CINE

NADER Y SIMIN.
UNA SEPARACIÓN
Asghar Faradi



La calidad del cine iraní no es cosa de modas pasajeras. En el estado islámico de los ayatolás, a pesar de las muchísimas cortapisas que ponen los integristas del sistema político-religioso a la libertad creativa, sobrevive un núcleo de cineastas que sortean como pueden los escasos márgenes de libertad que tienen y facturan con constancia y rigor una serie de películas dignísimas que han contribuido al prestigio de esa cinematografía hasta hace poco desconocida. Abbas Kirostami es el más reconocido en el ámbito internacional (El viaje, Y la vida continua, A través de los olivos, El sabor de las cerezas, Copia certificada), pero no se debe olvidar a Bahman Ghobadi y su durísima Las tortugas también vuelan, Majid Majidi y su film Baran sobre los refugiados afganos y sus condiciones de vida en Irán, Hana Makhmalbaf, la directora de Buda explotó por vergüenza, Mohsen Makhmalbaf, el autor de Kandahar o a Jafar Panahi y su film El globo blanco. El cine iraní, que se caracteriza por su tono intimista y carácter social, digno heredero del neorrealismo italiano, ha sido reconocido en el ámbito internacional con numerosos premios en festivales de prestigio.
Nader y Simin, una separación es la historia de una ruptura matrimonial (alguien la ha comparado con Kramer contra Kramer de Robert Benton), en el seno de una familia de la clase media formada por Simin (Leila Hatami), la esposa joven, independiente y emprendedora que quiere buscar nuevos horizontes fuera de su país, y Nader (Peyman Moaadi), su marido, que decide quedarse para cuidar a su padre enfermo de alzheimer. Cuando Nader, abandonado por su esposa y también al cuidado de la única hija del matrimonio, decide buscar una cuidadora que se haga cargo de su imposibilitado progenitor, surgen los problemas y la situación se deteriora porque la vida sin Simin se le viene encima. Un improcedente empujón propinado por Nader a la cuidadora, cuando la despide porque cree que le está robando, tiene como consecuencia aparente que ella pierda el hijo que espera, y a partir de ahí la situación se va complicando de forma imparable hasta llegar a un proceso judicial lastrado por la diferencia social entre los demandantes (desempleados y de clase baja) y los demandados, (profesionales bien cualificados) y en el que unos y otros mienten y deforman la realidad para esquivar sus responsabilidades.
Con un pulso narrativo firme, austeridad de medios, estilo documental y un trabajo interpretativo de primer orden, Asghar Farhadi construye este drama familiar que deja heridos por el camino (una hija que no se decide a tomar partido por ninguno de sus padres, pero tendrá que hacerlo, y el director lo deja hábilmente en el aire) y se va tensionando a media que avanza y mantiene al espectador clavado en la butaca, pero es también un retrato implacable de la sociedad iraní, con sus luces (puede llamar la atención al espectador occidental la facilidad con que se concede un divorcio, por ejemplo) y sombras (la lucha de clases siempre presente, y el pobre, y si además tienen antecedentes penales, siempre será estigmatizado tenga o no razón; la religión como espada de Damocles que hará decir la verdad a los que mintieron). Un cine social con la misma solvencia e incisión que en Europa hace Ken Loach, por poner un ejemplo conocido, y que cuestiona valientemente la burocracia de su país (las investigaciones judiciales y policiales para dilucidar exactamente lo que ha sucedido adolecen de un sinfín de vicios) y la vida cotidiana de un país asfixiado en una zona gris.
Nader y Simin, una separación es una película redonda que no hace más que confirmar el buen momento de esta cinematografía que llega a nosotros gracias a las plataformas de los festivales que las dan a conocer y premian.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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