DIARIO DE UN ESCRITOR


Escondido, 9 de abril de 2013


Ayer fue el día de la ardilla. Squirrel en inglés, casi igual que el catalán esquirol. Mary Jo fue a hacer unas gestiones y me quedé solo en la gran y silenciosa casa de la urbanización feliz. Me situé, tras el desayuno, en la cocina, mirando al jardín y al vecino campo de golf del que llueven, disciplinadamente, pelotas que van a engrosar un almacén que hay en el garaje. Me puse a escribir pero me entretuvieron las ardillas.
Aquí la gente resulta extrañamente cariñosa con todo tipo de animales, muchas veces más cariñosa con los llamados irracionales que con los racionales. Los que tienen jardín compran casitas para pájaros y las clavan en el césped. Cada vecino se compromete a alimentar a toda una tribu de pequeños pajarillos de todos los colores, algunos de un amarillo llamativo, que acuden en masa en cuanto huelen el alpiste. Mary Jo tiene un presupuesto considerable para comprar comida para los pájaros que apadrina. Y comida especial, una especie de jarabe rosáceo tipo expectorante, con el que últimamente me he familiarizado por ingerirlo, para los colibrís cuyo zumbido y tamaño hace que los confunda con enormes moscas. En cuanto pone la comida en las casitas y el jarabe rosáceo en el comedero de los colibrís los pájaros de los alrededores acuden en tropel. Pero también las ardillas. Ayer, mientras trataba de concentrarme para escribir, un ejército de esos simpáticos roedores de larga cola se turnó para disputar el alpiste a los pájaros. Por un momento creí que era siempre la misma ardilla la que iba y venía a tapear, hasta que empecé a diferenciarlas. Además me di cuente de que unas eran más delgadas y ágiles y otras más gordas y torpes. Entraban por un pequeño orificio que hay en una de las vallas del jardín que da a la calle, recorrían el suelo de terrazo, se metían entre las flores y saltaban al comedero de pájaros, una especie de caja de madera, que se balanceaba suspendida de una vara metálica. Saltaban y, en cuanto la veían, los pájaros emprendían el vuelo y cedían su pitanza al roedor. Algunas, las más ágiles y delgadas de las ardillas, se atrevían a trepar por la barra metálica de la que estaba suspendido el otro comedero de pájaros en forma de casa, a una altura considerablemente mayor. La operación era complicada y requería una cierta habilidad. Trepar por esa barra resbaladiza tenía su intríngulis. Con sus pequeñas patas los simpáticos roedores intentaban subir cómo podían hasta situarse a la altura de la casita de madera con el alpiste que se balanceaba por el viento y no siempre quedaba bien situada para que, en un salto mortal, la ardilla aterrizara en su interior. Algunas, las más delgadas y ágiles, lo conseguían y disfrutaban de una pitanza en exclusiva, pero había otra, u otras (no acabo de individualizar a toda la tropa roedora que invade el jardín de Mary Jo en su ausencia) resbalaban una y otra vez por la barra, seguramente por su peso, sin conseguir su objetivo, y hubo una que erró su salto mortal (hay que soltarse de la barra, impulsarse y caer dentro de la casita, tarea nada fácil) y se dio un buen batacazo en el suelo. Tan entretenido estuve con ese zoológico animal (dos ardillas, bien hermanadas, subieron al comedero fácil, al del cajón, y pusieron a prueba su resistencia), pues cuando no eran los roedores que cruzaban en uno en otro sentido el jardín, eran los pájaros de todos los colores posibles los que revoloteaban y daban cuenta del escaso alpiste que quedaba, o los colibrís del barrio sorbían ese jarabe rosáceo, que dejé el ordenador y sencillamente me limité a ver ese trasiego animal que ante mis asombrados ojos se producía sin que mi presencia lo alterara lo más mínimo. También eso forma parte del american way of life.
Me enteré, entonces, algo después, cuando volví al ordenador, de que abril 2013 sigue siendo un mes muy letal en el que mucha gente se ha puesto de acuerdo para morir. Murió Margaret Tatcher y creo, sinceramente, que lo único bueno que quedará de la Dama de Hierro es la estupenda clonación de Meryl Streep. Murió Sara Montiel, un personaje que estaba muy por encima de sus dotes interpretativas y canoras.
