martes, 31 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

31 de agosto de 2010El restaurante tailandés, al que intenté ir con la fotógrafa que a punto está de emprender un largo viaje a Etiopia, estaba cerrado, como cada vez que hemos intentado cenar en él, y lo mismo un japonés, ávidos de sabores orientales, que también nos ha mostrado su puerta cerrada a cal y canto, con lo que la opción restante era El Trillo de la Reca adonde hemos ido a tomar algo, trepando por las empinadas calles del Albaicín y sudando, porque la noche era calurosa y ni una brizna de aire nos regalaba. De regreso a mi apartamento, en mi cama despacho, intenté escribir una reseña de Le refuge de François Ozon, film que vi hace unos días, pero no me resultó fácil por dificultades de concentración. Mi vecina de enfrente, que no sé si es la misma o ha cambiado, pero es igualmente rubia, alta, guapa, aunque creo que más joven ─quizá el veraneo la haya rejuvenecido─ bailaba, al mismo tiempo que planchaba, con ritmos latinos imprudentemente altos a esa hora de la madrugada ─ la una ─ y un cachorro de perro que debe haber comprado un vecino de más arriba, el que ronca por la noche, no cesó de aullar y gimotear hasta más allá de las dos. Se acabó el silencio de agosto. Terminé la reseña de Verano y pensé sobre mi viaje a ninguna parte que empezaré cuando deje a la fotógrafa subida a su avión. Quizá unos días en Sigüenza, en donde conozco un hotel agradable y barato próximo al Parador de Turismo, porque es una ciudad que me retrotrae siempre a la infancia, a trenes que llegaban de madrugada y yo en ellos, y a mi tío que iba a recogerme con su vespa, y que me permite hacer buenas excursiones en bici a Atienza, en donde sirven un cordero magnífico, y a Medinaceli, que tiene una subida rompedora que me apetece hacer una vez más, porque el camino hasta la hermosa villa soriana, una carretera comarcal desierta, cruza hermosos páramos y ermitas cerradas, un paisaje machadiano que me llega al alma, para ir luego, con el coche, a Burgo de Osma, extraordinaria ciudad al norte de la provincia, y acercarme al Valle de Arán, una vez más, para terminar cayendo por Barcelona. O quizá busque el alojamiento de un monasterio, del que no salga en días, y me levante a la hora de los maitines, hasta terminar esta Otumba que se me resiste. No sé. No sé nada. Y eso quizá sea lo más atractivo de estos días. Ya empieza a entrar el calor por el balcón abierto, y eso que todavía no es la una. Me ducho, pero no me afeito. Y empiezo La Vía Láctea, una escalofriante novela de horror, ambientada en la España más profunda, de José Váccaro Ruiz, autor que conocí este Sant Jordi, compartiendo, firma e editorial, en Negra y Criminal, y del que ya he leído algún relato suyo que me quitó el hambre por unas cuantas horas. Antes de que la novela se ponga peor me preparo un zumo de frutas con tres naranjas, uno de esos enormes plátanos sudamericanos y una nectarina: el resultado delicioso. Hay que vaciar la nevera y no sé cómo hacerlo. Y perfilo la personalidad de algunos de los protagonistas de Otumba, como Diego de Ordaz, capitán que no sabía montar a caballo, o Juan de Escalante, el primer alcalde de Veracruz, en ese México pretérito, tan terrible como el presente, del que no salgo después de haber entrado con La Frontera Sur. Y como México lo tengo muy clavado, amigas Alejandra y Sanjuana, me fijo en dos noticias del telediario que hacen referencia a ese país tan desgarrado y hermoso al que la literatura me vincula últimamente y al que viajé muy joven leyendo Bajo el volcán, la novela alcoholizada ─ se nota el perfume de mezcal en cada página ─ de Malcom Lowry. El superviviente ecuatoriano de la matanza de 72 emigrantes, que fueron baleados por negarse a colaborar con los narcos, llega a su país, en avión medicalizado. Y la policía mexicana se apunta un tanto al detener a La Barbie, un elemento rubio y de ojos azules y labios muy finos y despiadados cuyo físico parece haber esculpido a golpe de muertos el Mal. Y seguimos con el Mal, que se enseñorea de la televisión.¿Qué le parecería a usted que una banda de delincuentes entrara en su casa, la destrozaran, después de robar todo lo que de valor tiene en ella, asesinaran a alguno de sus hijos, se instalara en ella durante años y se fuera después sin reparar los daños, arreglar el desorden que ha causado ni pedirle perdón o indemnizarle, aunque no hay nada que pueda pagar una vida? Pues eso es lo que deben pensar los iraquíes con el “fin de la guerra de Irak” que anuncia Obama y la salida de las tropas de combate de Estados Unidos que dejan un país dividido, ingobernable, destruido, empobrecido e inseguro, un infierno al que nadie querría ir por su voluntad. Que los jefes de esa banda de asaltantes, que todos sabemos cómo se llaman y dónde están, sigan sin responder ante la justicia me parece bochornoso.Vivir sin tarjetas es complicado. Tengo que estar pendiente de que no me cierren la oficina bancaria para sacar efectivo, yo, que tan poco amigo soy de llevar billetes y monedas en el bolsillo. Y eso hago, cojo la bici, y antes de las 2 me acerco a una oficina bancaria a mendigar efectivo. Después de comer gazpacho ─ aún tengo tomates para dos platos más ─ patatas fritas ─ las que sobren las convertiré en vichiçoise e irán al congelador─y huevos ─ por fortuna esos se acaban ─ y comer de postre el enorme mango que compré días atrás, inspecciono los restos que hay en la nevera con el propósito de hacer un macrozumo con todas las frutas. Uno empieza a ser un gran escritor cuando tu nombre, en la portada del libro, supera en tamaño al título. Eso sucedió con mi cuarta novela, La casa del sueño, pero debió de ser un error de la editorial y lo pagó muy caro, con su extinción. Desde entonces los títulos me superan.

