DIARIO DE UN ESCRITOR

25 de agosto de 2010No tuve pesadillas esta noche, no fui consciente de ellas, quizá porque dormí con la ventana abierta en el dormitorio y bajo las sábanas. Desayuné café con leche condensada y bizcocho eterno, que aun dura. Escuche las noticias de CNN+ y vi una sorprendente imagen de los secuestrados catalanes liberados bromeando con su secuestrador que les llevaba en un todoterreno de vuelta a casa. ¿Os secuestro de nuevo? a lo mejor les decía. Secuestrados y secuestrador parecen felices. Lo están. Unos recuperan la libertad y salvan la vida; el otro se lleva como recompensa librarse de la cárcel. ¿Síndrome de Estocolmo? No, pónganse en la piel de los de la ONG y seguro que también sonreiría, aunque tuviera sentado al lado al mismísimo diablo. El tipo lo hizo por dinero. Una llamada a Al Qaeda, un precio, Al Qaeda paga con el dinero de otro secuestro y recibe dinero fresco por el presente que utilizarán para otro secuestro o explosivos. ¿Pagar o no pagar? Pagar, por supuesto, aunque algunos gobiernos, como el de Estados Unidos, tengan por norma no pagar y esa es la razón por la que los ciudadanos norteamericanos queman sus pasaportes en caso de secuestro o pierden directamente su cabeza. Otra cosa es que después de pagar se les detenga, lo que creo que también se debe de hacer. La operación fallida de Francia costó el cuello al rehén francés. La chapuza en Filipinas, la vida de ocho turistas que se hubieran salvado de seguir las negociaciones con el secuestrador. Y no hablemos la operación de rescate del teatro moscovita. Los gobiernos están también precisamente para eso, para preservar la vida de sus ciudadanos estén donde estén. Y no hablemos de cuestión de Estado, porque Estados somos todos, desde el primero al último ciudadano. A las diez me puse a escribir, pero no fue un proceso muy creativo. Introducir documentación en una novela sin que sea una rémora no es fácil. Manejas datos que son interesantes, como los de hoy, acerca del concepto de alma de los mexicas ─ no sé porqué los llaman aztecas ─ que tenían asociado con la sombra, sobre la ingesta sagrada de hongos alucinógenos, los rituales de los nacimientos en los que el recién nacido se asocia a un animal, y toda esa información se ha de meter en el lugar adecuado de la novela. Ninguna escritura de novela resulta igual a otra, al menos en mi caso. Por ejemplo, y estaba muy equivocado, creía que escribir Otumba sería parecido a escribir La pérdida del Paraíso que publicó Planeta en 2001. Error. Aquella la escribí por contrato, bajo plazos, con presión, lo que, contra lo que parezca, fue muy positivo porque hube de alumbrar cada tomo de 350 páginas cada tres meses. En esta no ha habido plazos ni más presión que la mía, por lo que su escritura se dilata años, no sé cuántos. Podría escribir el final, tras la redacción de la noche Triste, la batalla de Otumba que da título a la novela, pero no lo hago. ¿Por qué? No lo sé, ni yo mismo lo sé por qué no termino con esas quince páginas que me faltan. Dilato el final y me dedico a documentar la novela, más de lo que ya está. ¿Qué espero? ¿Estar en Yuste y poner al final del libro que la terminé en el mismo monasterio en donde expiró Carlos V? Podría hacerlo de todas formas, engañar al lector, pero me engañaría a mi mismo. Así es que espero, no sé a qué, mientras describo el viaje lisérgico de uno de los protagonistas tras fumar peyote, algo que no he hecho en esta vida. Parece que todo se une para que Otumba sea una carrera de obstáculos. A la tecla A que no funciona ─ podría ser la Ñ ─ se une ahora que el cargador de batería se rompe. El ordenador se apaga tras un pitido de aviso y el letrero: hibernando. ¿En verano, con 42 grados? Por suerte guardo antes el documento. Y me lanzo a la calle. Las grandes tiendas, por eso de no