LA NOVELA



ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRÍGUEZ PACHÓN
Premio Novela Corta Ciudad de Córdoba
Jurado: Almudena Grandes, Javier Rioyo, Andrés Soria y Rafael Reig
Publicado por Algaida (2005)
200 pgs. 18 euros
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Fotos: José Luis Muñoz

CAPÍTULO 5
EL LAGARTO VERDE

Dicen que el lagarto verde nunca deja indiferente a quien lo visita. Cuba es ese lagarto verde que flota en medio del Caribe, junto a Gringolandia, rodeada de un mar de tiburones reales e imaginarios, éstos más peligrosos que aquellos.
- Tenemos un pueblo extraordinario, Vladimir – le decía el veterano policía Rodríguez Pachón a su subalterno mientras se tomaban una cerveza en una terraza -. Somos los más sentimentales del planeta, pero también los más corajudos. Tenemos los mejores habanos del mundo, que hasta los presidentes de las grandes potencias se pirran porque el comandante se los regale. Y el mejor ron, que ni borracho de él te quema el estómago. Y la música más hechicera, el bendito son santiaguero. Y las chicas más voluptuosas, maremotos de curvas, sabrosonas, construidas para ser amadas.
El atardecer iba a ser hermoso. El bar era de un amigo: un hombre que era cruce de chino y negro, una cara extraña y un color de piel indefinido, como cobrizo. Escupía como los chinos. Pero guisaba como los negros: mal y fuerte. Le preguntaron si tenía pollo. Se morían por un buen pollo con algo de papas. Fue a preguntar. Quizá se fue a preguntar por el vecindario, porque llegó algo sudoroso con el pollo vivo, colgado de una de sus manos, un hermoso ejemplar de gallo con el pico atado y la cresta roja al que se le iba a acabar la buena vida.
- ¿Cómo lo quieren?
- Con papas, Sebastianito – le dijo Rodríguez Pachón yendo con él a la cocina.
Sebastianito le cortó la cabeza al gallo de un tajo. La cabeza cayó en la basura, muda, parpadeante, y el chorro de sangre lo hizo en un platito. La cocina parecía el altar de una santera. Luego le cortó las patas a tijeretazos. Y lo desplumó. Iba a ser una comida recién hecha, iban a comer un gallo fresco recién matado.
- ¿Y Dolores?
- Nos divorciamos, compadre. No era muy limpia, y no me ayudaba en el restaurante. Se pasaba todo el santo día pintándose las uñas de los pies. ¿Y dígame? ¿Para qué quiere uno una mujer así?
- Desde luego.

Ahora el gallo estaba desnudo de plumaje y daba pena verlo. No hay cosa más patética que un gallo desplumado; bueno, sí, quizá un turista achicharrado en una playa. Con las tijeras lo cortó por la mitad, y luego ya lo hizo trocitos con un par de cuchillos, cortando tendones, haciendo estallar los huesos. Y mientras, calentó el aceite de soja, picó ajo, cortó cebolla, que hizo llorar a lágrima viva al policía, empezó a sofreír la carne, a echarle pimienta roja, pellizcos de sal, las papas cortadas a dados. Al poco el guiso comenzaba a oler. A la media hora los platos estaban en la mesa y Sebastián los compartía con los dos polis y con las cervezas.
Seguía el veterano policía con sus diatribas patrióticas, besándose el culo, a medida que devoraba aquel pollo algo duro, que se notaba que había sido gallo peleón, que no se había estado quieto en su vida ni para templar.
- Somos un gran país, pero nos lo tenemos que repetir una y otra vez porque, como les pasa a los gallegos, que reniegan de su España, que la consideran una mierda, a nosotros, como hijos suyos que somos, nos sucede lo mismo.
- Somos una isla pequeña, compadre, con una economía más pequeña aún. ¿Dónde está nuestra grandeza?
- No tan pequeña, Vladimir. Hay mil quinientos kilómetros de punta a punta, y tenemos de todo, playas, bosques, islotes, zonas lacustres, desierto, cocodrilos, playas de coral y dos ciudades que son el orgullo del mundo, Santiago, La Mestiza, y La Habana, La Llave del Golfo. Y nuestra economía es pequeña, pero es que no necesitamos más, los cubanos no van a querer ir nunca a la Luna, los cubanos lo que quieren es comer dos veces al día, tener su buen ron, sus buenos cigarros, sus buenas playas, su buena educación y una sanidad que ya es envidia de todo el mundo. Y vivir. Que somos maestros en el arte de vivir, en el arte de conversar, que ya nadie platica en el mundo, que las personas son como robots que van de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, y mire, nosotros mismos, aquí, al sol, con la bebida y la comida.
- No sea tan optimista, amigo. – le echó en falta el medio negro y medio chino relamiendo las hilachas de carne rosada prendidas a una de las patas del pollo. – Mire mi negocio. ¿Cuántos clientes en todo el día? Pues ustedes dos, que no me pagarán el pollo porque yo los invito. Y ayer nadie. Y anteayer una pareja de gallegos que salieron corriendo cuando les dije que primero había de matar el pollo para que pudieran comerlo.
