diario de un escritor

4 de agosto de 2010

Esta mañana empezó de forma muy educada, haciendo cola ante la parada del autobús Vic/Barcelona. Yo no hacía estrictamente cola, sino que deambulaba por la acera y entonces vi que se formaba la hilera humana y multirracial - Vic tiene esa bendición de variedad de razas -. Me acerqué a la parada. Llegó el autobús. Yo ni sabía que era el primero de esa cola de la que no formé parte hasta que le cedí galantemente el paso a una señora y ésta se negó a precederme alegando que yo fui el primero en llegar. Con tanta cortesía subimos tres al autobús y los diez restantes se quedaron en tierra por falta de plaza. ¿La foto? Por el vergonzoso letrero contra el terrorismo que hay en el solar donde antes estuvo el dinamitado cuartel de la guardia civil de Vic y su insólita leyenda: "Contra totes les víctimes del terrorisme". ¿Todas? ¿Tanto les costaba poner "En memoria de los guardias civiles y familiares vilmente asesinados por la infamia de ETA?
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Llegué a Barcelona y me lancé a explorar librerías. La primera, Laie. Miré y no me vi por ninguna parte. Suelo preceder a los libros de Antonio Muñoz Molina, así es que es fácil localizarme o no. Frustrado, saqué La Metamorfosis de Kafka del anaquel y vi una cucaracha de medianas dimensiones en la parte opuesta de su lomo. ¿Cucaracha lectora o comedora de papel? Con un escalofrío, aunque el insecto no se movía, quizá porque estaba aplastado, devolví el libro a su hueco. Y busqué el aire de la calle. No era La metamorfosis, porque entonces habría resultado una historia redonda, pero sí había una cucaracha en ese libro del que no recuerdo el título.
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¿Tropezar con tu hijo en una ciudad de millón y medio de habitantes es fruto de la casualidad o la predestinación? Salía él de una matiné de la última película de Sodebergh en el cine Verdi y yo de una librería, y nuestros caminos se cruzaron en un punto de esta inmensa ciudad, que un día fue la mía, a pocos metros del Paseo de Gracia y de la Rambla de Catalunya. Alguien me llamó papá y me giré. Bajamos juntos hacia la Barceloneta, pero antes entramos en el Museo Diocesano en donde nunca había estado.
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¿Museo Diocesano? ¿Por qué? Una exposición de Gustave Courbet y comprobar si la Iglesia tenía el valor de exponer en su recinto museístico su más conocida obra: El principio de la vida. Evidentemente no. Sosos paisajes a los que les faltaba la luz y un par de buenos retratos. Del famoso e hiperrealista coño de Courbet, ni rastro. De sus detallados desnudos de este pre impresionista, ni rastro. ¿Encargo? ¿Provocación? ¿El sexo femenino como paisaje?
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Los cines de Barcelona, mis cines de referencia, fueron desapareciendo, como todas mis referencias. Algunos, como el Alcázar, soez nombre, se convirtieron en librería, en la Bertrand, la más grande de la ciudad. Busqué La Frontera Sur y la vi excelentemente situada, tanto que un posible comprador y lector de ella la cogió delante de mis narices y yo no pude reprimir decirle al estupefacto joven.
─Si la compra, se la firmo. Soy su autor.
Debió pensar que era una nueva forma de venta, más agresiva, o que yo era un loco que había entrado en la librería y me dedicaba a garabatear todos los libros que levantaban los clientes. Sonrió, siguió leyendo la contraportada del libro y la dejó en su sitio.
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La Ría de Vigo estaba cerrada por descanso semanal. Curioso día, el miércoles, para descansar. Fuimos al de al lado que, por lo lleno que estaba, parecía ocupado por todos los frustrados comensales que habían ido a comer a la Ría de Vigo. Esperamos al realizador de cine con el que estábamos citados con dos copas de cerveza. Pedimos pescaditos fritos, sonsos, pulpo a feira y calamares a la andaluza mientras se cocía una paella con todo el marisco pelado. Regamos la comida con Blanc Pescador. Hablamos de proyectos. Literarios y cinematográficos. Más que una familia parecíamos una sociedad. Nos deshicimos en elogios de El Bosque, que no puede tener otro título. Y nos alzamos aupados por el viento que hizo que ondeara bandera amarilla en la playa de al lado.
