DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 23 de junio de 2011
Sigue lloviendo. Por eso todo está tan verde y el agua brota de la tierra, de las rocas, se despeña desde las alturas. La belleza del Valle tiene esa dependencia: la lluvia. Hoy un manto de nubes sepultó Arán y ocultó todas las cimas de los montes. No se movieron. Tampoco bajaron.
Me acordé de que hoy es la verbena de San Juan. Fui a mi panadería a comprar varias cocas para endulzar mi vida. No compré cava porque no tengo con quien brindar. Y regresé a casa, con El País bajo el brazo y una cierta nostalgia por la soleada Granada, sus terrazas, la de Las Titas adonde solía ir para leer el periódico mientras bebía una cerveza, El Pícaro en donde escuchaba jazz, las cuestas del Albaicín y el Sacromonte por las que tantas veces he ascendido, la Alhambra iluminada que brilla como oro cada noche granadina, las tertulias en el Yerbabuena sobre literatura y política, las copas del afrutado Calvente en Garnati de mi antigua calle, los ojos ambarinos, los chinos del supermercado, todo lo que quedó allí y se irá diluyendo en la memoria, como siempre sucede.
Aproveché el mal tiempo para ejercer de pintor de brocha gorda que se me da tan bien como la fina. Pinté una tabla de estudio de negro, para que conjunte con las mesas y las estanterías de Ikea, con escasa fortuna. Terminé el bote y me di cuenta de que me había quedado corto. No me van los trabajos manuales ni el bricolaje. Luego no había manera de hacer desaparecer las manchas de pintura de mis manos, muñecas y codos, porque todo yo quedé como un cuadro y mi piel se convirtió en un lienzo. Creo que la pintura se va con algo que se llama aguarrás, pero olvidé comprarlo en la ferretería/droguería del pueblo. Así es que me he metido en un baño de agua caliente y jabón y he estado arañándome meticulosamente la piel y las uñas de las manos, a falta de piedra pómez, mientras me preguntaba si no sería más fácil cortármelas, las uñas y hasta los dedos para terminar antes. Kafka estaba en esa bañera, a mi lado, contemplando mis absurdas maniobras para quitar el negro de mi piel.
He empezado a subir libros al estudio de la buhardilla, a llenar las estanterías mientras la tabla pintada se secaba lentamente con la corriente que se establece abriendo los tres velux. He colocado los míos en la estantería que hay a mi espalda, al alcance de mi mano, y los ajenos en la que hace de separador de ambientes y tengo enfrente. He dispuesto todos los retratos sobre la mesa tras limpiarlos del polvo granadino, otra de las cosas que echo de menos. Todos los enmarcados son gente joven, muy joven, como El Destilador Cultural en pantalón corto, el director de El Bosque de mirada encantadora, la madre de Paula dando de comer a las palomas de la Plaza Catalunya o yo mismo, delgado, con gafas, mucho pelo negro, corbata y gabardina, y alguno hay que ya no está: Berlanga entregándome la escultura de las piernas de La Sonrisa Vertical y ese Ricardo Muñoz Suay que se fue tan temprano y cuya calva asoma entre el hombro izquierdo del director de El verdugo y el mío. Miro al sonriente Berlanga y le oigo.
Ayer, al hilo de lo dicho antes, me escribió una lectora de Pubis de vello rojo e hizo sorprendentes comentarios acerca de esa novela: sucia, brutal, pasional, terrible, infernal, nauseabunda, romántica, para terminar diciéndome que le había gustado mucho. Le contesté que era lo más nihilista que había escrito, que ya no podía, ni quería, ir más allá de Pubis de vello rojo. Cada novela es fruto de un momento. No sé qué saldrá de este momento, de ahora mismo, no sé si saldrá algo o tal vez enmudezca.
Como cada tarde he cogido el coche para ir a Vielha y el control de policía que había en la rotonda de la entrada del pueblo me ha dejado pasar con un saludo: ya me conocen los agentes. Yo todavía no los conozco a ellos.
Hoy no había tantas moscas en el bar mientras tomaba un café con leche. Ayer más, seguramente porque llovía y estaban alborotadas con la tormenta. Escucho la conversación de tres matrimonios mayores e indignados por todo lo que sucede en este país que toman unas cervezas a mi lado. Tienen hijos en el paro y difícilmente podrán disfrutar del placer de acariciar a sus nietos que no tendrán quienes tienen trabajo precario y no acceden a una vivienda. El 15M llega a todos los hogares, hasta a estos valles perdidos porque es un movimiento transversal. El 15M es la humanidad indignada por una situación que unos pocos han provocado y pretenden cargas sobre los inocentes.
Regreso a la casa cuando ya se va la luz del Valle, con los focos encendidos. Las nubes siguen bajas, inmóviles, sin descargar el agua que llevan dentro. Serpenteo junto al Garona mientras reflexiono sobre cómo superar mi última adicción y controlar su síndrome de abstinencia.
El coche entra con dificultad en el garaje. Son tantas las cajas de cartón vacías de la mudanza que lo abarrotan que decido tirarlas cuando el coche, reculando, aplasta y abate algunas al suelo. Reflexiono antes de cargarlas e ir al contenedor de cartones y papeles que hay en la carretera. Y no es baladí la reflexión. ¿Y si las necesitas para una próxima mudanza? me pregunta uno de mis yos antes de meter la primera caja en el coche. Ya no habrá más mudanzas, me responde el otro yo mientras empieza a cargarlas en la parte trasera del automóvil. Soy consciente de que ésta es la última.

Comentarios

PLUSKUAMPERFECTA ha dicho que…
Amena reflexión , las imágenes van pasando por la vista del lector cual si fuese un acompañante en ese viaje que no sólo va por fuera.

No tengo la menor idea en que rincón del mundo está ese lugar , menos puedo asegurar que será el último movimiento en el tablero del autor, pero si puedo decir que nunca hay que asegurar nada.

Saludos desde el fin del mundo
MarianGardi ha dicho que…
Vives acompañado con tus seguidores y con tu memoria que muestras sin pudor, como en tus novelas. Me identifico con tu generosidad para entregarte.
Llueve sobre la habana es magnifica, me encanta como describes y construyes a tus personajes tan llenos de vida, sigo leyendo. A primeros del mes estaré en París y en Agosto en la Costa Azul y allí me acompañará tu novela.
Un abrazo José Luis
M. Deveriá ha dicho que…
Me encanta leer tu diario cada día, es una forma de viaje, sin duda. La literatura siempre lo ha sido. Y si se hace en preferente, mucho mejor. Hasta me parece conocer tu recorrido diario.
Precioso el rincón que se ve de tu buhardilla.Ya va teniendo aspecto de espacio habitado.Me imagino que pronto nos sorprenderás con nueva novela o libro de relatos.
Un abrazo grande.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues sí, es importante irse construyendo un espacio que sea agradable, cómodo, y aunque me ha ha costado sangre, sudor y lágrimas creo que ya tiene cuerpo y alma. Curiosamente habito la casa que siempre estuve buscando en el lugar en el que siempre soñé.