DIARIO DE UN ESCRITOR

Valle de Arán, 6 de junio de 2011
Ayer subí al Cloth de Baretges. Me llovió por el camino, pero también lució el sol. Pero predominaban las nubes. Parece que traje conmigo el mal tiempo. Cuando llegué a mi destino las nubes tapaban el escenario más bonito del enclave: las montañas aserradas de Francia. No estuve solo. Cuando me disponía a echar una siesta un cuatro por cuatro blanco la interrumpió, trepó por una verde montaña que hay frente al refugio y vomitó dos ocupantes y tres perros. Los perros correteraron por la montaña, sin olfatearme. Los hombres se enfrascaron en una conversación que, a pesar de la distancia, escuché con claridad. No planeaban ningún asesinato. Descendiendo, algo parecido a un ladrido, que salía de la arboleda, me hizo detener. No era un perro, porque el gruñido era seco, cortante, y el sujeto que lo emitía debía de ser mamífero a juzgar por su potencia. Si no tuviera un buen garrote, que lo cogí del campo el día anterior, me habría inquietado. Así que seguí bajando por el camino forestal, el garrote en la mano, escudriñando entre los árboles por si acaso, y el tipo ese que marcaba su territorio me estuvo siguiendo un rato a juzgar por los gruñidos que me acompañaron hasta llegar donde había dejado el coche. Aún me falta mucho para identificar a los animales por sus sonidos. Me encerré en mi bar, comí unas croquetas, bebí una cerveza y consulté mi correo. Luego regresé a casa. Más tarde me metí en la cama muerto de sueño sin ver El talento de mr. Ripley de Anthony Minghella. Y me levanté muy temprano despertado por un mensaje de teléfono que entraba a las 8 y media. Acompañé el café con leche con una crepe que bordé a ojo porque el bizcocho granadino se acabó. Mientras desayunaba miré distraído los desayunos de TVE1 con Ana Pastor. La izquierda pierde las elecciones en Portugal, como lo hizo en España. Los votantes para aplicar políticas de derechas prefieren a la genuina derecha, lógico. Humala ganó a la hija de Fujimori en Perú. Bueno. Comprar el pan y el diario, que distan doscientos metros lo hice en dos minutos. Dos más en comprar bolsas de basura, miel del Valle de Arán y mantequilla de Francia. No compré pepinos porque no los vi por ninguna parte. Leer el diario con una copa de vino en casa me llevó diez minutos. Los acampados de Barcelona levantan sus reales. Y Gómez Rufo me confirma, en la última página, lo que me dijo en persona, que es animal de hábitos nocturnos y escribe entre 11 de la noche y seis de la mañana. Yo perdí los hábitos. Subo los tres tramos de escaleras que me llevan a la buhardilla (quizá por eso estoy cansado) y sigo con la corrección de esa novela negra que tengo pendiente. La tabla de madera con caballetes que compré ya se quedó pequeña. Necesito una mesa enorme, en forma de ele. Llueve. Los velux de la buhardilla están tan empapados con gotas de agua que apenas me dejan ver el paisaje gris de montañas cruzadas por nubes. Puedo escuchar la lluvia cuando dejo de teclear. Y el sonido de las esquilas de cuatro ovejas que tengo por vecinas.