lunes, 30 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

30 de agosto de 2010 Me despierto, lo que es una suerte después del día de ayer que tuvo final de ciencia ficción, serie B, cuando vi un fotofobo, de dimensiones monstruosas ─ ¿qué coño comen esos animales? ─ trepando por una pared ─ ¿desde cuando trepan? ¿y vuelan? ─ con la intención de buscar cobijo en el interior de un buzón. Imagino la cara de susto del que abra, meta la mano para sacar su correspondencia y se encuentre con semejante inquilino. Y con esa imagen, más todo lo que sucedió antes, me fui a la cama. Y desperté, ya digo. Sin abluciones, sin desayunos, corrí al bar en donde estuve ayer y hablé con la camarera que se acordaba de mí. De la cartera, nada. En dos ruedas recorrí la ciudad de los dos ríos y me fui a Tráfico, que está en el quinto pino. Tras hacer cola y pagar 19 euros me dieron un permiso de conducir provisional que espero no perder. Y me fui a desayunar, a una cafetería decimonónica, adornada con ángeles, por todas partes, en el techo, tras la barra, un café con leche y croissant que alterné con la lectura de El País.De lo que leí me interesó que Naomi Watts, la maravillosa y rubia actriz inglesa, encarnará en una película a M.M. y seguro que lo hará bien. Ya estuvo sensual con David Lynch en Mullholand Drive. De regreso compré en un quiosco Qué Leer y me enteré de que mi colega Fernando Marías está haciendo una promoción muy especial y original de su próxima novela, que gira en torno a la memoria histórica, y publica SM: videos, cómics y otros soportes. Y en mi apartamento me duché, miré mi agenda de trabajo, sin dejar de pensar ni un solo momento en esa desdichada pérdida de documentos y tarjetas que me lleva amargando un par de días, haciéndome perder un tiempo considerable y descentrándome. Antes de las 2 me fui a ver a un amigo y colega de La Caixa e hicimos averiguaciones por si los propietarios de mis tarjetas habían intentado hacer un uso fraudulento de ellas. Ni un solo intento, lo que todavía me produce más extrañeza. Si nadie ha devuelto el billetero a objetos perdidos, y si no intentan utilizar mis tarjetas, ¿para qué me han robado? La casuística dice que el ladrón de tarjetas, que recibe como miel sobre hojuelas con ellas un carné de identidad, intenta utilizarlas en cajeros automáticos introduciendo la fecha de nacimiento de su titular como número clave. Ahí se equivocan conmigo, pero es que no lo intentaron. El segundo movimiento que suelen hacer es ir a comprar, llenarse el depósito de gasolina o correrse una farra a mi salud: quiénes cogen una tarjeta de pago no suelen mirar con detalle el DNI y menos comprobar que quien lo exhibe sea quien dice ser. Pues tampoco. Y todo esto me desconcierta. Si pusiera el caso en manos de la policía, que lo he puesto y como si nada, no moverán un dedo y harán bien en no hacerlo por un caso tan nimio, y les contara las circunstancias de la pérdida tendrían más de un sospechoso. Decido que la obsesión no me sobrepase, que puesto que no voy a recuperar esa cartera, y aunque la recupere de nada me va a servir, porque ya he sufrido todas las molestias posibles en pedir duplicados de tarjetas y documentos de identidad. Me queda el pasaporte, para identificarme. Lo esconderé como oro en paño. Y llevo dos días sin leer a Coetzee, de cuyo Verano me quedan páginas, ni escribir más líneas que éstas. Voy al súper de los chino a comprar pan, café para llenar el frasco vacío, tal como me aconsejó que lo hiciera con urgencia un lector de esto, leche y patatas fritas adictivas. Como ajoblanco, que descubrí por azar en mi nevera, de hace un para de días, frío magníficas patatas con huevos y me zampo la mitad de un mango, eso sí, con mucha agua, porque con tanto cruzar Granada de punta a punta me he deshidratado.
Y me relajo escuchando Caravanserai de Carlos Santana, cerrando los ojos y volando, en un salto al pasado, a mi comuna hippie de La Floresta. Pero despierto. Y estoy aquí, con los años que me tocan, el pelo corto, el rostro arrasado por las arrugas, sin tarjetas de crédito y sin cartera.

domingo, 29 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

29 de agosto de 2010Nada hacía prever que hoy sería un mal día. Uno de los peores de este año que se caracteriza por ponerme a prueba. Quizá dormí poco, esa sea la explicación. Estuve viendo un interesante programa de CNN+ sobre Afganistán que recomiendo a Carme Chacón para que se aclare de si estamos allí en son de paz o en son de guerra. ¿Es admisible que en misión humanitaria nuestros soldados maten a cien afganos en lo que llevan en el país asiático? Son pocos, podrán pensar algunos belicosos. Me metí en la cama tarde y me levanté temprano soñando con talibanes, como los de la foto. Dormí cinco horas, quizá ése fue el problema. Hacía un día radiante y la mejor fotógrafa que conozco me invitó a salir por la ciudad a hacer fotos. Pero antes desayunamos en Las Titas café con leche y tostada con tomate, que aquí se toma más que en Catalunya. Y leí los exabruptos intestinales de don Pío Moa- ex Grapo reconvertido en ultraderechista y a cuyo lado Jiménez Losantos y César Vidal, el hombre que todo lo escribe y está de viaje en Texas, cazando emigrantes clandestinos, supongo, y tomando té con Sarah Pallin, resultan trotskistas - que a punto estuvieron de revolverme el desayuno. ¿Tuvo Pío Moa la culpa? No, pero seguro que estuvo en la concatenación de impulsos negativos de este día desdichado.
Cuando vas por una ciudad cámara en mano el ojo se convierte en el objetivo supletorio. No la miras de la misma forma. Aprecias detalles y rincones que nunca habrías mirado. Disparé 400 fotos en esta espléndida mañana y mi competidora otras tantas. Y cuando el sol me desarboló, entramos en una cervecería a tomar cañas y tapas. Pudo ocurrir allí, mientras pagaba, o bajando hacia el centro. Pero si alguien metió mano en mi bolsillo y me sacó la cartera, le felicito desde ya por sus dedos prodigiosos. Comí. Hice la siesta, más agitada de lo habitual. Y cuando desperté y busqué mi cartera en los bolsillos de mis pantalones cortos Capitán Tapioca me di cuenta de que no estaba, y por mucho que renegué, busqué debajo de la cama, tras el radiador, o en la lámpara, pues nada. Volví a la cervecería, pero habían cambiado de turno y nada sabían de una cartera. Hice el mismo trayecto en bicicleta que hice a pie desde la cervecería a la casa. Nada. Siempre hay una desgraciada primera vez, y ésta me llega a punto de cumplir años, muchos, los que sea, que antes nunca me había sucedido. Si las cosas van mal, pueden ir a peor, dicen. Las tarjetas de crédito se bloquean y en tres días tengo otras, pero el DNI y el permiso de conducir es mucho más complicado. En otra época, cuando no era zen ─ ahora se me cae un piano encima y digo: mala suerte, llegó tu hora ─ habría cogido un cabreo descomunal contra mí mismo. Recorrí Granada para poner la denuncia ─ los domingos sólo está abierta la jefatura central que está en el quinto coño, perdón, pino ─ regresé a casa sudoroso tras recorrer toda la ciudad en bici, me di una ducha, me bebí tres vasos de leche de almendra, para endulzar este amargo día, y me pregunté si a partir de hoy iré perdiendo cosas por la calle o me las irán robando sin que me dé cuenta. Se empieza por ahí y se termina metiendo el libro de Coetzee en el congelador. Suerte de las fotos, que no quedaron mal. Quizá lo sucedió en este día aciago es que rompí la rutina diaria, no leí a Coetzee, ni escribí una sola línea de novela sobre los conquistadores y los conquistados.