- Pero ¿dónde se vive mejor que aquí? ¿A qué demonios desembarca tanto turista? ¿Por qué hay tanto hotel? Pues porque esta isla es maravillosa. Tenemos un clima de tres pares de cojones, un mar bien hermoso, unas chicas estupendas.
- Eso lo da la naturaleza. No es ningún mérito.
- ¿Cómo que no? ¿Una mujer linda no tiene ningún mérito?
- Un país tiene que desarrollarse, ser próspero. Yo no soy propietario. Este local, estas sillas en donde ustedes apalancan sus culos, esta mesa, no es mía, es del estado. ¿Por qué yo no lo puedo tener? ¿Por qué no puedo tener mi propio carro?
- Cómprate un carro americano.
- Lo tuve, y está en el museo. Lo pinto y todo, pero no me arranca, hace bonito en la acera, los turistas lo fotografían, como si fuera una obra de arte, y yo me siento al volante, hago sonar el claxon y me gano propinas. Pero no es eso, carajo, compadre, que podríamos ser más ricos, que lo podríamos ser si el comandante. - Se detuvo, miró a Vladimir en su auxilio, tropezó con la mirada iracunda de Rodríguez Pachón.
- Sigue, negro, sigue. Hay libertad. Puedes criticar a tu comandante. No te voy a meter en cana.
- Debía ser más flexible, dar más libertades, convocar elecciones libres.
- ¿Para qué? Las ganaría.
- Se terminaría el bloqueo.
- No, porque las ganaría, te repito.
- Pues si está tan seguro de que las va a ganar, ¿por qué no las convoca?
- ¡Joder! Pareces bobo. Porque eso sería hacer el juego a los gringos, humillar nuestro orgullo nacional, arrastrar la bandera por el fango. Sería la derrota de Cuba, y antes la muerte que acabar esclavizados por el imperialismo norteamericano.
- Se acabaría el bloqueo, compadre. Y tendríamos piezas nuevas, y tendríamos coches, y neveras, y todo lo que nos hace falta, que vivimos de pena, ¡mierda!, que los ingenieros tienen que fregar letrinas y los médicos vender helados en la playa para subsistir, y eso lo sabe, no se haga el sordo o el ignorante.
- ¿Sabes que te pasa? – gritó enfurecido - ¿Lo quieres saber? Que eres un gusano, eso, simplemente, un gusano. Échate a la mar, nada hasta Miami, que Cuba no te necesita para nada, ni a ti ni a los que piensan como tú, a los que tienen mierda en la cabeza y cagan por la boca.
Intervino Vladimir para calmar los ánimos. Tomó del brazo a Rodríguez Pachón que ya se levantaba para irse enfurecido del restaurante.
- ¿Por qué no nos calmamos? Todos amamos Cuba, pero quizá somos demasiado apasionados.
- Yo sí la amo, pero éste, éste…
- Sebastián, traiga unos roncitos – propuso Vladimir en tono conciliador.
Las cosas se veían mucho mejor después del segundo trago, teniendo a tiro la botella. El tercer vaso relajó a los comensales. Las moscas asaltaron los platos llenos de desperdicios. Brillaba el sol y formaba una cinta de plata delante del Malecón. Y además se levantaba una brisa ligera que hacía más soportable el calor.
- Y tenemos las mejores mujeres del planeta, las más bonitas mulatas, las que mejor se mueven en la cama, las divinas templadoras, carajo. ¿Está de acuerdo, camarada? – le preguntó el policía a Sebastián.
- En eso coincidimos. Las mujeres y el ron nos ciegan y nos hacen ver que estamos en el Paraíso.
- Dígaselo a mi compadre, que no cata hembra, que hace voto de castidad.
- ¿Pero cómo puede, compañero policía? – le espetó con una risa el medio chino y medio negro, mostrando su diente de oro -. Mire allí, a esa acera. Fíjese en esa chiquilla, la de la faldita azul y las piernas oscuras. Dios existe. Se lo digo yo. Dios es sabio si fue capaz de crear semejante arquitectura. Fíjese cómo anda, el balanceo de sus caderas, que sólo le falta ponerles algo de música. O como resaltan sus pechos sin el sujetador. Y ese cuello, de jirafa.
- De gacela – corrigió Rodríguez Pachón.
- De gacela que sustenta esa cabeza tan linda.
- La dibuja como si la conociera – le espetó Vladimir.
- Y claro que la conozco. Como que es mi hija. Fany, ven p’acá, que te voy a presentar a dos amigos – gritó, haciendo una seña, y aquella hembrita deliciosa cambió de acera, se aproximó a la terraza, dio dos besos a su papá y tomó asiento con ellos, cruzando las piernas.
- Hola.
- Hola, belleza – soltó Rodríguez Pachón -. Bendita hechura que te dio tu madre, porque no creo que tu padre tuviera que ver mucho en eso.
