LA PELÍCULA

EL BUEN PASTOR de Robert de Niro
José Luis Muñoz

La carrera cinematográfica de Robert de Niro resulta tan atípica como él mismo. El actor norteamericano, uno de los iconos del cine contemporáneo, se ha alejado, en el plano interpretativo, de los personajes hoscos y trágicos con los que se dio a conocer – en películas de Martin Scorsese y Francis Ford Coppola – para, últimamente, dedicarse a la autoparodia, reírse, y por cierto con una eficacia sorprendente, de sus papeles de gangster o espía. Nada que ver la deriva de su carrera como actor hacia la comedia con sus dos incursiones detrás de la cámara. La primera, Una historia del Bronx, con aires autobiográficos y contada como un cuento infantil, resultó ser una preciosa película sentimental en la que el actor ítaloamericano puso lo mejor de si mismo, carne y alma, para llevar a buen puerto un proyecto tan personal y que le tocaba tan de cerca. No ocurre lo mismo con El buen pastor, el típico guión que pasa de unas manos a otras – tenía que haberlo desarrollado John Frankenheimer, pero su reciente muerte lo frustró - y que ha terminado en las manos del actor norteamericano y producida por Francis Ford Coppola. La historia de la creación de la CIA podría ser un tema espinoso que desatara pasiones. Robert de Niro ha optado por un tratamiento neutro y se mantiene al margen de consideraciones morales en esta detallada reconstrucción de la fundación de la agencia secreta norteamericana, desde su prehistoria durante la Segunda Guerra Mundial a su consolidación a principios de la Guerra Fría, orillando, de este modo, su faceta más tenebrosa como hacedora de golpes de estado e instigadora de la tortura en América Latina. No hay en todo el largo film, que pasa por la retina del espectador como un suspiro, juicio de valor positivo o negativo sobre esos oscuros y grises funcionarios, muy lejos de los espías de turno de vida voluble a que nos tiene acostumbrados el Séptimo Arte, que organizan esa estructura de información por encima de los poderes políticos para salvaguardar el país. Con un estilo medido, sin altibajos, Robert de Niro se centra en la figura de James Wilson (un perfecto Matt Dammon que no mueve músculo facial) que, desde la universidad de Yale, en donde es miembro de uno de sus selectos clubes de estudiantes, cuyos ritos iniciáticos recuerdan a la masonería, es reclutado por su inteligencia y discreción para poner los cimientos de la central de espionaje. No hay resquicios para sentimentalismos en esos agentes que anteponen la seguridad nacional a su felicidad personal. James Wilson arrastra un matrimonio fracasado y sustituye la familia por la camaradería entre agentes, por esas fiestas corporativas en donde abundan las payasadas que ayudan a la confraternización. Tampoco hay un exceso de violencia, sino la justa – la tortura del agente ruso para averiguar si dice la verdad sobre su personalidad o bien la está impostando es la única escena dura -, y no hay acción sino tensión acumulada a través de una habilísima trama, la de la misteriosa imagen con sonido que anónimamente cae en las manos del protagonista, que no se desenreda sino al final y subraya el carácter implacable del protagonista. Hay, a lo largo del film, algunas frases memorables, como que los negros, los italianos y los católicos están de paso y los WASP son la esencia, el núcleo duro del país, y de que nadie puede pedir explicaciones a la Central de Inteligencia del mismo modo que no se le piden explicaciones a Dios por sus actos.
Un largo elenco de actores, todos perfectamente dirigidos y mimados por el actor director que se reserva un corto y suculento papel de medio lisiado y visionario precursor de la escuela de espías, entre los que destacan Alec Baldwin, Angelina Jolie, William Hurt, Joe Pesci, Keir Dullea, Timothy Hutton y un espléndido John Turturrro, arropan a Matt Damon en el que es su mejor papel cinematográfico hasta el momento. De Niro, tras la cámara, se mueve con la soltura y eficacia de los grandes directores y sus imágenes rezuman clasicismo.





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