sábado, 28 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

28 de agosto de 2010Sábado. Sigue la hora de calor. Y mis levantares tardíos, como si la mosca tsé tsé me hubiera picado. Pongo el despertador, para no hacerle caso. Se está bien en la cama. Me alzo. Hago café. El último, porque el frasco queda vacío en cuanto cargo esa cafetera. Tuesto pan del día anterior, unto mantequilla, espolvoreo azúcar. Me siento ante la CNN. Mariano Rajoy regaña, como siempre, desde Andalucía, y amenaza con pedir explicaciones a ZP sobre Afganistán. Estoy de acuerdo con él parcialmente. Afganistán es una guerra. No una misión humanitaria. Y por eso nos vienen féretros. Leo documentación de la novela. Moctezuma, cuando intentaba estar a buenas con sus huéspedes españoles, recibió un regalo envenenado: la cabeza de uno de ellos, un tal Argüelles, con lo que se echaba por tierra lo de la presunta inmortalidad de los conquistadores. Pese a todo Moctezuma, por todos los medios, intentó ocultar esa cabeza. Pero salió a la luz y las consecuencias fueron terribles. Introduzco a ese secundario Argüelles en la novela. Invento su pasado. Lo sitúo en unas cuantas batallas. Lo convierto en uno de los centinelas de Cortés lo que no le libra de que éste le deje en Veracruz, en donde morirá, cuando el conquistador inicie su marcha hacia Tenochtitlán. Argüelles. Porque la historia está hecha por pequeños nombres anodinos, como ese soldado cuya cabeza fue ofrecida a Cortés por los suyos, y una novela es como un cuadro puntillista, lleno de miles de puntos que conforman un conjunto, miles de detalles, situaciones, para armar una historia creíble. Cojo la bici. La mejor fotógrafa del mundo me invita a comer. Compro, antes de subir, tabaco y helado. Hace tanto calor que el helado de tarta al whisky se funde. Vemos, mientras comemos, El piano. La recuerdo toda, lo que es un buen síntoma, de memoria y de que era una película notable. Me sigue gustando la banda sonora de Michael Nyman. Y la muda interpretación de la diminuta Holly Hunter. Luego me pongo ante el ordenador, con un calor sofocanteEn El Destilador Cultural un angelino, un ciudadano de Los Ángeles, me felicita por haber sabido captar el ambiente fronterizo en La Frontera Sur, después de haber leído sus primeras páginas, imagino que en Otro Lunes la revista literaria latinoamericana de Amir Valle que las publicó, y promete hacerse con ella en USA. Deseo que le guste. Visiono el estupendo y divertido video Berlín 10 de Raúl Muñoz. Y siguen mis problemas informáticos, esa batalla continúa contra los elementos. Si hoy la tecla A funciona bien, sí, aparece cuando la marco, incluso si tecleo suavemente, lo que no entiendo, falla el cargador de batería que, a la mínima, deja de cargar. Bueno, lo de la A fue un engaño. Falla estrepitosamente. Suerte que luego lo arreglo con el corrector automático que pone las A que faltan.
Un inédito de Adolfo Bioy Casares, Unos días en el Brasil. Diario de viaje, en Páginas de Espuma, será un de las buenas noticias literarias de este otoño. Bioy Casares, el extraordinario escritor argentino que permaneció siempre a la sombra de Borges. Y me entero de que Almudena Grandes escribe una novela sobre la ocupación por parte de los maquis del Valle de Arán, un argumento que me habría encantado desarrollar a mí, porque ese valle es mío y lo voy a pisar dentro de pocos días, una vez más.

viernes, 27 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

27 de agosto de 2010
Hotel del Carmen. Terraza. Noche. Nueve y media. Único lugar, por la altura, de sobrevivir al calor nocturno. Buena idea la de poner restaurantes y bares en la última planta de los hoteles. 37 grados marca el termómetro que hay frente a El Corte Inglés. Invito a cenar a la fotógrafa. Viene con pantalón rojo, amplio, y blusa ancha. Yo con camiseta marrón oscura, casi negra, pantalón de lino blanco arrugado y sandalias Coronel Tapioca, que creo que me sobrevivirán, como la camiseta de Bali. Salmorejo, no tan frío como la última vez, igualmente contundente con tiras de serrano y bolas de melón (realmente es plato único) y una tapa de solomillo al whisky. Dos cervezas, para mí; dos Rueda, para ella. Me habla de su viaje a África, Etiopía, en unos días. Lo hace con expresión soñadora mientras exhala el humo del cigarrillo entre sus labios y un brillo se apodera de sus ojos. Me habla de la ternura de los rudos rangers etíopes que acompañan con sus kalasnikofs a los viajeros. De los lugares a los que volverá. De las águilas de Adis Abeba. Estuve en todos esos lugares, por ella, por sus vívidas descripciones. El camarero nos advierte de la salida de la luna por una loma del Albaicín. Estamos atentos, la vemos asomarse precedida por un halo de luz que recorta el barrio árabe más hermoso de la ciudad. Le hablo yo de mi viaje a ninguna parte, de que cogeré el coche y no sé exactamente adónde iré. ¿Arán? ¿Yuste? ¿Alcarria? Estoy metido en 1520, en el centro de mi novela, de la que no salgo, por la que ni duermo ni como, le digo. Eso es bueno, me responde, la obsesión es buena. Sí, quizá sea buena para la novela, pero no para la salud. Duermo, tras escribir en la cama, hasta que los ojos se cierran. Me levanto por la mañana pensando en la Plaza Mayor de Salamanca y todos sus recuerdos. Desayuno una pírrica tostada y echo de menos el soso bizcocho. Nada relevante en el mundo. Entra calor por el balcón. Habré de cerrarlo. Sigo releyendo, incorporando datos y anécdotas a mi novela que tardará meses en estar completa. Y demorando ese final, esas diez páginas que me faltan. Hoy saldré a la calle, con mi bicicleta, cuando suenen las campanas de las doce de mi vecina iglesia, me iré a una terraza a leer Público y quizá me vaya al cine por la tarde. Las A del maldito ordenador siguen dándome la lata. Cumplo mis previsiones. Me voy a Las Titas, después de unas breves tareas burocráticas y bebo una cerveza con patatas a lo pobre, tapa de la que empiezo a estar harto, mientras leo el diario Público que regala El imperio de los sentidos, que ya tengo y he visto, y El piano, que he visto pero no tengo. ¿Dónde está Nagisha Oshima? ¿Y Jane Campion? ¿Y Holly Hunter? Mirando la cartelera y leyendo la reseña que de la película hacen, decido ir a ver el último Woody Allen. Y con 40 grados, que marca el termómetro que hay entre Correos y el NH, voy al súper. Tengo sed. No hambre. Se advierte en mi compra. Nectarinas, fresones (que me dejo en el cesto), naranjas de zumo, almendras (para hacer ajoblanco), tomates maduros, pimientos rojos, no pepinos, que se agotaron y no han repuesto, y leche de almendra. Llego sudando al apartamento. Me ducho. Me preparo el ajoblanco. Frío un solitario huevo. Mezclo en la batidora un plátano, el zumo de dos naranjas y la nectarina. Disfruto bebiendo el resultado mientras termino de ver las noticias. Los mineros siguen a quinientos metros bajo tierra y en esa tumba deberán resistir tres meses. Y los guardiaciviles y el intérprete iraní caído en Afganistán son enterrados. ¿Qué hacemos en esa guerra extraña y lejana? ¿Erradicar el burka? ¿Impedir que lapiden a las mujeres? Ni una cosa ni otra se han conseguido. Me tiendo en la cama, en la habitación umbría. Hora de siesta. Pongo el despertador a las 17 30. Me duermo con el runrún de la tele de algún vecino. Me voy despertando pero me duermo. La habitación interior, en donde nunca entra un rayo de sol, es fresca. Sigo durmiendo cuando suena el despertador. Soy feliz durmiendo. A las siete de la tarde abro los ojos. Conocerás al hombre de tus sueños la proyectan a las ocho. Me invita la chica a la que invité ayer a cenar. Viene con una blusa muy bonita, que deja al descubierto sus hombros y parte de su espalda, y una falda tubo oscura con un corte. Es un Woody Allen agradable, triste pero que despierta la sonrisa. La vida. Ese miserable engaño al que accedemos por ser el espermatozoide más rápido. Está muy presente el miedo a envejecer, a morir en soledad. Y un buen plantel de actores, con Anthony Hopkins, la maravillosa Naomi Watts, Jesh Brolin y un Antonio Banderas que no desentona. Hay, tambiNegritaén, una preciosa chica hindú. Por encima de su última película, que era televisiva, y de Vicky, Cristina y Barcelona, que era una broma sin gracia. Voy con la simpática chica que me invita al cine a un bar cercano. Dos tubos y dos tintos con blanca. Chipironcitos fritos, berenjenas rebozadas y pavías. Vuelve a hablar de su viaje a Etiopía. Está radiante con su retorno a África. Y hermosa. La Naturaleza fue generosa con ella. Ese rápido espermatozoo fue brillante en su alocada carrera.

