CINE

LA PIEL QUE HABITO
Pedro Almodóvar




Confieso haber sentido un ataque de pánico cuando Almodóvar, ya hace bastantes años, compró los derechos de Tarántula, la extraordinaria novela de Thierry Jonquet, un mago del polar recientemente desaparecido. Temía que el director manchego, al versionar tan dura como alambicada novela, la historia de una venganza terrible a través de la transformación de un cuerpo masculino en femenino, la llevara a su campo, la coloreara con su particular paleta que a tantos fascina y a unos pocos revienta. Tener un universo propio tiene esos riesgos, y nadie le niega a Almodóvar regentar el suyo que es barroco, kitsch y desmesurado, del que salen tanto genialidades absolutas como despropósitos inconmensurables, porque precisamente si algo caracteriza a su cine es eso, la desmedida y el ser libérrimo, con los pros y los contra que ello conlleva.
Me equivoqué de plano con mis temores, porque La piel que habito no sólo guarda una devota fidelidad a su original literario (aunque Almodóvar en todas sus entrevistas haya omitido el hecho de que trabaja sobre la idea comprada de uno de los mejores novelistas franceses que ha dado el género negro) sino que es una de las mejores películas de nuestro director más internacional.
Una cuidadísima puesta en escena con planos ingeniosos (Banderas besando los labios de Elena Anaya, amplificados en esa enorme pantalla a través de la que espía todos sus movimientos, por ejemplo); una ausencia de guiños a su platea de incondicionales (salvo el de ese violador disfrazado de pantera que se abate sobre su víctima chapurreando brasileño y resulta excéntrico y creo que es una licencia que se toma sobre el original literario); un excelente clímax ascendente jugando hábilmente con pasado y presente para no destripar la sorpresa hasta casi al final de la película; una medida interpretación de Antonio Banderas que, en las manos del manchego. hasta parece un actor y lo es como lo fue en Átame o en La ley del deseo; la belleza indiscutible del rostro de Elena Anaya, impresionante, y del que Pedro Almodóvar saca extraordinario partido; y una terrible historia de amor y venganza muy trágica, la del cirujano plástico que, mediante el bisturí, se fabrica una mujer a su medida, con reminiscencias de Ojos sin rostro de George Franjú (el aspecto de Elena Anaya con el rostro vendado y el vestido guante remiten a la protagonista del film francés sin lugar a dudas) y también del William Wyller de El coleccionista (al que ya había homenajeado con anterioridad en Átame, otra de sus películas notables), son los ingredientes que el director de Volver maneja con soltura extraordinaria arropado por una fotografía excelente y la música de Alberto Iglesias, envolvente, misteriosa y que puntea los momentos cumbres del filme.
La piel que habito es una vuelta de tuerca moderna al mito de Frankenstein, sólo que aquí el doctor se enamora perdidamente de su obra perfecta y lo que, en principio, es un acto de venganza despiadada (el castigo al causante de la muerte de su hija) se convierte finalmente en una trampa letal en la que cae como víctima el creador del bello monstruo. Un material en donde reina el amor, el deseo y el travestismo que, en definitiva, pertenecen también al universo almodovariano.
Lo dicho: uno de los mejores trabajos de Almodóvar. Aunque también diré que le falta la dureza despiadada de la novela de Thierry Jonquet en la que se inspira.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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