Valle de Arán, 5 de junio de 2011 No sé si jubilar mi bicicleta o jubilarme yo mismo. No sé si la culpa la tiene la bicicleta, la culpa de mi cansancio cuando intenté acercarme a lomos de ella a Vielha, un paseo, o es que mi maquinaria de hueso y músculo empieza a sentir los estragos de la edad. Quizá mi octava vida consista en eso, en asumir lo que nunca quiero asumir y pocos humanos asumen: que nos hacemos mayores y tenemos que paliar el declive físico con otra cosa. ¿Con qué? ¿Con la cabeza? En fin. Ayer me deprimí cuando hube de dar media vuelta con la bici, que no subía cuestas y en las bajadas iba lentísima (espero y deseo que seas tú, bici, la causante de mi derrota física) regresar a mi casa después de una hora de pedaleo extenuante y coger el coche que me dejó en Vielha un cuarto de hora más tarde, en la mesa de esa cafetería que tiene wifi, ante un vaso de cerveza, un trozo de tortilla de patata seco y una rebanada de pan con tomate. Regresé a casa ya de noche y me dormí, después de ver en la 2 un programa sobre las toneladas de basuras que vertemos al mar. El sol me despertó a las diez, pero estuve haraganeando hasta las diez y media. Me duché (soy un escritor limpio, no como Valle Inclán que, según explica Almudena Grandes, era tan alérgico al agua y jabón en la piel que por eso perdió uno de sus brazos, por la roña incrustada en una herida que le propinó un marido engañado), tomé mi café y el bizcocho granadino (calculo acabarlo mañana), me fui a comprar El País a la tienda de mi vecina que me presentó a mi vecino y su pareja, les pedí el Qué Leer, que me traerán el martes que viene, y con el diario bajo el brazo me fui a leerlo a una ermita que dista doscientos metros del pueblo y tiene aceptables vistas. De espaldas al santo leí el periódico y, mientras pasaba páginas, pasaba página. Luego, tratando de no resbalar por la pendiente que había subido (una rotura de pierna puede redondear mi bajo estado físico) descendí hasta mi casa, me tomé una copa de vino, medicina para mi corazón roto, piqué media docena de aceitunas y leí la revista de EPS, los testimonios de los indignados a los que, quizá, les sobren excesivos buenos modales (¿no es hora ya de tener malos modales con toda esta gentuza que nos ha abocado a la crisis?) y les falte algo de ira que espero adquieran en el decurso de los acontecimientos. No conozco ninguna revolución que se haya hecho por las buenas. Esta tarde, sin falta, subiré al Cloth de Baretges a ver si desde allí veo más claro.
Valle de Arán, 4 de junio de 2011
Me acosté tarde. Estuve corrigiendo las primeras veinticinco páginas de la próxima novela que pretendo publicar si algún editor se interesa por ella. Una vez más, novela negra. Una vez más personajes turbios y negativos. ¿Por qué no escribiré, me pregunto, una hagiografía sobre Vicente Ferrer, el personaje que más admiro? Era la una y media cuando caí en la cama después de recibir un mensaje de la bretona de que no podía acompañarme en la excursión del domingo. Yo tampoco me podré acompañar como siga este tiempo lluvioso que una panadera, la mía, me dice que seguirá hasta el martes. Las dos de la madrugada cuando cerré los ojos esperando abrirlos a la mañana siguiente. Las nueve y media cuando me despierta la música de la lluvia sobre el velux que levita sobre mi cabeza. Las diez cuando me alzo de la cama, después de apurar esa media hora entre el sueño y la vigilia, que es uno de los momentos más placenteros, para entrar en la ducha con sumo cuidado y salir de ella con mayor prudencia si ello es posible. ¿Quién me rescatará si resbalo y me rompo la crisma? Nadie. Sigo con el bizcocho de Granada, que se hace eterno y endurece día a día. Escucho las noticias en el canal 24 horas de televisión. Nada bueno. Grecia se vende toda para pagar la deuda. No entiendo este mundo. Me indigno con los indignados que son los únicos que ven las cosas claras. Todo está en venta. El estado de bienestar, la sanidad, la enseñanza. Pronto nos venderán a las ciudadanos para saldar esas deudas que nadie sabe cómo se produjeron. O sí. Extraño