DIARIO DE UN ESCRITOR

31 de agosto de 2010El restaurante tailandés, al que intenté ir con la fotógrafa que a punto está de emprender un largo viaje a Etiopia, estaba cerrado, como cada vez que hemos intentado cenar en él, y lo mismo un japonés, ávidos de sabores orientales, que también nos ha mostrado su puerta cerrada a cal y canto, con lo que la opción restante era El Trillo de la Reca adonde hemos ido a tomar algo, trepando por las empinadas calles del Albaicín y sudando, porque la noche era calurosa y ni una brizna de aire nos regalaba. De regreso a mi apartamento, en mi cama despacho, intenté escribir una reseña de Le refuge de François Ozon, film que vi hace unos días, pero no me resultó fácil por dificultades de concentración. Mi vecina de enfrente, que no sé si es la misma o ha cambiado, pero es igualmente rubia, alta, guapa, aunque creo que más joven ─quizá el veraneo la haya rejuvenecido─ bailaba, al mismo tiempo que planchaba, con ritmos latinos imprudentemente altos a esa hora de la madrugada ─ la una ─ y un cachorro de perro que debe haber comprado un vecino de más arriba, el que ronca por la noche, no cesó de aullar y gimotear hasta más allá de las dos. Se acabó el silencio de agosto. Terminé la reseña de Verano y pensé sobre mi viaje a ninguna parte que empezaré cuando deje a la fotógrafa subida a su avión. Quizá unos días en Sigüenza, en donde conozco un hotel agradable y barato próximo al Parador de Turismo, porque es una ciudad que me retrotrae siempre a la infancia, a trenes que llegaban de madrugada y yo en ellos, y a mi tío que iba a recogerme con su vespa, y que me permite hacer buenas excursiones en bici a Atienza, en donde sirven un cordero magnífico, y a Medinaceli, que tiene una subida rompedora que me apetece hacer una vez más, porque el camino hasta la hermosa villa soriana, una carretera comarcal desierta, cruza hermosos páramos y ermitas cerradas, un paisaje machadiano que me llega al alma, para ir luego, con el coche, a Burgo de Osma, extraordinaria ciudad al norte de la provincia, y acercarme al Valle de Arán, una vez más, para terminar cayendo por Barcelona. O quizá busque el alojamiento de un monasterio, del que no salga en días, y me levante a la hora de los maitines, hasta terminar esta Otumba que se me resiste. No sé. No sé nada. Y eso quizá sea lo más atractivo de estos días. Ya empieza a entrar el calor por el balcón abierto, y eso que todavía no es la una. Me ducho, pero no me afeito. Y empiezo La Vía Láctea, una escalofriante novela de horror, ambientada en la España más profunda, de José Váccaro Ruiz, autor que conocí este Sant Jordi, compartiendo, firma e editorial, en Negra y Criminal, y del que ya he leído algún relato suyo que me quitó el hambre por unas cuantas horas. Antes de que la novela se ponga peor me preparo un zumo de frutas con tres naranjas, uno de esos enormes plátanos sudamericanos y una nectarina: el resultado delicioso. Hay que vaciar la nevera y no sé cómo hacerlo. Y perfilo la personalidad de algunos de los protagonistas de Otumba, como Diego de Ordaz, capitán que no sabía montar a caballo, o Juan de Escalante, el primer alcalde de Veracruz, en ese México pretérito, tan terrible como el presente, del que no salgo después de haber entrado con La Frontera Sur. Y como México lo tengo muy clavado, amigas Alejandra y Sanjuana, me fijo en dos noticias del telediario que hacen referencia a ese país tan desgarrado y hermoso al que la literatura me vincula últimamente y al que viajé muy joven leyendo Bajo el volcán, la novela alcoholizada ─ se nota el perfume de mezcal en cada página ─ de Malcom Lowry. El superviviente ecuatoriano de la matanza de 72 emigrantes, que fueron baleados por negarse a colaborar con los narcos, llega a su país, en avión medicalizado. Y la policía mexicana se apunta un tanto al detener a La Barbie, un elemento rubio y de ojos azules y labios muy finos y despiadados cuyo físico parece haber esculpido a golpe de muertos el Mal. Y seguimos con el Mal, que se enseñorea de la televisión.¿Qué le parecería a usted que una banda de delincuentes entrara en su casa, la destrozaran, después de robar todo lo que de valor tiene en ella, asesinaran a alguno de sus hijos, se instalara en ella durante años y se fuera después sin reparar los daños, arreglar el desorden que ha causado ni pedirle perdón o indemnizarle, aunque no hay nada que pueda pagar una vida? Pues eso es lo que deben pensar los iraquíes con el “fin de la guerra de Irak” que anuncia Obama y la salida de las tropas de combate de Estados Unidos que dejan un país dividido, ingobernable, destruido, empobrecido e inseguro, un infierno al que nadie querría ir por su voluntad. Que los jefes de esa banda de asaltantes, que todos sabemos cómo se llaman y dónde están, sigan sin responder ante la justicia me parece bochornoso.Vivir sin tarjetas es complicado. Tengo que estar pendiente de que no me cierren la oficina bancaria para sacar efectivo, yo, que tan poco amigo soy de llevar billetes y monedas en el bolsillo. Y eso hago, cojo la bici, y antes de las 2 me acerco a una oficina bancaria a mendigar efectivo. Después de comer gazpacho ─ aún tengo tomates para dos platos más ─ patatas fritas ─ las que sobren las convertiré en vichiçoise e irán al congelador─y huevos ─ por fortuna esos se acaban ─ y comer de postre el enorme mango que compré días atrás, inspecciono los restos que hay en la nevera con el propósito de hacer un macrozumo con todas las frutas. Uno empieza a ser un gran escritor cuando tu nombre, en la portada del libro, supera en tamaño al título. Eso sucedió con mi cuarta novela, La casa del sueño, pero debió de ser un error de la editorial y lo pagó muy caro, con su extinción. Desde entonces los títulos me superan.

Comentarios

Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Buenísima pinta la del mango, José Luis, y sana envidia que me dan tus actividades, excepto lo de la bicicleta que, si hablamos de deportes, yo soy más de mus y de billar, mucho menos cansino, aunque me pierdo paisajes que luego busco desde las ventanillas de un tren. Yo también soy muy partidario de Sigüenza y aledaños, por lo medieval y por el Románico, sin olvidar las carnes asadas o en caldereta. Ánimo con esa novela, que ya lo tienes hecho. Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Paco. Hay lugares en donde uno se siente como en casa. Y Sigüenza, Atiemza,en donde pasé tres memorables e imborrables veranos de mi infancia, son uno de esos. Lo del billar suena a novela negra. Gracias por tus ánimos. Y espero pronto la tuya, o tuyas, que creo que serán varias.