EL ARTÍCULO

Este artículo fue previamente publicado en El Informal
ÁGORA
José Luis Muñoz
Cuando estallaron las revueltas en el norte de África me pregunté cuánto tiempo tardaría en saltar ese fuego el Mediterráneo y llegar aquí. Lo que empezó con la inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi se ha convertido en uno de los movimientos más insólitos e imprevisibles de este siglo marcado por el derrumbe de las Torres Gemelas y la crisis, o estafa, global. Las revueltas árabes, que siguen con diversa fortuna – encalladas en Libia, en donde se libra una feroz guerra civil, y en Yemen, en donde su sátrapa de turno no acaba de irse – son un movimiento amplio de repulsa impulsado por una juventud sin horizontes que reclama democracia y trabajo. La misma que aquí, aunque en España gocemos, formalmente, de una democracia cuya salud empezamos a cuestionarnos.
Los jóvenes españoles, a los que media Europa tildaba de mudos y conformistas, han cogido esa antorcha y han ocupado calles y, sobre todo, plazas de nuestras ciudades. Con ellos el ágora cobra el significado que tuvo en la Grecia clásica y que nunca se debió perder: espacio de encuentro y reflexión de ciudadanos. Madrid, en la emblemática Puerta del Sol, Barcelona, en su Plaza de Cataluña, y cientos de ciudades de España se han sumado a este movimiento juvenil que irrumpe con fuerza y se coordina, como ya hicieran en Túnez y Egipto, a través de las redes sociales. Y funcionan al margen de partidos y sindicatos, organizaciones que, como de forma tan contundente dijera el genial dibujante El Roto, envejecieron en 24 horas.
Lo que reclaman esos jóvenes, y los no jóvenes que nos acercamos a sus tiendas, estampamos nuestras firmas de apoyo, hacemos donativos y no sumamos a sus asambleas, es derecho a trabajo – va a ser la generación española más formada y, a pesar de ello, sin posibilidad de una vida laboral estable; van a vivir mucho peor que sus padres – y democracia real, porque la que tenemos, nuestros políticos, ya no sirven, ya no nos representan cuando siguen, sin pestañear ni cuestionarse, las directrices del FMI y los difusos mercados. Leyendo las peticiones de estos luchadores pacíficos, ejemplares y respetuosos que se están ganando las simpatías de la ciudadanía, uno comprueba que lo que piden no son utopías sino cosas elementales, y lo vergonzoso es que esas peticiones se tengan que hacer.
Acabar con los privilegios de la clase política, insultantes cuando el resto de los ciudadanos nos estamos apretando el cinturón. Expulsión de las filas de los partidos de los sospechosos de corrupción. Reparto del trabajo existente, una medida que se aplica en Alemania y que el inoperante gobierno de la nación podría copiar. No retrasar la edad de jubilación, cuya consecuencia más directa es no liberar puestos de trabajo para las generaciones que sufren un paro atroz. Seguridad en el empleo que permita a los trabajadores una vida estable y poder hacer planes de futuro, lo que hará crecer la economía. Expropiación de las viviendas en stock y que entren en el mercado de alquiler. Mejorar, en vez de recortar, los servicios públicos con la contratación de los trabajadores necesarios. Nacionalización de las entidades bancarias rescatadas y que tengan un papel de banco público para que el crédito fluya. Aumento de impuestos a las grandes fortunas y a la banca para costear el estado de bienestar que es una conquista innegociable. Modificación de la ley electoral que permite la injusticia de que millones de votos no tengan una adecuada representación parlamentaria en aras de un bipartidismo. Entre otras muchas cosas.
Este mayo español de 2011, menos utópico que el del 68 francés que, para los de mi generación, sigue siendo un referente, ha cogido con el paso cambiado a nuestros políticos. Desde el PSOE no se acaban de explicar la catástrofe de unos resultados electorales perfectamente previsibles. ¿Qué esperaban después de tantos años gobernando contra sus electores? Y la victoria del PP no es tal sino consecuencia del descalabro de una izquierda oficial que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ha acatado órdenes de los poderes económicos y no ha sido capaz de hacer un solo guiño a su franja social.
La respuesta a la protesta de nuestras ágoras ya la están dando el gobierno de algunas autonomías. Catalunya, la, en teoría, más europea, ha enviado a sus mossos de escuadra a reprimir con una violencia inusitada a los acampados de la Plaza de Catalunya. Con esta actitud el Govern de la Generalitat enseña sus cartas al resto de España: la solución para ese movimiento que reclama obviedades, que no deberían reclamarse por su lógica aplastante (trabajo, futuro, vivienda, dignidad, ética en la vida política, control bancario…) es el palo, la brutalidad, el fascismo de la violencia contra los pacíficos.
Los jóvenes indignados, a los que nos sumamos los millones de ciudadanos que también lo estamos, han plantado semillas reales en sus huertos improvisados. Esperemos que den su fruto.

Comentarios

wilson osmar aquino ha dicho que…
me encanta leer sus articulos una vision objetiva unas criticas sanas y una buena dosis de animo para los que levantan sus voces contra conductas perversa de los gobiernos
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Wilson. Creo sencillamente que es nuestro deber como militantes de la cultura que nunca debe estar aparte de la sociedad.