mundo absurdo éste en el que, no hace mucho, la dinámica era endeudarse y ahora es la contraria para que los buitres desalmados que causaron la crisis se abalancen sobre nuestra carroña y nos arranquen la carne a picotazos. Llueve. Cojo el paraguas bilbaino. Me pongo las chirukas porque me conozco. Voy a comprar el diario a mi vecina que tiene su pequeña tienda junto a la iglesia románica. Hago fotos de esas nubes maravillosas y bajas que son fantasmas entre montañas y avanzan entre sus bosques. Me gusta el Valle de Arán lluvioso, nublado, que huele a hierba mojada. Y al pan recién horneado que brota del obrador que tengo en la esquina de mi casa. Con El País bajo el brazo y el paraguas abierto recorro el pueblo. Hoy, que me he puesto las chirukas, hago un paseo urbanita, no piso el encharcado campo. Con curiosidad censo las tiendas. Hay una de ropa de montaña. Varías licorerías por si, en mi soledad, me convierto en escritor dipsómano. Varios restaurantes con menús apetecibles. Una docena de decadentes hoteles con treinta años sobre sus espaldas y clientela francesa. Un par de carnicerías que, al estar enfrente, tendrán que competir en la calidad y el precio de su oferta. Una peluquería en donde deberé cortarme el pelo pronto. Paseo por el borde de la carretera y contemplo, entre las viejas casas con tejados en escalera, muy típicos de la zona, pequeños huertos sembrados de patatas, tomates, zanahorias. Me gustaría saber dónde venden esas hortalizas. Hay un par de bancos, con sus cajeros automáticos. Una tienda de deportes de montaña en donde me compraré raquetas de nieve en invierno y gafas. Llego hasta el extremo del pueblo, en donde está el cuartel de los bomberos, pompiers, como en francés, en donde hace veinte años estuvo un control aduanero ante el que siempre me detenía para explicarles que no pasaba a Francia sino que me dirigía al Cloth de Baretges, y me meto por una serie de callejuelas torcidas, pero no tanto como las de Granada, que me llevan directamente a mi casa. Dejo el paraguas plegado en la entrada, sobre la alfombrilla en donde restriego y dejo el barro de la calle, y subo las escaleras de madera de roble hasta la primera planta. Busco el sofá y me dedico a leer El País tras desarmarlo: diario, Viajero y Babelia. Del diario me interesan un par de artículos de opinión firmados por Santiago Carrillo y Vicente Verdú que hacen causa común con los indignados. Aquí no hay indignados, ni plazas ocupadas, ni campamentos. Deberán cambiar de estrategia los indignados e iniciar nuevas movilizaciones. Marchas masivas contra los parlamentos que no nos representan, por ejemplo, como la convocado el día 19 en Barcelona a la que bajaré desde el Valle de Arán para sumarme. Acciones contra la banca, a la que creo fui el único que me sumé extrayendo 155 euros de mi cuenta el pasado 30 de mayo. Colgar en las ventanas, en los balcones, soflamas de indignación, con lo que las ciudades pueden tener una nueva fisonomía reivindicativa. Insumisión fiscal. El mundo es de ellos y tengo plena confianza en sus ideas, porque no están solos, detrás estamos nosotros. Me concentro en Babelia. No me acaba de atrapar el artículo sobre ilustradores de libros firmado por Enrique Vila-Matas. Sí, como siempre, el de Antonio Muñoz Molina que habla de una exposición de objetos de escritores y se centra en el bastón de Virginia Woolf, el que perdió cuando se sumergió cargada de piedras en el río para abandonar este mundo. Tomo nota de una exposición de Mapplethorpe, en la sala Elvira González de Madrid, tendré que buscarla, que no quiero perderme cuando esté en la capital de la corte el próximo fin de semana. Del fotógrafo de los penes y las flores hablaba en mi novela Lifting a propósito de una exposición extraordinaria que tuvo lugar en la Fundación Miró de Barcelona hace quince años. Y subo a mi buhardilla de madera, triangular como la cima de una iglesia para que la nieve, en invierno, se deslice hasta la calle y, mientras escribo esto miro esas nubes que pasan majestuosas entre las gigantescas montañas del Valle, así, con mayúsculas.