jueves, 26 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

26 de agosto de 2010 No pongo el despertador. No lo pongo desde hace tres días. ¿Para qué si siempre lo apago y sigo durmiendo? Me despierto sobre las ocho, porque entra fresco por la ventana, para meterme bajo lo sábanas. Me despierto definitivamente a las 10 y media. El día empieza bien: termino el bizcocho soso que hice. Mañana podré desayunar cualquier cosa distinta. Torrijas si me sobra pan del que compre hoy. Pero ¿compraré pan? Trago el café con leche con un ligero dolor en la garganta. Y miro las noticias. Los aztecas siguen descabezando y arrancando brazos. Dos tipos penden boca debajo de un puente con los brazos serrados en el puente de una carretera mexicana. Sigo comiendo. Una morgue llena de cadáveres ensangrentados en Caracas. Apuro el café con leche. Hay guerras no declaradas. Y aparecen estadísticas. En Irak mueren este año 4.000 personas. Me parecen pocas, creo, temo, que son muchas más. Eso hace 20 muertos al día. Una miseria. En Venezuela los finados son 17.000. Un ministro de Chávez se carcajea cuando se le habla de inseguridad en el país. Estamos en las mismas. Los gobiernos deben velar por la vida de sus ciudadanos. Aparece Sarkozy a quien un día Javier Marías comparó con Louis de Funes, pero sin gracia. Critica la resolución del secuestro de los cooperantes catalanes. La resolución suya fue un éxito memorable: el rehén decapitado. Hay quiénes odian a los cooperantes. No lo entiendo. Suelen ser gente que dona parte de sus ahorros para levantar hospitales, escuelas, en llevar medicinas y alimentos a ese Tercer Mundo que existe para que nosotros seamos Primer Mundo, que dedica su tiempo libre en aliviar la situación de esos países que otros invaden, expolian, destrozan y hunden en la miseria. Habrá quien tenga morro. Como hubo alguien tan extraordinario como Vicente Ferrer en el otro extremo. Excepciones. Pero una general buena fe. Cierro la tele y escribo. Sigo sin perfilar el final. Una manía. Introduzco datos sobre los capitanes de Hernán Cortés. Sobre Antonio de Ávila, tesorero, encargado de aplicar el Quinto del Rey. Y uno se entera, entre escandalizado y asombrado, que la conquista de América, su expolio más bien, fue una empresa privada, que Cortés y los once capitanes que iban con él lo hicieron con sus propios barcos, su dinero y su gente. Y yo creía que lo de los siniestros contratistas de la guerra de Irak era un invento del capitalismo yanqui. Me ducho. No tengo horario. Una y media. No asomo la cabeza a la calle. Y leo a Coetzee para relajarme. Como lavo y tiendo ropa, para relajarme. Y como he lavado los pantalones multiuso del coronel Tapioca, una de las mejores y más amortizadas compras que he hecho junto con las sandalias todoterreno. Mi atuendo casero hoy es un meyba que compré hace un año en un hotel de un playa de Huelva, al comprobar que no había metido el traje de baño en la maleta, y la camiseta de la última Semana Negra. Además no me he afeitado, efecto colateral de haber arrasado primero con mi barba y luego con el bigote. Tendré que afeitarme, si, finalmente, me decido a salir. “Teníamos un derecho abstracto a estar allí, un derecho de nacimiento, pero la base de ese derecho era fraudulenta. Nuestra presencia se cimentaba en un delito, el de la conquista colonial, perpetuado por el apartheid. Nos considerábamos transeúntes, residentes temporales, y en ese sentido sin hogar, sin patria”. Pura declaración de principios coetzianos. La tierra, terrible atracción, sentirte de ella, que le perteneces, que a ella irás cuando mueras. La tierra por la que es capaz de matar el campesino porque si se la quitan es como si le amputaran un brazo. La tierra en la que se sientes extraños los norteamericanos después de vivir 200 años en ella. Lo que me fascina de USA. Lo que expreso en mis novelas USA. El desarraigo. El que siento. No sé que comeré. Ni me interesa en exceso. No sé qué hay en la nevera además de huevos, yogures, leche y el chocolate venezolano de Marcos Tarre Briceño. Soñé con yogures, esta noche, pero no me acuerdo de qué iba el sueño. ¿Yogures? Y un vecino roncaba dos pisos más arriba y lo escuchaba claramente. No me hago con los vecinos. No los conozco. Para ellos debo de ser una extravagancia, quizá una excusa de conversación en sus aburridas sobremesas. ¿Qué hace aquí ese tipo solitario que se desplaza siempre en una bici? ¿A qué se dedica? ¿De qué vive? ¿Qué ha venido a hacer a esta ciudad? Hoy hará calor. Yo no lo siento. Cierro todas las contraventanas hasta que el apartamento se convierte en un útero oscuro. Quiero volver al útero. Fue una de las pocas imágenes que me gustaron de Hable con ella de Almodóvar: el tipo que se mete dentro de un hermoso y gran útero. El mundo me da miedo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