ARGUMENTO
En un vertedero de la Habana aparece el torso de una mujer sin cabeza. Rodríguez Pachón -un veterano policía desencantado, lector de Faulkner y Hemingway, y devoto del viejo cine negro norteamericano- se hace cargo de la investigación auxiliado por el joven Vladimir. Dos agentes de generaciones muy diferentes que habrán de bucear en un submundo caribeño que nada tiene que ver con el paraíso prometido en las agencias de viajes. Entre el son, las jineteras, los mojitos y daiquiris y los viejos palacios desconchados se desarrolla esta intriga policíaca, a través de una vorágine de violencia y camino de un final tan sorpresivo como inevitable. José Luis Muñoz pinta en Último caso del Inspector Rodríguez Pachón, que obtuvo el IV Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, el retrato colorista de una de las ciudades más hermosas y sensuales del mundo, pero acercándose -dijo Javier Rioyo, miembro del jurado- "con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad".En un vertedero de la Habana aparece el torso de una mujer sin cabeza. Rodríguez Pachón -un veterano policía desencantado, lector de Faulkner y Hemingway, y devoto del viejo cine negro norteamericano- se hace cargo de la investigación auxiliado por el joven Vladimir. Dos agentes de generaciones muy diferentes que habrán de bucear en un submundo caribeño que nada tiene que ver con el paraíso prometido en las agencias de viajes. Entre el son, las jineteras, los mojitos y daiquiris y los viejos palacios desconchados se desarrolla esta intriga policíaca, a través de una vorágine de violencia y camino de un final tan sorpresivo como inevitable. José Luis Muñoz pinta en Último caso del Inspector Rodríguez Pachón, que obtuvo el IV Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, el retrato colorista de una de las ciudades más hermosas y sensuales del mundo, pero acercándose -dijo Javier Rioyo, miembro del jurado- "con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad".
LA GÉNESIS DE UNA NOVELA POCO CONVENCIONAL,
O CÓMO SE GENERA UNA NOVELA A PARTIR DE UN HECHO FORTUITO.
Último caso del inspector Rodríguez Pachón
no hubiera nacido de no ser yo un obsesivo conservador de toda clase de papeles. Mi manía por no tirar ninguno de mis viejos manuscritos, escritos que escribía en mi época de estudiante universitario, me llevó un día a tropezar con un par de páginas olvidadas en un cajón del escritorio. Al releerlas, después de 2 años, me di cuenta de que, aparte de que literariamente no estaban nada mal, parecían ser el inicio de un relato largo inconcluso o el capítulo de una novela frustrada. Al pasar el texto al ordenador lo prolongué, seguí su posible trama. Realmente era un ejercicio de estilo con el que me estaba divirtiendo, un tipo de frase larga, alambicada y barroca con una profusión de adjetivación. A medida que fui añadiendo páginas esa incipiente novela que no sabía adónde me iba a conducir se convertía en una novela negra. La trama se inicia con un borracho que descubre dentro del saco de un solar un torso femenino sin cabeza. No había más. Añadí unos investigadores, imaginé una trama policíaca e indagué en la personalidad de la finada, a la que convertí en prostituta. Aquella extraña historia, dictada por no se sabía quién, creció hacia atrás, pero también lo hizo hacia delante. Aquellas dos páginas manuscritas, medio abandonadas, se convirtieron en cuarenta, en sesenta, ochenta y cien. Pero no fue hasta que hice un viaje a La Habana, como excusa para ambientar paisajisticamente LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO que me había encargado Planeta cuando me di cuenta de que aquella extraña y anárquica novela que estaba escribiendo tenía que estar ambientada en esa maravillosa ciudad. Incorporé al texto nuevos personajes, capté la música, el colorido, la forma particular de hablar que tienen los cubanos, me metí en sus almas, en sus contradicciones políticas. Lo que parecía que era una novela policíaca poco convencional acabó convirtiéndose en algo parecido a un libro de viajes, un relato erótico costumbrista de las vivencias habaneras, un canto de amor a la cubanidad .
Cuba es un territorio fascinante y es muy difícil no quererlo. Los cubanos son genuinamente seductores y no han roto el vínculo con la metrópoli. Son un poco los hijos que se han visto forzados a separarse del padre. Además de un pueblo alegre, es un pueblo extraordinariamente generoso y con una vitalidad cultural fascinante. Me volví loco haciendo fotografías, de hecho la portada del libro es una de mis fotos, y encontré al cubano un ser predispuesto a posar con esa gracia caribeña que los hace tan especial. Además me convertí en un apasionado lector de textos cubanos contemporáneos, descubrí a Pedro Juan Gutiérrez, que me parece un autor muy notable, y a dos colegas y amigos abocados al género negro, Lorenzo Lunar y Amir Valle a quiénes conocí en la Semana Negra y que me ayudaron a limar la novela de algunas imperfecciones.
La novela tiene una lectura política. Pese a que los españoles tenemos hacia el castrismo, sobre todo los que procedemos de la izquierda, una especie de síndrome de Estocolmo hacia el Comandante, es evidente que las condiciones de vida en Cuba son extremas, que la falta de libertad, a causa de un régimen estalinista enrocado sobre si mismo, asfixiante. El turista sólo ve una parte de La Habana noble, sus palacios, mulatas, daiquiris y mojitos, pero olvida la miseria en que vive todo un pueblo. Hablando con los cubanos, que son una raza única, porque están aislados como pocos pueblos en el mundo, te das cuenta de su ingenuidad. Creen que cuando pasen bajo la influencia de los Estados Unidos todos sus males se habrán acabado. Tienen como referente Miami, pero ignoran, o quieren ignorar, que en EEUU hay estratos de la población que viven más miserablemente que en Cuba, que en las democracias formales de Sudamérica el grado de injusticia social, violencia y analfabetismo son dramáticos. Todas estas reflexiones, que me hacía mientras visitaba la isla, están incorporadas en la novela.
