CINE


EL TOPO
Tomas Alfredson


El universo literario de John Le Carré, sin duda el maestro del género de espías por, aparte de méritos literarios propios e indudables, haber sido él mismo destacado espía y conocer, como nadie, los entresijos de ese mundo turbio, ha sido siempre adaptado al cine con maestría, y me vienen a la memoria películas memorables como El espía que surgió del frío, de Martín Ritt, por ejemplo, en gélido blanco y negro y con la rocosa expresión omnipresente de Richard Burton; Llamada para un muerto, de Sidney Lumet, con James Mason (haciendo de Smiley) y Maximilian Schell; El sastre de Panamá, de John Boorman con Geoffrey Rush y Pierce Brosnan olvidándose de James Bond; La chica del tambor, de George Roy Hill con Diane Keaton; La Casa Rusia de Fred Schepisi con Sean Connery y Michelle Pfeiffer; y El jardinero fiel de Fernando Meirelles con Ralph Fiennes y Rachel Weisz, sin olvidar la serie televisiva que Alec Guinnes interpretó a las órdenes de John Irvin, todas, sin excepción, adaptaciones cinematográficas memorables que eran fieles al desencanto sartriano del espía/escritor.
Tomas Alfredson, el director sueco que adquirió un enorme prestigio con su película anterior Déjame entrar (2008), filma con rigor esta adaptación de la novela homónima de John Le Carré El Topo. una intriga de espías y agentes dobles en la que Smiley (un Gary Oldman sencillamente extraordinario en su parquedad gestual y su grisura física que es también moral) es el protagonista de la tétrica función que tiene como fondo la guerra fría y se mueve entre Londres, Budapest y Estambul. Ese grupo de espías del M16. que se autodenomina a sí mismo como La Cúpula y celebra las reuniones en un búnker metálico e insonorizado bajo la batuta de Control (John Hurt), centra una película mortecina, gris, a pesar de su color, más por él (el mismo tono cromático, creo recordar, que Llamada para un muerto de Lumet), y el propio Smiley es el encargado de dilucidar quien, de entre ellos, se está pasando al enemigo.
En ese mundo, el de las cloacas del estado, no existe el más mínimo glamour; sus antihéroes, que llevan una vida aparentemente anodina de grises funcionarios, nada tienen que ver con el agente 007 ideado por Ian Fleming, sino que viven siempre agazapados y con el temor de ser, en algún momento, sospechosos con o sin fundamento, y allí, desde luego, no existe el término amigo, ni menos piedad: el que la hace, la paga con su vida.
La película de Alfredson, deliberadamente lenta, con poca acción (salvo ese esporádico tiroteo en Budapest), es un trhiller asfixiante en el que las atmósferas, los silencios, los vacíos, las miradas de desconfianza que los espías se dirigen entre sí, tienen tanta importancia como esa partida de ajedrez que, con eficacia, juega Smiley para descubrir quién de sus compañeros de La Cúpula es El Topo y está filtrando información a los soviéticos.
El film del realizador sueco se beneficia de un guión milimétrico y sin fisuras firmado por Brigget O’Connor y Peter Straughan; un plantel de actores como Colin Firth, que se encuentra en uno de sus mejores momentos de su carrera, el joven Tom Hardy, Toby Jones, el Truman Capote de Infamous y Ciarán Hinds (La deuda, Munich), un rostro imprescindible en toda película de espías que se precie, además de John Hurt y Gary Oldman; la música del español Alberto Iglesias, a tono con el aire fúnebre del film, y una fotografía sencillamente extraordinaria, por su tono próximo al blanco y negro, y porque, en sus planos distantes, pero en los que el espectador escucha perfectamente lo que están hablando los personajes, se convierte en el tercer ojo del film, en un paranoico espía de lo que sucede en la pantalla y hace que desconfiemos de todo lo que vemos, como el propio Smiley.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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