DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 25 de junio de 2011
La rayo de sol me dio en los ojos a las 9 y media, exactamente, y me despertó. Fue la luz, no los balidos de las cuatro ovejas que pacen en un cercano prado ni los gallos de los alrededores. Miré el cielo: radiante, sin una sola nube.
La belleza del Valle, en días como hoy, es demasiado absorbente, te arrastra al exterior y te impide trabajar. Los días grises y de lluvia son más productivos, aunque resulten más trágicos. Por eso, después de comprar El País, con el chute vital del sol, tomo el coche y decido pasar a Luchón, Francia, por una serpenteante carretera entre sucesivos bosques de abetos y pinos negros que culmina en el puerto de El Portillón y desciende luego, vertiginosamente, pasando al lado de una enorme cascada, hasta esa pequeña población con aires de grande. Mi idea es comprarme una bicicleta de montaña en Luchón, pero cuando llego a la tienda que ya conozco de otros años, la encuentro cerrada. Para los franceses el mediodía es de 12 a 14 horas, y pasan diez minutos de las 12. No me irrito. Cámara en mano, disfrutando del sol, paseo por la amplia avenida principal de la población en la que hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs se reparten el espacio y la montaña asoma en cada bocacalle.
Siempre me gustó la decadencia de Luchón. O me atrajo. Tiene el encanto de una ciudad que fue pero ya no es nada, o casi nada. Debió vivir su época de esplendor cuando su enorme balneario atraía a principios del siglo pasado a esa burguesía rancia e ilustrada europea que buscaba en las aguas termales El Dorado de su salud y, de paso, se relacionaba, se enamoraba, matrimoniaba. Los balnearios siguen en Luchón, imponentes y vacíos, como los enormes hoteles de fachadas regias, parisinas, blancas que se recortan contra el azul del cielo y uno no acaba de ubicar en un pueblo de alta montaña, pero ni rastro del paisanaje decimonónico, de esa burguesía ilustrada que despreciaba la brisa marina para buscar la pureza de la montaña.
Mientras paseo, y tomo fotos, pienso en La Montaña mágica de Thomas Mann, una de las tres novelas que más me han impresionado, y en el balneario de Badem Badem en donde sitúo un capítulo de El mal absoluto. El balneario es un lugar en donde el tiempo se detiene y la falta de ritmo es precisamente su mayor encanto junto a las comidas sosas, las conversaciones como cuchicheos y el agua, por supuesto. También Muerte en Venecia, del mismo Mann, retrataba ese ambiente distinguido y encorsetado, ahogado, por las normas. En un balneario situó Vázquez Montalbán a su alter ego Carvalho en una de sus aventuras literarias. Nunca me alojé en ningún balneario, huyo de esos modernos hoteles de talasoterapia y otras prácticas en los que los huéspedes bajan al desayuno en batín blanco.
Mientras hago tiempo para que abran la tienda de bicicletas voy deteniéndome ante los menús del mediodía de la docena de terrazas que hay en el majestuoso paseo flanqueado por enormes plátanos. Los precios oscilan entre los 13 euros y los 18, y por esa cantidad ofrecen un condumio modesto, triste, que no me acaba de convencer. La excelencia gastronómica del Valle de Arán se pierde en cuanto uno deja atrás su frontera.
La iglesia del pueblo ocupa uno de los flancos de una plaza en donde hay una pastelería en la que solía sentarme cada vez que iba a Luchón a tomarme un café con leche y una tarta de cerezas. Paso de largo por delante del establecimiento, porque recuerdo que las últimas y empalagosas cerezas me las sirvieron con hueso, y además la cereza es la única fruta que detesto, más que el kiwi, y me detengo ante un patriótico monumento a los caídos en todas las guerras que ocupa el centro de la plaza: un soldado, con su característico casco francés tipo bacineta con una ligera cresta que va de la frente al cogote, en actitud patriótica, sobre un pedestal en donde aparecen grabados los nombres de los ¿luchones? muertos en todas las guerras: una treintena en la Segunda Guerra Mundial, uno solo en la Guerra de Argelia, con la leyenda “Muertos por la patria”, que nunca me creí, y una madre en el suelo, extendiendo los brazos, la que ofrece a sus hijos a todas esas carnicerías humanas. ¿Preparan otra carnicería humana para salir de la crisis? Tiempo al tiempo. Pero tienen que buscar un enemigo dentro de Europa, o fabricarlo, para que nos liemos todos a bayonetazos y los supervivientes reconstruyan el mundo que destrozaron.
Las dos horas que emplean los dueños de la tienda de bicicletas en comer me dan también para ir al mercado, cuyos puestos ya se están levantando, cruzar por un puente ornado de flores un afluente del Garona y dejar a mis espaldas un abigarrado cementerio: la gente también muere en la montaña, por muy sano que sea vivir en ella, no nos engañemos, y esa manifestación de cruces blancas que emergen del suelo me lo dice.
Cuando finalmente abren la tienda me desinflo. Las bicicletas son tan caras como al otro lado de la frontera y la única que sobrepasa ligeramente los 400 euros, y podría interesarme por esa razón, está pintada en un azul espantosamente feo que debe ser lo que la abarata. Así que sin utilizar el idioma francés, salvo en un par de msg que envío desde mi móvil, abandono Luchón con el depósito del coche vacío, en la reserva, a tono con mi estómago, también bajo mínimos.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Nada más empezar a leer y ver esa foto, recordé La montaña mágica, uno de los libros que más me han impresionado también.
Tu nueva vida es muy envidiable.
Podrías haber comprado la bici de color horrible y cambiárselo tú mismo, jijiji, creo que se te da muy bien lo de la pintura.
Un gran abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Lo mío, querida amiga, nunca fue la pintura, pero una vez mal pintada la mesa me estoy acostumbrando a ella y hasta le veo bien. Me quiero demasiado. Pero con la bici prefiero pagar un poco más antes que pintarla. Visitaremos esa ciudad francesa cuando vengas con tu vino y hablaremos del único caído en la guerra de Argelia que tiene Luchón.
M. Deveriá ha dicho que…
Lo de pintar la bici era una broma, evidentemente, que surgió al acordarme de tu mesa.
Será un placer visitar esa ciudad.
Pilar ha dicho que…
Me gusta cómo escribir, gracias por compartir esa vida que llevas alli, que por cierto es envidiable...Das sensación de libertad...Todavía no he comprado ninguno de tus libros, además de no tener vergüenza soy sincera, llevo una vida muy estresada, y compré un par de libros de burgaleses en la Feria del Libro de aquí, los compro, pero muchas veces no los leo...En fin, perdón por el rollo ego que acabo de soltar. Espero que encuentres una bici, pero sí son todas carísimas, a mí andar en bici es algo que me apasiona...Te sigo leyendo, al menos en el blog...Gracias de nuevo