25 de agosto de 2010No tuve pesadillas esta noche, no fui consciente de ellas, quizá porque dormí con la ventana abierta en el dormitorio y bajo las sábanas. Desayuné café con leche condensada y bizcocho eterno, que aun dura. Escuche las noticias de CNN+ y vi una sorprendente imagen de los secuestrados catalanes liberados bromeando con su secuestrador que les llevaba en un todoterreno de vuelta a casa. ¿Os secuestro de nuevo? a lo mejor les decía. Secuestrados y secuestrador parecen felices. Lo están. Unos recuperan la libertad y salvan la vida; el otro se lleva como recompensa librarse de la cárcel. ¿Síndrome de Estocolmo? No, pónganse en la piel de los de la ONG y seguro que también sonreiría, aunque tuviera sentado al lado al mismísimo diablo. El tipo lo hizo por dinero. Una llamada a Al Qaeda, un precio, Al Qaeda paga con el dinero de otro secuestro y recibe dinero fresco por el presente que utilizarán para otro secuestro o explosivos. ¿Pagar o no pagar? Pagar, por supuesto, aunque algunos gobiernos, como el de Estados Unidos, tengan por norma no pagar y esa es la razón por la que los ciudadanos norteamericanos queman sus pasaportes en caso de secuestro o pierden directamente su cabeza. Otra cosa es que después de pagar se les detenga, lo que creo que también se debe de hacer. La operación fallida de Francia costó el cuello al rehén francés. La chapuza en Filipinas, la vida de ocho turistas que se hubieran salvado de seguir las negociaciones con el secuestrador. Y no hablemos la operación de rescate del teatro moscovita. Los gobiernos están también precisamente para eso, para preservar la vida de sus ciudadanos estén donde estén. Y no hablemos de cuestión de Estado, porque Estados somos todos, desde el primero al último ciudadano. A las diez me puse a escribir, pero no fue un proceso muy creativo. Introducir documentación en una novela sin que sea una rémora no es fácil. Manejas datos que son interesantes, como los de hoy, acerca del concepto de alma de los mexicas ─ no sé porqué los llaman aztecas ─ que tenían asociado con la sombra, sobre la ingesta sagrada de hongos alucinógenos, los rituales de los nacimientos en los que el recién nacido se asocia a un animal, y toda esa información se ha de meter en el lugar adecuado de la novela. Ninguna escritura de novela resulta igual a otra, al menos en mi caso. Por ejemplo, y estaba muy equivocado, creía que escribir Otumba sería parecido a escribir La pérdida del Paraíso que publicó Planeta en 2001. Error. Aquella la escribí por contrato, bajo plazos, con presión, lo que, contra lo que parezca, fue muy positivo porque hube de alumbrar cada tomo de 350 páginas cada tres meses. En esta no ha habido plazos ni más presión que la mía, por lo que su escritura se dilata años, no sé cuántos. Podría escribir el final, tras la redacción de la noche Triste, la batalla de Otumba que da título a la novela, pero no lo hago. ¿Por qué? No lo sé, ni yo mismo lo sé por qué no termino con esas quince páginas que me faltan. Dilato el final y me dedico a documentar la novela, más de lo que ya está. ¿Qué espero? ¿Estar en Yuste y poner al final del libro que la terminé en el mismo monasterio en donde expiró Carlos V? Podría hacerlo de todas formas, engañar al lector, pero me engañaría a mi mismo. Así es que espero, no sé a qué, mientras describo el viaje lisérgico de uno de los protagonistas tras fumar peyote, algo que no he hecho en esta vida. Parece que todo se une para que Otumba sea una carrera de obstáculos. A la tecla A que no funciona ─ podría ser la Ñ ─ se une ahora que el cargador de batería se rompe. El ordenador se apaga tras un pitido de aviso y el letrero: hibernando. ¿En verano, con 42 grados? Por suerte guardo antes el documento. Y me lanzo a la calle. Las grandes tiendas, por eso de no tener nada en stock, no me consiguen un cargador hasta mañana. Me urge. En una pequeña lo encuentro. Salvado. Sigo trabajando.Leo un poco a J.M. Coetzee. La narración que hace una emigrante brasileña, de modesta educación y profesora de baile latino, que se irrita porque un afrikáner como Coetzee dé clases de inglés a su hija es el episodio de hoy. La mujer sospecha, además, que pueda haber una intención libidinosa porque su quinceañera hija es muy guapa. Pero a quien pretende el desastrado Coetzee es a la madre, aunque ella, como todas las mujeres del libro no tenga una buena opinión de él. Se apunte Coetzee hasta a las clases de baile para las que no nació. "¿Cree que debería sentirme halagada porque quiera que aparezca como amante de Coetzee? Se equivoca. Para mí ese hombre no era un escritor famoso, no era más que un profesor y, además, un profesor sin título." Conozco a un Coetzee, sudafricano blanco, claro, J.C. Coetzee. Llamarse Coetzee entre los afrikáners debe ser como llamarse Muñoz. Hubo una persona que insistió para que firmara los libros como J.L. Muñoz Jimeno, o José Luis Muñoz Jimeno. Nunca me convenció a pesar que de hay millones en el mundo que se llaman José Luis Muñoz y salen en Google, como policías, asesinos, generales o poetas. Siempre pensé que la longitud del nombre de un autor en la aportada de un libro no debe de ser muy larga, y José Luis Muñoz Jimeno era larguísima y tendría que ir en un tipo de letra muy reducida, y detestaba las iníciales en el caso de J.L. Muñoz Jimeno. Podría haber optado por Muñoz-Jimeno, con guión, como Alicia Giménez-Barlett, pero seguía siendo muy largo a causa de ese nombre compuesto que no me gusta nada, pero me aguanto. Así es que opté por José Luis Muñoz mientras otros se llamaban Muñoz Molina, y otro Vicente Muñoz Puelles. Además no me importa que me confundan con el poeta José Luis Muñoz como espero que a él no le importe que le tomen por el novelista. Nadaie, salvo yoa, se puede imgianr la dae AAA multiplivada haaaaaaaaaaast ela infinito que slean en mi texto por culpa de la mlaaaditaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…salían 10 líneas más, pero las he suprimido porque no decían nadaaaaaaaaaa. Jo. Otra vez. aaaaaaa. Y es que debo pulsarla con tanta fuerza aaaaa que cuando la suelto me deja la página inundada. SOS. Que alaguien me preste la tecla AAAaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.Hoy, cuando me he sentado a comer me he dado cuenta de que realmente estaba en 1520, o comiendo los alimentos que en ese año degustaban los habitantes de Tenochtitlán. Ensalada de aguacate, ahuacatl, con maíz (me quejo yo del maíz transgénico cuando soy un adicto), alimento básico de los aztecas con el que elaboraban el tlaxcaltin, tortilla. Huevos (esos pueden ser hispanos o austrohúngaros) fritos (el aceite es árabe) con patatas, nombre y alimento azteca. Como tomate, jitomate. Como cucaracha, que nos trajimos en los barcos. Y eso sin nombrar el chocacíhualt, o chocolate, que conservo en la nevera, y voy comiendo poquito a poco, que me regaló mi buen amigo el escritor venezolano Marcos Tarré Briceño, el autor de la genial Bala morena.Cuando frio patatas me pongo en tensión, sobre todo en el momento de echarlas al aceite hirviendo o al sacarlas con la espumadera. Mi memoria guarda el trauma de un churro maldito que me saltó a las manos y me las achicharró porque estalló como una bomba de aceite hirviendo. Pensé en los atacantes de los castillos medievales. Claro que más miedo me da Pedro Almodóvar ─ este país podría definirse entre seguidores y detractores del manchego; yo estoy en el último grupo ─ dirigiendo Tarántula, la mejor novela del polar francés. Lo único bueno ─malo, porque murió ─ es que Thierry Jonquet no la verá.

