DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 4 de febrero de 2012


Te levantas a media noche. Miras la temperatura. Estás obsesionado con los grados. Bien en el dormitorio, por el radiador eléctrico que hoy decides mantener abierto toda la noche: 18 grados. Pero en cuanto sales de la habitación tiemblas. Y en cuanto bajas al salón, te congelas. Cuatro grados. Subes a refugiarte a la habitación y te tapas con las mantas, tú que nunca habías tenido frío, pero antes, movido por la curiosidad, buscas en Internet la temperatura de la calle: quince bajo cero. Por eso, cuando suena el despertador, a las nueve de la mañana, como lo hace todos los días, decides demorarte en la cama y sin mala conciencia porque hoy no está Ana Pastor, la periodista, la que te gusta, no la ministra, la que no te gusta. Como te demoras luego bajo ese chorro de agua caliente a 33 grados de la ducha cinco minutos largos, saboreando ese calor maravilloso hasta que se empaña el espejo y flotas en una nube de vapor. Y luego, bien secado con la toalla, vestido de arriba abajo, sin desprenderte del forro polar y del jersey que te regaló por tu cumpleaños la misteriosa Mademoiselle Bonnaire, que días atrás se dejó caer por tu casa sorpresivamente para tomarse una taza de caldo y hablar de filosofía, bajas a desayunar y te preparas unas torrijas con el pan del día anterior mientras sube el café.
La tele, bien de mañana, empieza a darte la tabarra con esas elecciones a secretario general del PSOE que francamente te importan un bledo. Pero tanto hablan en todas las cadenas, como si de la elección del Papa de Roma se tratara, que también te importaría un bledo o dos, que finalmente tragas y ves la tele cuando subes a la buhardilla y empiezas a contestar los correos del día. Un habitante de La Graciosa, que lee tu blog, te pregunta cuándo publicarás Los crímenes de La Graciosa. Le contestas que primero tienes que escribirla, y después publicarla, pero que le informarás y le invitarás a una cerveza cuando vayas de nuevo a la isla que, con el frío que está haciendo, podría ser mañana. Miras de nuevo la temperatura de calle: siete grados bajo cero. Bien. Y miras los cristales de la buhardilla: hielo puro que forma curiosos y bellos dibujos por los que asoma el paisaje blanco y nevado del entorno. Llevas una semana dentro de ese paisaje blanco de belleza extrema. Ese blanco que quizá dure todo el largo invierno porque ya la nieve no crees que vaya a derretirse hasta que no empiece la primavera. Y te preguntas si serás capaz de resistirlo o huirás.
Alguien sueña contigo, te lo dice en un breve sms y se lo agradeces aunque no le contestes. Te gusta estar en los sueños de otras. Te gusta que los sueños se hagan realidades. Luego bajas al salón comedor, frotándote las manos, y compruebas horrorizado los cuatro grados que reina en ese cuarto y los dos que marca el termostato del radiador del garaje, junto a la puerta de la entrada. Pero vas al garaje, a cortar un grueso tronco, porque los troncos pequeños y fácilmente cortables, los que partes con tres o cuatro hachazos, ya los cortaste, y los que quedan son todos gruesos y enormes. Te armas con el hacha, pero antes te calzas los guantes, porque tus manos siguen siendo de piel fina, te pones unas gafas de ciclista que encontraste días atrás, para prevenir que una astilla salte y te deje ciego, y la emprendes con rabia contra ese grueso tronco que se resiste a ser partido. Pierdes la cuenta de los hachazos, quizá treinta o cuarenta, pero procuras darlos todos en el mismo sitio y, salvo alguno que se desvía en la trayectoria, así sucede, atinas con los golpes que van abriendo una brecha profunda en el tronco, como un enorme mordisco en la madera, que acaba finalmente seccionándolo cuando ya tu corazón, por el esfuerzo, está a punto de salirte por la boca. Buen ejercicio para combatir el frío que ya no tienes, a pesar de los dos grados positivos y los cinco bajo cero que reinan detrás de la puerta. Y con el tronco seccionado en dos, leñador, subes escaleras arriba, lo metes en la estufa de leña y le prendes fuego después de quemar una Vanguardia, un Público y un País y darte cuenta de que la reserva de diarios para encender la estufa está cayendo en picado desde que la amiga paraguaya no vende prensa y tú no vas a tomarme la cerveza de las 12:45 al bar de El camarero que lee a Thomas Mann, como consecuencia de ello.
