DIARIO DE UN ESCRITOR

5 de agosto de 2010
El montañismo es una religión que está, en cierto modo, emparentada con el cristianismo. Subir a una montaña es siempre un pequeño Gólgota. Y, además, cuando llegas a ella sueles encontrarte una cruz. Durante la ascensión, te acercas al cielo. Y cuando llegas a un 3.000, un 4.000 o un 8.000 entras en contacto con Dios. Subir es duro, siempre, y me resulta difícil mantener el ritmo adecuado por ese camino en zigzag que me lleva a la cima. El Puigmal roza los 3.ooo. Desde Fontalba, en donde se deja el coche, hay un desnivel de mil metros. Al principio recorres praderías en donde pacen, apaciblemente, rebaños de vacas con las que suelo interactuar. Me acerco a los terneros, para hacerles fotos, y estos se apartan, se dan la vuelta, se alejan sin dejar de mirarme de reojo. Luego el camino se vuelve más árido, pedregoso, pero no falta la hierba por muy alto que esté uno y además sopla viento que, al principio, se agradece, pero que luego se convierte en una obstinada barrera que te impide avanzar. La temperatura es fría. Quizá rocemos los ocho grados, o menos. Las rachas de viento, fortísimas, próximas a los 80 km/h. El último tramo, cuando ya se divisa la cima, se hace largo. Nunca se llega a alcanzar la cumbre, aunque la toques con las manos. La vista no es fiable en las altas cumbres. Hasta que la piso, por fin, hasta que me abrazo a esa cruz blanca en la que ondean senyeras que el viento revuelve como mi largo cabello.

Tengo un ataque de hambre, a pesar de que, durante la ascensión, he tomado un puñado de frutos secos. Buscamos un parapeto, con mi colega con el que me unen cuarenta años de amistad y excursiones por esta zona, y hayamos una construcción en forma de uve en donde resguardarnos del viento huracanado. Es la hora del bocadillo y de beber agua. Comer a esas alturas, con el mundo a tus pies, resulta místico. Luego, tras llegar al acuerdo que ir por las crestas de las montañas es una locura por el frío que hace y por el viento que no cesa, bajamos por un empinado canchal tratando de mantener el equilibrio en sus muchas revueltas hasta alcanzar un riachuelo y pastizales bucólicos en donde pacen vacas y algunos caballos.
Me como un segundo bocadillo. Y seguimos bajando hasta divisar el Valle de Nuria, su estanque y sus instalaciones. En mala hora me tomo una cerveza que me pasa factura física en el regreso, a media tarde, de Nuria a Fontalba por una senda empinada que cruza bosques de pinos y, finalmente, desemboca en un enorme prado cuando el sol va de baja.
Siete horas de caminata que bien merece un final feliz en una taberna gallega a base de pulpo, lacón con grelos, pimientos del Padrón, que no pica ni uno, y fresco vino Ribeiro. ¡Que estresado estoy!

Comentarios

Sergio G.Ros ha dicho que…
Joer Jose Luis, qué envidia, primero por las vistas, el ejercicio físico al aire libre y respirar aire puro en un lugar de una belleza incomparable, segundo, por esas tripadas que os meteis y que deben saber a gloria en esas tierras...je,je.. un abrazo. Sergio.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, amigo Sergio, por tus comentarios. La montaña siempre abre el apetito de los sentidos. Tras saciar la vista hay luego que ir a saciar el estómago.