Valle de Arán, 3 de junio de 2011 Hoy duermo más. No sé por qué. Y tengo una pesadilla con un matón de escuela. Cuando dejé la escuela a mediados del siglo pasado. Ya me gustaría vérmelas con un matón de escuela en la vida real. Ni los rayos del sol, que hoy ha salido, ni los balidos de las cuatro ovejas que vi ayer me sacan de mi modorra. Bajo a trompicones al salón comedor, después de ducharme, a hacerme café. Desayuno todavía ese eterno bizcocho que hice en Granada mientras veo una entrevista a Tony Blair que me indigesta todo lo que como. Le pregunta la periodista, e insiste, incrédula ante la respuesta, si él habría obrado igual que el premio nobel de la paz Barack Obama ante Bin Laden. Por supuesto, contesta el expremier británico, porque causó miles de muertos, españoles entre ellos. Con la misma lógica habría que preguntarle si aprobaría su propio asesinato por los cientos de miles de muertos iraquíes que se derivaron de su estúpido apoyo a George Bush. Hace un sol espléndido. Hora de ir a comprar el diario, hoy Público porque dan película. Voy dando un paseo. La faz del pueblo cambia, los viernes, por la presencia masiva de turistas franceses que llegan en autocares y llenan las terrazas. Me hago con el diario (hoy el lector de El País tiene suerte) y me voy a explorar el pueblo. Como si no me conociera. Cruzo el Garona y no doy cien pasos que ya encuentro un camino. Y con zapatos. No aprendo. Va bordeando el río en dirección a Francia. Por suerte, a un kilómetro, un charco insalvable me hace retroceder. Regreso a casa a cumplir con el rito de tomarme una copa de tinto Enate y unas aceitunas rellenas, ya que las patatas fritas se acabaron ayer, mientras leo el periódico. Acabo rápido. Bajo al garaje e intento, sin mucho acierto, poner una cámara nueva a la rueda trasera de mi bicicleta que pinché días atrás en mis últimas horas en el sur. Tras media hora acabo con las manos negras de grasa, pero nada más. Pinchar la rueda trasera es complicado. Hay que montar la maldita cadena y uno no sabe nunca cómo hacerlo. Sudo pero no reniego de mí mismo. Me he puesto a trabajar como mecánico a la puerta del garaje en pantalón corto y camisa de lino del Punjab y alzo los ojos cuando veo a la vendedora de diarios que entra en mi calle y me saluda. Ah, mi vecino, me dice con una sonrisa. Ah, mi vendedora de diarios, contesto. Ya es casualidad. Sigo con la bici, y en tareas de mecánico, con las manos llenas de inmunda grasa, me sorprende la muchacha bretona de los enormes ojos verdes, la falsa autoestopista a la que cogí en un día de lluvia. No me trae la lleve del buzón que le pedí, que no encuentra, pero sí una manual de instrucciones para programar los quince radiadores eléctricos de la casa. El invierno me aterra en mi nuevo hogar. Me compraré una pala para sacar la nieve de mi puerta. Me iré a Hierro, mejor. Observa la bretona, que calza vistosas botas hasta la rodilla, mi bicicleta e indaga por la causa de mi pinchazo. Le digo que es anterior a mi estancia en el Valle y le invito a una excursión el domingo, suave, aclaro. Se ríe por lo de suave. Creo que tiene razones para reírse, el que estoy para excursiones suaves soy yo, no ella. Seguro que es más fuerte y resistente de lo que pienso. Cuando se va sigo con mi maldita bicicleta. Finalmente consigo montar la rueda y que la cadena funcione. Voy a dar un paseo por el pueblo, me digo. Te vas a la montaña, me dice el otro yo. Y en efecto, no sé cómo, quizá porque la cabra tira al monte, me veo subiendo por una empinada pista forestal que lleva a unas minas y pierdo de vista el pueblo muy, muy, abajo. No, a las minas no llegaré, que están a diez kilómetros y la pendiente es considerable. Hay un letrero que indica Casas de Bossóst. Allí. Cruzo un tupido bosque. Sudo. Estoy desentrenado o es que ya tengo años. Me bajo de la bici. Subo con ella arrastrándola. Las Casas de Bossóst es una casa. Una borda cerrada, de las que se utilizan para festejos y asar