DIARIO DE UN ESCRITOR


Las Vegas 16 de abril de 2013

 

Hoy el viaje tiene el sabor de dejá vu casi desde que salimos de Williams con dos muffins, un zumo de naranja y un café en el estómago. En mi filosofía actual de la vida del aquí, ahora no consigo, a veces, que el pasado o el futuro me laminen el presente. Aquí y ahora. Aquí y ahora mientras cruzo bosques de pinos altivos y me acerco al Grand Canyon treinta años después de mi primera visita a ese prodigio de la naturaleza. El aquí y ahora no me impide preocuparme por ese país hundido, el de la otra orilla, que vamos a dejar a nuestros hijos y nietos. A los míos.
García López, explorador de la expedición que iba con Francisco Vázquez de Coronado, fue el primer europeo que se asomó al más bello abismo del mundo y quedó sobrecogido por sus dimensiones infinitas. Corría el año 1540 y España era lo que hoy es Estados Unidos, la primera potencia del mundo que hacía lo que le daba la gana. Trató de cruzarlo el español, o descender por sus vertiginosas paredes, y le fue imposible. Esa brecha de más de 400 kilómetros de largo y una profundidad máxima de 1470 fue un escollo insalvable.
Treinta años más tarde de la primera vez que vi el Cañón lo contemplo con tristeza infinita sin poder evitar ese sentimiento. El aire sopla con fuerza. He de aplastar con la mano el sombrero de cowboy verde que llevo para que el viento no lo lance al abismo. He de agarrarme con fuerza a la barandilla de seguridad para que ese aire enloquecido no me sacuda como a un espantapájaros. Dejo que mi retina se empape de los tonos rosáceos y blancos de las rocas, que cambian a medida que el día avanza y nunca son los mismos; de esos verdes de los prados intermedios que cubren las mesetas internas del Cañon, suaves y discontinuos y surcados por estrechos senderos por donde casi nunca nadie transita; de ese verde profundo del río Colorado, el artífice principal de esa colosal obra de arte de la naturaleza, al que los aficionados al rafting desafían; de las grietas interiores, una multitud de brechas que presagian otros nuevos abismos; y el fondo del cañón, que uno se ha de imaginar, envuelto en sombras, bordeando el impetuoso río de aguas bravas que salta y se remansa hasta colmar el pantano Hoover, un inmenso lago artificial que surte de agua Arizona y California.
Sopla el viento con más fuerza que en el Cañón del Chelly. Es un bufido bestial que retumba, agita las ramas de los árboles y se adentra en las entrañas del Cañón gimiendo.  Cruzan las nubes sobre esa gran sima y la pintan de sombras caprichosas. Avanzamos contra el viento, inclinados, con las cámaras bien cogidas. Vamos de mirador en mirador. Hacemos fotos. Nos dejamos seducir por esa grandiosa belleza cuyo artista no pudo ser más que un dios todopoderoso cuyas leyes misteriosas nos resistimos a entender: la naturaleza que seguirá viviendo cuando hayamos desaparecido.
Hace millones de años que esa arquitectura perfecta, armónica y bella está labrada. Mucho antes de que el primer humano se alzara del suelo y empezara a caminar sobre dos piernas. Millones de humanos pasarán para contemplar el Cañón en su condición de absolutamente prescindibles, creyéndose importantes y vivos, y el Cañón seguirá asombrándolos, y el Cañón seguirá allí, imperecedero, casi eterno, cuando nosotros hayamos sido borrados de la faz de la tierra. Me siento entonces más pequeño, más inerme, más nada que nunca, experimento en mis entrañas la insoportable levedad del ser contra la que siempre me rebelé. Observo ese paisaje de crestas infinitas y rocas en precario equilibrio, de enormes mesas de piedra plana colgadas sobre el vacío y árboles que crecen en los lugares más insospechados y vertiginosos, y me doy cuenta de mi ligereza absoluta, como deberían darse cuenta todos esos turistas gregarios que desembarcan en el Cañón con sus máquinas de fotos y posan contra su fondo de ensueño. Como hago yo.
