DIARIO DE UN ESCRITOR

24 de agosto de 2010Tras escribir en la cama, que se ha convertido en mi segundo escritorio a pesar de sus complicaciones ─ escribo ladeado, sobre un brazo, el izquierdo, y éste acaba resentido en el codo, y además sigo con los problemas de la tecla A, que debo aporrear para que marque, y hacerlo en una superficie blanda, como la cama, no añade más que dificultad ─ hoy es la primera noche de verano que duermo con la ventana cerrada y bajo las sábanas. Quizá esa anomalía, la de dormir entre sábanas y la ventana cerrada, ha propiciado una sucesión de pesadillas dislocadas que recuerdo con nitidez por haberme despertado con angustia en el cuerpo de cada una de ellas. Ya podrían ser sueños dulces y gozosos. Vayamos de menos a más graves.
1/ Me despisto, no voto en las elecciones catalanas que creo son en noviembre y se adelantan a octubre, por lo que en mi sueño debo encontrarme en ese mes. Abro un diario una mañana y me desayuno con una entrevista que le hacen al nuevo presidente de la Generalitat Catalana: Artur Mas. Bueno, el sueño es dramático, pero puede digerirse sin traumas.2/ Este no, este es traumático. Estoy en una habitación de un hotel mexicano con la periodista Sanjuana Martínez a la que conocí hace años durante la Semana Negra. Estamos en México, pero en la Semana Negra, aunque no veo por ninguna parte a Paco Ignacio Taibo II. Le pregunto a Sanjuana por el contenido de una serie de extrañas cajas de cartón alargadas y voluminosas que lleva como equipaje y están en la habitación que compartimos. Quizá me haya casado con ella y no lo sepa. Cabezas, me dice con naturalidad, como podría haberme dicho yogures. Y como dudo, me las enseña. Me horrorizan. Lleva unas veinte cabezas cortadas y en no muy buen estado de conservación. Parecen máscaras. Son tenebrosas. Y asquerosas. Le pregunto, horrorizado, a la periodista mexicana que quién se las dio. Narcos, me contesta, para que me deshaga de ellas. Le advierto del riesgo que corre, que corremos puesto que soy su complice, con esas malditas cabezas de narcos que hay que disolver de alguna manera. De su maleta de mano extrae otras cajitas más pequeñas repletas de frascos con sustancias oleosas en su interior. ¿Y esto?, le pregunto. Grasa de los descabezados, me contesta. Pero…, ¿estás en alguna organización criminal? pregunto. No, ayudo, lo hago por un amigo. ¿Amigo? Pues deberías cuidarte esas amistades, recuerdo que le aconsejo mientras siento un nudo en el estómago. No sé más. Ahí se queda la cosa, en el patio de ese hotel mexicano, lujoso, con ese molesto cargamento del que hay que desembarazarse no se sabe cómo. Escalofriante. Producto colateral de mi Frontera Sur, pienso a posteriori. De tantas cabezas que llevo cortadas en Otumba, la novela que termino. De la situación insostenible y real de México actual, pienso.Tercera historia. Más angustiosa. Sigo en el hotel, con Sanjuana o sin Sanjuana, que no lo recuerdo, y algo me sucede en la pierna que me cortan y sustituyen por una ortopédica. Lo acepto como si me afeitara la barba, sin dramatismos. Siento un dolor en el brazo. Seguramente el que se produce en la vida real por escribir apoyado sobre él en la cama. Dolor intenso. El médico que me cortó la pierna y puso una nueva en su lugar, tan buena como la de carne y hueso, me dice que hay que amputar. Aquí llega el absurdo del relato sueño. Pero sí sólo es el codo lo que me molesta, le digo. Sí, me contesta, captando mi preocupación, pero es que no tenemos en stock codos de repuesto y tendremos que ponerle todo el brazo. Veo, según lo escribo, que esta historia está muy relacionada con esta absurda sociedad de consumo en la que pierdes un botón y tienes que comprar toda la chaqueta. Sueño relacionado, ya que hoy estoy muy interpretativo, con mi viejo ordenador portátil, al que debo cambiar todo el teclado, pero no puedo porque ya no fabrican ese modelo, y con la cantidad de piernas y brazos que cortan mis bárbaros protagonistas de Otumba.Dejo los sueños. La realidad es un trozo de ternera que troceo para guisar a mi invitada del mediodía, la mejor fotógrafa que conozco. Leni Riefensthal pero mucho más joven, bella y mejor y,sobre todo, viva. Le echo, aparte de ajo y cebolla, todos los frascos de especias que encuentro en la alacena: tomillo, cilantro, perejil, una buena cantidad de papikra, curry, canela