El personaje, Rodríguez Pachón, un policía curtido y corrupto, frecuentador de jineteras, es un elemento desencantado que tiene muy claro que no desea sobrevivir al régimen político de la isla. Ve el final del régimen, lo husmea como buen policía, y esa visión de derrotado lo hace comportarse como un desencantado, en oposición a su auxiliar Vladimir, un jovenzuelo que no ha vivido los hechos de la revolución. Minerva, la prostituta, es un personaje sensual y culto, que lee poesía detrás de cada coito. Hay realismo mágico en la novela, porque Cuba, toda ella, empezando por el Cementerio Colón, en donde los muertos viven – es un decir , infinitamente mejor que los vivos, parece salida de una novela de García Márquez.
Cuando ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRÍGUEZ PACHÓN se alzó con el premio de la Diputación de Córdoba y los miembros del jurado abrieron la plica se quedaron sorprendidos de que fuera español: estaban convencidos de que el autor era cubano. Ese fue el mejor elogio que recibí.
Reseñas de prensa
DIARIO DE CORDOBA. El IV Premio de Novela Corta, convocado por la Diputación de Córdoba, ha recaído en el escritor José Luis Muñoz, un veterano en el mundo de las letras que ha mostrado "un gran dominio del lenguaje y una capacidad indiscutible para relatar historias", según señaló ayer Almudena Grande, miembro del jurado junto a Andrés Soria, Javier Rioyo, Rafael Reig y Belén Gopegui."El último caso del inspector Rodríguez Pachón" es una novela policiaca que acontece en La Habana y relata "de forma muy singular" la vida cotidiana de la ciudad "con una dosis considerable de ironía y sarcasmo". A esta cuarta edición del premio --dotado con un total de 9.000 euros además de la publicación de la obra finalista-- se han presentado un total de 87 novelas de las que fueron seleccionadas 14 "con características muy poco homogéneas que se podían valorar de forma muy diversa", señaló Almudena Grande. No obstante, el jurado ha considerado que la obra presentada por José Luis Muñoz --escritor natural de Salamanca que obtuvo el premio Sonrisa Vertical 90-- "reúne todas las condiciones, pues es una novela que mete al lector en la intriga y que lo incita a leer para saber como termina". Para Rafael Rioyo, el mayor interés de la obra galardonada radica en la ciudad en la que está inspirada. "La Habana es muy contradictoria y el autor refleja el intercambio carnal de la isla y no huye de acercarse con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad cubana". Por su parte, Serafín Pedraza --delegado de Cultura de la Diputación-- anunció que la quinta edición del certamen se convocará muy pronto y animó a los narradores a participar. El delegado de Cultura hizo hincapié en la situación que está viviendo el mundo de las letras en el país y por ello, "las instituciones debemos ayudar a solventar estos problemas".
Una trama policíaca en La Habana actual centra el argumento de la obra ganadora del Cuarto Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba
La cuarta edición del Premio de Novela Corta que convoca la Delegación de Cultura de la de la Diputación de Córdoba ha recaído en la obra "El último caso del inspector Rodríguez Pachón", del escritor salmantino de 52 años José Luis Muñoz. Este escrito ya consiguió en 1990 el premio de novela La Sonrisa Vertical.La trama de la obra discurre en la ciudad de La Habana, donde unos hechos policíacos provocan que el autor realice una radiografía por la vida cotidiana de la ciudad, desde la situación del régimen castrista hasta hasta el trasfondo de turismo sexual que existe en la isla, sin que la tensión narrativa decaiga y con momentos de estilo muy brillantes.El jurado que ha fallado el premio ha estado compuesto por Almudena Grandes, Belén Gopegui, Javier Rioyo, Andrés Soria y Rafael Reig, quienes han destacado lo trepidante de la trama, el color y lo atractivo de su narrativa.Según Andrés Soria "la novela seleccionada lanza una mirada sobre el castrismo que no es nada amable, pero que probablemente guste menos en Miami que en la propia ciudad de La Habana".Por su parte, Almudena Grandes, ha asegurado que "la estructura y lo bien construida que estaba, ya que una vez que se empieza no se puede dejar de leer, dejaba entrever que su autor había escrito con anterioridad". En esta edición del Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba han concurrido un total de 87 novelas, de las cuales 14 han sido seleccionadas como finalistas. El premio asciende a un total de 9000 euros y a la publicación de la novela.

