DIARIO DE UN ESCRITOR

8 de agosto de 2010
Este diario no es el de un corredor de fondo sino el de un montañero de cierta altura. Poca altura. La de hoy se encuentra en el Pirineo de Girona y tiene por nombre Bastiments. Me pongo en marcha a las diez de la mañana, tras dejar el coche en la estación de Vall de Ter. Y lo hago con un cierto sentimiento de estupidez por mi parte. Algunos excursionistas utilizan los remontes, se suben a las sillas en marcha y alcanzan la cumbre en minutos, pocos, mientras yo tardaré horas.
Hoy el paisaje es más desolado. Un puñado de vacas pacen y beben el agua que brota entre las rocas de Ulldeter, en donde nace el Ter. Lleno mi cantimplora en un pequeño chorro que presumo es agua pura y cristalina. Y sigo camino, con mis sandalias de capitán Tapioca, mis pantalones cortos de Capitán Tapioca y mi camiseta de Bali que es tan antigua que creo me sobrevivirá.
Una vaca pace en el Coll de la Marrana. ¿Hubo cerdos para denominarlo así? El pasto es escaso en ese lugar que el viento barre con discreción. Hace calor considerable. Junto a unas piedras un grupo de excursionistas se repone del ascenso a ese cuello de montaña. Mi corazón ha aguantado. Mis piernas también. El pico se divisa diáfano, al alcance de la mano, pero sé que es un mero efecto óptico y que aún tardaré horas en pisarlo.
Los excursionistas son pequeñas figuras. Cada uno va a su ritmo. El mío es demasiado pausado según el parecer de mi compañero de excursión. Según asciendo las vistas se hacen más gratificantes y justifican ese esfuerzo y que el sol me esté achicharrando. Un paso me lleva al siguiente. Balanceo el cuerpo. Cuento los latidos y me aseguro de que no tenga arritmias.
Esta montaña es mucho más seca que el Puigmail, a pesar de que son vecinas. No hay vegetación, durante el camino, que te libre del sol. Ni hay brisa que dulcifique el ascenso. Las tarteras, inevitables en cuanto uno quiere acceder una cima, son caminos polvorientos y poco estimulantes. Serpentean por un mar dislocado de piedras que no parece tener fin. Es el momento de echarle un trago a la cantimplora y de dar cuenta del puñado de frutos secos.
En medio de la desolación emerge la cruz que corona la cima. Occidente está llena de simbología cristiana. Miles de cruces culminan nuestras montañas. La cruz metálica emerge señalando ese calvario a que el montañero se somete con un cierto masoquismo.
Un pequeño lago. Quizá del que mane ese chorro que marca el nacimiento del Ter. Un agujero cubierto por agua, seguramente helada. Un lago que será de hielo en invierno. A vista de pájaro mientras bordeo la ladera que me lleva, ya sí, a la cima.
Cuando se conquista un pico, aunque sea dando un paseo sin traumas, como éste, se tiende a dejar constancia de la gesta, por pequeña que sea. Hay que hacer cola para posar ante esa cruz que señala que coronamos la cima del Bastiment. Y encontrar a alguien que tome la foto. Y posar adoptando pose de aguerrido montañero. El resultado es este: dos colegas de edad bastante avanzada que llevan cuarenta años subiendo montañas, más o menos desde que se conocen.
La aridez de las cimas contrasta con la belleza que se percibe desde sus miradores. Esta, bien mirado, no es más que un montón de piedras irregulares que alguien parece haber colocado de esta forma para dificultar el paso. Hay que pisar, comprobar que la piedra que hay bajo tu pie no se mueva y proyectar la bota, o la sandalia, hacia una próxima piedra.
Aquí es donde realmente está la cima, aunque la cruz de piedra haya perdido sus brazos a lo largo de muchas tempestades. Un banco circular nos ofrece su asiento. Y posamos para la posteridad con los metros que certifican, a nuestra espalda, que hemos alcanzado los 2883. Seis mil menos que el Everest, una cumbre que tocaremos en una próxima reencarnación pero que nos proponemos ver en esta si la salud y el dinero nos acompañan.
