré que repetir una: dos puñeteros tornillos no acaban de morder la madera y sobresalen desafiantes acusándome de torpe.
Mientras sorbo un gazpacho me asomo a la tele. Los políticos reflexionan sobre el 15M reforzado por el 19J que creían desactivado con el 15J. A Felip Puig se le vio demasiado el plumero en Plaça Catalunya (Terminator) y en Ciutadella (Madre Teresa de Calcuta). Dicen sus señorías que han tomado nota de las reivindicaciones. Que quieren hablar con los representantes del movimiento que no tiene representantes. Mas, que no es un adverbio sino el president de la Generalitat, quiere hablar con ellos. Carme Chacón va más lejos, prepara su carrera política post Rubalcaba y hace suyas las reivindicaciones de los indignados, todas, y lo hace con la vehemencia de quien se sabe fuera del gobierno dentro de meses. Tenemos a una ministra de Defensa indignada, un lujo impensable hace unos días. Algo parecido expresó Miquel Iceta después de los incidentes en el Parlament del 15J hablando que los políticos no pueden seguir así, supeditados a los mercados y alejados de la ciudadanía. Bien, si asumen nuestras peticiones que empiecen a trabajar para conseguirlas. No se les ve por la labor. Para el PP, salvo excepciones como la del más que probable presidente extremeño que recoge parte del programa de Izquierda Unida sin asustarse, seguimos siendo una banda de perroflautas, neologismo que urjo a la RAE para que lo incorpore urgentemente porque es brillante y enormemente descriptivo aunque haga décadas que dejé de tener perro y nunca toqué la flauta. La expresión se la escuché, por primera vez, a David Torres y a David G. Panadero en una Feria del Libro de Sevilla a la que fui para pasear El mal absoluto.
A media tarde, con lluvia, tomo el coche para ir a Vielha, a mi bar que tiene wifi, el único del Valle, a la espera de que pueda contratar mi conexión internet que va para largo. Pido tortilla de patata, recalentada y seca, pan con tomate y una cerveza y miro el correo mientras espanto decenas de moscas que revolotean por el establecimiento. Un día les preguntaré a los camareros por qué concentran a todas las moscas de la zona en su local, qué les dan para atraerlas. Creo que esta tarde hay cincuenta bestezuelas incordiantes que se te meten por los ojos y las narices, y me quedo corto.
Mientras leo correos, y borro muchos, reflexiono sobre acontecimientos próximos en el tiempo que me han dejado una cicatriz en la piel. Los seres humanos somos misteriosos, salvo, quizá, Felip Puig que me parece bastante plano. Si no me conozco y me sorprendo de mí mismo en infinidad de ocasiones, ¿cómo voy a conocer a las demás personas? Se puede pasar de conocido a extraño en menos de veinticuatro horas y eso me inquieta, me produce pavor. ¿Y si me convierto para mí mismo en extraño y no me reconozco? El proceso es como morirse: se es y se deja de ser en una décima de segundo, lo que se tarde en expirar, y luego nada, fotos y vivir en el recuerdo de los que alguna vez te quisieron. Alguien con el que has compartido mantel y sábana te pide, de repente, que le trates de usted, como si no lo conocieras, y eso te desconcierta porque te das cuenta, de repente, lo extraños que sois. Herida, de Louis Malle, cruzada con Intimidad de Patrice Chérau y Amores con un extraño del maravilloso Robert Mulligan en la que los amantes extraños eran Natalie Wood y Steve McQueen, porque el cine da respuestas para todo por cuanto refleja la vida. Falla la conexión y no reconoces ya la voz, no codificas sus expresiones, pierdes la sintonía que ya no vas a recuperar y te da miedo de que todo sea un sueño, de que tú mismo seas parte de ese sueño y todo ese trabajo de montador de muebles de la república independiente de Ikea (¡vaya morro para venderlo todo por piezas y made in China), las desgarraduras entre los dedos, los callos de tus manos no acostumbradas a trabajos duros, sean una de las muchas pesadillas de ese sueño del que te despiertas en una casa azotada por la lluvia y los relámpagos en el Valle de Arán. Quizá seas Unabomber y no lo sepas.

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