JOSÉ LUIS MUÑOZ PUBLICA UNA NOVELA NEGRA AMBIENTADA EN LA HABANA ACTUAL
Último caso del inspector Rodríguez Pachón (Algaida, 2005) es el título de la nueva novela policíaca que publica José Luis Muñoz. La obra, que obtuvo el año pasado el Premio de Novela de la Diputación de Córdoba, recibió elogios unánimes por parte de destacados miembros del jurado y se encuentra ya en las librerías de toda España tras haber salido por Sant Jordi.
"La Habana es muy contradictoria y el autor refleja el intercambio carnal de la isla y no huye de acercarse con sinceridad a su situación actual, reflejando esa doble moral que impera en la ciudad cubana", dijo Javier Rioyo, miembro del jurado y director del programa Estravagario sobre libros de TVE. Para Andrés Soria "La novela lanza una mirada sobre el castrismo que no es nada amable, pero que probablemente guste menos en Miami que en la propia ciudad de La Habana". Mientras Almudena Grandes afirma que "La novela evidencia un gran dominio del lenguaje y una capacidad indiscutible para relatar historias. Es una novela policíaca que acontece en La Habana y relata de forma muy singular la vida cotidiana de la ciudad con una dosis considerable de ironía y sarcasmo. Destaca la estructura y lo bien construida que está, ya que una vez que se empieza no se puede dejar de leer”.
José Luis Muñoz no está muy seguro del todo al poner el sello de novela negra a su último libro, aunque hay en él un crimen terrible, unos policías que van tras el asesino y una investigación heterodoxa. “En primer lugar porque la génesis de Último caso del inspector Rodríguez Pachón fue realmente extraña, motivo quizá de otra obra de ficción sobre lo aleatorio del misterio de la creación: un día apareció un viejo papel en uno de los cajones de mi escritorio, lo empecé a leer, me gustó y supuse que era el inicio de una novela que luego fue desechada por mi. Algo me impulsó a seguir escribiendo a partir de ese viejo escrito. La novela creció por detrás de esa página primigenia – que se corresponde al capítulo 8 actual – y por delante. Luego fui a La Habana y mi estancia en la ciudad impregnó de magia el relato y me obligó a un nuevo redactado que lo enriqueció. Intenté captar ese concepto tan sensual de la vida, y tan optimista, que tiene el pueblo cubano, transformé el lenguaje hasta hacerlo barroco, de frase larga, colorista, con cadencia musical, e intenté clonar la forma de hablar del cubano, que es muy rica y divertida. Tenía que conseguir que el lector oliera la fragancia de la isla, escuchara su extraordinaria música, viera ese atardecer habanero que tiñe el cielo de un color imposible de describir, paseara por una ciudad ruinosa y bella y se contagiara de esa forma de vivir que creo que es única en el mundo. ¿Es una novela negra? Sí, pero también es una novela erótica, costumbrista, política, y sobre todo un rendido homenaje a una isla que no ha mordido el cordón umbilical que le une a nosotros y que nos ama tan profundamente que resulta imposible no corresponder a ese cariño sincero”.
Algaida edita las últimas novelas negras de
Raúl Argemí y José Luis Muñoz

BARCELONA, 10 (EUROPA PRESS)
Algaida Editores acaba de editar 'Patagonia Chu Chu', de Raúl Argemí, y 'Último caso del inspector Rodríguez Pachón', de José Luis Muñoz, dos novelas negras ambientadas en la Patagonia argentina y en La Habana, respectivamente.
Los dos autores presentaron hoy en Barcelona sus obras y ambos afirmaron que la novela negra goza de "buena salud" ahora que se ha pasado la "saturación" que produjo hace años la cantidad de colecciones que aparecieron ya que son "excluyentes".La novela de Argemí, 'Patagonia Chu Chu', se ambienta en la Patagonia argentina tras el fin del mandato de Carlos Menem y narra el asalto a un tren de un marinero y un maquinista en paro para liberar a un camarada preso en un manicomio.Raúl Argemí aseguró que estos dos personajes "destruidos" deciden realizar este "acto de heroicidad bajo premisas equivocadas" en una obra que el novelista calificó de auténtico "esperpento".El autor, quien se resiste a aceptar las "cláusulas de género" al escribir y calificó la novela histórica de "tramposa", afirmó que esta vía estrecha de más de 400 kilómetros que recorre la Patagonia existió en la realidad, aunque ahora está abandonada.Por su parte, José Luis Muñoz explicó que el 'Último caso del inspector Rodríguez Pachón' es una novela "extraña" y que surgió a partir de una escena de un borracho que encuentra el cadáver de una mujer descuartizada que escribió hace muchos años y guardó en un cajón.Años después, Muñoz recuperó esa escena y le fue dando forma hasta que tras un viaje a La Habana decidió que en esa ciudad se desarrollaría la acción. Dijo que es una novela negra con tintes eróticos en la que los protagonistas son dos policías contrapuestos.José Luis Muñoz afirmó que quizá ha dado una "imagen idealizada" de Cuba y reconoció que en España hay cierto "síndrome de Estocolmo" con Fidel Castro ya que cuesta "atacar su régimen detestable".
