Nieva como una rutina más. Ves nevar a través de las pocas ventanas de la casa libres de hielo, la del salón comedor, por ejemplo, porque en las demás hay hielo suficiente como para hacerte con él unos cuantos mojitos con zumo de lima y ron, que es lo que te falta, además de ganas, porque lo que apetece es un buen chocolate con churros, pero a pesar del frío y de la nieve que cae, sin pausa, no muy espesa, realmente copos dispersos que revolotean en el aire, sales a la calle, para desentumecerte y porque luego, cuando regreses, la casa te parecerá el trópico por el contraste.
No es muy prudente aventurarte por el pueblo cuyas calles son pistas de patinaje y no ves a nadie porque además sopla una viento que hiela literalmente tus mejillas, la única parte de tu cuerpo expuesta a las inclemencias atmosféricas. Hay que andar despacio, pisar fuerte, levantar mucho la bota y ver exactamente dónde la pones, pero todo eso se aprende, a pisar fuerte, como se aprende a cortar leña, como se aprende a hacer fuego y a sobrevivir en la soledad de estas montañas.

Bajas hasta la carretera, pasas por delante de la farmacia, para ver qué temperatura marca el termómetro: cinco bajo cero. No es mucho. Y te extasías mirando a tu alrededor el pueblo sepultado por la nieve, los bosques sepultados por la nieve, los prados sepultados por la nieve y las cimas de las montañas sepultadas por la nieve. Regresas a casa y, mientras cocinas unos espaguetis con champiñones y te haces un par de huevos fritos, sigues por la tele las incidencias de ese maldito congreso del PSOE, la intervención de Rubalcaba, el mitin chillón de Carme Chacón, y te preguntas que si fueras del PSOE, que nunca lo has sido y nunca lo serás, a quién votarías: a ninguno. Y permaneces en el salón comedor, después de comer, ante el televisor, junto al fuego, el corazón de la casa que nunca debe dejar de latir, alimentándolo con madera, acomodado en el sofá orejero en el que dormitas plácidamente con el ruido de fondo de esos tertulianos que llevan desde las diez de la mañana haciendo cábalas sobre quién ganará en las votaciones y cuál fue el mejor discurso. Y te despiertas cuando dan como ganador a Rubalcaba que opinas que, después de los maravillosos resultados electorales, debería haberse ido tranquilamente a su casa y habría sido lo mejor para él y para el PSOE, como hizo Zapatero, orgulloso de haber hundido a su partido en su segunda legislatura. Y le auguras, al partido, con semejante secretario general, dieciséis años en la oposición.
Está a punto de anochecer y haces algo contra toda lógica, pero claro, es que tú eres ilógico y por eso estás dónde estás, y por eso has emprendido esa octava vida de anacoreta después de la séptima de absoluta disolución, quizá para purgar tus pecados, como diría tu psicoanalista argentina que ha regresado de Grecia, y no haciendo caso de los consejos que te han dado desde las redes sociales una serie de mujeres que te quieren mucho en la distancia, de que te estés quietecito en casa mientras dura esta ola siberiana contra la que luchas desde que te levantas de la cama por la mañana, pues te echas al monte, con la cámara y el anorak encima, y vas avanzando despacio por ese camino nevado del otro día, en el que encontraste a los cazadores de jabalís que te convencieron de que lo más prudente era dar marcha atrás por si te tomaba alguno de ellos por una pieza a cobrar, pero a esa hora, la de hoy, próxima a las siete de la tarde, con la luz menguando, no hay nadie, nadie más que unos pocos perros, por fortuna atados, que te ladran afónicos, por el frío, desde un corral cercano cuyas cabras negras, teóricamente, vigilan y que tú dejas atrás en tu solitaria excursión al bosque. Y sigues por esa pista nevada, siguiendo los surcos de los neumáticos que prensan la nieve y trazan un camino inequívoco, internándote por ese bosque mágico que, a esa hora, cuando oscurece y cae la temperatura, es más mágico, silencioso, misterioso, y te vuelves de cuando en cuando hacia el pueblo, para capturarlo con tu cámara de fotos, allá abajo, cada vez más pequeño, con sus primeras luces, mientras asciendes en solitario por esa pista de montaña que te lleva a esa primera intersección en donde te detienes y decides regresar, porque ya prácticamente no se ve, y lo haces casi a tientas, guiándote por las luces del pueblo, abajo, en el valle, junto al río, observando las retorcidas ramas de los árboles cubiertas de nieve que parecen fantasmas que se lamentan con los brazos en alto, y bordeas, ya llegando, el cementerio con sus tumbas sepultadas