Es sábado. Y se nota. La cima del Bastiments está tan concurrida como la Fuente de Canaletas de Barcelona cuando vence su equipo. Pasan grupos de excursionistas y algunos nos superan en años y en kilos. Los hay que son muy jóvenes, lo que nos reconcilia con el género humano. No todos se pasan las horas delante de la Playestation. Buscamos, con la mirada, a unos vascos con los que coincidimos en dos excursiones anteriores, pero no los vemos.
Hay gente que muere cerca de Dios. Que expira en estas altas cumbres. Y familiares y amigos que clavan las cruces en donde el alma voló abandonando su cuerpo a las nieves. Cada pico tiene sus muertos, hasta éste tan fácil y accesible que en invierno puede ser letal. Las víctimas del Bastiments son mujeres, jóvenes, casi adolescentes.
Rosa. Sus amigos se acuerdan de ella. Seguro que suben año tras año, se citan alrededor de su cruz y rezan. Rosa era esquiadora. Hay un foto de ella. Rubia, piel pálida y ojos azules. No aparenta más de 16 años. La muerte la sorprendió en esta cumbre en un enero gélido de hace ocho años.
No entiendo mucho de aves. Pero me parece que esta, que sobrevuela el Bastiments sin esfuerzo, dejándose llevar por las corrientes de aire, no es un buitre, que suelen tener bastante más embergadura, sino un alimoche. Vigila desde el cielo lo que ocurre en la tierra. Nos vigila a nosotros.
El día estaba despejado hasta que el sol ha empezado a levantar algunas nubes de cumbres cercanas. Atrás queda el pico ascendido y el camino discurre por la cresta de la cadena, formando un círculo perfecto que tiene vistas a España y Francia. No sé exactamente qué país piso. Ni me importa.
En este punto hay buenas vistas. Y el estómago reclama un bocadillo y un trago de agua. Además hay piedras que parecen talladas para que el excursionista se siente sobre ellas.
Revolviéndose, a pesar de que no sopla el viento, las nubes emergen por encima de esas redondeadas colinas.
El Grau de Fajol está mismamente enfrente. Lo observo, sus dos cimas, que conquisté hace un año, mientras el bocadillo desaparece entre mis manos y desgajo una naranja. Creo ver a tres excursionistas caminando por uno de los picos que luego resultan la copa de tres pinos, como las tres patas de una vaca del Puigmal. No hay que fiarse de los engañosos sentidos.
Esta es una imagen de paz después del esfuerzo que lanza un mensaje claro a tener en cuenta: a la montaña no se va a sufrir sino a disfrutar. Y una siesta en este lugar, bajo el sol, sobre un terreno más o menos limpio de piedras, y por almohada la mochila, es un placer breve del que no hay que sustraerse. Las moscas no nos respetaron. ¿Para qué sirven las moscas? Para alimentar a los pájaros, me dijo una excursionista. Pero no hay tantos pájaros. Aquí ni uno. Y sí moscas. Miles.
Las nubes etéreas forman parte del paisaje. Como los bosques. Como los prados. O los riachuelos. Me gusta observar su evolución, su discurrir por el cielo. Unas van en una dirección y otras en la opuesta. Se entrecruzan. Se confuden. Forman dibujos en el cielo que siempre podemos interpretar.
Con el valle al fondo, bien pertrechado en su uniforme de campaña, el montañero parece concentrado mientras pisa fuerte. No sé qué debe de estar pensando. Quizá en que su compañero de fatigas ha ido todo el trayecto muy despacio, aunque no se ha quejado.
Las ovejas son francesas. Subieron por una pendiente y desembocaron en donde estábamos. Había un buen número de negras. Conte siete en un rebaño de treinta.Iban marcadas de azul y mordisqueaban la hierba rala a velocidad de vértigo. Quisé coger una, una oveja pequeña, y todas a una huyeron, sin ni siquiera mirarme, cumpliendo con la norma de su gregarismo.

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