Último caso del inspector Rodríguez Pachón
QUÉ LEER. José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) recrea la vida cotidiana de La Habana y refleja el intercambio carnal de la isla acercándose con sinceridad a su situación actual.Un buen día, José Luis Muñoz abrió el cajón menos cotidiano de su escritorio. Comenzó a rebuscar en su interior y -sin pretenderlo- encontró unos papeles que había guardado hacía muchos años. Dichos papeles describían una escena en la que un borracho encontraba el cadáver descuartizado de una mujer. Leyó varias veces aquellos apuntes y recapacitó unos momentos. Entonces, una de sus cejas se alzó por encima de la otra evidenciando algún tipo de ocurrencia. Minutos después había decidido que desarrollar aquella vieja escena podía ser interesante, sobre todo para utilizarla como principio vertebrador de una trama policíaca. Se puso manos a la obra y le fue dando forma hasta que, tras un viaje a La Habana, decidió que en esa ciudad se desarrollaría la acción. Así surgió una novela que resolvió titular Último caso del inspector Rodríguez Pachón. Poco más tarde su trabajo obtenía el IV Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, para aparecer ahora en las librerías de la mano de la editorial Algaida. La novela comienza con la aparición del torso sin cabeza de una mujer en un vertedero de La Habana. Rodríguez Pachón, un policía desencantado, lector de Faulkner y Hemingway y devoto del viejo cine negro norteamericano, se hace cargo de la investigación auxiliado por el joven Vladimir. Dos agentes de generaciones muy diferentes que habrán de bucear en un submundo caribeño que nada tiene que ver con el paraíso prometido en las agencias de viajes. Sin embargo Último caso del inspector Rodríguez Pachón no es solo una novela policíaca, sino también el singular relato de la vida cotidiana de la isla contada con una dosis considerable de ironía y sarcasmo.

El último caso del novelista

José Luis Muñoz
ó La Habana para un turista diferente
por Lorenzo Lunar
Hace un par de meses recibí un correo electrónico de mi colega y amigo José Luis Muñoz. En el mensaje me pedía que me hiciera cargo de la presentación de su novela Último caso del inspector Rodríguez Pachón en la inminente Semana Negra de Gijón.
De la novela ya tenía referencias. Había leído la noticia en Internet cuando se le concedió el Premio de Novela Corta Diputación de Córdova, y por tanto ya sabía que la trama ocurría en Cuba. En La Habana contemporánea.
En el Hotel Chamartín de Madrid, la víspera de la salida para Gijón en el Tren Negro, un mozo llamó a mi puerta para entregarme el libro que gentilmente me había enviado Óscar Oliveira, de la Editorial Algaida, responsable esta de la publicación de la novela de José Luis. Una agradable sorpresa fue leer mi nombre en la dedicatoria de la novela, acompañado de mis compatriotas y hermanos Amir Valle y Justo Vasco. Pero esto, si bien era un lindo regalo de José Luis, también entrañaba cierto conflicto: Por una parte no soy de los que acostumbran sentarse en las presentaciones a darle jabón a su compadre. Por otra, después de una petición y una dedicatoria como esas, no cabía lugar para una negativa.
También le temía al ritmo de la Semana Negra. Algunos me acusan de invertir la mitad del tiempo que paso en Gijón en juergas y francachelas. Se quedan cortos. Así que tendría que, obligatoriamente, condenarme a unas horas de lucidez frente a un ordenador para escribir las palabras de presentación de la novela de mi amigo. Siempre que presento un libro me gusta llevar mis palabras escritas.
Quizás fue la providencia. Cuando les pregunté a los organizadores de Semana Negra la fecha y hora de la presentación de Último caso del inspector Rodríguez Pachón, me dijeron que por falta de espacio y tiempo esta no se incluía en el programa.
Envuelto en otra mezcla de sentimientos contradictorios lo lamenté por José Luis y suspiré aliviado.
Así Último caso del inspector Rodríguez Pachón pasó a engrosar las filas de mi ejército de lecturas pendientes. “Ya la leeré con tranquilidad, y entonces te cuento”, le dije una tarde a José Luis en la mítica terraza del mítico Hotel Don Manuel.
Hoy, casi dos meses después, durante una calurosa tarde de agosto, tumbado en mi cama, respirando los cálidos aires que bajan de la Loma del Capiro, en mi natal Santa Clara, a sólo trescientos kilómetros (y tres días de haber estado en) de La Habana, he leído la novela de José Luis.
Y porque es mi oficio, y porque me place, me decido a escribir estas notas.
La Habana, nuestra preciosa y contradictoria Habana, es el escenario principal de casi toda la novela negra cubana[1]. También lo fue de la mayoría de las obras escritas durante el período gris del boom de la literatura policial nacional. No puede ser de otra manera. En la Habana, como en cualquier capital del mundo, nacen, coexisten, se desarrollan e hiperbolizan los principales conflictos sociales, éticos y políticos del país. Conflictos que en cualquier geografía son la materia prima principal de lo que hoy en día se conoce como novela negra.
La Habana es la protagonista omnipresente de la tetralogía negra Las cuatro estaciones de Leonardo Padura.