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Busqué un referente, la horchatería Figuls, y me crucé con otro, con la Universidad Central, edificio que la Barcelona del diseny aún respeta. Me vinieron a la cabeza un sinfín de batallas, algaradas, manifestaciones. Me deslumbré con el estallido de los cócteles molotov. Me vi con el puño cerrado, la melena al viento, el jersey de cuello de cisne negro y el tabardo de marinero, un uniforme como otro cualquiera. La plaza se llenó de fantasmas de antaño mientras unos muchachos patinaban, unos turistas arrastraban sus trolleys y no veía rastro de los grises.
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La horchatería Figuls está ligada a mi vida desde la infancia. Mi padre me llevaba a ella porque era la que mejor horchata despachaba de la ciudad, la más fría y sabrosa. Estaba en una esquina de la Plaza de la Universidad y su aspecto era inalterable. Me acuerdo de los cucharones con que cogían el blanco refresco de chufas, después de removerla, y llenaban los vasos de boca ancha y culo estrecho en el que hundía mi pajita. Subido al taburete, mi padre me observaba con enorme satisfacción y ése era mi premio a no haber rechistado en todo el largo paseo dominical que me llevaba a unas cuantas iglesias y otros tantos museos. Estaba, porque ya no está y su lugar ha sido ocupado por un bar de tapas. Me duele no poder tomar buena horchata, pero más me duele la muerte de ese local que, como muchos, desaparecen del paisaje de la ciudad y ya sólo viven en mi memoria.
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Como el cine Coliseum, que ya no es cine, que es sala de fiestas.
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Otro edificio con historia. La sede del antiguo INP en donde trabajábamos, es un decir, funcionarios. Mi primer trabajo tras opositar. No puedo evitar situarme en su segunda planta, acodarme a la baluastrada, y ver cómo entraba, con paso nervioso, esa chica, todas las mañanas, que cruzaba el vestíbulo abierto del edificio, un enorme patio central que invitaba al suicidio.
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Siempre creí que mis novelas podían leerse como libros de viajes. Otros también lo creen. Los de la librería Altair, que tienen destacada La Frontera Sur, sobre un pequeño soporte, en el apartado de libros y guías de viaje que versan sobre América. Mi novela es un viaje por las dos Californias.
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Mi sed de horchata me lleva a la multirracial Vic. Paseando por la ciudad me siento como si estuviera en cualquier país africano. Hay tiendas que venden productos africanos, santeros que se ofrecen para rezar en los funerales y peluquerías de rastas. Llego a la plaza del Mercado y pido una horchata de dos euros y medio. Exquisita y refrescante. La tomo mientras me siento a una mesa y sigo leyendo la novela de mi amigo Abasolo Pájaros sin alas. Luego regreso dando un paseo por la ciudad a la casa de mi amigo situada en Little Africa y me siento un blanco extranjero entre cientos de subsaharianos, tan lejos de las selvas de sus países, que viven en las selvas de nuestras ciudades.

Comentarios

Felisa Moreno ha dicho que…
Me ha encantado acompañerte en este paseo por tu ciudad.
Palomares ha dicho que…
Veo que los autores consagrados hacen lo mismo que los humildes como yo: rastrear las novelas en busca de sus novelas y desesperarse porque no están o no están al a vista o están detrás de una columna.
¿si la encuentras en la estantería la pones en mesa, bien a la vista? :-)
Me ha gustado mucho el artículo, por cierto.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues sí,amigo Palomares. Por cierto, para reirme de mí escribí un capítulo desternillante que trata precisamente de eso en LIFTING, una ironía sobre el mundo literario. Todos somos humanos. Me alegro de que te haya gustado. Un abrazo
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues me siento muy bien acompañado, amiga Felisa
carmen ha dicho que…
siempre me doy buenos paseos contigo y tu diario.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
¡Vaya día para cerrar por descanso, los de La Ría de Vigo! Aunque parece que no estuvo mal la otra opción, por lo que describes. Buen paseo junto a tu hijo.
Es un placer leer tu diario.

Cariños.
Susana Villafañe