bajo el manto níveo, cruzas el río en el que siempre piensas que te vas a caer y serás arrastrado por sus aguas hasta la presa, y te internas por el dédalo de calles cubiertas con placas de hielo del pueblo y desiertas de gente, como un fantasma, oculto bajo la capucha de tu anorak, hasta arribar a tu casa que, por contraste con la temperatura exterior, parece el trópico, y, como si la estufa de leña tuviera un imán, y lo tiene, el calor, te sientas a su lado, pones los pies cubiertos con dos calcetines encima de ella, valoras meterte dentro y arder con los leños devorados por las llamas rojas, pero optas por mirar La mujer del teniente francés, que te gusta más que las otras tres veces que la has visto anteriormente, y luego Antes y después, de Barbet Schroeder, dentro de ese ciclo de Meryl Streep que le dedica la Sexta3 a la actriz de Memorias de África que sería perfecto si no pusieran tantos, y tan malos y reiterativos, anuncios. Y antes de dormir, después de cenar un plato de crema de zanahoria, dos rebanadas de foie y una manzana caramelizada, con canela picante de Marrakech, que descubriste, la manzana, en la nevera, muy solitaria y abandonada ella, superviviente de aquellos cinco kilos que compraste el año pasado y convertiste en dos tartas tatin, y mientras el dormitorio se caldea con la estufa eléctrica, te fumas una pipa de Amsterdamer después de leer ese optimista mensaje que lleva impreso el paquete de que Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa, al que no haces ni puñetero caso a esas alturas de la vida. Y te vas a la cama esperando que te sigan soñando, que te sueñen todas las noches y con la esperanza de meterte también en esos sueños soñados en la distancia, y deseando que te lleguen pronto esos regalos que te anuncian tus amigas que dicen quererte, siempre en la distancia, quizá porque tú has buscado esa distancia en tu octava vida.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Ud. se arriesga mucho en su octava vida. La nieve es hermosa y maravillosa pero hay que sentir ante ella cierto temor, y, más, cuando uno se aventura en soledad. Esto lo aprendí siendo muy jovencita, cuando me hice socia de la Montañera Zamorana, a la que aún pertenezco.Y he pasado miedo muchas veces en montaña y nieve. Eso sí, nunce he ido sola.
Cuidate también del frío.
Un gran abrazo.
Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Buen ejercicio de la segunda persona, maestro, pero me ha dado frío tanta nieve, jeje. En Madrid también hace frío y aún así ayer salí con unos colegas de letras a cenar. En vez de quitarnos el frío a hachazos, que también podría haber sido, nos lo sacudimos a base de bourbon, celebrando la aparición de la nueva novela de Javi Márquez y del éxito de Armando Rodera. Eso sí, tuve tiempo para recomendar a dos amigas de Facebook "Llueve sobre la Habana" y "El mal absoluto", de un tal José Luis Muñoz, y las chicas se mostraron entusiasmadas. No salga usted de casa si puede y aproveche para escribir. Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Jajaja, amigo Paco. Creo que es más inteligente sacudirse el frío a base de bourbon y entraña menos peligro. Como escritor es fascinante utilizar la segunda persona. Creo que Paul Auster la emplea en su última novela. A mí me gusta mucho, aunque la empleo poco, en algún relato. Muchas gracias por hacerme publicidad entre sus amistades femeninas, doble motivo de gozo. Me alegro por Javi Márquez y Armando, dos tipos estupendos. Cuando se canse de pisar asfalto y le dé por la nieve ya sabe dónde tiene una casa y un par de botellas de whisky que le están esperando. Un abrazo y gracias.
José Luis Muñoz ha dicho que…
No sufras, Pilar. Lo bueno que tiene el lugar en donde vivo es que a la que das dos pasos, pero literalmente dos pasos, ya te envuelve la naturaleza. No pierdo nunca de vista el pueblo en mis breves excursiones porque sé lo traicionera y peligrosa que puede ser la nieve. Y no me salgo nunca de un camino que está muy marcado. Si voy solo es porque últimamente, tal como está el tiempo, nadie se aventura más allá de ir al supermercado a comprar. El silencio se mastica. Y la nieve ha dejado de caer porque creo que hace demasiado frío.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Creo que eres un hombre cauto y te cuidas bien a pesar de aventurarte un poco, bueno, bastante. Lo mejor es que disfrutas y le sacas jugo a cada uno de tus movimientos, en forma de relato.
No nos engañemos, Paco. El amigo JL se quita el frío por la mañana, cortando leña y por la noche, seguramente, con el bourbon.