Las cuatro estaciones[2], cuatro novelas que constituyen el despegue de la novela negra cubana, pero que a la vez constituyeron una nueva mirada, desprejuiciada y cuestionadora, de la realidad cubana de los años noventa. Realidad matizada por las nuevas condiciones económicas, sociales y políticas que se derivaron del Período Especial surgido, entre otras causas, producto de la desaparición del campo socialista. Cuatro novelas que retrataron el nuevo rostro de La Habana finisecular.
Sobre esa Habana novelada de Leonardo Padura ha dicho el novelista y crítico cubano Amir Valle:
La ciudad otra novelada por Padura; esa Habana otra ficcionada por Padura, será siempre una ciudad a la cual el canon literario y la oficialidad cultural y política mirarán con ojeriza. No se trata ya de la ciudad rítmica y folclórica de Cabrera Infante; ni es ya la ciudad mítica y mitológica de Lezama; y mucho menos (pues la destrucción arquitectónica así lo marca) se trata ya de la Ciudad de las Columnas de Carpentier. Hay una ciudad, una Habana de la destrucción, los barrios marginales, los solares y las aguas albañales; una ciudad donde la superpoblación conlleva los males de siempre; una ciudad donde se pierden valores arquitectónicos y morales; una ciudad donde crece la fauna de la marginalidad por el simple hecho de que vivir es cada vez más un acto marginal de supervivencia[3].
Era ineludible: La Habana novelada reclamaba con los albores del nuevo milenio un nuevo lenguaje, el de la novela negra. Y un nuevo ojo, escrutador, impertinente, inoportuno y fastidioso como el que le aportaran Padura —puerta y puente al decir de Amir Valle—, el mismo Amir, Gutiérrez, Latour y Vasco. Y así han pasado los años.
Pasan los años y La Habana es cada vez más turística y cosmopolita. La Habana es cada día más patrimonio de la humanidad. Son muchos los intereses que mueven a miles de personas de todo el mundo a viajar a La Habana cada día. Todo el mundo quiere conquistar La Habana. Todo el mundo intenta describir La Habana. Todos desean entenderla. Todos quieren explicarla.
Millones de ojos no cubanos miran, indagan, investigan, escrutan la realidad inmediata. Otros más atrevidos se atreven, incluso, a atisbar el futuro.
Esa mirada del otro, por primera vez novelada, es Último caso del inspector Rodríguez Pachón.
José Luis Muñoz comenzó la escritura de esta obra, y da constancia de ello al fechar la última página de la novela, en La Habana, en mayo de 2002. Mucho tuvo que caminar el escritor esas calles empedradas y mucho tuvo que hablar con gentes de todas las clases para poder incorporar a su experiencia literaria la realidad cubana del momento.
Y mucho tendría que metabolizar toda aquella información para convertirla en novela.
Es posible que en la mochila y en la memoria de José Luis Muñoz no cupieran algunas cosas superficiales. Porque el lenguaje de la novela se aleja del ritmo, sonido y cadencia del cubano. Defecto que el escaso lector cubano de esta obra le puede achacar. Y defecto que pudiera haber rectificado un editor, o un corrector de estilo, que dominara los laberintos de la lengua cubana. ¡Joder! Pero yo, muy personalmente, me atrevo a otorgarle esta licencia en aras de descubrir esa mirada del otro, esa traducción de la Habana y su realidad a códigos de lenguaje y de pensamiento, diferentes de los nacionales.
José Luis Muñoz interpretó la esencia, la expresó con otro lenguaje y viene a dar una nueva explicación de la realidad habanera (de la realidad cubana) distinta, pues ya no es un cubano que trata de explicarse Cuba sino un extranjero que trata de entenderla.
El narrador de Último caso del inspector Rodríguez Pachón no es cubano, es un extranjero que ve la realidad desde afuera, extrañado (también bretchianamente).