no, porque no tengo, y cacahuete. Creo que me he pasado con los condimentos. Lo creo cuando pruebo la salsa oscura después de una hora de cocción. Sabe en exceso a papikra que anula las demás especias.Buena noticia. Al Qaeda libera a los cooperantes catalanes. Un éxito sin duda de la capacidad negociadora del gobierno y su paciente labor. Intuí un final dramático. Por suerte, erré.Me ducho y voy a comprar algo. Terminé el aceite y tampoco tengo pan. Ya en el supermercado de los chinos compro también huevos. Y dos bombillas de rosca estrecha ─ compré dos de rosca ancha y no encajan ─ para dos lámparas huérfanas. Me asombra la cantidad de chinos ociosos que hay en ese supermercado. Creo que casi todos son familia. Pido un aguacate para hoy a la dueña, la china mayor, que es bastante seca. Recuerdo que un día me abroncó porque cogí una naranja. La fruta no se toca, me dijo señalando un cartel. Últimamente me da fruta en no muy buen estado. Le pedí tomates para gazpacho y hube de tirar uno. Me temo que el aguacate esté demasiado duro. Pero los chinos están muy próximos a mi domicilio para ir buscando otro supermercado. Hay un chico chino, joven, al que le falta un ojo, que debe de ser el hijo de la dueña porque controla las cuentas. Y una china joven y algo gordita que debe de ser su hermana y nunca la he visto hacer nada salvo cuidar del negocio. La única que no es china es la cajera, una chica tan joven como obesa, una gorda mórbida con pircing y un tatuaje en su prominente vientre que siempre lleva al descubierto y a veces va de rubia oxigenada como de morena ala cuervo. Salgo a la calle con mi compra, a la que he añadido patatas, fritas y crudas, y miro al carnicero chino, quien mejor me cae y al que muchas veces elogio por lo finos que corta los filetes de pechuga de pollo, que se está fumando un cigarrillo en la calle. ¿Es el marido de la dueña? No lo sé. Quizá no existan vínculos familiares entre los cinco o seis chinos que hay en el supermercado y todo sea una invención mía. 17 euros. Ah, también van tres latas de paté 5 jotas, para un día vago.Escribo el capítulo sobre la Noche Triste, el penúltimo, acercándome a la página 500, la 489 exactamente. De cuando en cuando he de levantarme para echar un vistazo al estofado de carne que estoy cocinando y no se queme. En una ocasión llego por los pelos, cuando la carne, sin líquido, ya se engancha al fondo de la cazuela. La Noche Triste es controvertida. El que esa noche de 1520, la verbena de San Juan ─ ¡Vaya verbena tuvieron los españoles! ─ lloviera a cántaros añade más dramatismo a la historia. Escribo el relato de lo que debió ser. Me pongo en la piel de unos y otros. Un reguero de muertos entre el barro. Y dejo en el aire, suspendido, el episodio del salto de Alvarado. Quizá lo ponga luego, porque es épico. Pero quizá ese famoso salto con pértiga, en los canales de Tecnochtitlán, con pica realmente, nunca tuvo lugar y pertenece al territorio de la épica. Bernal Díaz del Castillo, que estuvo, dijo que Alvarado no dio ningún salto y ese es un invento más de López de Gomara, el historiador que narra de oídas y al que del Castillo, sabia combinación de pluma y espada, desacredita constantemente. Como con Moctezuma. ¿Murió de una pedrada de los suyos? Eso dice Bernal Díaz del Castillo, pero no me lo creo. Me inclino por la versión del otro lado, de los mejicanos, que afirman que fue asesinado por los españoles. La mejor fotógrafa del mundo que yo conozco me confirma, en cuanto prueba el estofado, que combinar papikra y curry no ha sido una buena idea. Tampoco está tan malo, me digo, al menos la carne ha quedado blanda. Vemos las noticias. Le revienta que uno de los secuestrados catalanes de Al Qaeda liberado se exprese en catalán. Hay quien cree que cuando un catalán utiliza su lengua natural es para jorobar al prójimo. Para compensar, durante la siesta, tuve un sueño dulce. Sin muertos, ni descabezados. Con piernas, pero no cortadas. Caí profundamente en un sopor duradero y reparador. Luego me levanté y fregué los platos, a mano, que me relaja. Y pasé una bayeta por el fogón, que siempre queda grasiento después de ese glorioso estofado que ha durado tres horas y ha pasado con más pena que gloria al estómago.Hablamos de la cultura de este país. Sobre nuestras cabezas el ventilador detenido. No entra el sol en esa habitación interior.