tener nada en stock, no me consiguen un cargador hasta mañana. Me urge. En una pequeña lo encuentro. Salvado. Sigo trabajando.Leo un poco a J.M. Coetzee. La narración que hace una emigrante brasileña, de modesta educación y profesora de baile latino, que se irrita porque un afrikáner como Coetzee dé clases de inglés a su hija es el episodio de hoy. La mujer sospecha, además, que pueda haber una intención libidinosa porque su quinceañera hija es muy guapa. Pero a quien pretende el desastrado Coetzee es a la madre, aunque ella, como todas las mujeres del libro no tenga una buena opinión de él. Se apunte Coetzee hasta a las clases de baile para las que no nació. "¿Cree que debería sentirme halagada porque quiera que aparezca como amante de Coetzee? Se equivoca. Para mí ese hombre no era un escritor famoso, no era más que un profesor y, además, un profesor sin título." Conozco a un Coetzee, sudafricano blanco, claro, J.C. Coetzee. Llamarse Coetzee entre los afrikáners debe ser como llamarse Muñoz. Hubo una persona que insistió para que firmara los libros como J.L. Muñoz Jimeno, o José Luis Muñoz Jimeno. Nunca me convenció a pesar que de hay millones en el mundo que se llaman José Luis Muñoz y salen en Google, como policías, asesinos, generales o poetas. Siempre pensé que la longitud del nombre de un autor en la aportada de un libro no debe de ser muy larga, y José Luis Muñoz Jimeno era larguísima y tendría que ir en un tipo de letra muy reducida, y detestaba las iníciales en el caso de J.L. Muñoz Jimeno. Podría haber optado por Muñoz-Jimeno, con guión, como Alicia Giménez-Barlett, pero seguía siendo muy largo a causa de ese nombre compuesto que no me gusta nada, pero me aguanto. Así es que opté por José Luis Muñoz mientras otros se llamaban Muñoz Molina, y otro Vicente Muñoz Puelles. Además no me importa que me confundan con el poeta José Luis Muñoz como espero que a él no le importe que le tomen por el novelista. Nadaie, salvo yoa, se puede imgianr la dae AAA multiplivada haaaaaaaaaaast ela infinito que slean en mi texto por culpa de la mlaaaditaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…salían 10 líneas más, pero las he suprimido porque no decían nadaaaaaaaaaa. Jo. Otra vez. aaaaaaa. Y es que debo pulsarla con tanta fuerza aaaaa que cuando la suelto me deja la página inundada. SOS. Que alaguien me preste la tecla AAAaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.Hoy, cuando me he sentado a comer me he dado cuenta de que realmente estaba en 1520, o comiendo los alimentos que en ese año degustaban los habitantes de Tenochtitlán. Ensalada de aguacate, ahuacatl, con maíz (me quejo yo del maíz transgénico cuando soy un adicto), alimento básico de los aztecas con el que elaboraban el tlaxcaltin, tortilla. Huevos (esos pueden ser hispanos o austrohúngaros) fritos (el aceite es árabe) con patatas, nombre y alimento azteca. Como tomate, jitomate. Como cucaracha, que nos trajimos en los barcos. Y eso sin nombrar el chocacíhualt, o chocolate, que conservo en la nevera, y voy comiendo poquito a poco, que me regaló mi buen amigo el escritor venezolano Marcos Tarré Briceño, el autor de la genial Bala morena.Cuando frio patatas me pongo en tensión, sobre todo en el momento de echarlas al aceite hirviendo o al sacarlas con la espumadera. Mi memoria guarda el trauma de un churro maldito que me saltó a las manos y me las achicharró porque estalló como una bomba de aceite hirviendo. Pensé en los atacantes de los castillos medievales. Claro que más miedo me da Pedro Almodóvar ─ este país podría definirse entre seguidores y detractores del manchego; yo estoy en el último grupo ─ dirigiendo Tarántula, la mejor novela del polar francés. Lo único bueno ─malo, porque murió ─ es que Thierry Jonquet no la verá.

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