carne. Sigo subiendo ante la duda de que encuentre más edificaciones. Creo que me compraré una bicicleta nueva de montaña por mucho cariño que le tenga a la antigua. Es una Scott del año 80 del siglo pasado y pesa como un demonio. Y yo también peso como un demonio con todo el hambre que me entra en la montaña. Subo de nuevo a la bici, a pedalear. Me canso. Y además me mareo de hambre. Ni idea de la hora. Pienso en comida y regreso sobre mis pasos cuando me adelanta una moto y una caravana de ruidosos quads. Me aliño medio tomate cuando llego a casa, desmayado, termino la sopa de zanahorias que sobró el día anterior, me hago unos huevos revueltos con queso que compré en el supermercado de los chinos de Granada que ya no veré más y de postre, fresones con leche. Luego, en el sofá, me quedo frito. Y, dispuesto a hacer una siesta en condiciones, subo a mi habitación, me derrumbo en la cama. A las seis de la tarde la lluvia, un diluvio, me despierta, repiqueteando contra el velux. Seguiría durmiendo. El hacer bicicleta me ha producido sueño. Me caliento café con leche mientras el ruido del temporal crece. Y subo con él a la buhardilla que es la parte más caliente de la casa. Meriendo tres tronquitos del Valle, rosquillas con forma de tronco, que compré dos días atrás en la panadería. Y sopeso quedarme aquí o coger el coche para ir a Vielha, al único café del valle que tiene wifi. Cosas de estar lejos, muy lejos, del mundanal ruido.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Es un disfrute leerte y ver esos hermosos parajes,pero, al mismo tiempo, me muero de envidia cada vez que me acerco a tu muro. Qué lugar tan bonito has elegido y, sobre todo, "qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido", como dijo Fray Luis desde su retiro en La Frecha, cerca de Salamanca, tu tierra natal.
Pilar ha dicho que…
Gracias, es lo que primero que me sale, creo que soy un poco insistente. Pero me da gusto leerte. Siento de una generosidad tremenda compartir un diario. El lugar, las fotos...Por cierto, el 30 de mayo yo también saqué, pero no 155, sino 160 euracos, mi cajero sólo tenía billetes múltiplos de 10. Yo también me indigno con los indignados... Me da envidia que puedas levantarte cuando te despiertas, e incluso ese tiempo, que es una maravilla, del que yo sólo dispongo en vacaciones o algún fin de semana: desde que uno se despierta hasta que se levanta...Aunque no subieras fotos, tal y como describes tu lugar me sería suficiente...
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues me place mucho que interesen estos pequeños apuntes de mi diario. Sólo decir que ni las palabras ni las fotos pueden reflejar tanta belleza.
MarianGardi ha dicho que…
José luis con tu diario estamos contigo. Estas cercano, próximo.
Ya comienzan las lluvias por ahí arriba te vas a poner bien remojado jejeje
Ya estoy cerca del fin, no del mío, de la novela negra que llevo entre manos.
Ya voy por la maquina de sierra (para no dar muchas pistas). Jo, esto de la novela negra es más bien roja, digo por la sangre jejeje
Espero no me decepcione el final.
Un abrazo y muchas gracias por mostrarnos esos paisajes tan verdes y montañosos y por tu generosidad en darte y mostrarte.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Marian. Si, podría hablarse de novela roja y negra. Con este paisaje mi próxima novela será bucólica. No para de llover. pero me gusta. Aunque me moje. Un abrazo muy fuerte
Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Excelente crónica y excelentes imágenes que, como dices, no pueden expresar la belleza de contemplar todo aquello en vivo, aunque se acercan. Por cierto, que quería ir a verte el domingo a la Feria del Libro, pero me ha surgido un viaje. ¿No firmarás por casualidad también el sábado? Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Paco, desde lejos del mundanal ruido. Lástima que no estés en la Feria del Libro de Madrid que, sin ti, no será la de todos los años. Un abrazo.