martes, 24 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

24 de agosto de 2010Tras escribir en la cama, que se ha convertido en mi segundo escritorio a pesar de sus complicaciones ─ escribo ladeado, sobre un brazo, el izquierdo, y éste acaba resentido en el codo, y además sigo con los problemas de la tecla A, que debo aporrear para que marque, y hacerlo en una superficie blanda, como la cama, no añade más que dificultad ─ hoy es la primera noche de verano que duermo con la ventana cerrada y bajo las sábanas. Quizá esa anomalía, la de dormir entre sábanas y la ventana cerrada, ha propiciado una sucesión de pesadillas dislocadas que recuerdo con nitidez por haberme despertado con angustia en el cuerpo de cada una de ellas. Ya podrían ser sueños dulces y gozosos. Vayamos de menos a más graves.
1/ Me despisto, no voto en las elecciones catalanas que creo son en noviembre y se adelantan a octubre, por lo que en mi sueño debo encontrarme en ese mes. Abro un diario una mañana y me desayuno con una entrevista que le hacen al nuevo presidente de la Generalitat Catalana: Artur Mas. Bueno, el sueño es dramático, pero puede digerirse sin traumas.2/ Este no, este es traumático. Estoy en una habitación de un hotel mexicano con la periodista Sanjuana Martínez a la que conocí hace años durante la Semana Negra. Estamos en México, pero en la Semana Negra, aunque no veo por ninguna parte a Paco Ignacio Taibo II. Le pregunto a Sanjuana por el contenido de una serie de extrañas cajas de cartón alargadas y voluminosas que lleva como equipaje y están en la habitación que compartimos. Quizá me haya casado con ella y no lo sepa. Cabezas, me dice con naturalidad, como podría haberme dicho yogures. Y como dudo, me las enseña. Me horrorizan. Lleva unas veinte cabezas cortadas y en no muy buen estado de conservación. Parecen máscaras. Son tenebrosas. Y asquerosas. Le pregunto, horrorizado, a la periodista mexicana que quién se las dio. Narcos, me contesta, para que me deshaga de ellas. Le advierto del riesgo que corre, que corremos puesto que soy su complice, con esas malditas cabezas de narcos que hay que disolver de alguna manera. De su maleta de mano extrae otras cajitas más pequeñas repletas de frascos con sustancias oleosas en su interior. ¿Y esto?, le pregunto. Grasa de los descabezados, me contesta. Pero…, ¿estás en alguna organización criminal? pregunto. No, ayudo, lo hago por un amigo. ¿Amigo? Pues deberías cuidarte esas amistades, recuerdo que le aconsejo mientras siento un nudo en el estómago. No sé más. Ahí se queda la cosa, en el patio de ese hotel mexicano, lujoso, con ese molesto cargamento del que hay que desembarazarse no se sabe cómo. Escalofriante. Producto colateral de mi Frontera Sur, pienso a posteriori. De tantas cabezas que llevo cortadas en Otumba, la novela que termino. De la situación insostenible y real de México actual, pienso.Tercera historia. Más angustiosa. Sigo en el hotel, con Sanjuana o sin Sanjuana, que no lo recuerdo, y algo me sucede en la pierna que me cortan y sustituyen por una ortopédica. Lo acepto como si me afeitara la barba, sin dramatismos. Siento un dolor en el brazo. Seguramente el que se produce en la vida real por escribir apoyado sobre él en la cama. Dolor intenso. El médico que me cortó la pierna y puso una nueva en su lugar, tan buena como la de carne y hueso, me dice que hay que amputar. Aquí llega el absurdo del relato sueño. Pero sí sólo es el codo lo que me molesta, le digo. Sí, me contesta, captando mi preocupación, pero es que no tenemos en stock codos de repuesto y tendremos que ponerle todo el brazo. Veo, según lo escribo, que esta historia está muy relacionada con esta absurda sociedad de consumo en la que pierdes un botón y tienes que comprar toda la chaqueta. Sueño relacionado, ya que hoy estoy muy interpretativo, con mi viejo ordenador portátil, al que debo cambiar todo el teclado, pero no puedo porque ya no fabrican ese modelo, y con la cantidad de piernas y brazos que cortan mis bárbaros protagonistas de Otumba.Dejo los sueños. La realidad es un trozo de ternera que troceo para guisar a mi invitada del mediodía, la mejor fotógrafa que conozco. Leni Riefensthal pero mucho más joven, bella y mejor y,sobre todo, viva. Le echo, aparte de ajo y cebolla, todos los frascos de especias que encuentro en la alacena: tomillo, cilantro, perejil, una buena cantidad de papikra, curry, canela no, porque no tengo, y cacahuete. Creo que me he pasado con los condimentos. Lo creo cuando pruebo la salsa oscura después de una hora de cocción. Sabe en exceso a papikra que anula las demás especias.Buena noticia. Al Qaeda libera a los cooperantes catalanes. Un éxito sin duda de la capacidad negociadora del gobierno y su paciente labor. Intuí un final dramático. Por suerte, erré.Me ducho y voy a comprar algo. Terminé el aceite y tampoco tengo pan. Ya en el supermercado de los chinos compro también huevos. Y dos bombillas de rosca estrecha ─ compré dos de rosca ancha y no encajan ─ para dos lámparas huérfanas. Me asombra la cantidad de chinos ociosos que hay en ese supermercado. Creo que casi todos son familia. Pido un aguacate para hoy a la dueña, la china mayor, que es bastante seca. Recuerdo que un día me abroncó porque cogí una naranja. La fruta no se toca, me dijo señalando un cartel. Últimamente me da fruta en no muy buen estado. Le pedí tomates para gazpacho y hube de tirar uno. Me temo que el aguacate esté demasiado duro. Pero los chinos están muy próximos a mi domicilio para ir buscando otro supermercado. Hay