─Te voy a regalar un libro, una biografía que te gustará le digo
─¿De quien?
─Belén Esteban, entre porcelanas le digo, provocando.
─¡Qué país! Que una hortera y maleducada como esa tenga éxito.
─Yo creo que contra Franco no había tanta ignorancia, tanta ordinariez. La incultura de este país es pavorosa y la advierte uno en cuanto ve uno o dos programas basura.
─¿Querrás creer que el otro día en un programa de estos le preguntaron a una cateta que había estado en París qué río pasaba y contestó El Tajo? Y cuando le preguntó quién había pintado La Gioconda, pues no sé, un pintor de esos.
─Nuestro nivel cultural está bajo mínimos. Los medios de comunicación ofrecen unos modelos negativos, de gente ordinaria y analfabeta, que se pasan el día gritando e insultando, y ellos lo replican en la vida real.
─Es nefasto, nefasto. Pero no hay opción. Al mediodía, cuando quieres ver algo por la tele, para quedarte medio dormida, sólo tienes esa basura o los programas de animales, que cansan ya y son un verdadero coñazo.
─Es una forma de negocio barato. Sólo se necesita un plató, llenarlo de jubilados que deben de estar muy aburridos para prestarse a eso, y unos invitados analfabetos y groseros.
Pero siempre hubo plebe. Vayamos a la Roma Imperial. ¿Cómo embrutecían los emperadores a sus súbditos, como los acallaban? Pan y circo. Circo con fieras que devoraban hombres y hombres que luchaban a muerte entre ellos. El espectáculo de la muerte. ¿Cómo se entretenía la plebe en tiempos de Felipe II? Asistiendo a los actos de fe. En Irán acuden cada vez que ahorcan a un homosexual. En Arabia Saudita cuando la cimitarra del verdugo corta la cabeza de un adúltero. Mejor Belén Esteban, que no produce sangre aunque sí atrofia cerebral.
Leo a Coetzee con mis recién adquiridas gafas de presbicia que llevo colgadas del cuello. Una imagen, la mía, que me lleva a Fernando Sánchez Dragó o a cualquier jubilado de este país. Lo único que no me gusta del divertido Verano del nobel sudafricanos es su ausencia de capítulos que te obliga a leer de una tirada noventa páginas o detenerte en donde te parezca. No tengo aliento lector y lo dejo en donde me parece bien a mí, tras quince páginas de lectura. Hay quien escribe novelas sin un solo capítulo, como Thomas Bernard. O sin puntos y aparte, como Jelinek.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
guapo, muy guapo todo. Solo una puntualización, "coñazo" es lenguaje sexista y no mola. Salú
Javier Márquez Sánchez ha dicho que…
Toda una crónica. Espero que no escribieras el texto de un tirón en la cama, porque tu brazo habrá quedado hecho polvo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues parte de ella apoyado en ese codo maldito. Tendré que cambiar de posición y castigar el otro, Javier. Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
¿Coñazo? Pues es que pollazo no quiere decir exactamente lo mismo.
Anónimo ha dicho que…
pollazo también es sexista, no mola. Con toda humildad, una sugerencia, "peñazo". Nadie como un trabajador de la palabra conoce el poder del lenguaje. Salú