El viento huracanado nos acompaña. Es frío. Un camino asfaltado bordea durante una milla el perfil recortado del Grand Canyon desde Point Mather. Debo tener pinta de yanqui, o de guardabosques, porque la gente me pregunta si queda mucho camino por delante. El que quieran hacer. El Cañón es infinito, más de 400 kilómetros de entrantes y salientes, de precipicios insondables al fondo de los cuales se vislumbra el verde Colorado y, en blanco, sus peligrosos rápidos colmados de espuma.
Seguimos, como autómatas, por ese borde, asomándonos en ocasiones al abismo, agarrados a los troncos para que el aire no nos dé un susto y el Cañón no se cobre su tributo en sangre. Los hay que ponen en juego sus vidas posando sobre el borde de los peñascos, a dos pasos de caer por más de mil metros de altura y cada año un imprudente se va al abismo. Japoneses, latinos, alemanes con pantalones cortos que tiritan, españoles, las Naciones Unidas que hacen que la belleza del Cañón no sea la misma que la que descubriera García López cuando se asomó a esa sima hace casi quinientos años. Sobramos de ese paisaje gigantesco los humanos.
Sopla el viento, silba, muge, ruge. Se mueven las ramas de los árboles como látigos en manos del verdugo. Se abren las nubes y se produce el milagro de los rayos del sol iluminando caprichosamente una porción del Cañón mientras el resto sigue en sombras.
Cientos de personas en sus bordes, con las manos sujetándose gorras y sombreros para que no vuelen, y nadie allí abajo salvo unos pocos indios perdidos de la civilización y que sobreviven al margen de ella.
Pienso en el final de Grand Canyon, esa estupenda película de Lawrence Kasdan con reparto espectacular (Kevin Kline, Danny Glover, Steve Martin, Mary McDonnell y Marie Louise-Parker), cuando los personajes se olvidan de toda la complejidad de sus vidas, sus tormentos, sus preocupaciones, bajan de la furgoneta y contemplan, sin creerse, ese extraordinario escenario del Cañón del Colorado y un latigazo de vida sacude sus ánimos.
Escenario. Eso pensé treinta años atrás cuando vislumbre el Cañón por primera vez. No era real. Alguien lo había pintado en el cielo, un decorado como los que se utilizaban en las viejas películas o se ponen en los teatros. Casi alargué la mano en el vacío para tocarlo. Eso que veía, me decía, era una visión, una ensoñación.
Dejamos el Cañón a nuestras espaldas con viento fuerte. Parece como si Eolo quisiera limpiar de molestos parásitos esa obra maestra del paisaje que el hombre se empeña en civilizar. Nos alejamos de la Gran Brecha. Rodamos por carreteras que cruzan montes cubiertos de bosques de pinos, descendemos todo lo que subimos desde Williams. El paisaje se hace más agreste al cabo de doscientas millas, los árboles desaparecen y son sustituidos por matojos redondeados que puntean una tierra grisácea hasta un horizonte de sierras peladas. El sol se pone entre dos franjas oscuras de nubes. El color se apaga al mismo ritmo que la luz. Miro ese paisaje. Otro deja vu. Es el paisaje que precede a Las Vegas. Es el paisaje magistralmente retratado por Helmut Newton que fue la excusa para escribir ese reportaje sobre la ciudad del pecado del que salió Lluvia de níquel. Pero me han dicho que ya no llueve níquel de las máquinas tragaperras, sino asépticos vales canjeables.
Anochece cuando aparece en el horizonte una ensoñación de luces  que parpadean y anuncian la trampa de la enorme migala que es La Vegas, la ciudad fantasma, la ciudad que no existe, Sin City en donde todo lo que está prohibido en el país está permitido en esa ciudad de pecado: fumar, beber y fornicar. Entramos en la ciudad escuchando en la radio del Hyundai fucsia canciones de amor, y me pregunto por qué son tan tristes esas canciones, por qué siempre hablan de un amor que se acaba, por qué yo sigo entristecido en esta jornada que es un viaje al pasado, una regresión de treinta años de la mano de alguien del que soy su sombra.  

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