CINE

UN MÉTODO PELIGROSO
David Cronenberg



Después de dos notables películas que entraban de lleno dentro de los parámetros del cine negro, y lo hacían de una forma magistral, Una historia de violencia (2005) y Promesas del Este (2007), el canadiense David Cronenberg, autor de títulos tan inquietantes como Cromosoma 3, Videodrome, La zona muerta, La mosca, Inseparables y Crash, gira, aparentemente, ciento ochenta grados y nos ofrece una película de corte clásico y aire decimonónico que sólo tiene de común denominador con las dos inmediatas anteriores uno de sus protagonistas, el excelente Viggo Mortensen con quien parece vivir un idilio artístico.
La relación entre el doctor Carl Gustav Jung (Michael Fassbender, actor de moda y ubicuo en un sinfín de películas recientes) y su maestro Sigmund Freud (Viggo Mortensen realizando una composición perfecta del padre del psicoanálisis, habano fálico incluido del que no se desprende ni cuando se desvanece) a raíz del tratamiento por parte del primero de la paciente judía rusa Sabina Spielrein (Keira Knightley), a la que trata de su enfermedad mental a base del recién estrenado método del psicoanálisis, es el tema central del último film de Cronenberg que se beneficia de un guión extraordinario firmado por Christopher Hampton, oscar al mejor guión por Las amistades peligrosas de Stephen Frears, realizador ocasional de Carrington, y autor de una obra de teatro, The Talking Cure que, junto a la novela A most dangerous method de John Kerr, sirve de base literaria al film. Las relaciones entre estos tres personajes, que trascienden lo meramente profesional (Jung rompe una de las normas éticas de su profesión al convertir a su paciente en amante), son lo suficientemente tortuosas y atormentadas como para concitar el interés de este director aficionado a los temas escabrosos y que, a la edad de 68 años, está en lo mejor de su carrera cinematográfica después de un recorrido insólito por producciones de serie B, o Z, de sus inicios. Con un estilo depurado, una narrativa cinematográfica clásica, una correcta ambientación y unos actores que funcionan casi a la perfección (la química entre Keira Knightley y Michael Fassbender era fundamental para que la película llegara a buen puerto), Cronenberg construye un drama amoroso sólido en el que Jung se debate entre la atracción hacia lo locura que representa Sabina Spielrein y la felicidad burguesa de su matrimonio con Emma Jung (Sarah Gadon), decantándose por esta última.
Del mismo modo que David Lynch aparcó sus señas de identidad cinematográficas, de su sello estético inconfundible, para rodar El hombre elefante, Cronenberg aparca las suyas en esta recreación del nacimiento de psicoanálisis, que no ilustra mucho sobre su metodología pero sí sobre sus impulsores, porque el director canadiense está mucho más atento a la psicología del terceto protagonista que a sus teorías médico científicas en las que no entra demasiado. Si a Lynch le sedujo la malformación física monstruosa de Joseph Merrick, a Cronenberg, la personalidad patológica de Sabine Spielrein con sus trastornos sexuales, afición al masoquismo incluida, que atraparon al circunspecto y racionalista doctor Jung.
La película tiene un triste final con el reencuentro, al cabo de los años, de una Sabine Spielrein curada, convertida a su vez en psiquiatra, y madre de un niño, y su antiguo médico y amante Jung. Ese hijo que corretea por el jardín bien podría ser el suyo, piensa el psiquiatra suizo, si se hubiera dejado guiar por el impulso amoroso y no por la razón.
Somos dos, o tres, o cuatro, y siempre andamos peleando dentro de nosotros mismos con nuestras terribles contradicciones que, con las decisiones que conllevan, marcan nuestras vidas y las que giran a nuestro alrededor.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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