Al mediodía, cuando regresó Mary Jo, fuimos a comer a un restaurante de una cadena de comidas de Escondido. Aquí muchos restaurantes, sobre todo los populares, los de las barriadas, son como hangares en donde los comensales pasan con sus bandejas una y otra vez y se atiborran de comida por un precio muy razonable. Metí en una ensalada todo lo que se puede meter en ella y caté una variedad de sopas considerable (almejas con patatas; chili con carne y frijoles, champiñones), tomé dos porciones de pizza, un brownie de chocolate, un muffin y lo regué todo eso con un vaso de leche y otro de limonada pues en esos comedores familiares el alcohol, aunque sea una simple cerveza, está vetado.
De regreso a casa, y puesto que en un par de días andaremos por esos paisajes, puso Mary Jo la maravillosa película de John Ford que en España bautizaron con el nombre de Centauros del desierto, mucho más resonante que su título original. La película, una de las obras maestras del director del parche en el ojo, está rodada en Monument Valley, el Cañón de Cheli y el Parque de los Arcos y es un aperitivo visual de todo lo que veré. John Wayne hace uno de sus mejores papeles y aparece una jovencísima Natalie Wood, de la que me acordé ayer en la isla de Catalina, junto a Jeffrey Hunter.
Hoy es día social, pero la mañana, mientras preparo un desayuno catalán (compramos, la tarde anterior, en un alegre supermercado mexicano, entre canciones de mariachis, un pan más o menos decente) de pa amb tomaquet, siguiendo la receta tradicional, y tortilla a la francesa, leo El País y me entero de otra muerte sentida: la del escritor y economista José Luis Sampedro después de toda una larga vida llena de lucidez, y lo hace a un mes y algo de que Stéphane Hessel, el del opúsculo Indignaos, hiciera la maleta de este mundo. Con Sampedro perdemos a un sabio bueno que tomó siempre partido por los desprotegidos y fue enormemente crítico con el poder y cercano con los movimientos de indignados.
Al mediodía, y el mediodía es muy riguroso en este país, empieza poco antes de las doce, hemos quedado en la parte antigua de la ciudad, la primitiva San Diego, con dos amigas de Mary Jo para comer: Irma, una norteamericana de origen mexicano, y Daiana. Cerraron el mítico restaurante Casa Bandini así es que vamos a la Fiesta de Reyes, un colorista restaurante mexicano y, mientras comemos los contundentes platos de tacos rellenos de carne, enchiladas, puré de frijoles y arroz, todo muy light, hablamos de lo famoso y universalmente conocido que es mi país a costa de la crisis económica, el desempleo del 25% y la corrupción política que llega a todos los estamentos del poder. Hago algo de pedagogía política entre trago y trago de cerveza Coronita con gajo de lima en la botella.
A media tarde, ya sin las amigas, nos acercamos al mítico hotel del Coronado en donde Billy Wilder rodara algunas de las escenas de Con faldas y a lo loco con el trío Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis. El hotel, que casi tiene doscientos años de historia, es una imponente construcción de madera presidida por una gran cúpula cónica de tejado rojo que mira al vecino Pacífico del que le separa una playa anchísima de arena fina. La península de Coronado, en donde está edificado el exclusivo hotel y los bungalós más recientes que lo rodean, es una zona de casas residenciales con amplios jardines y privilegiadas vistas rodeada por el mar. Mientras nos tomamos un refresco en la terraza del hotel, junto a la piscina, pasan por encima de nuestras cabezas, constantemente, helicópteros artillados que parecen estar vigilando la costa por si al chiflado e imberbe líder norcoreano le da por pasar de la retórica a los hechos. Y sentado en esa terraza, bajo un sol radiante y acariciado por una brisa que viene del mar y me tonifica, no puedo dejar de pensar en ese tipo de treinta y tres años, abundante cabellera oscura y figura delgada cuyo fantasma veo deambular llevando de la mano a sus cachorros. Aquel tipo que tenía toda una vida por delante la tiene ahora por detrás.

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