DIARIO DE UN ESCRITOR


Santa Fe, 13 de abril de 2013

Todo es relativo y depende de las circunstancias y del lugar en el que uno se encuentre. Verbigracia: no piso, ni por equivocación, los Starbucks de mi país. No es por antiamericanismo, que ya se me pasó ese sarpullido, sino porque detesto ese café clarito que te sirven en vasos de parafina. Bueno, odio la parafina, eso hay que aclararlo. Pero aquí, en EE.UU., un Starbucks es una bendición. Acostumbrado al café aguado, que no llega a tener el color negro, de las cafeterías y restaurantes de este país, el que sirven en Starbucks, aunque sea en los odiosos vasos de parafina, me sabe a gloria. Y tenemos la suerte, o debería hablar en singular, porque a M.J. le da exactamente lo mismo porque no es muy cafetera, de tropezar con un establecimiento en la calle West San Francisco, poco antes de llegar a La Plaza. Ese café con leche, en vaso de parafina, acompañado de un delicioso cruasán (debería ser normal, pero a mí me ha parecido celestial) ha sido un buen comienzo de mañana después de que tanto M.J. como yo hayamos dejado que suenen los despertadores.
Una cosa que echo en falta, bueno, entre muchas, es la falta de zumos de fruta y frutas en restaurantes y cafeterías. Ni siquiera veo alguna frutería por Santa Fe: deben de estar en las afueras. Ante el temor de contraer el escorbuto, como los marineros que emprendían el viaje al Nuevo Mundo, busco desesperadamente algo que lleve fruta fresca y lo único que encuentro es un pequeño  tetra brick de zumo de manzana frío que bebo con absoluta felicidad.
En el Starbucks de Santa Fe hay tipos que leen el diario, otros que se conectan con sus portátiles a Internet y, sobre todo, un grupo de gente que entra, piden su café a las chicas y se lo toman en la calle, mientras siguen paseando, en sus vasos de parafina, sorbiéndolo con pajita. No entra ni Navajo Joe, ni el sheriff, pero si un afroamericano calvo que parece que vaya bailando, tal es el ritmo de sus ágiles piernas, y que se enrolla con las camareras rubias con voz de Louis Amstrong: más que hablar canta con una voz profunda y gutural.
-Hay que limpiar la mesa-me dice M.J. cuando me levanto para salir.
-¿Estás de broma?
-No, no, muy en serio. En los establecimientos baratos, y Starbucks lo es, los clientes recogen la mesa. Así es que tira el vasito, los papelitos del azúcar y las cucharitas de palo a la basura.
El día es soleado y luce un cielo azul. Cuando pasamos por delante del cine de la ciudad, que también es teatro, un tipo gordo, de edad avanzada y camiseta sin mangas que muestra gruesos brazos profusamente tatuados, rasguea una guitarra y no lo hace mal.
La Plaza está más animada hoy sábado que el día anterior. A los vagabundos que han pasado la noche con sus perros y ya se han levantado y toman el sol en el banco que les ha servido de cama, se unen viajeros maduros con sombreros tejanos, barba y mochila que tienen aspecto de venir de muy lejos, trotamundos con bicicletas varadas que se sientan en una pequeña glorieta, una diminuta señora a la que arrastra un gigantesco perro de pelo blanco, un tipo bigotudo y con coleta disfrazado de cowboy que cruza con aire marcial la plaza  y los indígenas indolentes, sentados en sus sillas antes sus collares, pulseras y anillos a la sombra del soportal del Palacio del Gobernador.
En las proximidades de la catedral de San Francisco han montado un mercadillo de artesanía por el que husmeamos sin llegar a comprar nada: prefiero la bisutería más artesana y tosca de los navajos de Monument Valley. Pero mi cámara se fija en una indígena racial que parece sacada de alguno de los cuadros que vende: nariz aguileña, labios anchos, barbilla afilada y ojos que debo adivinar porque permanecen ocultos bajo sus gafas de sol.
A buen paso, siguiendo a duras penas los de la infatigable M.J. que, justo es reconocerlo, me gana en el llano aunque yo la venza en las cuestas, nos dirigimos a la misión de San Miguel, una iglesia de adobe que es la más antigua de Estados Unidos, y encontramos, en una de las calles adyacentes, junto a una pizzería, la que es la casa más añeja de la nación, una pequeña construcción de adobe, deshabitada, de la que cuelga un rótulo con su fecha de edificación: 1640.
Antes de llegar al Capitolio de la capital de Nuevo México, un monumento de hierro forjado homenajea a los indígenas caídos en la, supongo, Segunda Guerra Mundial, puesto que aparecen aviones troquelado en su parte superior junto a cruces y estrellas, y en él aparecen grabados sus curiosos nombres: Wualesrimo, Arahui, Pampopa, Habito, Patacal, Cuaconamuaoc…y así hasta trescientos nombres de navajos que murieron en las playas de Normandía o del Pacífico defendiendo la bandera de las barras y estrellas.
El Capitolio, que en Santa Fe no tiene cúpula dorada y se parece más bien a una enorme plaza de toros, está a las afueras de la ciudad. Un paseo ajardinado con árboles con flores blancas lleva hasta su entrada. Hoy, sábado, permanece cerrado. Ante su puerta principal se alza una imponente escultura de bronce del indio navajo Morning Prayer que mira hacia el cielo con los ojos cerrados y la boca abierta.