Por tanto este narrador a la hora de describir, por ejemplo, a una mujer cubana lo hace partiendo de la comparación con patrones europeos como en el siguiente fragmento en el que, además, aprovecha para ironizar sobre los códigos éticos de la sociedad cubana:
... Miraba a una rubia que pasaba por delante de ellos, camino del hotel Nacional, alta, delgada, estrecha de caderas y muy llena de pecho, una gringa pura que podía ser real o rellenada de silicona por todos sus poros. En Cuba no había por fortuna cirujanos plásticos, no había más plástica en los cuerpos de las cubanas que lo que su madre y su padre pusieron, los dones de una naturaleza generosa que a medida que pasaban los años se hacían exuberantes y caían hacia el suelo, como la fruta, porque nada, ni una pinga, ni un pecho, ni una nalga, porque nada era ajeno a las leyes de Newton y los cirujanos de la Revolución estaban para sanar pero no para remendar cuerpos de viejas y hacerlas parecer jóvenes. (P.102-103)
Otro ejemplo que refuerza al anterior puede ser esta mirada, quizás por cotidiana, ingenua para un lector cubano, pero innegablemente acertada, sobre el divorcio y sus razones; uno de los fenómenos sociales más preocupantes de la sociedad cubana en los últimos años, incluso antes de la crisis de valores provocada por el Período Especial:
Hoy todo el mundo se divorciaba. Los matrimonios no duraban ni un lustro. Cada vez había más divorcios. Era como la peste. Cualquier cosa del otro molestaba y luego estaban las suegras por medio, metiendo cizaña, las causantes de tantos desarreglos matrimoniales. Era difícil vivir en pisos de veinte metros cuadrados, la convivencia se hacía imposible, pero si además se tenía que compartir con la suegra, el fracaso estaba garantizado. Los matrimonios no duraban y las malas lenguas decían que la culpa la tenían esas madrazas metomentodo que hacían la vida imposible a las nueras. Los pisos en La Habana eran pequeños, de cada piso se hacían cuatro, cada habitación era un piso, y la suegra, siempre la suegra, estaba presente, era testigo de las broncas familiares, propiciaba los divorcios de los jóvenes. (P. 115)
Solo del otro, del extranjero, puede salir una mirada, y una descripción, tan desprejuiciada y a la misma vez amorosa de Cuba, de La Habana y del cubano como la que a continuación transcribo:
Cuba era una isla promiscua y La Habana una india arawak que se pasaba el día chingando, desnuda por las playas, acariciada por las hojas de las palmeras, con los muslos bien abiertos. Sólo había que andar por las calles empedradas de La Habana Vieja, el patrimonio de la humanidad rescatado de la miseria con los dineros de la UNESCO para darse cuenta de que los cubanos, hijos del mestizaje, un batiburrillo frenético de razas dispares, eran tan felices como pobres, y que cubano era sinónimo de un estado de necesidad, pero también de una grandeza de alma... (P. 95)
Pero las valoraciones del narrador-extranjero son todavía insuficientes para que el autor-extranjero consiga explicar(se) la realidad cubana. Entonces es cuando aparece un personaje que por secundario no deja de ser importante en esta novela que como novela negra que se respeta tiene un superobjetivo mucho más allá del plot: una joven sueca a la que Rodríguez Pachón “salva” del acoso de un mulato jinetero en medio de la selva de un bulevar de La Habana Vieja.
— ¿La ha molestado mucho? (P. 147)
Así le pregunta el policía a la chica después de espantar a “aquel cubano obediente” que “salió disparado por una calle dejando con la palabra en la boca a la pálida extranjera que ya estaba a punto, por extenuación, de caer en sus redes”.
Luego continúa el diálogo del policía y la chica:
— No, gracias, era simpático.
— Y pesado. No me diga que no era pesado.
— Oh, pero todos son así. (P. 147)
¡Qué distintas las valoraciones del compatriota y la extranjera sobre el mismo personaje y el mismo hecho!
Sin embargo inmediatamente el policía suple al jinetero en su papel; acompaña a la chica por la Habana, la invita a beber mojitos e intenta explicarle la contradictoria realidad caribeña. Al final de la noche, cuando se despiden en la puerta de la casa del policía, la joven nórdica le dice:
— Ha sido usted tan amable.
Y Rodríguez Pachón responde:
— No. He sido cubano. Sólo eso.
— Me llamo Ingrid — le dijo, extendiendo la mano.
— Soy Samuel — contestó él, besándola. (P. 154)
El detalle de la mano y el beso ilustra de manera magistral el encuentro cultural y la manera diferente de asumir este el europeo y el nativo. En este detalle se funden el frío nórdico y el temperamento caribeño. Es este un detalle pequeño, pero esencial, y que muy pocas veces es captado por la pupila nacional, casi siempre ubicada en los puntos de vista extremos del chovinismo o la adulación.
La novela está llena de ejemplos de este tipo porque sencillamente la novela es eso: una nueva-otra mirada a la realidad cubana, al cubano, a La Habana. Una mirada que es imposible para el ojo nacional y por tanto una carencia hasta el día de hoy en el concierto de nuestra novela negra. Porque Último caso del inspector Rodríguez Pachón es, en última instancia, novela negra cubana. Y es este el principal valor sobre el que se sustenta la calidad de esta obra que, además, atrapa por el ritmo de su escritura y el color de sus personajes.
No es Último caso del inspector Rodríguez Pachón un calco de la realidad habanera actual. No busque en su escritura la cadencia de un son o el ritmo de las caderas de una mulata. Es, eso sí, una disección fría e incisiva. Es una prolongación de esa realidad. Fábula bien montada en los cánones de la novela negra y que además intenta explicar desde un nuevo punto de vista una de las realidades más complejas del mundo actual.
Agradezco a José Luis Muñoz esta obra.
Gracias, colega, por la dedicatoria.
Y gracias a los organizadores de Semana Negra por permitirme una lectura sosegada, un ambiente casero propicio para la lectura y reflexión, y el tiempo y la sobriedad necesarios para escribir estas valoraciones.

Lorenzo Lunar.
Santa Clara, Cuba.
29 de agosto de 2005.


[1] Son ejemplo las obras de Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Amir Valle, Justo Vasco y José Latour.
[2] Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño, publicadas en Cuba por Ediciones Unión y en España por Tuskets Editores.
[3] Valle, Amir: “La nueva ciudad cubana (y-o La Habana otra) en la novelística negra de Leonardo Padura”. En: Revista Fantoches No 0, Verano 2005. Ediciones San Librario, Bogotá, Colombia.



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