un chico chino, joven, al que le falta un ojo, que debe de ser el hijo de la dueña porque controla las cuentas. Y una china joven y algo gordita que debe de ser su hermana y nunca la he visto hacer nada salvo cuidar del negocio. La única que no es china es la cajera, una chica tan joven como obesa, una gorda mórbida con pircing y un tatuaje en su prominente vientre que siempre lleva al descubierto y a veces va de rubia oxigenada como de morena ala cuervo. Salgo a la calle con mi compra, a la que he añadido patatas, fritas y crudas, y miro al carnicero chino, quien mejor me cae y al que muchas veces elogio por lo finos que corta los filetes de pechuga de pollo, que se está fumando un cigarrillo en la calle. ¿Es el marido de la dueña? No lo sé. Quizá no existan vínculos familiares entre los cinco o seis chinos que hay en el supermercado y todo sea una invención mía. 17 euros. Ah, también van tres latas de paté 5 jotas, para un día vago.Escribo el capítulo sobre la Noche Triste, el penúltimo, acercándome a la página 500, la 489 exactamente. De cuando en cuando he de levantarme para echar un vistazo al estofado de carne que estoy cocinando y no se queme. En una ocasión llego por los pelos, cuando la carne, sin líquido, ya se engancha al fondo de la cazuela. La Noche Triste es controvertida. El que esa noche de 1520, la verbena de San Juan ─ ¡Vaya verbena tuvieron los españoles! ─ lloviera a cántaros añade más dramatismo a la historia. Escribo el relato de lo que debió ser. Me pongo en la piel de unos y otros. Un reguero de muertos entre el barro. Y dejo en el aire, suspendido, el episodio del salto de Alvarado. Quizá lo ponga luego, porque es épico. Pero quizá ese famoso salto con pértiga, en los canales de Tecnochtitlán, con pica realmente, nunca tuvo lugar y pertenece al territorio de la épica. Bernal Díaz del Castillo, que estuvo, dijo que Alvarado no dio ningún salto y ese es un invento más de López de Gomara, el historiador que narra de oídas y al que del Castillo, sabia combinación de pluma y espada, desacredita constantemente. Como con Moctezuma. ¿Murió de una pedrada de los suyos? Eso dice Bernal Díaz del Castillo, pero no me lo creo. Me inclino por la versión del otro lado, de los mejicanos, que afirman que fue asesinado por los españoles. La mejor fotógrafa del mundo que yo conozco me confirma, en cuanto prueba el estofado, que combinar papikra y curry no ha sido una buena idea. Tampoco está tan malo, me digo, al menos la carne ha quedado blanda. Vemos las noticias. Le revienta que uno de los secuestrados catalanes de Al Qaeda liberado se exprese en catalán. Hay quien cree que cuando un catalán utiliza su lengua natural es para jorobar al prójimo. Para compensar, durante la siesta, tuve un sueño dulce. Sin muertos, ni descabezados. Con piernas, pero no cortadas. Caí profundamente en un sopor duradero y reparador. Luego me levanté y fregué los platos, a mano, que me relaja. Y pasé una bayeta por el fogón, que siempre queda grasiento después de ese glorioso estofado que ha durado tres horas y ha pasado con más pena que gloria al estómago.Hablamos de la cultura de este país. Sobre nuestras cabezas el ventilador detenido. No entra el sol en esa habitación interior.
─Te voy a regalar un libro, una biografía que te gustará le digo
─¿De quien?
─Belén Esteban, entre porcelanas le digo, provocando.
─¡Qué país! Que una hortera y maleducada como esa tenga éxito.
─Yo creo que contra Franco no había tanta ignorancia, tanta ordinariez. La incultura de este país es pavorosa y la advierte uno en cuanto ve uno o dos programas basura.
─¿Querrás creer que el otro día en un programa de estos le preguntaron a una cateta que había estado en París qué río pasaba y contestó El Tajo? Y cuando le preguntó quién había pintado La Gioconda, pues no sé, un pintor de esos.
─Nuestro nivel cultural está bajo mínimos. Los medios de comunicación ofrecen unos modelos negativos, de gente ordinaria y analfabeta, que se pasan el día gritando e insultando, y ellos lo replican en la vida real.
─Es nefasto, nefasto. Pero no hay opción. Al mediodía, cuando quieres ver algo por la tele, para quedarte medio dormida, sólo tienes esa basura o los programas de animales, que cansan ya y son un verdadero coñazo.
─Es una forma de negocio barato. Sólo se necesita un plató, llenarlo de jubilados que deben de estar muy aburridos para prestarse a eso, y unos invitados analfabetos y groseros.
Pero siempre hubo plebe. Vayamos a la Roma Imperial. ¿Cómo embrutecían los emperadores a sus súbditos, como los acallaban? Pan y circo. Circo con fieras que devoraban hombres y hombres que luchaban a muerte entre ellos. El espectáculo de la muerte. ¿Cómo se entretenía la plebe en tiempos de Felipe II? Asistiendo a los actos de fe. En Irán acuden cada vez que ahorcan a un homosexual. En Arabia Saudita cuando la cimitarra del verdugo corta la cabeza de un adúltero. Mejor Belén Esteban, que no produce sangre aunque sí atrofia cerebral.
Leo a Coetzee con mis recién adquiridas gafas de presbicia que llevo colgadas del cuello. Una imagen, la mía, que me lleva a Fernando Sánchez Dragó o a cualquier jubilado de este país. Lo único que no me gusta del divertido Verano del nobel sudafricanos es su ausencia de capítulos que te obliga a leer de una tirada noventa páginas o detenerte en donde te parezca. No tengo aliento lector y lo dejo en donde me parece bien a mí, tras quince páginas de lectura. Hay quien escribe novelas sin un solo capítulo, como Thomas Bernard. O sin puntos y aparte, como Jelinek.