Con cielo azul, sol radiante y agradable brisa, nos encaminamos a la zona de los artistas, Canyon Road. La calle es un museo al aire libre.  Cada casa es una sala de exposiciones que exhibe en su interior cuadros y, en su exterior, en sus cuidados y floridos jardines, todo tipo de esculturas de bronce o piedra. Confieso que algunas de las estatuas que están en la calle, a la vista de todos, impresionan por sus dimensiones ciclópeas. Hay una cabeza de caballo, de bronce verde, que debe de pesar un montón de toneladas y ha sido esculpida con mano maestra. En el jardín de la galería en cuyo césped permanece anclada la gigantesca cabeza equina, un joven pintor da los últimos brochazos a su cuadro que está terminando, unas pinceladas de ocre para la casa de adobe que está reproduciendo y tiene al otro lado de la calle. Las galerías de arte de Canyon Road son infinitas, es difícil contarlas, están unas al lado de las otras por lo que la competencia tiene que ser muy dura. Entramos, echamos un vistazo a los cuadros colgados de las paredes, algunos de muy buena factura, y salimos con las manos vacías. No vemos, en todo el recorrido que hacemos por la calle, una sola compra, y eso que es sábado y hay más gente de la habitual en Santa Fe. Imaginamos que los precios deben de ser disuasorios, porque ninguno de los cuadros que vemos baja de los 2.000 dólares y la mayor parte de ellos están valorados en 4.000 o 6.000. Pero los pintores muertos se cotizan mucho más. En una galería en donde sólo hay clásicos, artistas nacidos a principios del siglo pasado y fallecidos a finales o primeros de éste, encontramos lienzos que oscilan entre los 12.000 y los 50.000 dólares. Lo curioso es que no hay especiales medidas de seguridad, como si en Estados Unidos la delincuencia hubiera sido erradicada. En el jardín de otras galerías encontramos esculturas enormes enterradas en la arena y de tipo paródico: un tipo que toma el sol y del que sólo sobresale el torso y las piernas; una mujer en traje de baño acodada sobre su salvavidas redondo. Abundan las esculturas de animales (en el jardín de una de las galerías toman el sol plácidamente un grupo de gigantescos osos de bronce; en otra hay un gigantesco ciervo astado) y de indígenas (guerreros navajos, mujeres con cántaros de agua contra sus caderas, arqueros…). Entramos en una galería que es también estudio y en el que reina el consabido desorden de los artistas: pinceles por todas partes, paletas sucias de colores, olor a pintura fresca y un montón ingente de cuadros con motivos de la conquista del Far-West (cowboys, cuernilargos, ferrocarriles, indios a caballo, balaceras, riñas de taberna) que un pintor incansable y septuagenario, vestido de cowboy, no para de manufacturar y nos saluda con un aguado café en la mano. Hay también fuentes para jardines, silenciosas, en las que el agua mana del interior de columnas de mármol y se desliza por las paredes, o sonoras, con el agua borboteante que va saltando sobre una sucesión de cazoletas metálicas que giran, hasta llegar al estanque. Hay también una variedad ingente de esculturas móviles, que se mueven con el viento, metálicas, con aros, cuyo movimiento resulta hipnótico como los títulos de Saúl Bass en las películas de Hitchcock. Y hay tiendas de ropa cowboy para hombres y mujeres, con sombreros de ala ancha, cinturones de hebilla metálica, cazadoras de flecos, pañuelos para el cuello, botas de cuero hasta media pierna, espuelas, sillas de montar, de las que salen norteamericanos disfrazados que parece que vayan a un rodeo. Echo en falta, entonces, un sombrero verde, de ala ancha, que me compré en Birmania y que he dejado en el coche, y que me iría bien para no quemarme la cara.
Días atrás, en uno de los largos viajes en coche, discutía con M.J. sobre la ausencia inexplicable de productos españoles en los supermercados USA mientras se encuentran en ellos toda clase de comestibles italianos, franceses, portugueses, alemanes…Quiere hoy la fortuna que, acercándonos a un restaurante, porque el hambre acucia y ya es más del mediodía, tropecemos con un restaurante español, El Farol, en pleno Canyon Road y leamos estupefactos su carta: Paella, gazpacho, chorizo, queso Idiazabal... Nos sentamos a una mesa alta, junto a la calle, en un par de taburetes, y pedimos la carta. Los vinos, también españoles, tienen precios prohibitivos: Marqués de Cáceres a 50 dólares; Vega Sicilia, a 300. Optamos por beber un par de Coronas y nos decantamos por una sopa de almejas picante que nos hace llorar, muy americana, y por un plato de quesos en los que hay manchego, Idiazabal y Cabrales con membrillo y gajos de mandarina en almíbar que me sabe a gloria. Completamos la comida pidiendo pan, pero del de verdad, y extendiendo sobre él aceite de oliva. Felicidad completa.
Después de comer seguimos Canyon Road arriba. Las galerías de arte dan paso a las viviendas particulares en cuyas entradas cuelgan los característicos racimos de pimientos rojos secos. Las hay lujosas y otras más modestas, que precisan de una rápida rehabilitación. Las casas de Santa Fe, de fachadas de adobe, una o dos plantas y sin tejado me recuerdan, cambiando el color ocre de sus paredes por el blanco y respetando el azul de sus puertas y ventanas, a las de Lanzarote. Y también, por las piedras en el techado, las de las Alpujarras granadinas.
De regreso, vista ya toda la ciudad, nos sentamos en lo cómodos sillones del Café Greco, y pedimos un café con leche y nata M.J. y un chocolate caliente yo que no llega al sabor del Cacaolat de la Otra Orilla. Echo en falta unos buenos churros, que los he visto en México y a los que se están aficionando en China. A falta de churros bueno es un pastel que sabe a canela.
Y son las seis cuando, siguiendo la calle Alameda, y con viento fresco y cielo nublado, alcanzamos Cerrillo y llegamos al Motel 6. Me echo una corta siesta. Otra cosa que echa uno de menos y hoy puedo hacer, excepcionalmente. 

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