lunes, 23 de agosto de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

23 de agosto de 2010 La irregularidad de este diario, que se escribe cuando él quiere, puede que cambie su mismo nombre, o lo adjetivice. Diario de un escritor inconstante que no es lo mismo que inconsciente o inconsistente. Voy a hablar de mí mismo, puesto que esa es la función de un diario. Voy a hablar de mí mismo puesto que es lo que hace Coetzee con desvergüenza en Verano, la falsa autobiografía post mortem del nobel sudafricano que estoy leyendo, riendo y disfrutando. ¿Puede hacer reír un tipo tan cenizo como Coetzee? Y si lo digo lo de cenizo es porque ése es el juicio que de él saca en esa biografía y es el que tienen los que le conocen y no le conocen. Pues sí. Coetzee, el del sentimiento trágico de la vida, el escritor del dolor y la soledad, nos puede hacer desternillar en esa estupenda Verano que es una novela disfrazada de autobiografía. Me estoy haciendo mayor. O como, con más crueldad dicen en ese sur en el que reside mi cuerpo después de que tirara de él mi corazón, estoy mayor. Me di cuenta ayer noche cuando en la cama, con luz más que suficiente, la tipografía de Verano temblaba ante mis ojos y no dejaba de hacerlo por mucho que variara la distancia entre ellos y la página impresa. Me fui a la óptica de la esquina esta mañana, nada más desayunar el café con leche condesada de todos los días y el soso bizcocho casero que me dura desde hace un mes, lo que indica que muy bueno no debe de estar, y me compré una gafas de presbicia 3, de las que se cuelgan. Quería llegar a los sesenta años sin la vista cansada pero la naturaleza no me lo permite. Ya nada bueno me va a deparar la vida a estas alturas. Mientras me deje seguir escribiendo… Quien lea mi diario, y vea este vacío de de once días entre la última fecha y hoy, pensará que nunca llegué a Granada y mi avión fue devorado por una tempestad. No. Este no es un diario post mortem. Llegué tras accidentado viaje y me traje, durante unos días, el frescor pirenaico del norte al sur. Luego las cosas volvieron a su lugar, a los 42 grados que me habían huir despavorido al norte. Aparte de eso, me afeité el bigote y me corté el pelo. Y no supe en todo este tiempo nada de los homónimos, esos homínidos que deben de andar perdidos por alguna tribu de África, por lo que si han sobrevivido a la malaria, el calor, los filetes de impala y alguna guerra civil que siempre se arma por esa parte del globo, les pido, exijo, que se manifiesten. Y si murieron, también, pues manifestarse es propiedad de los fantasmas. ¿Dónde he estado estos días de ausencia? En 1520. Viajando al antiguo México, a Tecnochtitlán, que finalmente escribo como es debido, después de 485 páginas que temo crezcan hasta 600 o más, terminando mi versión épica de la conquista de México por Hernán Cortés, intentando hacerlo con imparcialidad, reinterpretando la historia, porque los documentos, de uno u otro lado, rezuman falsedades y finalmente es una novela la forma más objetiva de narrar el pasado desde la subjetividad múltiple de sus personajes. Por fin, después de seis años de redactados y abandonos, en los que se colaron sin permiso otros libros, de ordenar una documentación ingente que me desbordaba, veo el final del túnel, la culminación de uno de mis proyectos más ambiciosos y llenos de dificultades, la que será, porque escribir en ese género entraña descomunal trabajo, mi última novela histórica. Cuando ponga fin a la última pagina de la novela, sé que no será un final definitivo, que luego habrá lecturas y relecturas, añadidos para pergeñar personajes que se han quedado mancos, o supresiones de reiteraciones, que habrá que pintar el conjunto, barnizarlo, antes de presentarlo. Que tendrá que reposar medio año para leerlo de nuevo, con ojos extraños y críticos, y que sólo terminará cuando un editor decida llevarla a imprenta. Mientras, he sufrido y disfrutado, me he llenado las manos de sangre de sacrificados, he cortado brazos y cabezas, me he hundido en el barro, he cruzado selvas, he discutido acerca de Dios y el hombre, he amado a virginales indígenas, he disfrutado de la prostitución sagrada, he comido chapulines y carne humana, he enfermado, me han cortado una pierna, he hundido mis manos en oro y en pechos abiertos por cuchillos de obsidiana, he muerto ahogado el lago Tezcoco, he llorado la pérdida de mi hermano y amante, he resucitado…por lo que estoy cansado, muy cansado y creo que me iré reposar a un monasterio, quizá a Yuste, en donde murió Carlos V, bajo cuyo reinado Cortés exploró México y en donde quedaría muy literario datar el final de Otumba. Hoy, mientras pedaleaba por entre los maizales que cercan Granada ─ transgénicos, seguro, porque tienen todas las plantas la misma altura ─ a una hora inadecuada ─ el mediodía, no miré la temperatura ─ e imaginaba la de cadáveres que pueden esconderse entre sus juncos hasta que sean descubiertos ─ esto me recuerda a Stephen King y alguna de sus pesadillas literarias ─ reflexionaba acerca de lo que tiene de arte o artesanía la escritura. Arte puede dar para un relato, que se escribe de un tirón, bajo un fogonazo de inspiración. Pero, ¿una novela? Una novela es trabajo diario, no siempre gratificante, porque habrá partes que te gusten escribir más que otras y lo hagas porque sean necesarias, en definitiva un trabajo artesano en donde el talento no lo soluciona todo sino hay detrás perseverancia y ferrea disciplina. Una novela es aplicar técnica y trucos para mantener durante 600 páginas el interés del lector. Es imponerte un horario de oficina, tengas o no las musas danzando por la cabeza. Al hilo de esto leí ayer un magistral artículo de Muñoz Molina sobre la segunda parte del Quijote. Apuntaba en Babelia que se notaba que Cervantes ya era mayor cuando la escribió, que ya no utilizaba el humor escatológico de la primera sino que reflexionaba mucho sobre el hecho de la vejez, que precipitaba el final quizá por cansancio. Y es que en las novelas, si se guarda silencio, se puede escuchar el pálpito de los autores entre sus líneas. Paseo por el Genil en bici, que a su paso por Granada está embalsado ─ buena idea, aunque sea excepcional en un consistorio generoso en males ideas, del ayuntamiento para que el río deje de ser un riachuelo sin gracia y tenga varios metros de agua en su paso urbano; desisto de ir a las Titas porque el quiosco de prensa del Paseo del Violón está cerrado, y beber una cerveza y tomar una tapa exige un periódico desplegado como excusa; me detengo, camino de casa, en Rosa para paladear una helada horchata, que de tan helada temo me corte la digestión, pero ¿qué digestión? me pregunto, si no he comido nada; intento coger algo de la acalorada conversación de unas rumanas, pero mi latín no da para tanto; y subo finalmente a mi apartamento, tras dejar mi bici encadenada a una cañería y despojarla del sillín ─ no quiero tentar a los ladrones ─, en donde me preparo una ensalada de lechuga, manzana y maíz, mi plato estrella por saludable, cocino un risotto de gírgolas ─ creo que aquí se llaman setas de cardo, porque con las setas ocurre como con el pescado, que cada uno lo bautiza con el nombre que quiere ─ y frío un plátano sudamericano que queda convertido en una pasta infame, asquerosa, pero como porque yo lo he cocinado. En Pakistán una turba ─ maravillosa exactitud de esa palabra de nuestra lengua que designa lo que de bárbaro tiene ese grupo de gente cegado por la violencia colectiva─ apalea hasta la muerte a dos chicos a los que toma por ladrones. El brutal linchamiento es grabado con los móviles, las cámaras con que se filman las películas snuff como ésta que con espanto veo. Tenemos los móviles del presente, toda la tecnología, pero conservamos la ferocidad que nos viene de Caín; en salvajismo no hemos evolucionado. Entre el corro de curiosos se distingue a un policía que asiste al doble asesinato sin inmutarse. Nadie para el apaleamiento, mueve un dedo por las indefensas victimas, con lo fácil que sería salvar sus vidas. Luego los dos jóvenes son colgados cabeza para abajo, hasta que mueren. Resulta que no eran los ladrones, siquiera. Las autoridades, conturbadas por la filmación que recorre todas las televisiones del mundo, prometen colgar, en el mismo lugar del linchamiento, a sus culpables. Siglo XXI, aunque no lo parezca. Creía que seguía en 1520.